Alcira Soust Scaffo. A cuarenta años del CEU
Edgardo Bermejo Mora
“¡Alcira, Alcira, dios mío! Maravillosa, hermosa, qué bella y pura, qué noble,
terrenal, amada, entrañable, nada de este mundo. No sé qué decirte. Te amo.
Te amaré toda la vida. Eres un ser insensato y transparente.
Estarás en mi vida para siempre, en mis hijos,
en todo lo que ame y toque. Nada hay más hermoso que no hayas muerto,
que vivas, que seas. ¡Y te dejamos sola! ¡Cobardes, sucios desaprensivos, criminales!
Quiero verte y besar tu frente y tus párpados, tus pies maravillosos,
tu ser tan verdadero. ¡Qué bella, qué prodigiosa, qué nube, qué agua, qué aire, qué luz eres!”
José Revueltas, México 68: Juventud y Revolución.
1.
1987. Si me hubieran dicho, en aquellos tiempos del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y la huelga que protagonizamos, que lo más memorable, lo más literario, acaso lo más histórico, no sería el movimiento mismo o la disyuntiva que enfrentaba la UNAM –castigada por las crisis económicas de la década y la masificación desbocada–, sino que la memoria del futuro le sería más dable recordar a un personaje entrañable, y no por ello menos enigmático, de aquellos pasillos, aulas y asambleas en la Facultad de Filosofía y Letras, no lo hubiera creído.
Pero la memoria, esa forma abstracta y maleable de la verdad, es no menos implacable que impredecible, y hace con el tiempo, sustancial y central lo que parecía ancilar. Lo que en apariencia era anecdótico y acaso exótico –un dato más del paisaje revuelto de aquellos días– deviene en algo más profundo, algo más emocional y más digno de registro con el paso del tiempo: la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo.
No las reformas truncas, acaso bien intencionadas, del rector Jorge Carpizo; no el diálogo extraordinario, jubiloso y estridente entre estudiantes y funcionarios “que no funcionaban” (Andrea González dixit) en el Auditorio Justo Sierra –un atisbo de tolerancia que sigue reclamando su lugar en la historia de la democracia mexicana–; no las izquierdas universitarias que salían del limbo radical de los setenta, en la antesala de su renovación cardenista, al tiempo que Rafael Guillén –antes de ser el Sub Marcos– se abría paso en las montañas de Chiapas; no las marchas festivas e iracundas del Paseo de la Reforma, al ritmo de La Maldita Vecindad, que tocaba en plena marcha sobre un camión de redilas; no todas aquellas movilizaciones callejeras acogidas por una sociedad capitalina que sanaba las cicatrices de 1968 y 1971, entre los escombros del terremoto; no el concierto de Silvio Rodríguez en el campus universitario. Nada de eso habría de pasar a la memoria de nuestros días con la contundencia de esa otra historia ahora contada mil veces –y acaso nunca reconstruida con todo rigor– de la desdentada Alcira: nuestra Casandra de huipil, morral y mezclilla. Nuestra loca subversiva, nuestra poeta extraviada, el verdadero eslabón que une dos historias íntimas de nuestro país: la de 1968 y la del movimiento del CEU.
Alcira o, mejor dicho, el recuerdo de Alcira, convoca autores: José Revueltas, Luis González de Alba, Elena Poniatowska, entre muchos otros. Fabrizio Mejía Madrid, que la conoció por los mismos días que yo, escribió una crónica donde admite que, pese a todo, Alcira fue un personaje incomprensible. Y al centro de esta reconstrucción memoriosa, su gran demiurgo: Roberto Bolaño, que escribió acaso la novela en español más influyente en el último cuarto de siglo, porque es puente entre dos centurias de nuestras letras: Los detectives salvajes. En la novela Alcira no es Alcira sino Auxilio Lacouture, un personaje de tal dimensión literaria que mereció una secuela y un close up novelístico con el título Amuleto.
