Interrogar a las piedras
Giovanna Rivero
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Pétalos de piedra es un título que, sostenido por una suerte de oxímoron, anuncia sin mezquindades la contradicción, la ambivalencia y lo flamante de las nuevas hermandades que ya reinan en las queridas ruinas del planeta. Ambos significantes, “pétalos” y “piedra”, están instituidos por su brevedad, por su especificidad, por su fugacidad, y en la comunión que Gisela Heffes nos propone desde el título, como si de una cábala lingüística se tratara, llave necesaria para abrir un portal, en esa comunión –digo– se revela provocativamente un sentido táctil entrañable, irresistible. ¿Qué palma de la mano no recuerda, por ejemplo, la piel suavísima de una piedra pequeña –recogida en el acto infantil del hurto, en este caso, un hurto a la naturaleza–, animalita pétrea, tal vez gris, acariciada antes de ser arrojada al agua, a la arena o a la frente de un inocente enemigo? ¿Y qué nariz no atesora en sus fosas o fauces el terciopelo quizás venenoso de un pétalo al que se ha interrogado adolescentemente hasta el cansancio sobre las penas de amor? ¿Me quiere/ no me quiere? Y si la respuesta de ese ínfimo oráculo vegetal es “NO”, ese pétalo de pronto devenido en piedra es triturado por la misma mano que lo acaricia. En todo esto me hace pensar el bellísimo título de este conjunto de ensayos de Gisela Heffes.
Bajo el sello de Editorial Mantis y presentado a las lectoras y lectores en agosto de 2026, durante la Feria Internacional del Libro de La Paz-Bolivia, Pétalos de piedra irrumpe en la conversación pública para desordenar certidumbres. A la manera de los “koan” del budismo Zen, cada ensayo tiene aquí una poderosa concisión poética. Y a la manera del acertijo existencial que despliega un “koan”, estos ensayos abren, encuentran o finalizan con una indagación. La capacidad de Gisela Heffes de hacer de la interrogación o de la interrogante un bellísimo subgénero literario es, para mí, una de las claves discursivas y revolucionarias más interesantes de este libro. Y es que si el Antropoceno sembró su camino de peligrosas certezas o mandatos –como es el caso de la orden bíblica del Génesis que dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y las bestias”–, este espectro de interrogaciones que articula Gisela Heffes nos invita a preguntarnos justamente sobre nuestras semejanzas y sobre nuestros semejantes, hermanándonos con las bestias, con las piedras y con los hiperobjetos hídricos, instalando la duda ontológica de nuestra propia representación dentro de la literatura de este siglo.
En la introducción del libro, Heffes establece un punto de partida importante recordándonos que el término “Antropoceno” es una de las categorías que, junto a otras (como “Capitaloceno”, “Plantacionoceno” o “Chthuluceno”), aporta un lenguaje para conversar sobre nuestra masiva catástrofe, y precisamente desde esa episteme la ensayista habilita el diálogo con las quince escritoras citadas y estudiadas en el libro (diálogo, por cierto, que se inicia el año 2021 en el blog de la plataforma digital Hablemos, escritoras, bajo el título “Pensando el Antropoceno”). Cada término –enfatiza Heffes, acudiendo al pensamiento de Donna Haraway- ha puesto el acento en distintos aspectos del deterioro de la naturaleza que atestiguamos desde esta modernidad; así, por ejemplo, mientras el “Capitaloceno” estira el dedo índice para apuntar a las inagotables modalidades del capitalismo en tanto agujero negro del consumo, el “Antropoceno” no da tregua con la idea de que la sola presencia humana incide en la transformación y desgaste geológico. En este sentido, avanzadas las páginas del libro y a propósito de la novela de Daniela Tarazona, El animal sobre la piedra (2008), y reflexionando sobre el modo en que las representaciones de la geología ya no solo descentran lo humano, sino también la medición de la Historia, Heffes no titubea en dar forma a una indagación que es también, y es justo que así lo sea, una acusación:
“La pregunta inicial, por lo tanto, interroga, además del impacto, la ontología: ¿qué tipo de humano emerge cuando su acción se mineraliza? ¿Qué ética es posible transmitir y expresar cuando el tiempo deja de ser lineal o exclusivamente humano y deviene estratigráfico? Si en esta época de catástrofe ecológica la historia cede a la geología, la geología, por su parte, sucumbe ante una forma radical de memoria”. (42)
Pero ¿una acusación a quién, por qué?, ¿con respecto a qué? Arribar a potenciales respuestas es una tarea que el libro asigna a las lectoras, aunque tampoco le escapa a semejante encargo, y esa valentía intelectual es uno de los aciertos más invaluables de esta escritura ensayística. A medida que recorremos las páginas de Pétalos de piedra vamos comprendiendo que, según esta meditación coral, gran parte de la responsabilidad humana en la era del “Antropoceno” pasa también por el lenguaje, por las maneras en que las convenciones lingüísticas y semióticas organizaron el planeta, jerarquizando narrativamente los reinos, extendiendo un tupido velo sobre lo invisible o lo ínfimo, lo invertebrado y ‘aplastable’ o abyecto. Ese lenguaje excesivamente humano –permítaseme a mí esta conclusión– contribuyó a la hegemonía de lo que Gisela Heffes (en otro artículo) reconoce como “androcentrismo”, postergando por demasiado tiempo lo que el ecofeminismo tenía para denunciar, cuando por fin pusiera el foco en cuestiones tal vez necesariamente distintas a lo que podría señalar una sensibilidad masculina. Por esta razón, me parece muy iluminador que Heffes haga un giro de tuerca denunciando, precisamente, el gradual sinsentido de las nominaciones de esta contemporaneidad, que desde su condición de significantes vacíos ya no alcanzan para describir la devastación –y menos para aventurar futuros después de ella–. Un lenguaje sin vocabulario/ una ontología líquida/ una epistemología del movimiento… esos son algunos de los términos que aparecen en este conjunto de ensayos y que, yo diría, ambicionan con toda justicia intelectual instituirse también en epistemes plenas, en ideas-refugio ante la codificación compulsiva de los algoritmos.
