Agustín Monsreal, maestro de la narrativa en español
Carlos Martín Briceño
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Agustín Monsreal es hoy uno de los cuentistas más importantes de México y de Latinoamérica. Lo confirman las más de ciento cincuenta historias incluidas en sus espléndidos libros de relatos.
Diez volúmenes conforman la cuentística del maestro Monsreal, muestrario de uno de los trabajos más originales, seductores y prolíficos de la narrativa mexicana. Los ocho primeros, de cuento clásico: Los ángeles enfermos, Sueños de segunda mano, Lugares en el abismo, Las terrazas del purgatorio, La banda de los enanos calvos, Desde el vientre de la ballena, Deudas pendientes y Tres cuentos aproximadamente tristes. Los otros dos, Mamá duerme sola esta noche y Hola, te sigo esperando, aunque las editoriales han pretendido venderlas como novelas por exigencias del marketing, son una apuesta de Monsreal por el cuento largo.
Agustín nació en Mérida una luminosa mañana de 1941. Su infancia transcurrió plácidamente en el barrio de Santiago hasta que se fue a la capital del país donde sobrevivió ejerciendo diversos oficios. Allí participó también en numerosos talleres literarios que le permitieron acceder a la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1971. Finalmente, en 1979 publicó sus primeras obras: Punto de fuga (Cuadernos de Estraza) y Los ángeles enfermos (Editorial Joaquín Mortiz). Esta última le valió el Premio Nacional de Cuento con un jurado compuesto, nada más y nada menos que por Mario Benedetti, Sergio Galindo y Huberto Batis. Aunque de vez en cuando le ha dado por reincidir en la poesía, hoy se ha convertido en un cuentista de tiempo completo.
“Para mí la literatura es un destino, no un negocio ni una profesión. Y no se trata de calcar la realidad sino de inventarla”, ha dicho.
Y cómo no creerle si desde la aparición de Los ángeles enfermos hasta la publicación de Tres cuentos aproximadamente tristes (UNAM, 2025), su más reciente volumen, Agustín no ha dejado de inventar historias, de dibujar a través de su incansable pluma las contradicciones del hombre de nuestros tiempos, porque es eso, precisamente, lo que Monsreal plasma en sus relatos: la nostalgia desmedida, la putrefacción de los amores, la soledad definitiva, la fragilidad de las quimeras.
Monsreal, asegura Elena Poniatowska, “es un escritor verdadero. La suya es una comedia humana deleitosa, jocosa a ratos, pero siempre despiadada”. Para Noé Jitrik, Monsreal “proporciona una visión de México desde la perspectiva de la frustración política, sexual, urbana, desde las fantasías de los jóvenes de la clase media”. Leo lo anterior en la solapa de Lugares en el abismo (García y Valdés Editores, 1993), el primer libro de Agustín que cayó en mis manos. Lo había traído a la casa mi hermano Enrique. Venía de haber recibido un diploma que lo acreditaba como ganador del segundo sitio en un Certamen Peninsular de Cuento que llevaba el nombre de Agustín, organizado por el Centro Yucateco de Escritores y el Instituto de Cultura de Yucatán. La portada del libro diseñada por Natalia Rojas, una especie de paisaje policromo futurista salpicado de diamantes, llamó mi atención. Esa misma tarde me avoqué a su lectura. Y ya no pude parar. Aquella veintena de relatos me cautivó.
Desde que avancé por las primeras páginas de la historia inicial titulada Carta abierta de un amor para toda la vidaen la cual un enamorado cuestiona con obsesión su incapacidad para no poseer por completo a su novia — “nunca me es posible amarte completa. Si veo el aplomo de tus pechos, no me es dable contemplar tu espalda; si acudo a la dulcedumbre de tus labios, me pierdo de besar un surco, un músculo, mil poros” —, hasta que terminé la última línea de Casilda y el diablo, el ingenioso cuento de la mujer que le vende su alma a Satanás, pasando por el embarazoso monólogo titulado Los fines de semana en el que una madre se dirige melosa al novio del hijo — “pero como entre mi hijo y usted existe tanta confianza, pues espero que no tendrá ningún inconveniente de dormir con él en la misma recámara” —, me di cuenta de que me hallaba ante un genio de la narrativa.
Su prosa ágil, por momentos poética, cargada de ironía, de metáforas innovadoras y hasta de palabras imposibles, me impresionó. Pero lo que más aprecié fue la naturalidad y eficacia con la que Agustín contaba sus anécdotas. El mundo monsreliano cabía en unas cuantas páginas. Discípulo de Edmundo Valadés, Juan Rulfo, Efrén Hernández y Augusto Monterroso, maestros indiscutibles del género breve, al yucateco no le era indispensable llenar toneladas de folios para cautivar al lector.
