La imaginación posliberal
Armando Chaguaceda
Entre el buen diagnóstico y las raras ausencias
Marlene Laruelle es actualmente una de las estudiosas más rigurosas del iliberalismo de derecha y de la política autoritaria en la Rusia postsoviética. Es también una intelectual pública trasatlántica, que busca llevar el conocimiento académico a las batallas ideológicas del presente. Todo eso se aprecia de modo diáfano en su ensayo “El liberalismo está perdiendo la guerra de la imaginación”, el cual contiene observaciones genuinamente valiosas: una productiva distinción entre un liberalismo delgado —entendido como un conjunto de reglas e instituciones destinadas a garantizar el pluralismo— y un liberalismo grueso, entendido como una forma de vida particular —cosmopolita, individualista, secular y progresista— presentada con frecuencia como neutral y universal; un acertado diagnóstico del fatalismo tecnocrático de ciertos liberales; y un sugerente llamado a un “universalismo plural”, enraizado en múltiples genealogías civilizacionales. Estas son contribuciones reales, oportunas, que merecen reconocimiento. Pero aquí nos interesa discutir las limitaciones del texto —que son, lamentablemente, varias y problemáticas— sobre las críticas y alternativas al liberalismo.
El “posliberalismo” como niebla conceptual
Una apuesta analítica del ensayo es retomar el concepto de “posliberalismo”. Laruelle lo invoca como la alternativa deseable tanto a la complacencia liberal como al iliberalismo de derecha, “un posliberalismo más imaginativo”, escribe, “que tome en serio los fracasos de la democracia liberal sin recaer en las versiones de derecha que actualmente dominan la conversación”. Con estas alusiones la autora hace suya una noción que muchos exploramos anteriormente pero de la que algunos nos hemos apartado al tomar conciencia de su debilidad analítica y práctica.
El problema es que, más allá del gesto, el posliberalismo se sostiene sobre muy poco trabajo conceptual. En el ensayo no está definido con rigor qué debemos entender como “posliberalismo”, aunque la noción misma carece de una genealogía teórica clara. O más bien, tiene demasiadas: el término ha sido empleado por integristas católicos, tories rojos, comunitaristas de izquierda, críticos poscoloniales y reformistas tecnocráticos, entre otros, con frecuencia en direcciones mutuamente incompatibles. En la teoría política académica, el concepto sigue siendo profundamente disputado, y la disputa es sustantiva, no meramente terminológica. ¿Qué tipo de derechos de propiedad defiende el posliberalismo? ¿Qué arreglos institucionales favorece? ¿Qué concepción de la autoridad legítima ofrece? Laruelle deja todo esto intacto.
El concepto funciona en el ensayo menos como herramienta teórica y más como marcador de posición — un significante vacío que le permite a Laruelle señalar hacia un futuro político deseable sin comprometerse con ninguno de sus rasgos concretos. Esto importa porque la prescripción central (compartida por mí) del ensayo — que los liberales deben librar y ganar una “guerra de la imaginación” — depende de tener algo imaginativamente coherente para ofrecer. El “posliberalismo”, tal como se despliega aquí, no es precisamente eso: nombra una dirección de marcha sin especificar un destino, que es exactamente el fracaso que Laruelle le diagnostica al liberalismo delgado.
En el plano empírico, el concepto tampoco sale bien parado. El ensayo no proporciona ningún caso de formaciones políticas, movimientos o gobiernos posliberales realmente existentes — ni en Europa ni en el Sur Global ni en ninguna parte. El concepto flota íntegramente en el nivel de la aspiración. Esta es una ausencia llamativa en un ensayo que desea sacudir y movilizar la imaginación política liberal y prever sus manifestaciones y consecuencias en el mundo real.
El invisible iliberalismo de izquierda… y el punto ciego geográfico
El defecto sustantivo más significativo del ensayo es su tratamiento del iliberalismo como un fenómeno predominantemente de derecha. Laruelle no ignora que existen desafíos de izquierda al liberalismo — menciona brevemente las “posibilidades de izquierda, pluralistas y democráticas” como “en gran medida inexploradas”. Pero este reconocimiento es superficial y sirve principalmente para señalar hacia una alternativa esperada. El paisaje real del iliberalismo de izquierda realmente existente nunca se examina. Esto no es una laguna menor: es una distorsión estructural. Y al menos desde donde escribo estas páginas—desde el Extremo Occidente (Alain Rouquié dixit) de una Latinoamérica sacudida, en simultaneo, por las promesas de la tradición occidental y los reclamos surglobalistas— esa ausencia importa y esa distorsión preocupa.
