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La pregunta fundamental
COLUMN/COLUMNA

La pregunta fundamental

Rose Mary Salum

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Mientras escribo esto, la administración en turno sigue explorando formas de silenciar a los que los confrontan. Pero es también la indignación lo que me lleva a escribir un texto que, con toda probabilidad, será ignorado por los mismos inmigrantes que apoyaron este tipo de políticas…

Hay situaciones que deberían ser impensables, aún mejor, ni siquiera hacerse realidad. Y sin embargo, suceden. Y lo que es peor, seguimos adelante como si no hubieran existido, como si al ignorarlas, el silencio pudiera borrarlas, devolverlas a la nada de donde nunca debieron salir.

Me refiero a la muerte de Lorenzo Salgado, de 52 años, y de Johan Sebastián Durán Guerrero, de 26 años. El primero, asesinado a balazos en las calles de Houston, Texas, y el segundo en las de Biddeford, Maine, a manos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Ambos fallecieron en sus vehículos por no haberse detenido después de que personas sin identificación les ordenaran salir de sus autos. Y no puedo más que detener mi escritura y preguntarme bajo qué capítulo de la ley se exige que las personas de a pie nos detengamos ante el llamado de otras personas que no se identifican como autoridades gubernamentales. ¿Será que estoy hablando de Uganda o de Corea del Norte, donde ocurren estas situaciones que se desarrollan con la más pura impunidad y apoyo del gobierno? No, me refiero a Estados Unidos. Hace algunos días se autorizó un enorme presupuesto a la agencia de control de aduanas, mejor conocida como ICE. ¿Es mucho pedir entonces que se les otorgue un uniforme y automóviles con calcomanías (son más baratas que la pintura) para que los presuntos inculpados se detengan con la confianza de que serán tratados con justicia?

A ninguna de estas dos personas que menciono se les dio la oportunidad de identificarse, de comprobar si, en efecto, eran las personas buscadas, si tenían permisos de trabajo o si eran gente de bien cuyo único interés era trabajar para sacar adelante a sus familias.

Pero los abatidos son tan solo dos nombres que asoman como la punta de un iceberg, que flota por encima de más de 50 muertes de ciudadanos e inmigrantes víctimas de la violencia o el abuso de esta agencia patrocinada por la administración actual.

¿Cuándo fue que aprendimos a leer estas noticias sin que nos temblara el alma? Cabe la pregunta porque este país se construyó y se sigue construyendo por inmigrantes que lo han levantado desde el siglo XVIII para llegar a ser el ejemplo de libertad y cordura en el mundo. Pero lejos, muy lejos estamos de que esta afirmación sea verdad.

Este país fue construido sobre una idea —frágil, contradictoria, pero real— de que la dignidad humana antecede a cualquier documento migratorio, a cualquier origen, a cualquier idioma. La Estatua de la Libertad nunca demandó papeles a pesar de que se instaló de tal forma que su rostro volviera su mirada a Europa. En su placa dice:

“Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me,
I lift my lamp beside the golden door!”

[Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres,
A vuestras masas hacinadas que anhelan respirar en libertad,
El miserable desecho de vuestras rebosantes costas.
Enviadme a estos, los sin hogar, azotados por la tempestad,
¡Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada!]

La historia norteamericana está llena de momentos en que esa promesa se ha traicionado: la esclavitud, los campos de concentración japoneses, la segregación. Pero también está llena de momentos en que la conciencia colectiva despertó, se sacudió y pronunció con un hasta aquí. El movimiento por los derechos civiles no nació de la comodidad. Nació de la indignación de personas que decidieron que sentir indignación era un acto político.

¿Dónde está esa indignación ahora? Me pregunto y le pregunto a los servidores públicos a quienes sostenemos con nuestros impuestos y que colocamos en el poder, no para enriquecerse con, literalmente, miles de millones de dólares, sino para continuar con los valores con los que se formó Estados Unidos. Y cuando digo esto, no estoy apelando al desorden, a olvidarse de que existe un cuerpo legal que gracias a su existencia, ha dado vida a siglos de bienestar. Me refiero a comportarse dentro del marco de la ley que nunca ha propuesto enmascarar a la autoridad y permitirle todo abuso hasta extinguir la vida de seres humanos sin razón. Porque, seamos realistas, para un inmigrante que ve acercarse un vehículo sin distintivos, ocupado por personas armadas y con el rostro cubierto, la respuesta más racional y humana no es detenerse: es huir. Y es que ese comportamiento se asemeja más al crimen organizado, al secuestro o a la desaparición forzada. Un país que se dice democrático se sostiene precisamente en la transparencia, en el derecho del ciudadano —y del ser humano, con o sin papeles— a saber quién lo detiene, con qué autoridad y bajo qué ley. Cuando el Estado se encapucha, imita la forma de actuar del crimen. Y cuando hay abuso de poder, todo está perdido.

