Fábula del hombre bueno
David Medina Portillo
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Arqueología de la Guerra Fría
Acabo de leer un ensayo de Tony Judt sobre Whittaker Chambers que no recordaba. Cuando lo leí por primera vez no estaba interesado en el dramático antagonismo que precipitó el inicio de la Guerra Fría. Sabía muy poco o nada sobre la caza de brujas de mediados de siglo y, por supuesto, atribuía este episodio a las oscuras calumnias del senador McCarthy. Ahora sé que el macartismo antecedió y sobrevivió a su bestia negra. El ensayo al que me refiero es “An American Tragedy? The Case of Whittaker Chambers”, incluido en Reappraisals. Reflections on the Forgotten Twentieth Century (2008).
Las páginas de Judt son en parte una reseña a la biografía de Sam Tanenhaus, Whittaker Chambers. A Biography (1997) y, asimismo, una relectura de las memorias de Chambers: Wittnes, aparecidas en 1952 con gran escándalo y un éxito inmediato y masivo en ventas. En 1948 Whittaker Chambers había comparecido ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes (HUAC) para testificar sobre sus labores al servicio de la Unión Soviética a mediados de la década de 1930. Como miembro del Partido Comunista, había sido durante años un enlace entre agentes soviéticos y una red de la administración federal con la tarea de infiltrarse en los altos mandos. Durante su testimonio, señaló a Alger Hiss y a otros exfuncionarios del gobierno federal como miembros del grupo Ware, una célula clandestina del Partido Comunista que había operado en Washington en la década de 1930. Lo que siguió a este testimonio está muy lejos de ser la trama frívola de una novela de espías en conflicto.
Judt advierte que este testimonio fue el detonante que cambió definitivamente la historia de posguerra: “Es comprensible que Chambers fuera tan odiado por tanta gente en los años cincuenta, y no sólo por su apostasía. Fue el caso Hiss lo que dio el ímpetu decisivo a Joseph McCarthy y a sus partidarios; este pronunció su célebre discurso (“doscientos cinco comunistas reconocidos en el Departamento de Estado”) en Wheeling, West Virginia, el 9 de febrero de 1950, solo dos semanas después de la condena de Hiss”.
Chambers había desertado del Partido Comunista norteamericano (CPUSA) una década antes y, en 1939, narró su historia a Adolf A. Berle Jr., vicesecretario de Estado de Roosevelt y enlace en asuntos de inteligencia. Desde entonces, la información de Chambers dio los nombres de las fuentes del CPUSA en el Gobierno, entre ellos el de Alger Hiss, una figura en ascenso del Departamento de Estado que comenzó formando parte de la Administración de Ajuste Agrícola en los primeros años del New Deal. Toda esta información solo provocó un par de investigaciones sin consecuencia alguna durante y después de acabar la guerra.

Whittaker Chambers en su comparecencia ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes, 26 de agosto de 1948.
Nadie hizo nada, dice un Judt apenas sorprendido. Incluso tras la segunda comparecencia ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1948 y la posterior publicación de sus memorias en 1952, la norma fue el silencio, la cancelación de Chambers por parte del progresismo liberal. Judt recuerda a este respecto una carta de Mary McCarty a su amiga íntima Hannah Arendt. Los renglones que comenta y cita son reveladores:
[Chambers] era un excomunista y eso lo convertía necesariamente en un hombre de derecha, por lo que no tenía lugar en el mundo de las letras. Mary McCarthy, cuyas tendencias autoritarias sólo estaban refrenadas por su indisciplina intelectual, instó a Hannah Arendt a que hiciera una crítica demoledora de Witness. No se trata solo de reseñar un libro, dijo a su amiga: “Esta nueva derecha está haciendo un gran esfuerzo para ser aceptada como normal, y que sus publicaciones se acepten como ediciones corrientes —con opiniones igualmente dignas de consideración— y me parece que hay que parar esto, si no es que ya es demasiado tarde”.
