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Lo bueno, lo malo y lo feo
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Lo bueno, lo malo y lo feo

Roberto Salinas León

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Tres décadas después, pocas voces hubiesen imaginado los desafíos  

Tres décadas después, pocas voces hubiesen imaginado los desafíos que ahora encara el tratado. Se cometieron errores y varias omisiones de nuestro lado —particularmente, irse con la finta de que el marco institucional del tratado representaba un punto de llegada, en vez de un punto de partida. La tesis de la “camisa de fuerza dorada”, tan popular a principios de los años noventa, resultó falsa. No se llevaron a cabo los cambios internos necesarios para dar las mayores facilidades a las empresas que buscaban dar un salto capital en los mercados de comercio exterior, así como al universo de microempresas que, con un nuevo entorno de competencia abierta, tenían la oportunidad única de capturar economías de escala y economías de especialización.

Un resultado de esta desconexión fue el surgimiento de los “dos Méxicos.” Se trata de un fenómeno muy revelador en donde un grupo de estados lograron insertarse en las cadenas de suministro con la certidumbre institucional que arrojaban nuevas reglas del juego a nivel regional, no sujetas a súbitos cambios en ciclos políticos. Tras ello, se dieron transformaciones fundamentales en sus localidades, con cifras récord de inversión productiva en parques industriales, centros de manufactura y logística, logrando así tasas de crecimiento sostenido muy por arriba de la media nacional. Los ejemplos más destacados incluyen a Chihuahua, Nuevo León, Coahuila, Querétaro y Sonora.

Los estados que se quedaron rezagados en este proceso, sin embargo, permanecieron estancados en la dinámica económica del pre-tratado, incluso dando varios pasos hacia atrás, con tasas de crecimiento negativas. Los ejemplos más sonados incluyen a Chiapas, Guerrero, Tabasco, Michoacán y varios estados más.

Aun así, los resultados generales en comercio exterior siguen registrando niveles sorprendentes, inimaginables treinta años atrás. México es socio comercial número uno de los EUA. Entendamos bien qué implica esto: significa que nuestro país le vende más a EUA que cualquier otro país del mundo. Significa también que México le compra más a EUA que cualquier otro país del mundo. La trayectoria del gran volumen de compraventa entre ambos países apunta a que rebasaremos el billón de dólares anuales en comercio bilateral en 2028, si no es que antes.

Y ahora, en nuestra nueva era de inteligencia artificial, nuestro país ha respondido en forma positiva, convirtiéndose en el segundo exportador a nivel mundial de insumos para la IA—equipos de cómputo, servidores y otros componentes requeridos para alimentar centros de datos. La cifra de exportaciones en este rubro alcanza los 90 mil millones de dólares anuales, con el surgimiento de sitios equiparables a un Silicon Valley mexicano, en Puebla, Querétaro y Jalisco.

Sin embargo, un imprevisto que no se esperaba en los años noventa fue el cisne negro (o más bien cisne naranja) de Trump 1.0 y, enseguida, Trump 2.0. En ambos casos, se puso en entredicho la viabilidad institucional del tratado.

La reciente decisión de revisar los términos del acuerdo cada año (hasta 2036) significa que, por lo menos, este no termina—aunque varios analistas de este lado de la frontera consideran que la negativa representa una muerte de facto.

Si bien nuestro país mantiene ventajas arancelarias vis-à-vis el resto del mundo, con un arancel efectivo de 3.4% para casi 90% de las exportaciones, el hecho que se tengan que negociar temas como contenidos, reglas de origen, resolución de disputas y otros, constituye un alto costo de transacción que antes se podía dar por descontado. Al impresentable asesor comercial de Trump, Peter Navarro, no parece incomodarle el hecho de que más de 6 millones de empleos en la economía estadounidense dependen del comercio con su vecino del sur.

Si bien los radio-pasillos en oficinas del gobierno federal y otras representaciones del sector privado anuncian que el acuerdo para 2026 camina en la dirección deseada, no se puede descartar un escenario similar al que sufrió Canadá, donde en el último minuto se desplomó el acuerdo, desatando otra guerra comercial más, ahora con el segundo socio comercial de los EUA. La representación estadounidense exige endurecer contenidos para automóviles, un sector clave en México, mientras presenta como una condición no negociable mantener la vigencia de aranceles del 50% al acero y aluminio y otros insumos que considera estratégicos.