Alcira formaba parte del paisaje de la Universidad y especialmente de la Facultad de Filosofía y Letras en los tiempos del CEU. Fue Boris Berenzon, mi compañero de banca en el primer semestre de la carrera de historia, quien me la presentó cuando recién trabamos amistad en aquellos días febriles, saturados de novedad y excitación. Dos nuevos estudiantes universitarios con plena conciencia de que sus mejores días de la juventud estaban por comenzar.
Boris me contó la historia de Alcira, la leyenda de la poeta uruguaya, mientras caminábamos por aquellos pasillos tapizados de carteles de protesta e invitaciones a la movilización estudiantil. Poco antes, Alcira lo había saludado con gran familiaridad y le dio la bienvenida a la facultad con un abrazo. Entonces Boris me explicó que su padre, el filólogo Ignacio Osorio, quien participó de los movimientos universitarios de 1966 y de 1968, la había conocido y apoyado a lo largo de los años. Boris la conocía desde niño y ella a él. Confieso que a su lado me resultó más sencillo acercarme y conocerla. Su aspecto era, antes de saber más de ella, perturbador.
Supe entonces del capítulo que aún ahora centra su leyenda y la convierte en un personaje al mismo tiempo histórico y literario. Cuando la poeta Alcira –ya muy ganada por la demencia, como lo registra José Revueltas en su relato del 68– decidió encerrarse por espacio de varios días en un baño de la universidad tomada por el ejército de Díaz Ordaz. Faltaban dos semanas para la matanza de la Plaza Tlatelolco.
Doce días habría durado aquel encierro, rodeada de militares y tanques. Una escena no del Berlín de 1945, sino de la Ciudad de México en 1968. Hay quienes recuerdan que la encontraron moribunda y deshidratada, en el más épico extravío, en la más atroz resistencia.
La toma de Ciudad Universitaria ocurrió un 18 de septiembre de 1968, el mismo día que fallecía en México el poeta exiliado español León Felipe. Otra parte de esta historia refiere que, durante la toma del ejército, Alcira reprodujo en los altavoces de la Facultad la voz de León Felipe registrada en la colección Voz Viva de México. Hay un poema al exilio de León Felipe que dice que los exiliados españoles “no tienen patria ni tribu”. Alcira, exiliada a su manera, tenía patria: la UNAM, y tribu: la inmensa comunidad universitaria que la acogió.
Casi puedo ahora escuchar el paso marcial de las botas militares, el ruido intimidante de los tanques que destrozaron las barricadas de Insurgentes. Cerca de ahí, desde una pequeña cabina de transmisiones –adjunta a la dirección de la Facultad de Filosofía y Letras– una poeta uruguaya reproducía este verso de León Felipe:
Soldado, tuya es la Hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y
errante por el mundo …
Mas yo te dejo mudo … ¡mudo!
y ¿Cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
Tras la derrota del 68, este mismo personaje sobrevivió otros tantos movimientos en la UNAM –estudiantiles, sindicales y de académicos–. Padeció varios encierros forzosos en hospitales psiquiátricos y, más de tres lustros después, seguía ahí: campante, creativa siempre, a ratos risueña, a ratos furiosa. Repartía volantes, regalaba sus poemas y sus dibujos. Armaba alboroto en los pasillos de la Facultad, y era al mismo tiempo la marca de la casa. La Facultad, sin Alcira, era inconcebible.
2.
En las marchas que antecedieron a la huelga estudiantil de la UNAM de principios de 1987, el contingente de Filosofía y Letras se distinguía de los otros por la presencia de Alcira. Se trataba de un grupo siempre nutrido y variopinto de estudiantes y profesores de todos los colegios de la facultad, desde el de Filosofía hasta el de Teatro y el de Bibliotecología. De manera que la fauna extravagante de “filos” era ya suficientemente heterogénea y pintoresca y, no obstante, gozaba además del privilegio de contar entre sus filas, siempre hasta el frente, siempre sosteniendo la manta que nos identificaba como facultad, a la poeta uruguaya que era la mayor fuente de nuestra legitimidad insumisa. “¡Fi-Fi-Filosofía…!”, coreábamos para identificarnos y hacernos presentes en la protesta. Entonces la voz rasposa y seca de Alcira remataba la consigna en solitario, con una precisión necesaria: “¡Y Letraaaas!”.
