Cómo escribo esa desgracia
Socorro Venegas
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En este mundo, tal vez sea necesario un terremoto para hacernos saber que los márgenes hacia los que nadie mira, hablan. Allá hay un clamor, el de los desposeídos. Todas esas personas que una y otra vez han visto su vida arrasada. Su dolor parecería imposible de verbalizar, de articular, y sin embargo no necesitan que alguien les preste voz, la tienen. Necesitan, sí, ser escuchados y vistos, que sus vidas sean un testimonio de dignidad. En su libro Fallas, de próxima publicación por la editorial mexicana Cantamares, es la escritora haitiana Yanick Lahens quien asume desde la literatura el trabajo de amplificar y taladrar en el imaginario de una isla devastada. La escritura del desastre tras el terremoto que asoló Haití en 2010.
“El 12 de enero de 2010 a las 16 horas con 53 minutos, durante un crepúsculo que ya buscaba sus colores de final y de inicio, la ciudad de Puerto Príncipe fue poseída durante menos de cuarenta segundos por uno de esos dioses que —dicen— se sacian de carne y sangre”, explica la autora en las primeras páginas de su relato. Cómo no pensar en los terremotos que en la Ciudad de México han cobrado sus propias cuotas de carne y sangre. Sabemos de esos dioses; su poder, nos revela Yahens, puede vulnerar incluso la herencia cultural: “Ya no sabremos qué contar a nuestros nietos”. Ahí es donde la palabra se vuelve indispensable, donde hay que apostarlo todo: estas páginas se escriben en el apocalipsis, en tiempo real. Son tanto la necesidad de dejar un testimonio como de comprender lo que se vive, de denunciar y de comunicarle algo nuevo al mundo sobre una situación complejísima. Una prueba de vida desde el infierno:
“Escribo para intentar saber.
Sólo un poco más.
Pero no sanaré.
No quiero sanar. No escribo para sanar. Escribo para jugarme todo en cada página y eludir la amenaza del silencio línea tras línea.”
Ese estado hipervigilante y contenido en el que entra la autora para diseccionar no solo lo que ve, sino lo que la impulsa a contar lo que ve, me recuerda mucho Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet, un texto estremecedor en el que consigna su experiencia después de atravesar solo por campos donde yacen refugiados palestinos torturados y asesinados por los libaneses; llevar la cuenta de esos hechos —lo saben bien los autores que han abordado el holocausto— parece imposible. Por eso Lahens va a preguntarse de diversas maneras a lo largo de su libro cómo narrar la desgracia. También ella camina entre cadáveres. Es pasearse en el absurdo, llevar el lenguaje ahí donde la vida enmudece. ¿Cómo contar eso? Los momentos en que tantea a oscuras, en que su rabia y su necesidad la empujan a escribir pero también a dudar, son especialmente brillantes. “¿Qué palabras están a la altura de hombres y mujeres de terca pasión por la vida, que entre el polvo y los escombros de la muerte se empeñan en reinventar la vida con sus manos?”
Las preguntas de Yahens son importantes, contrastan la posibilidad de la literatura y la atrocidad de la desgracia, el riesgo de revictimizar a esas personas que deambulan por las calles acaso sin comprender del todo lo que han perdido. Es un cisma interior el que ella vive, pues la situación extrema también le exige tomar decisiones. Así, rechaza las ofertas de abandonar puerto Príncipe como harán tantos otros. Renuncia a ese privilegio. Ella va a quedarse, no puede apartarse de lo que ve. Abraza su oficio y un territorio: “Esta tierra de palabras, la única que nos pertenece a escritoras y escritores, se agrieta y corre el riesgo de ceder también si no tenemos cuidado. Enorme falla bajo nuestros pies.”
La pluma de Yahens dejará que percibamos “la ternura del mundo por Haití”, pero también lo mal que se organiza la solidaridad, la dificultad de gestionar las ayudas, el negocio de ayudar a los necesitados. Haití, el país más pobre de América Latina y el Caribe, asolado por un racismo que genera condiciones de apartheid, ha desarrollado una enorme desconfianza en políticos, intelectuales, en los poderes, dice Yahens: “hace dos siglos que se acostumbraron a avanzar solos en la historia”. Esa soledad no es buena para nadie. Esa soledad equivale a abandonar nuestra condición humana. Por eso es esencial que Yahens nos diga lo que las estadísticas, los informes de las ONG´s o los prejuicios raciales es imposible que digan de las víctimas del terremoto: “Hombres, mujeres y niños no se conforman con estar vivos. Viven indomablemente como para enfrentarse cara a cara con la desgracia. Quizá la retan en silencio para decirle que a pesar de todo el sol se levantó ayer y hoy los niños volvieron a reír”.
Mientras nos adentramos en la lectura, resultará importante recordar que Yanick Lahens es novelista (en 2014 ganó el prestigioso Prix Fémina por su quinta novela, Baño de luna). Otra historia empieza a colarse en Fallas, a hacer callejones entre los renglones de la cotidianeidad suspendida en Puerto Príncipe. Así llegamos al capítulo 10, “Notas para una novela”, donde Nathalie y Guillaume comienzan su camino en el crepúsculo, ahí donde los senderos se borraron.
Fallas es un libro de un poder tremendo, en el que la belleza y el horror se encuentran, habla directo al corazón de los lectores sin romantizar, incluso va a advertirnos del peligro de albergar esperanza. El título alude, desde luego, a las fallas en la tierra que producen un terremoto, pero acaso también a las que se cifran en el corazón de las personas. Toda la honestidad de una prosa deslumbrante.
Foto de Krakograff Textures en Unsplash

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Posted: May 4, 2026 at 5:56 pm







