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La tormenta hindú de Ana García Bergua

La tormenta hindú de Ana García Bergua

Andrés García Barrios

• La Tormenta Hindú, Ana García Bergua, Editorial Textofilia, Diseño de portada: Ricardo Velmor; Ciudad de México, 2015, 196 pp.

La acción transcurre en lugares icónicos de la ciudad de México: una vecindad miserable, un cabaret de rompe y rasga o un café/nevería cerca de la Escuela Nacional Preparatoria. Entre los personajes hay amas de casa, estudiantes, señoritas decentes, millonarios tristes, abogados culpígenos y corruptos, gays de closet, mafiosos, prostitutas, diputados, locos, artistas frustrados, ancianos decrépitos y gente que, a la mitad o al final de la historia, cae muerta. Unos lucen nombre y apellido como si fueran personas reales: Lola Casarín, Francisca Betancourt, Pedro Rojo. Otros son simplemente Eloína, Gudelia, Chayo, Genovevo, Modesto, en memoria de su origen provinciano. Muchos tienen apellidos y sobrenombres en idiomas extranjeros, que sitúan la época.

El protagonista es la sociedad entera. Los personajes van pasando frente a nosotros para contarnos sus historias llenas de pasión, crueldad, poder, amor, crimen, que a final de cuentas delatan una vida interior triste e inútil. A veces una acción repentina sirve para redimir a alguien o para perderlo definitivamente, pero por lo general al final todo sigue igual que al principio, o peor, porque se atravesó por la esperanza y ésta quedó atrás.

Estoy hablando del teatro mexicano de los años cincuenta, en específico del llamado naturalismo sociológico y de obras que fueron famosas como Los signos del Zodiaco, Las cosas simples y Cada quien su vida, y sin embargo el inventario también podría describir ─con pequeños cambios─ el último libro de cuentos de Ana García Bergua, La tormenta hindú.

Sólo en cierta forma. Las diferencias son cruciales, pero por lo pronto remontémonos a esa época en que Miguel Alemán gobierna México y la modernidad tecnológica ingresa al país provocando que el nacionalismo postrevolucionario se desplace del campo a la urbe y el espíritu de provincia llegue a ésta para subirse a elevadores, viajar en auto, comprar en grandes almacenes y sazonar los anuncios publicitarios, las luces de neón, el tráfico y los oficios y profesiones que la metrópoli va dando a luz.

Pero ¿por qué una escritora como Ana García Bergua vuelve la mirada hacia allá, por qué trae esa ráfaga de los años cincuenta y la hace caer sobre nosotros? Una de las claves podría estar en la notable agilidad y amenidad de su estilo literario y en sus personajes cuyo naturalismo parece que va a materializarlos. ¿Habrá vivido la autora tanta experiencia como relata con tal detalle o es verdad ─como fantasea el escritor Fabio Morábito en su nota de la contraportada─ que los personajes mismos se le aparecen y una y otra vez la apremian para que escuche sus historias, las cuales ella ─diestra escritora pero en este caso apurada─ va transcribiendo lo mejor que puede, dando por resultado una espontaneidad y un ritmo como de vida real?Portada 2

Ciertamente, ser fantasmas justificaría esa atmósfera de remoto pasado; pero entonces, ¿por qué se mueven en los nuevos escenarios icónicos de la Ciudad de México, como Polanco, la UNAM, Villa Olímpica o el consultorio de un psicoanalista? ¿Por qué pasan por Metro Eugenia, van en Maverick, viajan a Houston para agrandarse los senos, oyen Pink Floyd, usan goggles, dirigen coreografías posmodernas y dejan claro ─por todo lo que hacen, dicen y piensan─ que son mexicanos de hoy? ¿Cómo es que de pronto vuelve a desprenderse de la ciudad ese sabor provinciano de la capital cincuentera y su gente, impregnando  con tanta fuerza los cuentos de La tormenta hindú?

A principios del siglo XX el dramaturgo ruso Anton Chejov inventó un nuevo género teatral privado de la grandeza de la tragedia y de la terrenalidad de la comedia y retrató a una sociedad que había perdido a ambas y deambulaba inmóvil, ajena tanto a la vida como a la muerte. La posguerra, es decir, los años cincuenta, trajeron a México el nuevo drama y algunos autores lo usaron para retratar a la sociedad capitalina detenida entre la ilusión del progreso y la fidelidad a su joven memoria. Esos mexicanos que no sabían de dónde eran ni a dónde iban y que para ser alguien tenían que aferrarse a lo que les ofrecieran (desde una licuadora hasta Dios), no lograron construir un hogar sólido para ellos pero crearon la ilusión de que sus hijos conseguirían hacerlo. Sin embargo, dos o tres generaciones bastaron para darnos cuenta de que ni en C.U., ni en la Escandón, ni en Polanco ni en ningún lugar de la megaurbe existe nada que pueda reinvocar a los viejos géneros que hacían reír y llorar y devolvernos la frescura de estar vivos y saber que un día moriremos.

Los personajes de García Bergua (es decir, nosotros), ¿son los restos de nuestros bisabuelos? ¿Se trata de la misma sociedad envejecida, sin poder morir? ¿Es la misma ciudad pero que, ahora, desoxigenada, ha deformado el viejo naturalismo en un expresionismo delirante? ¿Los mismos personajes que sólo pueden repetirse hasta que las cosas se vuelven irreales, cíclicas? ¿Que se siguen llamando Perlita, Marielita, Rodolfo Jiménez, Fulvio Casasola, Ada, Martita Núñez, Eusebio, Orquídea o Camelia, porque no han hecho más que mantenerse inmóviles en un mundo donde la esperanza ya se perdió varias veces y siempre parece que algo va a ocurrir pero los finales son anticlimáticos, decepcionantes? ¿Será que en La tormenta hindú lo único que se mueve es el estilo perfectamente ágil de Ana García Bergua, sus ráfagas de humor ácido y la sucesión de cuentos que devoramos de principio a fin imaginando que al menos el paso furibundo de las páginas nos llevará a algo parecido a un final?

Al llegar el penúltimo cuento contemplamos con terror que todo sigue igual que al principio, o peor, porque atravesamos momentos de esperanza y ésta quedó atrás, muy atrás y, sin embargo, la autora parece darse cuenta de esta necesidad que toda sociedad tiene de morir y nos regala una especie de conclusión, suerte de límite para que cerremos el libro suavemente y no tengamos que volver sobre nuestros pasos.

Sí, se acabó La tormenta hindú. Quizás surja la posibilidad de que venga algo distinto.

Andrés García Barrios. Dramaturgo y director teatral. Creador de las obras Tiptofanito Tiptofanito 2, basadas en las novelas homónimas de Julio Frenk, y de Don Tierrote y su Sancho Luna. Su libreto para actores y orquesta El alma encantada de Papá Nonó, lo escribió a solicitud de la Orquesta Sinfónica de San Antonio (EUA) en 1997. Es guionista cinematográfico con títulos como Seres humanos, escrito en colaboración con Jorge Aguilera, trabajo que mereció el Premio Opera Prima en 1999 del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC). Es coautor junto con Julio Frenk de la novela Triptofanito en la célula, publicada por Editorial Planeta.


Posted: June 14, 2016 at 9:42 pm

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