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Reporte desde donde no pasa nada
COLUMN/COLUMNA

Reporte desde donde no pasa nada

Miriam Mabel Martínez

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Confieso que la contundencia con la que el famoso arquitecto obsesionado con el Bosque de Chapultepec describió lo que hoy es ya mi nuevo barrio me incomodó: “Un lugar donde no pasa nada”. Frase que expulsaba la vitalidad de un barrio céntrico, lleno de tienditas de las de antes, de imprentas, con mercados sin remodelar, con pollerías, carritos de nieve y raspados, con pan de chino en cada cuadra, con herreros, plomeros, carpinterías, papelerías, jarcerías, lavados de auto, vulcanizadoras, rosticerías, mercerías, estudios fotográficos, queserías, heladerías, talleres mecánicos, tlapalerías, cerrajerías, con puestos de tamales de diferentes regiones por esquina, esquites en las tardes en los parques, taquitos de canasta cerca del Metrobús para el antojo, fonditas, tintorerías, lavanderías, aguacates a 50 el kilo, paquetitos de canela a 20 pesos, talleres de costura para arreglar desde el dobladillo hasta invenciones que alargan la vida de la ropa, juegos creativos que alegran el día y parques atestados de clases, de niños, ancianos, adolescentes, parejas, amigas, pandillas (en el sentido de colectividad). Cómo es que no pasa nada si no dejan de ocurrir acontecimientos como los perros que muerden los chorros de la fuente, o ancianos que acompañan a sus nietos a la escuela, o charlas espontáneas mientras se tira la basura, o saludos a personas cuyas voces se integran poco a poco al paisaje sonoro urbano de otro código postal. Sin embargo, en aquel momento estaba empujando mis miedos hacia el futuro. No supe qué responder, porque aquella frase, si bien expulsaba la energía urbana de la clase media citadina, también sintetizaba, más que el clasismo, el aspiracionismo que nos cruza a todos, incluso, a quienes ingenuamente creemos estar fuera, sobre todo porque estamos dentro. ¿Qué significa que pase algo? ¿Qué define, territorialmente, al centro? ¿Dónde se ubica el centro, respecto a qué?

¿Por qué me había incomodado tanto aquella frase? Quizá porque evidenciaba mi “expulsión” de Casi el paraíso como el narrado por Luis Spota (en el que todos tenemos algo de Amadeo Pádula). Sin duda, la sentencia traslucía el clasismo de mi interlocutor, pero también me confrontaba a mis propios prejuicios. Esta certeza me entristeció, porque mostraba mi aspiración a… ¿qué? ¿Al sueño de “pertenecer” a un código postal que inspiró en sus mejores momentos la creación de una revista? ¿A sentir que vivía en el “corazón” de una ciudad que de manera acelerada se gentrificaba para parecerse a cualquier capital del mundo? ¿A consumir salsas primermundistas con condimentos sofisticados y cultivados también con aspiraciones orgánicas globales que aseguraran la expulsión del picante? ¿Cómo fue que dejé de saborear el tuétano en el mole de olla del tianguis de los martes para rendirme ante su elegancia extendida sobre sopes de maíz criollo?

Mi reacción correspondía, proporcionalmente, a mi temor por vivir una cotidianidad lejos del mundanal mundo de las franquicias; esas que me recordaban en cada esquina que mis elecciones se habían ajustado al gusto estándar de lo que “debe ser”, rodeada de arquitectura Art Nouveau, de camellones anchos, parques y de un trazo urbano que parecía responder al arte decimonónico de pasear sin prisa –flânerie, pero que exigía replicar la prisa neurótica de la vida urbana exigida para enfrentar el cruce del siglo XX al XXI. Explorar la ciudad pretendiendo entender su ritmo… claro, apegado a la estética cool derivada, primero, de la vida bohemia del artista; luego, del consumo importado del hípsterbrooklynite y ajustado al clima chilango creativo, aderezado por el estilo sin ataduras de los nómadas digitales, todo sazonado por el turismo cultural que atrajo a inversionistas para patrocinar una gentrificación que aseguraba limpiar de viejos, de pobretones, de colores chillones, de oficios y demás cosas con tinte local para certificar la vida en una tesitura tan cómoda, elegante, cumplidora y predecible como el little black dress. Sin duda, yo era parte de ese mal buen gusto –parafraseando a John Waters– tan estandarizado como apetecible.

Estar fuera era no osadía ni resistencia, sino la constatación de que el éxito (¿cuál?) me daba la espalda. Sin un código postal de respaldo, lejos de los Office Max-Depot, cafés Garat, Starbucks, Chiquititos café, Peltres, Califas, Péndulos, me fui liberando de prejuicios que, sin darme cuenta, había acumulado no sólo en los archivos de los chats, sino en el silencio ante comentarios aparentemente aislados sobre diversos temas (homeless, jóvenes en patineta, personas sospechosas sentadas en bancas, comerciantes de toda la vida que poco a poco se volvieron desconocidos), que se volvieron cotidianos. Mensajes en los que se solicitaban con la misma soltura un servicio de poda que de retiro de basura o de personas que degradan la imagen de la colonia, sobre todo que se distinguiera entre los residentes a los visitantes, a los de toda la vida, a los recién llegados, los auténticos, a los impostores…

