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Acepta el marcador
COLUMN/COLUMNA

Acepta el marcador

Carlos Labbé

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Por favor acepta esto de mi parte como un regalo de agradecimiento sincero por estas semanas. Tan fácil que se va el recuerdo, así también tiene que volver la memoria de lo que nos pasó.

Ahora que se acabó el fervor del Mundial de Fútbol de Norteamérica, donde escribo esto y de lo que participé, permíteme anotar aquí un objeto que resplandezca como un trofeo que no sea únicamente mío. 

Que sea más que un memento.

Pese a todo.

Hoy se acaba esta época y todo lo que se diga mañana del Mundial será nostalgia, revisionismo, cochambre o recreación. Que sea un privilegio vivir cuando se acaba todo y que sea un privilegio reservado a toda persona que siga viva.

Acepta un objeto que no se quede detrás de una vitrina y sin embargo resplandezca, intocado de tanto que lo manosean. Esa pelota que no se descose, acaso, incluso cuando salimos con mi niño una docena de veces estas semanas a pelotear al Travers Park aquí al lado; esa pelota que no se mancha aun en el barro de la lluvia de la otra vez, cuando nos quisimos quedar practicando penales como la Albirroja contra las Águilas y ya venía la tormenta. 

O esa sola lámina, ese solo cromo, ese solo sticker: su borde dorado porque enmarca la foto panorámica de una plazoleta larga donde decenas de criaturas llegaban con sus álbumes y, cuando alguien se les acercaba a comprarles, a venderles, miraban de reojo sin contestar. Fingían no hablar el idioma casi siempre. A veces se atrevían a decir que no, que vienen a intercambiar. A esperar. A anhelar. A darle un nombre a una persona desconocida y que su sonrisa de vuelta signifique un autoadhesivo. A encontrarse por accidente en el suelo el de Lamine Yamal Nasraoui con borde verde —el más difícil, me dijo el chiquitito, exultante— por el pasillo de la escuela el penúltimo día.

O esa bufanda gruesa en pleno verano sólo porque los colores de la Tricolor y de las Águilas se ven bien —tan improbable eso— trenzados en la misma prenda. 

O esa misma camiseta amarilla que llevaba yo en la galera mientras el caballero de blanco le estrechaba la mano a la mujer de azul, más allá el de negro —la germánica de recambio— brindaba con la muchachada de verde porque el próximo partido sí se pudo, la Tricolor de mi alma jugaría con el Tri lindo y querido en la segunda ronda, allá en el Azteca ni más ni menos; aunque Neuer detuvo el tiro del Enner al comienzo, Platita fue más rápido con su botín rosado antes de esos guantes veteranos para que la pelota se colara hasta las redes por la esquina alta, exultante Norteamérica, rodeados de un fervor absurdo y perfectamente comprensible porque no provino de las pantallas ni de los mitines ni de las protestas ni de la fiesta pagada, sí se pudo: los de Esmeraldas le ganaron a los de Dortmund.

O ese largo vaso de agua mineral durante el partido por el tercer lugar, cuando entre el fuerte calor húmedo nada más se cometió una sola falta, nadie recibió tarjeta ni hubo otro murmullo que el de la admiración cuando los tres leones de blanco iban goleando con un tiro lejano de Declan Rice, otro de Konsa, un triplete de Saka, y cuando los azulados galleros remontaron con otro doblete de Mbappé y uno de Dembelé y uno de Barcolá, y cuando los entrenadores sonrieron, se quedaron en sus asientos, cuando nadie fingió dolor, cuando al último minuto Bellingham corrió por toda la cancha y marcó el 6-4, casi todos sobre el pasto se abrazaron, formaron un círculo para ponerse a rezar —¿a quién?— y el estadio aplaudió.

Pese a todo. 

Pese a que ese día la migra norteamericana mantenía como hoy a más de setentaitrés mil cuatrocientas personas en sus campos de detención y sigue deteniendo al año una razón de ciento setenta menores. 

Pese a los asesinatos de Lorenzo Salgado Araujo y de Johan Sebastián Durán Guerrero durante el Mundial de Fútbol de Estados Unidos, México y Canadá de 2026. 

Pese al régimen en que poco o nada de eso llega a la televisión, a la radio, a la transmisión deportiva y a las redes sociales.

Pese a que pasamos el miedo que nos quieren imponer como por cada escáner de seguridad en el umbral —no lo superamos, no lo resolvemos, no es una sublimación ni una ofrenda, ¿a quién?—, seguimos caminando para entrar. Pese a sus amenazas de muerte y guerra, en uno u otro lado sabemos del privilegio que hemos conseguido por seguir viviendo como quien vive sabe que la vida es la conciencia de vivir: seguimos las reglas aun si el equipo de enfrente no las respeta y algunos cobros lo benefician; sabemos que el corte temporal entre el partido de La Final de ayer y esta mañana es un clímax de este tiempo vital y hoy, mientras seguimos viviendo en esa lucidez, en el goce de esa lucidez, sentimos que nuestro privilegio de no haber sido muertos vuelve más abundante la experiencia y ese conocimiento, porque ya sabemos y ya vivimos todo lo que hicieron y tenemos claridad de quién ganó con el privilegio.

