Transición y Tierra de gracia
Roberto Salinas León
María Corina Machado, la “Dama de Hierro de la Libertad”, siempre ha mantenido optimismo sobre llegar “hasta el final”, contra toda adversidad. Su liderazgo representa una alternativa genuina, basada en principios, en movilización pacífica, en el papel de la tolerancia en una sociedad abierta.
Han transcurrido más de 100 días desde la dramática captura del dictador venezolano Nicolás Maduro por las fuerzas militares estadounidenses a principios del nuevo año. En ese lapso, todo cambió, pero todo sigue igual. El júbilo inicial por la vasta mayoría de ciudadanos venezolanos, dentro y fuera de la nación, fue seguido casi de inmediato por una narrativa lamentable: la sociedad venezolana no estaría “lista” para una transición democrática. En su lugar, la administración Trump 2.0 optó por trabajar con otros altos mandos del propio régimen, encabezados por Delcy Rodríguez, arquitecta del sistema de tortura de la dictadura venezolana y pieza clave del aparato represivo.
O sea… todo cambió, pero todo sigue igual. La interrogante inevitable es: ¿y ahora, qué?
Las reacciones han oscilado entre la indignación y la evasión. Algunas voces defienden lo indefendible, con indiferencias miserables como “sin comentarios”, mientras que los progresistas hablan de la “autodeterminación de los pueblos”. Otros expresan fuertes dudas sobre la legitimidad del uso de la fuerza militar estadounidense para “adueñarse” de lo que Trump 2.0 considera plaza propia—la infame Donroe doctrine. Es un juego de ajedrez en un tablero geopolítico de cinco dimensiones, dice una simpática sátira al respecto.
La gran líder venezolana, María Corina Machado, ha elevado el tono en dirección opuesta. En redes sociales y reuniones con la diáspora venezolana, reitera su compromiso de regresar a su tierra natal y explotar su formidable respaldo popular para culminar la última etapa de “hasta el final”—la transición a un régimen democrático y una sociedad abierta. Su paciencia con el status quo, al parecer, ya se agotó.

En diversos foros, María Corina ha presentado una agenda de reconstrucción intitulada Tierra de gracia. La economía venezolana requiere instituciones creíbles, con derechos de propiedad bien definidos y reglas generales que inspiren certidumbre en el régimen de inversión. Y, a la vez, requiere convertirse en un imán para reconquistar el valioso capital humano que ha emigrado en masa hacia otros países.
Venezuela vale mucho más que su reserva petrolera. Tiene un potencial innegable para convertirse en uno de los principales nodos estratégicos del near-shoring, con una ubicación geográfica privilegiada para el desarrollo de cadenas globales de valor en manufactura, en semi-conductores, tecnología e, incluso, en el desarrollo de centros de inteligencia artificial. Otros sectores como turismo, mercados de capital, educación y desarrollo de infraestructura ofrecen oportunidades reales para apuntalar un renacimiento de prosperidad incluyente.
Tierra de gracia representa una visión ambiciosa, un planteamiento propositivo de lo que una sociedad sumida en ruinas, con niveles de arriba del 85% en extrema pobreza, puede alcanzar. No es una receta o fórmula instantánea. Su implementación encara desafíos monumentales. La inflación supera una tasa anual de 600%, mientras que el crecimiento observado refleja un mero rebote a partir del desplome de la actividad cotidiana en un abismo de miseria. El propio sector petrolero requiere inversiones masivas, superiores a los 100 mil millones de dólares en infraestructura, almacenamiento y tecnologías de extracción —además de capital humano calificado para explotar las reservas probables de riqueza potencial que tiene el país. La producción de crudo ha caído dramáticamente en los últimos 25 años de estatismo petrolero (sound familiar?), y el país apenas se ubica en el sitio número 20 de los principales productores mundiales del oro negro.
El factor capital para que Tierra de Gracia se convierta en una promesa creíble reside en la adopción de un régimen institucional de pesos y contrapesos, de rendición de cuentas, de derechos de propiedad protegidos por un poder judicial autónomo. En las palabras de Ricardo Haussman: “la prosperidad no proviene del petróleo, decretos o supuestos líderes benevolentes. Proviene de derechos… que permitan a las personas invertir, innovar y soñar.” Si los derechos desaparecen, la sociedad colapsa; pero si se restablecen, la recuperación pasa de una realidad posible a una posibilidad real.
Un derecho ciudadano fundamental es el derecho a celebrar elecciones libres y transparentes. Es una condición sine qua non para la paz y prosperidad en la Tierra de gracia.
