Olga Tokarczuk se salva
Alberto Chimal
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Hace unas semanas, la escritora polaca Olga Tokarczuk participó en una serie de entrevistas (evento empresarial y multidisciplinario, dice la nota original) en su país. Tokarczuk ganó el Premio Nobel de Literatura en 2018 y sus declaraciones, como las de cualquier otro galardonado, tienen mucho peso en el medio literario. Tokarczuk ya había anunciado que la novela en la que trabaja –aparecerá en polaco en el otoño de este año– será la última de su carrera. Para explicarlo, lamentó la que considera como la muerte de la novela extensa, que ya ningún editor quiere publicar, según dijo, y nadie quiere leer. Tokarczuk puso el ejemplo de otra de sus novelas, Los libros de Jacob(2014), que le exigió un proceso largo y difícil de investigación y escritura que la mantuvo ocupada durante siete años. ¿Vale la pena semejante esfuerzo, incluso si el libro presenta un examen honesto y riguroso de un periodo histórico y su realidad enormemente compleja? De hecho, dijo, lo peor es que el libro sea complejo: los lectores están tan abrumados por el caos de la vida contemporánea que prefieren historias simples y superficiales. O, agregó Tokarczuk, resúmenes generados por inteligencia artificial, que es como la gente conoce actualmente Los libros de Jacob.
Y luego llegó la parte realmente polémica: ella misma usa actualmente un modelo de lenguaje de gran tamaño para escribir. “Al contrario de lo que se teme”, dijo Tokarczuk, “creo que nosotros, los escritores, por la naturaleza específica de nuestro oficio, interactuaremos más rápida y estrechamente con herramientas como la IA”. Luego argumentó –como para hacer a un lado las objeciones habituales sobre las frecuentes inexactitudes o falsedades producidas por las IA generativas– que las mentes de los artistas trabajan haciendo asociaciones amplias de información, de modo “muy diferente del pensamiento estrecho, la visión de túnel, de los académicos”.
Tokarczuk dijo haber comprado “la versión más alta y avanzada” de un modelo (habrá querido decir que consiguió la suscripción de más alto nivel), y que éste la sorprendía “por lo fantásticamente que expande mis horizontes y vuelve más profundo mi pensamiento creativo […] Con frecuencia lanzo ideas directamente a la máquina, para que las analice, con la petición: ‘Querida, ¿cómo podríamos desarrollar esto maravillosamente?’”
No hay registro de que el periodista Sławomir Sierakowski, el encargado de entrevistar a Tokarczuk, haya comentado nada acerca de lo anterior. Hubiera estado bien, por lo menos, que le preguntara a la escritora acerca del uso de la palabra específica que ella utiliza al dirigirse al modelo: kochana, que se traduce también como “cariño” o hasta “mi amor”. Se sabe que hay millones de casos en todo el mundo de personas que desarrollan un apego enorme, e incluso enfermizo, luego de interactuar demasiado con sus modelos de IA generativa. Una semana antes de la declaración de Tokarczuk, el escritor británico Richard Dawkins había quedado en ridículo por un artículo donde anunciaba ingenuamente que Claude, el modelo de la compañía Anthropic, tiene verdadera autoconciencia.
(Dawkins, cuya reputación ya había sufrido daño por sus lazos comprobados con el pedófilo Jeffrey Epstein, cuenta en el artículo que bautizó a su propia instancia del modelo como “Claudia” y a partir de entonces se dedicó a coquetearle.)
El remate de las declaraciones de Tokarczuk: su desazón ante la muerte inminente de la literatura, que nunca volverá a ser la obra de un individuo único trabajando en soledad. “Siento una pena terrible por Balzac, Cioran y el inimitable Nabokov”, concluyó, “porque a pesar de mi entusiasmo, no creo que ningún chat moderno pueda expresarse de forma tan exquisita”. Puede que el uso de la palabra chat dé a notar otra inexactitud en la información que tiene Tokarczuk, pero esto es pura especulación de mi parte.
Las palabras de Tokarczuk se dieron a conocer en inglés primero en un foro de Reddit y luego por el portal Literary Hub. Desde allí se difundieron por todas partes y la reacción fue de rechazo abrumador y mayoritario. Al día siguiente de que aparecieran las notas en inglés, Tokarczuk ya estaba publicando una “aclaración” en Literary Hub en la que negaba lo que había dicho con anterioridad, intentando de forma evidente poner fin a la polémica. La entendieron mal, dice. Ella usa la IA sólo como una herramienta, “[como] la mayoría de la gente del mundo”, y no directamente para escribir sino para verificar información. Nada de su novela (que saldrá para el otoño; esto lo dice en dos ocasiones) tiene texto generado por un modelo de lenguaje. “A veces me inspiran los sueños”, remata, “pero antes de que esta oración sea también acorralada y hecha pedazos por los expertos, me apresuro a decir que se trata de mis propios sueños”.