Considérese lo que está ausente del análisis de la autora. Los regímenes bolivarianos de Venezuela, Nicaragua y Bolivia representan los experimentos más sostenidos de populismo de izquierda del siglo veintiuno — experimentos que han combinado, en distintos grados, movilización social genuina con el desmantelamiento sistemático de la independencia judicial, la libertad de prensa, la integridad electoral y los derechos de las minorías. No son curiosidades históricas lejanas; son realidades políticas en curso que afectan a decenas de millones de personas. Son iliberales por cualquier definición coherente del término, y no son de derecha en ningún sentido relevante.
Tampoco aparece el modelo del Partido Comunista Chino de capitalismo de Estado —analizado por Laruelle en varios textos— que combina el gobierno de partido único y un sofisticado aparato de control social y propaganda ideológica, representando el desafío más consecuente a las normas y realidades liberal-democráticas en el mundo contemporáneo. Con su activa exportación de un gobernanza, desarrollo y legitimidad antiliberales, resuena como alternativa en numerosos Estados de África, Asia y América Latina. Sin ser de derecha en el sentido occidental, ni simplemente autoritaria dentro del molde de la política comparada actual, la China de Xi es una alternativa antiliberal coherente, proveniente de la izquierda comunista del siglo XX.
El punto no es que estos casos sean equivalentes entre sí, ni que el iliberalismo de izquierda sea idéntico al de derecha. El punto es que el iliberalismo no es monopolio de la derecha, y un análisis que lo trata como tal es analíticamente incompleto y políticamente engañoso. Laruelle es, por supuesto, especialista en política rusa y euroasiática, y su trabajo reciente se ha centrado intensamente en los movimientos nacionalistas de derecha de Europa y América del Norte. Es comprensible que ello moldee su énfasis analítico. Pero un ensayo que aspira a diagnosticar la crisis global del liberalismo y a proponer los lineamientos de una alternativa universal no puede permitirse este tipo de visión selectiva.
Esto nos lleva a lo que quizás es la tensión más profunda del ensayo: la contradicción entre su aspiración hacia un universalismo plural y globalmente enraizado y su limitada geografía analítica real. Laruelle argumenta, de manera convincente, que el universalismo ha fracasado porque ha sido vivido como “un vocabulario occidental exportado hacia afuera, en lugar de un horizonte moral compartido construido desde muchos lugares”. Llama a un universalismo “plural en su genealogía”, “traducido a través de civilizaciones y tradiciones” y enraizado en “diferentes historias, religiones, mundos sociales y memorias políticas”. Pero el ensayo que formula este argumento extrae sus ejemplos casi exclusivamente de Europa occidental y América del Norte: Le Pen, el AfD, Trump, los debates jurídicos británicos. Las crisis políticas del Sur Global — donde vive la mayor parte de la humanidad, donde el liberalismo tiene la historia más disputada y ambigua y donde las alternativas realmente existentes a la democracia liberal son más variadas— están prácticamente ausentes.
Esto no es una mera omisión geográfica; es una contradicción estructural. Un ensayo que defiende un universalismo construido desde múltiples raíces civilizacionales, pero que él mismo construye su argumento desde una única raíz civilizacional — la tradición liberal-crítica occidental — socava su propia afirmación central a nivel de la práctica. El ensayo no hace lo que recomienda. Ejecuta exactamente el movimiento que diagnostica como el fracaso central del liberalismo: universalizar desde una posición particular mientras se pretende hablar en nombre de un horizonte compartido.