Judt no cita el párrafo inmediatamente anterior, un poco más explícito sobre los objetivos de la carta fechada el 12 de febrero de 1952:
Tengo la sensación, personalmente, de que es necesario un ataque concertado de algún tipo, un ataque, en particular, contra la nueva derecha intelectual: James Burnham, The Freeman, The Mercury. Creo indispensable analizar este fenómeno que veo sin comprender, excepto como un ejemplo de recaída de la historia: me refiero a la curiosa amalgama de elementos de izquierda, anarquistas, nihilistas y oportunistas, todos autodenominándose conservadores, en una auténtica Narrenschiffe [nave de locos].” (Between friends. The correspondence of Hannah Arendt and Mary McCarthy)
Por su parte, el trato reservado para Hiss fue siempre el de víctima, “incluso si era culpable. El New Deal, que ya empezaba a adquirir la pátina del recuerdo, era sacrosanto para el liberalismo progresista. Si el idealista Hiss había entregado secretos a la Unión Soviética, lo había hecho por motivos altruistas”. Con base en la biografía de Tanenhaus, se puede seguir un contraste detallado en el que Chambers, invariablemente, sale mal parado. Los intelectuales como Mary McCarthy lo desaprueban no por sus hechos sino por su estilo. Chambers era simplemente extravagante —Tanenhaus lo describe a veces como un homeless, que desconcierta a sus comensales con sus modales señoriales y su capacidad políglota— y preferían defender al mendaz Hiss antes que aceptar una revelación incómoda por parte de Chambers, el hombre que colaboraba en Poetry y, como estudiante en Columbia, había sido compañero de Louis Zukofsky, Meyer Schapiro y Lionel Trilling, quien lo consideraba “una mente no carente de fuerza”. Así llegaría a ser uno de los editores estratégicos del Time de Henry Luce. No obstante, Chambers era desaseado, melodramático, religioso y con un pasado turbio, mientras que Alger Hiss era un embustero y con un pasado igualmente turbio, pero era “de los nuestros”.
Si Joseph McCarthy denunciaba al aparato burocrático y militar de Estado, el progresismo newdelear desplegó una estrategia simétricamente devastadora en contra de Whittaker Chambers. Al tratarse de un ciudadano privado que desafiaba los cimientos morales del liberalismo de posguerra, este no recurrió a comisiones senatoriales como McCarthy, sino a l’amalgame stalinien típica, manchando deliberadamente la figura de Chambers con la de McCarthy para invalidar así su testimonio. El descrédito mediático y cultural junto con el ostracismo social (una auténtica muerte civil) actuaron como un macartismo de signo inverso, evidenciando que la caza ideológica de mediados de siglo no era un monopolio de la derecha, sino una herramienta ambivalente utilizada por el establishment progresista que se autoconcebía moralmente intocable.
No es difícil advertir que en esta simetría se encuentra el origen de los nuevos radicalismos, al grado de que un circunspecto Jonathan Rauch habla ahora de la derecha woke en los mismos términos en que se habla de izquierda woke. Y no es que tales fenómenos persigan idénticos objetivos sino que comparten la misma lógica; y algo peor: un similar desprecio por la verdad y la consecuente sobrevaloración del poder y del discurso: “La administración Trump ha aprendido de la policía del lenguaje en los campus universitarios” (“The Woke Right Stands At the Door”, Persuasion, agosto de 2025). Ambos —el poder y el discurso— son ahora los generadores únicos de la realidad. Por su parte, tanto en la derecha como para la izquierda, la verdad objetiva y verificable es solo una obligación irrelevante. Lo decisivo es la verosimilitud. Hoy todo se juega en una guerra de narrativas.
Whittaker Chambers no era un cazador de brujas y consideraba a McCarthy como el peor enemigo para la causa de un anticomunismo legítimo. El problema de McCarthy no era a quiénes demandaba, sino cómo lo hacía. Chambers había arriesgado su reputación y su vida para presentar pruebas documentales (los Pumpkin Papers) contra Alger Hiss. Para él, la lucha contra el comunismo era una cuestión de evidencia y testimonio moral. Cuando McCarthy hacía acusaciones infundadas contra el Ejército o el Departamento de Estado que luego resultaban ser falsas o exageradas, desprestigiaba los casos reales. Pese a todo, la realidad actuaría en contra de Chambers: “Fueron ‘los mejores’ los que estaban a favor de Alger Hiss, los instruidos y los poderosos, los que defendían con indignación la mente abierta y al hombre bueno, los que cerraron sus mentes en una psicosis de apoyo a Hiss” (Witness).

David Medina Portillo. Ensayista, editor y traductor. Editor-In-Chief de Literal Magazine. X-Twitter: @davidmportillo
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Posted: April 7, 2026 at 8:07 pm