No me es difícil ahora imaginarla de nuevo: un rostro surcado de arrugas, un mapa de rayaduras que describían las erosiones del tiempo y la locura, una figura frágil, en los huesos, de ojos azules, brillantes y profundos, casi siempre extraviados. La cabellera rubia, recogida con una cola de caballo, tenía pocas canas con todo y que cifraba más de 60 años por aquel entonces. Recuerdo su andar en sandalias, su paso incansable y ligero, como de roedor. El huipil colorido –con una pátina amarillenta donde alguna vez hubo una tela blanca– y unos pantalones de mezclilla astrosos, a prueba del tiempo. Despedía un humor mezclado y desafiante: tufo picante de nicotina, de vejez, de piel bañada, y a veces la perfumaban unas gotas de pachuli.
Era cariñosa con sus amigos y los defendía con una bravura canina. Temía a los policías, a los funcionarios, y siempre creía que alguien estaba a punto de ir por ella para encerrarla en un manicomio. Al hablar, se cubría la boca con la mano para ocultar su condición desdentada. Recuerdo que reía mucho, como también recuerdo su rostro encendido, de furia, cuando hablaba de aquellos que no le caían bien, o que creía que le querían hacer daño.
Hoy sabemos más cosas de Alcira. El hecho de que Roberto Bolaño la elevara a la calidad de personaje literario ha servido para restarle sombra a su vida, de por sí misteriosa e inexplicable. Su aparición en la obra del chileno nos hizo recodar a muchos una historia trágica y confusa que estaba más bien en el olvido. Bolaño la internacionalizó y la sacó a luz, si bien no hay hasta ahora luz suficiente que pueda hacernos entender las causas y las tramas de su desvarío.
Sabemos que nació en una ciudad de provincia en Uruguay en 1924, que fue maestra rural y que llegó a México en 1952. Tenía 28 años y una beca vinculada con la UNESCO para estudiar en el Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina (CREFAL), en Pátzcuaro. En esa primera década de su estancia, se sabe que estudió pintura en Guanajuato, que se mudó a la Ciudad de México y que se casó en 1960 con un médico de la Cruz Roja, con el que habría de durar muy poco.
La Alcira que se recuerda en los años sesenta empieza por su acercamiento a la poesía de la mano de los poetas españoles del exilio: Emilio Prados, Pedro Garfias y León Felipe. Al parecer, su primera inclinación literaria y sus vínculos con los círculos intelectuales mexicanos fueron paralelos a su lento, gradual, pero inevitable trastorno psiquiátrico, que ya era muy visible al final de esa década.
Se sabe que tuvo tratos con Rufino Tamayo, con José Revueltas, con Rubén Bonifaz Nuño, entre muchos otros, que desde mediados de los sesenta su condición económica era incierta y que carecía desde entonces de un domicilio propio. Nadie sabía dónde vivía: a ratos en casas de amigos, muchas noches en los salones, pasillos y cubículos de la Universidad. Escribía poesía, traducía del francés y del italiano, colaboraba con Radio UNAM y encontró en el movimiento universitario de 1968 una suerte de refugio y destino.
Escribió José Revueltas: “Una tarde fui a sentarme junto a Alcira, ante su mesa. Temblaba, sufría, no cesaba de llorar, era casi alarmante su estado psicológico. Me hizo sufrir también. Desde el inicio del movimiento de 1968 estaba ahí. Le fui a saludar, le recordé el poema que me dio en 1967, y era ya otra mujer”.
En Los días y los años, Luis González de Alba la recuerda con esa manía que tenía de importunar a los activistas encargados del mimeógrafo. Cumplían la tarea urgente de imprimir volantes y carteles para el movimiento, pero Alcira quería también usar el equipo para reproducir sus dibujos y poemas, que distribuía incansable por donde fuese que se moviera.
