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Hamlet o Hamnet: ¿qué hay en un nombre?
COLUMN/COLUMNA

Hamlet o Hamnet: ¿qué hay en un nombre?

Tanya Huntington

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Después de examinar las versiones cinematográficas de Frankenstein y Cumbres Borrascosas en mis dos columnas anteriores, toca ahora el turno a otra canónica historia de sustos: La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, montada alrededor del año 1600 por William Shakespeare en Londres y publicada en el quarto de 1604. Existen, desde luego, decenas de adaptaciones cinematográficas de esta pieza teatral, considerada por consenso como una de las más importantes de lengua inglesa por su representación del mundo interior del protagonista a través de sus soliloquios. Ser o no ser fue, según críticos como Harold Bloom, la pregunta que marcó el inicio de una sensibilidad moderna.

En años más recientes, esta obra y la vida de su autor inspiraron la aclamada novela histórica Hamnet de la autora irlandesa Maggie O’Farrell, publicada en 2020 y adaptada para la pantalla por la directora Chloé Zhao el año pasado. Así que en esta ocasión, no hablaremos de una simple adaptación, sino de una especie de fan fiction derivada de Hamlet y su correspondiente versión cinematográfica.

Hamlet tampoco era original, desde luego; estuvo basada quizás en una historia que aparece en una antología francesa compilada por François de Belleforest, quizás en una tragedia más temprana creada ostensiblemente por el dramaturgo Thomas Kyd. Esta última se ha perdido, pero sabemos que se escenificó en 1587 y la conocemos como el Ur-Hamlet. Para completar el panorama de referencias posibles, el hijo de Shakespeare, registrado como Hamnet, ya había nacido en 1585 junto con su hermana gemela, Judith. También sabemos que este hijo murió a los once años y que fue enterrado en 1596.

Indica O’Farrell en uno de sus epígrafes de la novela que, según el crítico literario Steven Greenblatt, Hamnet y Hamlet eran, de hecho, nombres intercambiables. La cita viene de un artículo del New York Review of Books del 2004, el cual leí en su momento con gran interés. Al volverlo a consultar ahora, veo que evidentemente fue lo que inspiró a O’Farrell a escribir su novela, dado que Greenblatt especula sobre una posible conexión entre la muerte temprana del hijo de Shakespeare, Hamnet, y la tragedia casi homónima.[1]

En lo personal, me quedé fascinada con toda la obra de Shakespeare desde una edad temprana. Empecé a actuar a los nueve años y participé en escenas escritas por él desde la secundaria. Notablemente para mi egoteca, gané a los quince la mención como mejor actriz de reparto en el festival Folger por mi interpretación de Febe en Como gustéis. El premio fue una colección de sonetos que atesoré hasta que lo perdí en una caja de libros extraviados en algún lugar de Texas, junto con mi edición Riverside de las obras teatrales, al mudarme a México. Solo me llegó por correo un triste fragmento de cartón con mi nueva dirección escrita de mi puño y letra, lo cual fue para mí una tragedia marca Othello. Nunca recuperé los sonetos, pero mi madre se apiadó de mi desconsuelo y reemplazó las piezas teatrales la Navidad siguiente. Con los años, hasta pude convencer a mis dos hijos de que era tan entretenido como instructivo leer en voz alta obras del Bard of Avon, como lo llamamos afectuosamente en la tradición angloparlante.

De allí que haya pocos alegatos que me hagan perder la razón tan velozmente como las afirmaciones en el sentido de que Shakespeare ya no tiene relevancia. Celebro cualquier esfuerzo de referenciar obras suyas, ya sea a través de novelas históricas o versiones fílmicas o incluso documentales espurios que cuestionan su autoría. Comprendo la tentación de O’Farrell de rellenar con sus propias palabras el contorno biográfico de Shakespeare, de quien no sabemos casi nada según Greenblatt nos recuerda:

La erudición inagotable ha podido reconstruir cuando menos algo de sus lecturas eclécticas de gran alcance, mas su propia vida apasionada —su acceso a las emociones intensas que representa a través de la experiencia personal y la observación— sigue siendo un misterio casi total.[2]

No sobreviven ni notas, ni cartas, ni borradores de Shakespeare con la excepción de unas posibles anotaciones (realizadas por la “mano D”) dentro de un manuscrito de Sir Thomas More. O’Farrell eligió llenar ese hueco con una narración no del todo omnisciente que nos comparte las sensaciones y percepciones ficticias de su familia nuclear: el propio William, su mujer Agnes y sus tres hijos: Hamnet, Judith y su hermana mayor, Susana. A su vez, junto con Zhao como guionista elige privilegiar el punto de vista de Agnes y colocar a una Jessie Buckley poderosa al centro de un reparto muy afortunado, decisión que ha sido galardoneada con el Oscar, el Golden Globe y el BAFTA.