El incesto, el hartazgo conyugal, la devastación por la muerte, la sexualidad desatendida, la confusión en la adolescencia, son temas frecuentes en las historias de Agustín. Me viene a la cabeza el jovencito que protagoniza Yo, este porvenir tan viejo, quien ingenuamente piensa que puede llegar a establecer una relación amorosa con una suripanta y la invita un domingo a pasear al Parque del Centenario:
“Sentí que me derretía de espanto; me sentí desamparado, acobardado. Percibí que su ordinariez empañaba todo, me manchaba; su perfume me producía náuseas; su boca no paraba de reír, se abría inmensa, aborrecible; su lascivia depositada en mi rostro resultaba un insulto. Mi tolerancia estaba a punto de reventar.”
La historia se resuelve de una manera impactante, una mezcla de compasión y alivio que agradece el lector.
En este punto, se hace imperativo mencionar su brillante cuento La última miseria, uno de mis preferidos. Aquí la venganza, recurrente tópico monsreliano, protagoniza una historia que inicia con la descripción del violento atraco a una pareja:
“Una noche, una noche cualquiera, Santos sale con su mujer a dar un paseo; de regreso a casa son asaltados por un hombre cuyo rostro sólo alcanza a ver de manera fugaz, pero definitiva; él es brutalmente golpeado y ella violada tan espantosamente que muere pocas horas después de la agresión”.
Lo anterior, en cuanto a su obra, pero su vasta experiencia ha permitido a Agustín Monsreal también ser maestro, no solo de lectores, sino de muchas generaciones de autores que hoy destacan en la República de las Letras, como Eduardo Antonio Parra, Marcial Fernández y Carolina Luna.
Y ya entrados en nostalgia, evoco una tarde de 1997 en el salón de las columnas del porfiriano edificio del Centro Estatal de Bellas Artes, en Mérida. Pese al clima artificial, hace calor. Somos muchos los que nos reunimos mes a mes en este sitio para encontrarnos con Agustín. Acaba de dar inicio una sesión más del taller que imparte para guiar a los que anhelamos convertirnos en cuentistas. Monsreal escucha nuestras lecturas con paciencia, vierte sus opiniones con generosidad, no tiene empacho en compartir lo mucho que sabe acerca de este género literario —el más antiguo de todos— que domina a la perfección.
—Dedícate en serio a esto, tienes madera —me dice por lo bajo, al término de la clase.
Y sí, fue gracias a él, o por culpa de él, que, como muchos aspirantes a narradores en México, elegí el sinuoso camino del cuento. Estaba por cumplir los treinta y aún no había publicado absolutamente nada. Roberto Azcorra Cámara, Carmen Simón Pinero, Reyna Echeverría, Carolina Luna, Jorge Lara Rivera, Patricia Garma Montes de Oca y otros cuyos nombres se me escapan a la memoria formábamos parte de más de una veintena de alumnos que esperábamos ansiosos la visita mensual del maestro. Intentábamos robarle algo de su sabiduría literaria. Irónico, pero amable; exigente, pero a la vez generoso, Agustín nunca tuvo problemas para regalarnos en aquellas sesiones, las claves para escribir un gran cuento: pocos personajes, un inicio que atrape, transformación del personaje principal, pero, sobre todo, leer con asiduidad. A casi tres décadas de esos legendarios talleres, resulta imposible no agradecerlo.
—Si algo debo confesar es que he cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer: he sido feliz, y eso se lo debo a la literatura —dice el propio Agustín en una entrevista a propósito del Premio Nacional de Artes y Literatura 2025 que le fue otorgado recientemente.
Sin hacer mucho caso de las modas literarias, Agustín Monsreal refrenda que, en materia de narrativa, posee una de las escrituras más innovadoras y fascinantes de la lengua española.
Carlos Martín Briceño (Mérida, Yucatán, México 1966). Ha obtenido numerosos reconocimientos, entre los que sobresalen el Premio Internacional Max Aub 2012 y el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2018 por De la vasta piel (Ficticia 2017). Es autor de seis libros de relatos y de la novela La muerte del Ruiseñor (Ediciones B 2017). Dos de sus libros, Caída libre y Montezuma’s Revenge, figuraron entre los mejores libros publicados en México en 2010 y 2012, respectivamente. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte.
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Posted: July 8, 2026 at 8:59 pm