“No, no podíamos seguir desperdiciando papel en los poemas de Alcira. Pero si solo habían hecho unos cientos. ¿Y el esténcil? Además, retrasaban la impresión de los volantes. Estaba bien, los haría cuando el mimeógrafo no se ocupara. Alcira se había enojado conmigo cuando intenté suspender sus ediciones privadas, pero al fin llegamos a un arreglo: no más de medio millar. Está bien, los repartirás en las manifestaciones, pero trata de que mejor no tengan contenido político. Sí, está bien pues, Alcira. Muy bien, Alcira. Y (puedes también) ayudar en “Radio Humanidades”. Sí, pues. No había querido decir que sí, (ni) que no. (…) Vendría entonces la noche de la entrada del ejército a la Ciudad Universitaria”.
La imagino ahora, una vez concluida la negociación con González de Alba, pegada por unas horas a la máquina mientras le ayudaban a reproducir estos versos suyos:
Yo quiero amarte como se aman
los que se aman encantando
por todos los caminos del mundo
en el arte tibio
en el arte frío
Yo quiero amarte en las lágrimas
yo quiero amarte en los cantos
en la sonrisa sin límites
como un río ruiselante
Yo quiero amarte en los otros
los que tienen todo
los que no tienen nada
Yo quiero amarte encantando
hacia la luz de una estrella
3.
El 18 de septiembre de 1968, en punto de las 10 de la noche, el ejército mexicano violó la autonomía universitaria y tomó las instalaciones de CU para intentar aplastar la revuelta estudiantil, que para entonces se había multiplicado en otras escuelas y en otras ciudades del país. Doce días más tarde, ante la presión pública nacional e internacional, se retiraron las tropas. Era una medida engañosa, faltaban 48 horas para el gran golpe de Tlatelolco.
Aquella noche, muchos activistas del movimiento lograron escapar a la redada del ejército. Otros tantos fueron capturados, interrogados, torturados y puestos tras las rejas. Solo una persona permaneció aquellos días en Ciudad Universitaria sin que nadie se percatase. Sobrevivió en el octavo piso de la Torre de Humanidades, gracias al agua de los baños y el alimento estéril –dicen– del papel higiénico. Tenía 44 años, y su decisión, tejida probablemente con los hilos del miedo y las agujas de la demencia, habría de convertirse en un parteaguas de su vida y en una pieza de la historia del siglo XX mexicano.
Alcira sobrevivió al movimiento del 68, pero se mantuvo a la deriva, siempre al borde de un precipicio emocional. Por muchos años más, en una suerte de indigencia rebelde y poética, arropada por la izquierda universitaria, que siempre encontró la forma de darle abrigo, comida y de incorporarla a sus causas por varias generaciones de universitarios.
Su domicilio acabó siendo la Facultad de Filosofía y Letras. Alcira convocó casi siempre solidaridades, simpatías, afectos, efímeras complicidades literarias aunque, a decir verdad, pocos se tomaron demasiado en serio su obra poética impresa y distribuida en volantes, y sus acciones poéticas conocidas como “poesía en armas”. Hoy ya tienen otro estatuto, son materia de estudio y de exposiciones. Pero, fiel a su origen, la brújula de dicho extravío sigue apuntando a las zonas de lo marginal, de lo irreverente y vanguardista.
Lo cierto es que nadie supo bien a bien qué hacer con ella. Con todo, llegó a publicar algunos poemas en la Revista de la Universidad y, por algunos años, a mediados de los setenta, dispuso de un sueldo modesto como auxiliar académica en la Facultad.
Hay que decirlo, detrás de la simpatía y las aproximaciones asistenciales a su vida errante, no hubo para ella un tratamiento psiquiátrico sistemático y profundo, que era lo que, a fin de cuentas, siempre necesitó. Hubo en todos esos años a quienes les hacía la vida imposible, como al director de la facultad, José Moreno de Alba. Le dejaba comida podrida en las puertas de su despacho, lo llegó a insultar en los pasillos, a arañar e incluso a morder.