En un escenario ideal, las conversaciones deberían estar centradas en cómo armar los próximos pasos de integración regional, pensando en grande y fuera de la caja. Por ejemplo, cómo convertir la frontera en una zona económica especial, con tecnologías de “smart borders” y reconocimientos faciales, sin la onerosa carga aduanera que representa la entrada y salida de mercancías a lo largo de la línea del Río Bravo. Los temas deberían contemplar cielos abiertos, integración de infraestructura y un mercado eficiente en energía y electricidad. En otra colaboración detallaremos estos aspectos. Y, sobre todo, se deberían diseñar las políticas públicas para incorporar al “otro México,” aislado y rezagado, al complejo mapamundi geoeconómico de integración regional.

Estos son los pasos, entre otros, requeridos para impulsar la nueva inversión productiva, la cual se ha paralizado (a pesar del mito genial mañanero de que vamos requetebién, ignorando la realidad de que la gran mayoría de la inversión externa actual representa reinversión de utilidades). Ni hablar. Será para otro momento, otra generación. O quizás no será.

En el fondo, sin embargo, no deja de preocupar la persistencia estadounidense de enfocar las rondas de negociación en el tema central para Trump 2.0: la “seguridad económica”. Esta es la parte “fea” del TMEC 2.0. En una importante serie de escritos, Brenda Estefan explica en forma clara y contundente que nuestro comercio bilateral ya no es función de la premisa de que el comercio exterior es ancla de la confianza. Hoy, es al revés. El nuevo paradigma se enfoca en consolidar poder geopolítico. Ello no es mera ocurrencia de Trump 2.0, u otra faceta impredecible del cisne naranja. En las palabras de Estefan: “lo que se discute” ahora son las condiciones bajo las cuales las contrapartes estadounidenses seguirán dispuestas a “seguir profundizando” la integración regional en América del Norte. Y ello descansa en la capacidad de que nuestro país pueda contener el avance del crimen organizado, su infiltración en altos mandos del gobierno, y su inserción en las cadenas de suministro. El control de aduanas o centros de logística, su injerencia en los mercados extra-legales de gasolina y gas natural, el aumento de la industria de la extorsión en empresas que participan en el comercio regional, son fenómenos que equivalen a un choque séptico a lo largo de las arterias geoeconómicas de la zona norteamericana. Una instancia, digamos, como la fabulosa planta de Ford en Hermosillo, que sufra la contaminación de una injerencia por parte del crimen organizado, afecta en forma instantánea a todo el ecosistema regional, incluyendo Detroit en EUA, Windsor en Canadá, así como todos los puntos de venta final a lo largo de la geografía norteamericana.

Este ejemplo es hipotético, pero encara el punto capital de la tesis de Estefan: “la revisión del acuerdo se ha convertido en una evaluación de la capacidad” del gobierno mexicano de consolidar las bases de seguridad económica que le impone el nuevo paradigma de integración.

Hacer gárgaras con la frase de “soberanía nacional” ante las exigencias estadounidenses de extraditar a todos los ya conocidos que enfrentan acusaciones, más los que quizás se sumen a la lista negra en un futuro cercano, es un absoluto despropósito. La iniciativa estadounidense debe entenderse como parte de la ecuación: si somos socios y lo queremos seguir siendo, debemos aprender a confiar uno con el otro.

Quizás, en la edición del acuerdo de este año, el gobierno mexicano logre librar la “evaluación de capacidades”. Mi opinión (falible y sujeta a falseabilidad) es que, más temprano que tarde, las revisiones anuales del TMEC pondrán sobre la mesa que la extradición de figuras políticas vinculadas, o con sospecha de vinculación, con el crimen organizado, será una condición necesaria para seguir disfrutando de la formidables ventajas competitivas que arroja el tratado norteamericano.

Si es así, habrá drama y descontento en forma anual. Lo que parecería confirmar que el tratado, por lo menos en su concepción original, es letra muerta.

 

 Roberto Salinas León (Ph.D. en Filosofía y Teoría Política, Universidad de Purdue) es director de asuntos internacionales de la Universidad de la Libertad. Es presidente de Alamos Alliance, uno de los coloquios económicos más importantes en América Latina. Ha publicado en diversos medios como El Economista, Forbes, Nexos, The Wall Street Journal, Investor’s Business Daily y varios otros. X: @rsalinasleon

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Posted: October 14, 2026 at 11:28 pm

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