Hablar de ellos y nosotros se normalizó dentro y fuera de los chats vecinales que se rindieron como canales de comunicación entre los residentes –no fake– para convertirse en cámaras de denuncia. Nos dejamos de saludar con la misma indiferencia con la que olvidamos los comercios familiares. Las banquetas anchas y espaciosas se rindieron ante la estética cosmopolita de sillas, mesas, macetas, tazas y platos tipo Ikea que nos hacen sentir parte del mundo y, sobre todo, igual a ciertos puntos neurálgicos del mundo. Mi nuevo barrio no está en el mapa de los Place to be, a lo mejor porque sus cafecitos, a pesar de que también ya cuentan en sus menús leches de soya, almendra, flats white, lattes, expressos preparados en sofisticadas máquinas, aún llegan a las mesas en tazas que no parecen salidas ni de las series ni de las influencias del diseño nórdico, al igual que las sillas cubiertas con cojines nada serios ni solemnes, mucho menos de colores neutros y más parecidos a las combinaciones orgánicas de las cobijas de las abuelas tejidas con sobrantes, en un ejercicio inconsciente de recuperación de motivos y patrones –ahora, prints–inspirados en plásticos de los manteles o telas tan divertidos y vivaces como las personas que atienden los locales, quienes aún creen que el buen servicio consiste en ser atentos desde la igualdad y el respeto del usted. Un usted desparpajado y mutuo que para algunos suena “anticuado”, pero que resulta más cercano y vigoroso que el tú que subraya las diferencias, porque ese “tú” no siempre nos relaciona entre pares; en muchas ocasiones se utiliza tramposamente para acentuar la verticalidad y delata a los que denuestan a los “igualados”. En el tú no todos somos tan iguales como en el usted.

Me gusta la señora que soy caminando con mis perros en mi nuevo parque, en el mercado, en las calles de un barrio que conserva el candor que en los noventa me atrajo de mi ahora ya ex barrio, cuando tampoco pasaba nada y había pollerías, carnicerías y no sólo Wild Fork, cuando disfrutábamos de pasear a nuestros perros y no requeríamos de servicios de paseadores, cuando aún no habíamos claudicado ante la tentación de pedir todo a domicilio, cuando existían farmacias discretas sin botargas danzantes ni bocinas tan escandalosas como el tamaño de sus letreros-nombres, o cuando las agencias de automóviles no opacaban los mecánicos locales y las tienditas con horarios humanos no habían sido expulsadas por los Oxxos, Seven-Eleven, Ks y demás franquicias que no duermen. Los parroquianos antojados nos echábamos entonces sin culpas nuestro tlacoyito o nuestro taco de canasta o el taco de la esquina, y teníamos la confianza para sugerir en la fondita, sumidos en la nostalgia, un platillo que nos trasladaba a la infancia.

Acá donde no pasa nada, los sábados afuera del mercado venden los mejores tamales de costilla, en la esquina del parque los domingos la barbacoa está para chuparse los dedos, en un restaurante local venden tostadas de pata servidas tan abundantes como los refiles que dan en los comedores del mercado. Día a día redescubro un platillo que pensaba olvidado y que me regresa a la comida mexicana casera tan inventiva como diversa, y también observo la curiosidad con la que conviven ventanitas de pan de masa madre, puestos de tés exóticos en los mercados, clases de danza aérea y de escalada, pilates en las mañanas y rumba en las noches, gimnasios de héroes de la lucha libre y entrenadores que convierten el parque en un gimnasio que tiene rutinas para todas las edades. Actividades y eventos que dan cuenta de que nuestros hábitos siempre están cambiando mientras deseamos que no impliquen una estandarización aspiracional que nos integre a los primeros lugares de estadísticas internacionales (“México se consolida como el segundo mercado más grande de comida a domicilio en América Latina”) y que sí propongan cambios de usos y costumbres en los que las tareas de los cuidados sean más democráticas afuera y adentro de las casas.

Poco a poco he atravesado la incomodidad y el miedo –vestidos de prejuicio– que nos hacen temer los cambios. Renuncio a la certidumbre para aferrarme a la inquietud que genera lo distinto y al deseo que provoca cualquier movimiento. No me siento perdida porque ya no aspiro a la certidumbre, sino a reaprenderme en otro lugar que me invita a recorrer otras rutas y a inventar derivas por esta gran ciudad que hoy, al igual que yo, está en reconstrucción.

Acá donde no pasa nada, pasan demasiadas cosas. No sólo el Metro, el Metrobús, el trole y los aviones, sino niños que juegan en la calle, carritos de nieve que provocan que todos salgamos los miércoles a degustar helado de mamey, ensayos de grupos de teatro al aire libre, talleres de impresión y de tatuajes; suceden muchas cosas adentro y afuera de las casas, sobre todo adentro. Y lo sé porque en las noches, cuando salgo a caminar con mis perros, observo desde este lado de las ventanas comedores festivos e imagino el ruido de los platos sintonizarse con las conversaciones. Casi me parece escuchar sus risas entrelazarse con las de paseantes, quienes conversan a manos libres mientras pasean a los canes antes de dormir y saludan al vecino que regresa de trabajar cargando, además, un algo para cenar… También me topo con la pareja o con los hermanos o con mamás e hijos o familias comiendo esquites o con bolsas llenas de pan. Nos cruzamos al igual que en las mañanas cuando cada quien toma su rumbo hacia sus destinos laborales y escolares, o al mediodía cuando pasan junto a mí, con sus mandados, mujeres y hombres mayores. Estas escenas me hablan de las familias extensas que habitan este código postal donde, por suerte, aún no pasa nada más que las rutinas siempre interrumpidas y cruzadas por microcotidianidades, las cuales nos susurran que no requieren pruebas para existir.

Foto de Armands Brants en Unsplash

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016). Coordinó las antologías Oríllese a la izquierda Mujeres  (2019) y Mujeres. El mundo es nuestro (2021) ambas bajo el sello Universo de Libros.

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Posted: May 17, 2026 at 11:57 am

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