Desde cierta ceguera antisistémica, hay quienes vieron en aquellos actos furibundos una legítima expresión del radicalismo revolucionario. No lo era. Era demencia, por más que se le revistiera de locuacidad genial. Y en ese sentido estamos en falta con ella. Nos ganó el personaje y dejamos perder y abismarse en el extravío a la mujer que habitó alguna vez en la querida y tristemente mal comprendida Alcira. Se le quiso y se le ayudó desde una suerte de romanticismo rebelde, pero nadie pudo detener su continuo deterioro. Quisimos tanto a Alcira –como escribiera Cortázar de Glenda– pero la comprendimos tan poco.
Hubo también quienes no la veían así, quiero decir, con ojos románticos y compasivos. Hablo de profesores y directivos que más bien la padecían por sus abscesos de furia y paranoia. Esa otra parte de quienes debieron padecerla tomó, más de una vez, la iniciativa de mandarla por la fuerza a un hospital psiquiátrico. Cuando esto ocurría, se organizaban campañas para rescatarla, se firmaban desplegados y cartas a la Rectoría. Salía por fin del encierro, y se le recibía de nuevo en los pasillos de la Universidad con el júbilo de quien ve excarcelado a un preso político.
Sus seguidores veían en el encierro una prolongación siniestra del autoritarismo del régimen y su brutalidad. De nuevo estamos en falta con ella: hicimos de su demencia un estandarte libertario. Incluso sus “archienemigos” de la rectoría en tiempo de Guillermo Soberón llegaron a pagar sus gastos hospitalarios, cuando ya no había manera de tenerla en libertad sin riesgo de que perdiera la vida. Cuando sus crisis eran mayores, la misma comunidad universitaria que la apapachó y la procuró por años realizaba colectas para mantenerla por breves temporadas en sitios como la clínica psiquiátrica San Rafael.
4.
Eso explica la increíble historia por la cual Alcira llegó viva, desdentada y jubilosamente loca a mitad de los años ochenta, y por lo tanto su cuarta aparición como el personaje más vistoso y bizarro de las revueltas políticas de la UNAM. Fue emblema del 68, como lo fue de la huelga de trabajadores del 73, de la huelga de académicos del 77 y del movimiento estudiantil del CEU en 1986 y 87.
Recuerdo ahora la deferencia amorosa con la que la trataba Ruth Peza, la dirigente sindical de la Facultad, y la devoción con la que la procuraba Antonio Santos, que la sentía –y acaso lo era– parte de su familia. Recuerdo también a mi colega Germán Martínez. Todo un personaje –estudiante de historia por aquel entonces, y años después alcalde de Tamazunchale, en San Luis Potosí– que la albergó por largas temporadas en su departamento en Coyoacán, donde Alcira convivía con Germán, sus hermanos y otros estudiantes de provincia.
Alcira nos acompañó por esos años, que fueron sus últimos en México. En una de sus tantas entradas y salidas de los psiquiátricos, alguien –tal vez la propia Ruth Peza– finalmente comprendió que no había manera de continuar esta historia sin que se siguiera deteriorando cada día más. Se tomó la decisión final: se armó una colecta, se localizó a sus parientes en Uruguay y, en junio de 1988, un poco con engaños, ya terriblemente extraviada y adormilada por el medicamento, tomó un avión de regreso a su país. Tenía entonces 64 años de edad y 36 de vivir y sobrevivir en México.
Los que la conocíamos menos dejamos de saber de ella hasta que reapareció convertida en personaje de Bolaño. Hoy sabemos que a su regreso vivió algunos años bajo la protección de su familia, que por un tiempo mantuvo correspondencia con sus principales amigos en México, que tuvo momentos últimos de lucidez, pero que siempre regresaba – más artera y afilada– la espada implacable de la demencia.