Por favor acepta alguno de estos objetos como agradecimiento por eso.

Permite que allá en Machalí mi hermana Tere haya gritado en un abrazo fuerte con la Maida y mi mamá y la Margui el gol de Haaland. 

Permite que Matías, el mayor, me responda en ese atardecer con luciérnagas en que conversábamos por mensaje de voz, después que le confieso mi partido favorito hasta ahora —además de aquel de la Tricolor de mi alma con Die Mannschaft que atestigüé y que cambia cada mañana— es el de la Naranja Mecánica con los Leones del Atlas, aunque el de los Samurái Añiles casi haciéndole la gracia a la Verdeamarelha haya estado trepidante: a él le da gusto que los cafeteros le ganaran a Cristiano y sus quinas, sobre todo tristeza que la Celeste se quedara fuera, que ni Tiburones ni Faraones recibieran recompensa ante los Trasandinos como merecían, por seguir diciendo nombres fantásticos, multicolores, incomprensibles salvo porque sabemos bien profundamente quiénes somos y nuestro nombre. 

Acepta aquí, te lo ruego, esta catarsis.

Que nunca se trató de países, sino de grupos locales de atletas. Que ganaron los que se asociaron mejor, no quienes quisieron poner estados-naciones a alentar como si del enardecimiento dependiera el resultado de un deporte espectáculo. Que sentir una pasión no sucede todos los días, pero también que es vergonzoso definir identidades en torno a sentir pasión por desempeños físicos o resultados competitivos. Que a la pasión le sigue la compasión. Que la compasión por el pueblo de uno es ofrecer —acepta esto que escribo— el reconocimiento de que hay una realidad compartida, en vez de repetir como sea un discurso voluntarioso contra el azar del juego, porque en la repetición y en el azar se va a perder el goce del trabajo que tanto le costó conseguir a una comunidad en el fútbol.

Acepta que en el Mundial gringo-mexicano del 26 pude ir con mi amada a llorar por el triunfo de su selección, igual que en el Mundial de Francia 98 mi papá y mi mamá estuvieron en las calles ebullentes del París de Zidane, Blanc y Deschamps y sin embargo aceptaron que no conseguirían entrada. 

Igual que mi tío Juan Ignacio en el Mundial de Chile 62, cuando a un chiquillo no le importaba tanto ir al estadio como encontrar una televisión; en esa época vivían en el centro de Santiago, frente al palacio de La Moneda, en calle Agustinas con Morandé, un poco hacinados, y mis tías aceptaban tener que turnarse el único sillón para recibir a los pretendientes mientras abajo, en el primer piso, resonaban indistintas las fuertes voces y aplausos del auditorio de la Cooperativa Vitalicia mientras transmitían en vivo los radioteatros de Radio Tanda. 

Igual que Juan Ignacio y mi papá se iban al colegio en la Alameda caminando por todo el Centro hasta que mi abuelo, su padre, se mudó a San Bernardo, cuarenticinco minutos al sur, y mi papá de catorce años se fue a vivir con él allá. Volvía al colegio en el Centro desde San Bernardo por la Gran Avenida en tren o en micro, en algún otro bus capitalino —en esa época llovía mucho todo el invierno, no como ahora que diluvia una sola semana al año, pero desde siempre paso lo mismo: la Gran Avenida se inunda y se corta—; mi abuelo había enviado con Carlitos un pesado aparato de radio para que en la casa de mi abuela escucharan el Mundial o la Radio Tanda y, como siempre, el muchacho iba a todas partes con un pájaro en una pequeña jaula —un canario, un chercán, una loiquita albina acaso. Al llegar a Santiago Centro un tipo le había ofrecido ayuda con los bultos mientras esperaban la siguiente micro; mi papá le entregó la radio y se quedó sosteniendo la jaula. Entonces el tipo salió arrancando con la radio, todo un atleta. Eso había llegado a contarle mi papá a su hermano chico, el cual llevaba casi todo el año en cama con las piernas quebradas porque una de las hermanas mayores, la Cecilia, lo había aplastado en un feo accidente contra un muro al meter reversa sin quererlo en un auto prestado mientras aprendía a manejar. Aburrido, con suerte leyendo El tesoro de la juventud, a mi tío no le quedó otra que aceptar.

Photo:  Carlos Labbé

Carlos Labbé vive entre Machalí, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tú y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), Coreografías espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglés, turco y alemán. También es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). Formó parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y Tornasólidos, del colectivo Sangría Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingüe.

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Posted: July 20, 2026 at 11:33 pm

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