HABLAR CON LOS CLÁSICOS
Alberto Chimal
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Según se mire, hay incontables oportunidades de encontrar a nuestro alrededor influencias de los clásicos latinos y griegos, o no hay ninguna. No es que se enseñe latín en las escuelas mexicanas. Mi generación aprendió nombres de diosas, héroes y lugares de la mitología viendo Los Caballeros del Zodiaco, que es tan fiel a sus fuentes antiguas como las películas de Marvel. Los lectores de la columnista Denise Dresser reciben, en cada artículo suyo, una muestra de tricolon: una figura retórica con más de 2,000 años de antigüedad, usada por el mismísmo Julio César…, pero también, durante el siglo XX, por incontables políticos del PRI.
Y a la vez, este otro artículo –el que ahora mismo estás leyendo– fue escrito en castellano: un idioma que desciende, entre otros, del latín. Séneca, el gran filósofo de la Hispania romana, lo estaba usando desde antes de que existiera realmente, como dijo Borges. En castellano escribieron Sor Juana, Quevedo, Cervantes (o escriben, para el caso, David Toscana, Gabriela Wiener o Mariana Enriquez, entre muchísimos otros). En esta parte del mundo es un idioma impuesto por una nación colonizadora, sí, pero su uso, al menos, deja aún más en claro nuestra potestad sobre todo lo bueno que ha producido el mundo occidental. Podemos usar sus recursos para dar sentido a nuestro propio pensamiento. Incluso si no tuviéramos derecho a la plenitud de lo humano, como cualquiera, es lo mínimo que se nos debe.
Además, todavía debe estar en los cines La Odisea de Christopher Nolan, la versión cinematográfica más reciente del poema clásico. Aunque con menos virulencia que en otros lugares, la película ha dado de qué hablar en América Latina, y lo mismo hay personas que preguntan por una buena traducción al castellano e influencers que reciben una y se preguntan si es adaptación de la película. Algunas reseñas son en realidad hit pieces (textos para golpear, ataques contra la persona y la obra para ganar puntos con los propios partidarios); otras, despistadas y medio incoherentes; otras, ambas cosas a la vez, y otras más, en general difíciles de encontrar, pertinentes e iluminadoras…
La historia del rey Odiseo y su regreso a Ítaca, luego de años en la guerra de Troya, es nuevamente actual. O tal vez siempre lo fue y ahora, nuevamente, nos estamos dando cuenta.
omo se ha indicado ya en numerosas reseñas, la adaptación de Nolan tiene la intención clarísima de opinar acerca del presente, criticando los fallos del mundo occidental, y comparte un poco del ánimo apocalíptico que se ha impuesto, en la actualidad, en muchos países desarrollados. No me parece que sea una aspiración errónea. Las adaptaciones existen, entre otras razones, justamente para encontrar cómo puede una obra de otro tiempo resonar con el tiempo de quien hace la adaptación. (La obra clásica es la que sobrevive.)
Nolan encuentra muchas resonancias. Aquí destaco una. Su Odiseo, interpretado por Matt Damon, lamenta –de modo que a algunos podría parecer desconcertante– que la escritura va a desaparecer, por culpa del declive de su civilización. Y entre las noticias espantosas de los días en que escribo este artículo –al lado de guerras, abusos de poder, corrupción y muerte– está la de que las grandes empresas de inteligencia artificial generativa están destruyendo, por toneladas, libros antiguos (anteriores a 2022), tras alimentar con ellos a sus modelos de lenguaje. Las imágenes típicas de la caída del mundo antiguo, y de muchos imperios y culturas, incluyen la destrucción de libros como signo inequívoco de decadencia.
Otro eco: los pretendientes en el palacio de Penélope, disolutos y crueles, son como nuestros héroes contemporáneos, es decir, los demagogos y mentirosos que aprendemos a venerar en redes y medios masivos. Estamos en la parte del mito del derrumbe donde “los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada intensidad”, como dice “La segunda venida”, el poema de W. B. Yeats –él mismo autor de influencia clásica por el lado más oculto y esotérico de la tradición– que se cita desde el siglo pasado cuando hace falta una descripción de inestabilidad y angustia ante el futuro. En este momento, el “centro que ya no puede sostenerse” de Yeats es la propia idea de la cultura occidental: del edificio levantado, para bien o mal, sobre la herencia de las culturas antiguas de Grecia y Roma. Y lo que la amenaza no es una “invasión del exterior” –del mismo modo que Roma no cayó por culpa de los “bárbaros”– sino un agotamiento interno. La codicia, la ignorancia y la malignidad descienden de la cumbre y se contagian por todas partes.
Evidentemente, ahora mismo hace falta darles vuelta a esas historias, a la inercia de las conclusiones ya anunciadas: conjurar lo que para mucha gente es una especie de destino inevitable. Tal vez el mero acto de leer –de sustraernos a las distracciones estupidizantes de todos los días a todas horas– puede ser un primer paso en esa dirección. Leer, leer cualquier cosa, volver a aprender la capacidad de concentración, de estar con nosotros mismos.
Y tal vez un segundo paso, uno entre muchos posibles, podría ser leer a los clásicos, para encontrar nuestras tribulaciones en las de ellos y para recordarnos que otras eras han terminado (y lo han hecho con la misma lentitud enloquecedora con la que ésta parece hacerlo).
Mis lecturas de clásicos grecolatinos son fragmentarias y no especializadas, pero eso significa que se parecerán a las de muchas otras personas. Si quien está leyendo desea probar el hablar con los clásicos: llegar a su propia manera ese pensamiento remoto, pero al mismo tiempo vivo (más vivo que muchos videos publicados ayer), yo puedo recomendar la Farsalia de Lucano; la Historia verdadera de Luciano de Samósata; las Meditaciones de Marco Aurelio; la Consolación de la filosofía de Boecio; la poesía erótica de Safo; las Metamorfosis de Ovidio; la primera parte de la Poética de Aristóteles (porque la segunda se ha perdido); la traducción de la Odisea hecha, directamente del griego, por el académico mexicano Pedro C. Tapia Zúñiga y publicada por la UNAM…
Una gran guía (para mí, al menos) es La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental de Gilberth Highet, publicada en castellano por el Fondo de Cultura Económica. Finalmente, la Radio Nacional de España tiene un podcast estupendo, Locos por los clásicos, conducido por Emilio del Río; en él se leen fragmentos de numerosos autores y se comentan obras y acontecimientos de la época clásica del modo más ameno. No hay que creer que todo se cifra en ellos, pero tampoco que no nos pertenecen.
Fotografia de Rubina Ajdary en Unsplash.

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Posted: August 6, 2026 at 9:25 pm







