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Nuevas Breverías
COLUMN/COLUMNA

Nuevas Breverías

Edgardo Bermejo Mora

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Apuntes e imágenes dispersas de una vida de suyo dispersa y diletante: el mar y la ciudad, el acto de nadar o de correr, el futbol, la paternidad, las plantas, un algodón de azúcar, el amor y sus muertos. No hay en estas nuevas Breverías una secuencia lógica. Acaso su única unidad sea la mirada que las reúne en su afán por el asombro. La voluntad de encontrar en el revés de la trama algo que merezca ser expresado, pequeñas incursiones verbales al reverso de lo cotidiano.

El mar

Cuando la palma de una mano se posa sobre la superficie del mar, toca el océano entero. Así las letras: quien me lee no encuentra solo palabras en esta frase, sino otro océano, una vida entera cruzada por las corrientes del pasado y del presente.

La paternidad

La cocina de todos los días es una de las formas más discretas y profundas de comprobar que la vida sigue y que la paternidad se amerita.

Breve historia de la paternidad y el squash. Tenía 6 años y te aburrías horrores enseñándole las primeras lecciones de raqueta; tenía 12 años y te dejabas ganar para alentarlo; tenía 16 y la competencia se puso pareja; desde que tiene 18 nunca le volviste a ganar; hoy tiene 20, por fin le has ganado de nuevo, lo festejas como el México-Corea, y al final te confiesa que te dejó ganar por ser el Día del Padre.

Invención culinaria de viernes.  Spaghetti a la Bolo-Neza para mi hijo. Mitad italiana mitad Ciudad Neza. Con carne molida, espinacas, pasitas, nueces de la India, perejil, chile de árbol, chicharrón molido, parmesano y vino tinto.

Para festejar su cumpleaños 19, mi hijo prueba por primera vez las bondades analógicas de la mecanografía. Una vez que ha terminado de teclear un renglón, la campanilla suena y el rodillo dejó de moverse, me pregunta: ¿Cómo la reinicio?

La ciudad y sus hallazgos

Me topo con la casa espectral de un ilustre compositor mexicano en la antigua cerrada de Medellín, hoy José Alvarado, en la colonia Roma de la Ciudad de México. Dice una placa que aquí vivió don Felipe Bermejo “por la gracia de Dios”. No todos los Bermejo gozamos de tales favores divinos, pero quiero imaginar que somos parientes lejanos.

Qué fotogénicos son los atardeceres de la ciudad desde los pasillos del Antiguo Colegio de San Ildefonso.

 

 

Yo compro aires nuevos, Culiacán, Sinaloa.

 

Danza y espejo, el río baila la coreografía de las piedras. Puerta, puente y ventana… el río. (Los Dinamos. Magdalena Contreras, CDMX).

No existía. He existido. Ya no existo. ¿Qué importancia tiene?” El epitafio de un centurión del Imperio Romano en un cementerio de Roma podría suscribirlo para el mío.

¿Qué venderán en Ternuritas Uriel, de la calle de La Soledad, en La Merced?

—Joven, ¿me da medio kilo de ternuritas, por favor?

Me encontré un Gabriel Orozco en las playas de Guerrero.

Últimamente me encuentro con la obra de Gabriel Orozco hasta en los baños de las cantinas.

Algo tiene de árbol en la forma un algodón de azúcar, algo de nube también. Sus raíces horadan el subsuelo de las infancias, su levedad casi ingrávida flota en los cielos de nuestros primeros recuerdos. Alimento y ornamento, es paleta y es globo: golosina que empalaga sin remedio y mascota efímera que sostenemos al caminar o sentados en una banca. Con tres dedos en pinza lo vamos pellizcando hasta despojarlo de su fronda original. Ya en el paladar, comprobamos que el artificio colorido es puro azúcar y nada más que azúcar. Como en la vida, probarlo representa un descenso de la fantasía a la objetividad, un toparse con la realidad, un caer de su nube insípida, la incomodidad de unos dedos pegajosos, la certeza de unas manos sucias a las que es preciso enjuagar. La tecnología rudimentaria que lo creó pertenece al orden de los más simples inventos y a la vez inmejorables: como la máquina de hacer palomitas, el organillo de manivela o el carrusel. Todos ellos, nuestros eternos contemporáneos, arquetipos mayores en los arcanos de la infancia. El aire caliente va moldeando al algodón de azúcar como se hace el hilo en la rueca.  En las postrimerías del siglo XIX, sus inventores en Estados Unidos lo bautizaron originalmente como fairy floss (hilo de hadas), acaso para subrayar la naturaleza fantástica de su apariencia.

Jardinería interior

¿Tienen las plantas su propia biografía? Estimo que sí. La única orquídea de mi casa floreció luminosa año tras año al mediar el invierno. Hace un año mudó de domicilio, y hace unos meses sus referentes de origen se alteraron. Su ánimo lo resintió, floreció con desgano. Se quejó a su manera

Más de un año después de la mudanza, las cinco violetas africanas que tanto se resintieron al cambio finalmente han aceptado volver a ser y a florecer. Aceptación y adaptación. Una lección de vida desde mi jardín interior

El espacio, los libros, las plantas, el espejo, la ilusión de un orden discernible.

Nueva inquilina en casa: un jacinto acuático. Estimo que es ella y no él. Se llamará Jacinta.