La (i)lógica transaccional (¡depredadora!) de la Casa Blanca pretende subordinar la auténtica soberanía popular del pueblo venezolano a los intereses inmediatos de Trump 2.0. La estrategia post-Maduro, supuestamente “transitoria”, corre el riesgo de perpetuar lo que Anne Applebaum ha denominado Autocracy Inc., es decir, un escenario caracterizado por la represión, la extracción de rentas, la impunidad y el control político a toda costa. No se trata de una confrontación de “izquierda vs. derecha”, es decir, una disputa entre ideologías. Es una lucha por el poder en su forma más cruda.
La paradoja es evidente: pretender desmontar un régimen autoritario colaborando con sus arquitectos. Como han señalado críticos de esta estrategia, equivale a intentar una transición sin romper con las estructuras que sostienen el autoritarismo: trabajar con Goebbels una vez que se destituya a Hitler, como bien apuntó Sergio Sarmiento. En ese contexto, Delcy Rodríguez encarna la continuidad del sistema, no su transformación. El activista nicaragüense (y antes preso político) Félix Maradiaga lo explica en forma clara y contundente: la designada interina representa “lo peor” del régimen autocrático: una “arquitectura de cleptocracia” que controla “flujos de dinero, tribunales y los servicios de seguridad”, en la que ella se ubica como pieza central de una “maquinaria que convirtió la riqueza de una nación en enriquecimiento privado, palanca política y fichas de negociación global”. La manipulación de prisioneros como recurso político a pesar de las “promesas” de liberación es un ejemplo dramático de cómo Delcy maneja su reino de terror. Si bien ya liberaron a grandes amigos como María Oropeza o Jesús Armas, todavía existen más de 500 presos políticos en varios centros de detención del régimen, incluyendo la obra de horror maestra de Delcy, el Helicoide.
La situación actual en Venezuela constituye un fiel reflejo de la obra de George Orwell Animal Farm: “todos los animales son iguales, pero unos animales son más iguales que otros”. En efecto, Delcy es la Miss Piggy privilegiada en esta granja, viviendo como capo, con lujos a todo su alrededor, con los privilegios de una casta política impune y, ahora, bendecida por la doctrina Donroe.
María Corina Machado, la “Dama de Hierro de la Libertad”, siempre ha mantenido optimismo sobre llegar “hasta el final”, contra toda adversidad. Su liderazgo representa una alternativa genuina, basada en principios, en movilización pacífica, en el papel de la tolerancia en una sociedad abierta. Ella logró demostrar, mediante una brillante operación ciudadana de verificación electoral, que Maduro perdió las elecciones de 2024 por una relación de 3 a 1 —y con ello dejando claro que el robo de las elecciones subsecuente representa el episodio más flagrante de fraude electoral en la historia moderna de América Latina. Ha afirmado sistemáticamente, y lo sigue haciendo, que nada está por encima de alcanzar la libertad en su país —ni su familia inmediata, ni sus aliados más cercanos, ni su Premio Nobel de la Paz, ni siquiera ella misma. Como señaló en una entrevista para Rolling Stone en 2024: “lo que me suceda físicamente, no lo sé. Lo que sí sé es que el destino de esta lucha es la libertad en mi país, y eso es algo que me trasciende a mí y a todos”.
Así debe entenderse el llamado de Machado: hacer todo y cualquier cosa que restaure el comercio, la libertad, la legitimidad democrática, el imperio de la ley y la dignidad humana en la Tierra de gracia. Hoy la transición venezolana se mueve en una zona gris entre principios y realpolitik. Pero al final, y “hasta el final”, la esperanza de una transición pacífica no nace de decisiones externas, arreglos entre los cerdos de la granja orwelliana, o una teoría de juegos geopolítica. Nace de la determinación que, ahora más que nunca, el cambio definitivo que encarna el llamado “hasta el final” ha pasado de ser una realidad posible a una posibilidad real.
Roberto Salinas León. (Ph.D. en Filosofía y Teoría Política, Universidad de Purdue) es director de asuntos internacionales de la Universidad de la Libertad, presidente de Alamos Alliance, uno de los coloquios económicos más importantes en América Latina. Ha publicado en diversos medios como El Economista, Forbes, Nexos, The Wall Street Journal, Investor’s Business Daily, entre varios otros. X: @rsalinasleon
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Posted: April 22, 2026 at 9:00 pm