Estamos acostumbrados a comentar sarcásticamente los “desmentidos” como los de Tokarczuk, diciendo o publicando frases atenuadas y oblicuas. “Qué curioso”, decimos. “Qué interesante”. Pero dejemos a un lado esos eufemismos por una vez. La breve nota en Literary Hub, enviada al sitio por los editores de Tokarczuk en Estados Unidos, es muy similar a cualquier otra declaración de “control de daños” hecha por alguna celebridad cuando comete un traspié. Está la acusación habitual de que el público tiene la culpa del desaguisado, por no haber entendido; está la negación un poco torpe de lo que sí se dijo; está el tono arrogante de la conclusión.
Como la actitud de un buen número de lectoras y lectores de libros ante el uso indiscriminado de la IA generativa es de rechazo, por razones que no tiene caso enumerar aquí, la autora está intentando zafarse –sin llegar a ofrecer una disculpa sincera– de una serie de afirmaciones desafortunadas que han perjudicado a su figura pública, y que también podrían perjudicar las ventas de su nueva novela, esa que saldrá en el otoño y que no tiene ninguna porción generada por un modelo de lenguaje de gran escala, al que (por cierto) no se le pide ayuda para expresar tal o cual idea “maravillosamente”. El objetivo no es persuadir, sino confundir: se apuesta a que nos desviemos a discutir las minucias de las declaraciones, a que algunos defiendan a Tokarczuk (como mínimo, por atacar a unos nebulosos “expertos”) y a que la mayoría se aburra o se harte, de modo que todo el asunto termine en el olvido. Quién sabe qué pensará en realidad la autora de “Querida”, su modelo generativo; quién sabe si le tuvo o le tiene aún afecto sincero. Pero no es posible negar que ha sentido vergüenza, esa emoción tan infrecuente, y ha intentado alejarse de ella y de sus consecuencias.
Nada de esto es nuevo, y menos en nuestra época. Pero hay otro aspecto de esta situación que vale la pena señalar. Además de la celebridad en situación comprometedora, Tokarczuk entra en otro arquetipo contemporáneo: la persona “de cierta edad” que acepta o incluso celebra el empobrecimiento de los más jóvenes, a los que diferentes formas de explotación están dejando en situación mucho más precaria que las generaciones anteriores y con muy pocas opciones para el resto de sus vidas. Aunque estas personas se encuentran por todas partes, algunas de las más famosas están en o alrededor del negocio de las IA generativas, que actualmente se promueven como capaces de eliminar millones de puestos de trabajo y volver más “eficientes”, de la noche a la mañana, a industrias enteras. En la misma semana que las declaraciones de Tokarczuk, hubo una racha de videos virales en los que estudiantes universitarios abucheaban a oradores que los incitaban a “abrazar” esas tecnologías, aunque sólo les ofrecieran un trabajo mal pagado y esclavizante… o nada en absoluto.
Todos los defensores de esta postura son personas privilegiadas, con carreras prósperas; en muchos casos, sus declaraciones públicas recalcan su convicción de que sus fortunas se deben exclusivamente a su esfuerzo individual y no sienten ninguna obligación para con su entorno, su sociedad, mucho menos la especie humana en general. Su actitud, desde luego, es desdeñosa, altanera, aunque a veces deja entrever una sensación de alivio que les avergüenza y que no se atreven a reconocer. Se han salvado de un futuro que sólo pueden ver como la intensificación de todo lo peor del presente. Parecen decir: “Yo ya tengo lo mío. ¿Qué me va a importar lo que le pase a quienes vengan después?”
El filósofo Mark Fisher había anticipado la aparición de esta casta sonriente, egoísta, carente de solidaridad o interés por el bien común, en su libro Realismo capitalista (2009). Ya se estaba formando desde finales del siglo XX, cuando la noción del “fin de la historia” dio licencia a las sociedades capitalistas de dejar de pensar en su propio porvenir, o el de mundo en general, por creer que su triunfo era definitivo y nada podría desafiarlo. Fisher argumenta que este modo de pensar ahoga la imaginación y la creatividad, que deberían permitirnos ofrecer alternativas a las cosas como son, y nos deja solamente con “remixes, remakes, reboots y versiones en alta definición” de lo que hay. Basta mirar al presente perpetuo de horror que nos ofrecen los medios digitales para darle la razón.
Un mes antes de las declaraciones de Olga Tokarczuk, otro escritor famoso ya había expresado su misma postura, aún más claramente y sin pudor alguno. En abril, mientras promovía la nueva adaptación al cine de un libro suyo, el autor de ciencia ficción Andy Weir predijo en una entrevista que el entretenimiento del futuro será personalizado, hecho a la medida para cada persona por un modelo de lenguaje, así que las artes se han terminado ya como experiencia colectiva. “Al final me voy a quedar sin trabajo, pero al menos logré entrar a tiempo”, dijo.
Qué interesante.
Foto de Declan Sun en Unsplash

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Posted: June 2, 2026 at 11:28 pm