El arte de correr

Nike Run me indica que hoy cumplo una suerte de aniversario histórico. Este sábado alcancé la cifra de 365 entrenamientos desde que comencé a registrarlos a mediados de 2022.  No son las estadísticas de un atleta ni mucho menos, pero sí lo son las de un temperamento obstinado: 1,332 kilómetros de persistencia. Recuerdo hoy de nuevo esta lectura: “Ciertamente, los días en que hace frío, pienso un poco en el frío. Los días en que hace calor, pienso un poco en el calor. Cuando estoy triste, pienso un poco en la tristeza. Cuando estoy alegre, pienso un poco en la alegría. Pese a todo, realmente casi nunca pienso en nada serio. Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío”. Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr.

El arte de nadar

Sostengo que nadar es la experiencia más cercana al acto imposible de volar. La certeza del movimiento y del avance en un espacio donde ha sido alterada la gravedad que nos ata a la tierra. Algo tiene de pez nadar… y algo de ave: son alas nuestros brazos. Nado, y vuelo, y dialogo con mis pulmones, nuestra lengua es el oxígeno. Nado, y advierto que el sonido del mundo bajo el agua se parece al eco sordo y cavernoso de los sueños. Yo he sumergido mis tristezas en el agua, pero también en ella han chapoteado mis alegrías. Cada vez que puedo, me meto al agua con un libro. No para nadar, claro, sino para leer, esa otra forma de volar. Las letras también pueden ser anfibias

Anoche, luego de nadar, miré de pronto al espejo y descubrí que era yo… otra vez.

 

La biblioteca

Alcanzo a escuchar el diálogo jadeante de dos cargadores mientras suben las escaleras a mi nuevo departamento, cada uno con una caja de libros al hombro. “¿Y por qué tanto pinche libro?”, pregunta uno de ellos, y el otro le responde: “pues quesque es escritor”, ambos sacando el bofe. Ha sido lo mejor de mi mudanza.

Pasar una vida evitando la literatura chatarra, para que tu biblioteca termine al resguardo de 150 cajas de Sabritas.

El Mundial y el futbol

Todo juego es una cosmología en miniatura. He visto una mesa de futbolito para los 22 de la tribu. Aquí el azar adopta la forma de un pase, el destino la de un gol y la identidad la de un uniforme. Quizá la historia no sea otra cosa que una interminable revancha entre dos equipos imaginarios. Stadium (1991), Maurizio Cattelan. Exposición Futbol y Arte. Museo Jumex.

 

La cantina es la extensión del estadio por otros medios.

Cientos de mexicanos se concentran afuera del hotel donde se hospedaba el equipo de Ecuador en CDMX para hostigarlos y no dejarlos dormir; en el estadio, una joven arroja cerveza contra un aficionado ecuatoriano por el solo hecho de pasar frente a ella; otra joven mexicana en Instagram compara la disputa deportiva con el incidente en la Embajada de México en Quito, y ve en la derrota del equipo de Ecuador la consumación de una venganza patriótica; una mesa de idiotas en el Covadonga —jóvenes, beodos y “whitexicans”— festina el momento en que deciden cantar a gritos “Las mañanitas” para acallar el momento en que suena en el estadio el himno nacional de Ecuador. Estos y otros desplantes de exaltación patriótica febril, que mezclan la competencia deportiva con la ceguera política, nos acompañan en estos días. Nada que celebrar al respecto. Muestran el peor rostro de nuestro patriotismo: agresivo, excluyente, xenófobo, tóxico y virulento, sin que hasta ahora veamos a nuestros gobernantes y autoridades tomar realmente cartas en el asunto.

El amor

Siempre me ha llamado la atención la manera en que, en lugar de cerrar con un compás final y definitivo, muchas canciones de la música popular eligen bajar el volumen gradualmente mientras se repite el estribillo, hasta extinguirse por completo. Como si se fueran alejando poco a poco de nuestro horizonte auditivo, al punto de desaparecer. No finalizan, se diluyen. Así, muchas veces, el amor: no termina de golpe, se va alejando, se apaga lentamente. Un día ya no lo escuchamos, ni lo vemos, ni lo sentimos. Acaso lo recordamos, tal y como recordamos aquellas canciones que nos marcan.

En 1980 tenía 13 años, voz y cara de niño, iba en segundo de secundaria, muy corta estatura, y era por lo tanto el primero de la fila que se organizaba cada mañana para pasar a los salones de forma ordenada. Cuando la profesora, altavoz en mano, dio la orden de que el 2oD avanzara, pasó frente a mí quien era mi novia desde hacía tres semanas. Sin detener el paso marcial con el que nos obligaban a movernos, me entregó discretamente una hoja doblada en cuatro y perfumada. Ya en mi pupitre leí el mensaje: “prefiero que sigamos siendo amigos”. Ese fue mi primer rompimiento. Por la tarde de ese día, en el boliche con mis amigos, una chuza y un Boing de fresa dieron por concluido el duelo. Hoy que es mi cumpleaños, 45 años después de aquella primera experiencia, se ha repetido la misma historia magnificada por la edad. Esta vez no acudí a los bolos, sino a las palabras para comprender y transitar.

Los muertos

Hoy rezo por mis muertos que me mantienen con vida. Rezo por ellos con la palabra,

Ese instrumento certero contra el olvido. Por mi madre, la maestra Socorro, por su patria de pupitres y cuidados y guisados, por los cimientos que puso en mí. Por mi padre, el profesor de historia Edgardo Bermejo, que me regaló del pasado la dimensión de un presente. Por mi sobrino Alejandro, que es pura luz, y una cifra inagotable de amor que se lleva en la sangre. Hoy rezo por los muertos que se rebelan a morir, por los insumisos de la muerte, por los muertos que viven en mí, y por mí mismo que anticipo con letras a la muerte. Que escribo para no olvidar, para no olvidarlos, para no olvidarme.

 

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela  Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98), del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo

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Posted: September 1, 2026 at 9:16 pm

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