Una de las apuestas más subversivas de Gisela Heffes insiste, justamente, en cómo narrar este mundo que ya es otro. Para manifestar esta terrible desazón, Heffes trae a colación el controversial trabajo de la cineasta alemana Leni Riefenstahl en favor de la propaganda nazi, sobre lo cual la ensayista piensa junto a Walter Benjamin:
“Una consecuencia derivada de la irrupción del fascismo, escribe Benjamin, es la introducción de la estética en la vida política, frente a lo cual el comunismo respondió con la politización del arte. La politización de la estética como impugnación crítica de la estetización de la política, entendida esta última como instrumento de «mitologización» de los regímenes fascistas totalitarios”. (53)
Y más adelante: “La politización del arte significa, así pues, que no es suficiente representar estéticamente el Antropoceno; por el contrario, es necesario modificar la forma en que el arte circula, se (re)produce y se consume” (54). No es menor semejante anhelo. Y aquí la ensayista parece interpelar ya no solo a la escritura, bajo un provisional consenso de que la escritura devenida libro ingresa en la lógica del mercado cultural, sino también a la escritora misma, en tanto autora, en tanto incluso figura de mujer, mujer parlante, que también puede ser tomada por la lógica del mercado.
Y aunque hay muchísimo más sobre lo que reflexionar a partir de las provocaciones intelectuales de Pétalos de piedra, cerraré esta visita por sus páginas con algunas de las indagaciones que Gisela Heffes se/nos plantea con una belleza de infancia: “¿Cómo es hablar en árbol? ¿Cómo son las células que sueñan que son células?” (85). Pero un poco antes, casi a contrapelo de esa belleza, la ensayista propone un terrible adjetivo: “catastroficada”. Dice, subraya, se duele: “E insisto: democracia catastroficada”. Y sí, el participio nos conduce como enhebrándonos con el hilo de Ariadna a un nuevo campo semántico en cuyo centro late el verbo “catastroficar”. ¿Es importante o necesario “catastroficar” las representaciones narrativas, poéticas, performáticas de este planeta ya hostil? ¿Es la “catástrofe” misma, ese antiguo género bíblico de diluvios y plagas supernumerarias, el género que viene a complementar al gótico o a la pervivencia del realismo o de un nuevo realismo?
Preguntas que se puntúan con ese signo precioso, semejante a dos pesadas llaves de oro, para que nos adentremos en los bosques profanados del Antropoceno. Pues, tal vez, si algo más le pediría a este volumen de ensayos sería un detenerse con algo más de tiempo (interno) en la idea de lo “espiritual”, que visita brevemente cuando la palabra holla el verde pretérito de Hubo un jardín, de Valeria Correa Fiz. También lo espiritual (y/o lo sagrado) se ha extinguido en la lógica del consumirse. Será la escritura la que deba sembrar en el suelo árido de este siglo una semilla terca de la que brote un nuevo Génesis.
Foto de nell shemshenovi en Unsplash
Giovanna Rivero (Bolivia). Es doctora en literatura hispanoamericana por la University of Florida. Es autora de los libros de cuentos Tierra fresca de su tumba (2020) y Para comerte mejor (2015), y de la novela 98 segundos sin sombra (2014), entre otros libros. Fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina” (2011). Profesora Asistente en la Maestría de Escritura Creativa en Español del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Iowa. https://giovannarivero.com/
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Posted: September 7, 2026 at 8:30 pm