Además, hay un problema relacionado en la distribución de simpatía analítica del ensayo. Cuando Laruelle analiza el iliberalismo de derecha, tiene cuidado de distinguir entre versiones cínicas y sinceras, de identificar los fracasos reales del liberalismo a los que responden los movimientos iliberales, y de advertir contra el rechazo reflejo. Esto es encomiable. Pero cuando reconoce brevemente las alternativas de izquierda, estas se describen únicamente como posibilidades “en gran medida inexploradas” — aspiracionales e incontaminadas por el registro real del iliberalismo de izquierda.
Esta asimetría no es intelectualmente honesta. Los fracasos del socialismo bolivariano, el autoritarismo de muchos gobiernos poscoloniales nacionalistas de izquierda, y los costos humanos de los modelos desarrollistas comunistas merecen la misma generosidad analítica — lo que significa el mismo escrutinio crítico — que Laruelle extiende al populismo de derecha. Tratar a la derecha como un fenómeno complejo con raíces sociales genuinas y agravios legítimos, mientras se trata a la izquierda como un reservorio de potencial emancipatorio irrealizado, es reproducir el mismo sesgo ideológico que la autora critica, con cierta razón, a los establishment liberales.
A modo de conclusión: un argumento mejorado
Nada de lo anterior implica que el diagnóstico central de Laruelle sea erróneo. El déficit imaginativo que identifica en la democracia liberal es real. La distinción delgado/grueso es analíticamente productiva. El llamado a un universalismo más abarcador está justificado. Pero desarrollar estos hallazgos en un marco analítico serio requeriría profundizar, como mínimo, en los siguientes puntos:
- Explicitar una definición y relato riguroso de lo que el posliberalismo significa y a qué se compromete realmente —uno que vaya más allá de la aspiración hacia la especificidad institucional y normativa.
- Ofrecer un tratamiento genuinamente comparativo del iliberalismo a través del espectro político y de las regiones geográficas —uno que tome en serio el populismo bolivariano, el capitalismo de Estado chino y el autoritarismo nacionalista de izquierda como toma en serio a los movimientos de derecha europeos. Y, a partir de aquí, aplicar a los proyectos políticos de izquierda la misma crítica que Laruelle aplica a los de derecha.
- Esbozar un análisis de los experimentos posliberales realmente existentes — sus éxitos y sus fracasos —en lugar de una invocación puramente aspiracional del concepto.
- Avanzar un argumento universalista construido desde fuentes no occidentales, no simplemente uno que convoque ese enfoque mientras se apoya exclusivamente en fuentes occidentales.
El liberalismo está perdiendo la guerra de la imaginación es un ensayo provocador de una intelectual sofisticada, que contiene las semillas de un argumento más sólido que el que logra formular. Sus aciertos y aspiraciones son encomiables, pero su análisis está enfocado de manera selectiva en formas que limitan su alcance. Marlene Laruelle nos llama —con especial énfasis a los liberales— a desplegar una imaginación política lo suficientemente amplia como para captar y transformar la complejidad real del mundo. Pero su propio mensaje, en forma de ensayo, todavía no lo hace. Y, del mismo modo que ha sucedido antes con otros pensadores relevantes —pienso ante todo en John Gray y, en menor medida, en Ivan Krastev— los llamados en pro de una revisión autocrítica del liberalismo se confunden, a ratos, con juicios similares a los de sus enemigos desleales.
Hasta que se intente un relato genuinamente posoccidental de la condición posliberal — uno que tome tan en serio los iliberalismos de la izquierda y del Sur Global como los de la derecha europea y estadounidense — el “universalismo plural” que se ofrece desde reflexiones como las Laruelle y otros autores seguirá siendo, pese a sus nobles intenciones y potencialidades ocluidas, una visión limitada desde algún lugar particular. Paradójicamente, desde un Occidente aparentemente cansado de sus promesas, triunfos y posibilidades.
Ciudad de México, 26 de mayo de 2026.
Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador cubano-mexicano. Investigador en el think tank Gobierno y Análisis Político (GAPAC). Con 30 años de experiencia docente en Cuba, México, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Nicaragua y Venezuela. Experto del proyecto V-Dem especializado en el estudio de los procesos de democratización y autocratización en América Latina y Rusia. Editor, coautor y/o autor de numerosas publicaciones sobre esas temáticas. X: @DMando21
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Posted: May 27, 2026 at 8:45 pm