Hay algo que debería perturbarnos más que las muertes mismas: la velocidad con la que las procesamos y las archivamos. La noticia aparece. Circula en redes. Genera indignación por algunas horas. Y luego llega otra noticia, y otra, y el ciclo del horror continúa autónomo, independiente, asfixiante.

No hace mucho hablaba con amigas muy queridas del efecto que la realidad está causando en nuestra psique, de ese mecanismo de defensa al que hemos acudido para normalizar el horror cuando se presenta de forma despiadada y sin descanso. La evasión es la receta para sobrevivir como lo han hecho los doctores en la guerra, los sobrevivientes del trauma o ahora nosotros que vemos el horror a diario. Pero cuando esa insensibilidad se aplica a la muerte del otro —al cuerpo del extraño, al nombre que no pronunciamos bien, al rostro que nunca veremos— deja de ser supervivencia y se convierte en complicidad silenciosa.

Los hijos de Lorenzo Salgado exigen una investigación independiente y que les devuelvan las pertenencias de su padre. “Solo quiero seguir presionando para que se lleve a cabo una investigación independiente completa”, dijo uno de ellos. Un hijo pidiendo que no olviden a su padre. Eso no debería ser extraordinario. Eso debería ser lo humano, lo que la mismísima Antígona de Sófocles peleó cuando, con sus acciones, nos propuso el dilema moral que sigue vigente: el eterno choque entre la conciencia individual y la autoridad del Estado. Cuando una sociedad llega al punto en que la familia de un hombre asesinado tiene que presionar para que se investigue su muerte, algo fundamental se ha roto. No en las leyes, sino en el cuerpo social que conforma un país.

El entumecimiento moral no es un destino que se nos impone al más puro estilo fatalista. Surge de un dolor profundo —me consta— y del miedo —también me consta. Pero al perpetuar el silencio, la injusticia se renueva con fuerza. El freno debería ser nuestra palabra; poder nombrar la injusticia, la indecencia y la tragedia que significa tratar la muerte de otro ser humano como un dato administrativo.

La política actual sigue en marcha precisamente porque hemos aprendido a no sentir. En ese contexto, me declaro culpable —como lo discutía con mis amigas— porque muchos de nosotros callamos por miedo. Mientras escribo esto, la administración en turno sigue explorando formas de silenciar a los que los confrontan. Pero es también la indignación lo que me lleva a escribir un texto que, con toda probabilidad, será ignorado por los mismos inmigrantes que apoyaron este tipo de políticas —como si los recursos del país fueran a agotarse y dejarlos sin comer. Nuestra intolerancia hacia el abuso y la impunidad debe manifestarse así como el respeto a las leyes.

La pregunta entonces no es si la población y el gobierno actual recibieron y acatan los valores sobre los que este país se creó. La pregunta es si todavía los vamos a ejercer.

Photo by David Rubio on Unsplash

Rose Mary Salum es la fundadora y directora de Literal, Latin American Voices. Es la autora de Medio Oriente en México. Antología de escritores de orígen árabe (LP, 2024). Donde el río se toca (Sudaquia, 2022, Hablemos escritoras, 2024), Otras lunas (Libros del sargento, 2022) Tres semillas de granada, ensayos desde el inframundo (Vaso Roto, 2020), Una de ellas (Dislocados, 2020). El agua que mece el silencio (Vaso Roto, 2015), Delta de las arenas, cuentos árabes, cuentos judíos (Literal Publishing, 2013) (Versión Kindley Entre los espacios (Tierra Firme, 2003), entre otros títulos. Sus obras se han traducido al inglés, italiano, búlgaro y portugués Su Twitter es @rosemarysalum

 

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Posted: July 16, 2026 at 9:57 pm

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