Y sabemos también que en 1992 se extravió de nuevo y que la familia la perdió de vista por años. El 30 de junio de 1997, tras años de distanciamiento de su familia, Alcira murió por una infección respiratoria en el Hospital de Clínicas de Montevideo. Tenía 73 años. Me duele pensar cómo fueron sus últimos años sin la protección de la comunidad universitaria mexicana que, pese a todo, logró mantenerla con vida y rodeada de afectos por más de dos décadas.
La recuerdo ahora, sonriente, con su carcajada de bruja fumadora, regalándome en un pasillo de la Facultad un poema y un dibujo. Hay cosas que uno no se perdona. Yo no me perdonaré haber extraviado aquel obsequio, que hoy solo puedo reparar con la memoria.
5.
Por fortuna, el poema y el dibujo que extravié no corrieron la suerte de todos sus papeles. Hubo quienes guardaron aquellas hojas que Alcira repartía por los pasillos, quienes conservaron sus cartas y fotografías, quienes entendieron que detrás de la leyenda universitaria había también una obra dispersa que merecía reunirse. A esa otra forma de la lealtad debemos que hoy podamos acercarnos a ella con algo más que recuerdos.
En 2018, el Museo Universitario Arte Contemporáneo presentó Alcira Soust Scaffo. Escribir poesía, ¿vivir dónde?, una exposición preparada por Amanda de la Garza y Antonio Santos. El mismo Antonio, que recuerdo siempre procurándola en los días del CEU, participaba ahora en la reconstrucción de sus mundos. La muestra reunió parte de su archivo personal, testimonios, poemas gráficos, traducciones y poemas-acción. Aquellos papeles que alguna vez circularon de mano en mano adquirían una nueva posibilidad de lectura: permitían reconocer a la autora, sus búsquedas y la relación inseparable que sostuvo entre la poesía y la militancia.
Ese mismo año, su encierro de septiembre de 1968 llegó también al escenario en Luciérnaga, la ópera de cámara de Gabriela Ortiz con libreto de Silvia Peláez. La música exploraba aquel territorio de soledad, miedo y resistencia desde el cual Alcira había seguido aferrándose a las palabras mientras los militares ocupaban su casa universitaria.
Otra búsqueda comenzó en Uruguay, entre los suyos, que durante décadas apenas habían podido reconstruir, a retazos, su vida en México. Su sobrino nieto, Agustín Fernández Gabard, dirigió Alcira y el campo de espigas, documental presentado en el Festival de Málaga en 2023. Fotografías, papeles y voces de quienes la conocieron permiten volver sobre una existencia que la fama literaria de Auxilio Lacouture apenas podía explicar. La película fue también una manera de reunir los extremos de aquella vida partida entre dos países.
La recuperación ha continuado. En 2024, el centenario de su nacimiento dio lugar a un ciclo de actividades en la Universidad de la República, en Uruguay, donde se discutió la investigación doctoral de Estefanía Pagano Artigas, Alcira Soust Scaffo y los papeles. Más recientemente, en septiembre de 2026, el sitio dedicado a conservar su memoria publicó documentos sobre su internamiento forzado en 1983. Según esa investigación, hubo vigilancia de la Dirección Federal de Seguridad e intervención de autoridades universitarias y migratorias. Son indicios que obligan a revisar nuestras certezas: la enfermedad que padecía no vuelve inocentes todos los procedimientos empleados para encerrarla.
Pienso de nuevo en los días del CEU. Nosotros teníamos por delante casi toda la vida; Alcira estaba por despedirse de la Universidad sin saberlo. Han pasado cuatro décadas y ahora son sus papeles los que nos convocan, los que piden un poco de atención entre tantas versiones de su historia. Quizá la deuda empiece a saldarse por ahí: en leer los poemas que nos tendía y que tantas veces recibimos con afecto, pero sin detenernos lo suficiente. Queríamos tanto a Alcira. Nos falta todavía aprender a leerla
Foto de Alcira Soust Scaffo: Jorge Omar García Hidalgo

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98), del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo
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Posted: October 21, 2026 at 9:56 pm