En la novela, O’Farrell agrega al bosquejo familiar más detalles de su propia cosecha, como por ejemplo el arribo accidentado de la peste que contagiaría a los gemelos Shakespeare, relatado en un capítulo que desentona, a mi modo de ver, por su descripción clínica de eventos tan azarosos como malhadados. La película escenifica en un teatro de sombras esta larga cadena que conlleva al contagio de Hamnet, la cual empieza con un mono y termina en un cargamento de telas con cuentas de vidrio que llegan al taller de guantes del padre de Shakespeare.

Tanto en la ficción como en el cine se dice que es más efectivo mostrar que explicar. Aunque a lo mejor esta explicación algo torpe que nos saca de que la trama sí era necesaria, dado que la peste como causa de muerte del niño es históricamente improbable. No hay registros en Stratford-upon-Avon de una mortandad superlativa que acompañe la muerte de Hamnet, tal y como nos recuerda James Shapiro[3] en su reseña de The Atlantic. Por otro lado, haya sido cual haya sido la causa de su muerte, la pérdida de un hijo a los once años califica como una tragedia irreparable que bien pudo haber ejercido una influencia sobre Shakespeare a la hora de concebir Hamlet. Shapiro acredita al crítico alemán decimonónico Karl Elze con haber hecho esa conexión entre el hijo y la obra por primera vez, recordándonos además que James Joyce la cita en la novela Ulises como el motivo por el cual, según el protagonista Stephen Daedalus, el propio Shakespeare actuó como fantasma del padre sobre las tablas, teoría que ponen en la práctica tanto O’Farrell como Zhao con un éxito catártico notable. Lloré al ver a Paul Mescal representando a William Shakespeare, representando a su vez al rey Hamlet: debajo del maquillaje incrustado del fantasma emanaba el dolor sin remedio del luto paterno.

De manera similar en que Rosencrantz y Guildenstern han muerto de Tom Stoppard maneja el Hamlet de Shakespeare como intertexto de la obra original, la novela Hamnet de O’Farrell y la versión cinematográfica de Zhao referencian la tragedia del príncipe danés sin pretender ofrecernos una adaptación de ella. Tanto Hamlet como Hamnet son historias de sustos, pero aunque poseen nombres intercambiables, sus fantasmas no lo son: el del hijo muerto de Shakespeare ronda la inspiración de su padre, la memoria de su madre y la puesta en escena del teatro Globe. Con su obra, Stoppard logró que los personajes insignificantes de Rosencrantz y Guildenstern cobraran una mayor importancia en montajes posteriores de Hamlet. Con la suya, O’Farrell ha logrado que el fantasma de Hamnet acompañará el de Hamlet de ahora en adelante.

 

Notas

[1] Greenblatt sugiere además que el hijo fue nombrado por un amigo cercano que figura en el testamento de Shakespeare, escrito años después. Véase https://www.nybooks.com/articles/2004/10/21/the-death-of-hamnet-and-the-making-of-hamlet/
[2] Ibid. “Scholarship has tirelessly reconstructed at least something of his wide-ranging, eclectic reading, but his own passionate life—his access through personal experience and observation to the intense emotions he represents—is almost completely mysterious.”
[3] https://www.theatlantic.com/books/2025/12/undying-myth-behind-hamnet/685079/

 

Tanya Huntington (EUA, 1969). Artista, escritora y teatrera binacional. Su libro más reciente es En contra de las olas y otros ensayos (UNAM, 2026). Su cuarto poemario, Las muertes que he vivido, será publicado este año por el Fondo de Cultura Económica. Es doctora en letras latinoamericanas de la Universidad de Maryland en College Park. Su obra plástica ha sido exhibida tanto en EUA como en México, y seleccionada por foros de prestigio tales como la Bienal de FEMSA y la Bienal de Pintura Rufino Tamayo. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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Posted: August 17, 2026 at 9:26 pm

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