Essay
Las aguas del Bósforo
COLUMN/COLUMNA

Las aguas del Bósforo

Ricardo López Si

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El Bósforo es una lengua de agua que separa Europa de Asia, al mar de Mármara del mar Negro, y que condensa todo ese carácter indómito de Estambul. Un estrecho que además, como matizaba Orhan Pamuk, «no se puede comparar con los canales de Venecia o Ámsterdam ni con los ríos que parten en dos París y Roma; puesto que tiene corriente, viento y olas, y es profundo y oscuro».

Leo con gran interés las crónicas de Lord Byron, Theophile Gautier, Edmondo de Amicis, Alphonse de Lamartine, Julio Camba, Pierre Loti e Isaac Asimov; pero con ninguno soy capaz de conectar a un grado superior como con Pamuk, el hijo pródigo de Estambul. Quizá con la antigua Bizancio y Constantinopla se refuerce como con ningún otro lugar aquella condición en forma de virtud tan misteriosa que le impide a los forasteros interpretar el espacio en toda su dimensión.

Que la ciudad nunca haya sido colonizada por occidentales puede ofrecer algunas respuestas, pero hay algo todavía más profundo. Pamuk explicaba que la amargura era el sentimiento que verdaderamente unía a Estambul con sus habitantes. Una amargura, en todo caso, que los nativos asumen con orgullo y que comparten en sociedad. Contraria, a su vez, a las miradas extranjeras, que, al haberse formado por un canon cultural, intelectual y artístico occidental, pueden llegar a identificar esa amargura, incluso palparla, pero al momento de asumirla como propia se vuelve más melancólica, manifestándose a menudo en forma de tristeza. Por mucho que estas reflexiones puedan dar la sensación de estar encapsuladas bajo un prisma filosófico, me parecieron indispensables para desentrañar todo lo que representa, viniendo de occidente, un viaje primigenio por la gran metrópoli transcontinental.

Seguramente de todos esas grandes plumas viajeras ajenas a la identidad turca, únicamente el heterodoxo Juan Goytisolo haya sido lo suficientemente valiente y ambicioso para interpretar la ciudad más allá del exotismo fronterizo que supone su condición de bisagra cultural, religiosa y continental. Además del profundo interés que le despertaba el cuerpo militar de los jenízaros y sultanes como Solimán El Magnífico, el autor de Estambul otomano —orientalista reconvertido— recordaba que, a partir de la caída de Bizancio, con la entrada triunfal de Mehmet II, el imperio otomano se convirtió en un fantasma amenazador «temido y odiado a causa de su gran fuerza», y que siendo objeto de una seducción secreta, «el Gran Turco se adueñó de la imaginación del orbe cristiano, convocando como un imán sus repulsas, miedos, deseos». Es decir, hasta su caída definitiva tras la Primera Guerra Mundial, el imperio otomano pasó más de cuatro siglos y medio personificando la naturaleza exótica, irreflexiva, feroz y atemorizante del otro.

Asumiendo mi humilde condición de pirata intelectual, no hago más que reinterpretar el viaje a través de otras miradas. Veo aquellas velas blancas que van y vienen como aves marinas de las que hablaba Gautier. Evoco la ciudad rica en oro, llena de obras de arte, rebosante de espléndidas mezquitas con las que contrastaba Asimov las villas desvencijadas, con calles de barro y chozas de madera que fueron París y Londres en tiempos remotos. Tomo el almuerzo en Europa y lo digiero en Asia con una taza de café, como De Amicis. Y descubro, siguiendo la lógica de Pierre Loti, que la verdadera hazaña reside en venir de Constantinopla: «porque en Constantinopla pasa una cosa terrible, y es que todo el mundo está en Constantinopla».

Luego, me dejo someter por el oleaje con intermitencias del Bósforo en una de sus orillas, y me redimo como prescriptor de viajes mezquino al descubrir en la Gálata de los genoveses, bajo la cornisa de su evocadora torre bizantina, una librería consagrada a la primera novela inglesa de la que se tiene registro: Robinson Crusoe, obra inmortal del escritor, periodista, comerciante, panfletista y agente secreto, Daniel Defoe; a 300 años de haber sido publicada. Los libros, otra vez.

Foto de Engin Yapici en Unsplash

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

 

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Posted: September 8, 2026 at 10:03 pm

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