Essay
El nombre que respiro

El nombre que respiro

Oswaldo Estrada

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Cada uno de nosotros es un misterio para sí mismo,

y el nombre es solo la etiqueta del frasco

–Miguel de Unamuno

What do you go by? Me quedé en blanco. Aunque llevaba año y medio en Estados Unidos, no tenía ni la más pálida idea de lo que me estaba preguntando el profesor de inglés. ¿Estaría pidiendo mi opinión sobre el texto que estábamos discutiendo?

La noche anterior había pasado interminables horas leyendo unas veinte páginas del libro I Know Why the Caged Bird Sings, y aunque había buscado muchas de las expresiones sureñas de Maya Angelou en el diccionario (sin mucho éxito), era incapaz de resumir en mis propias palabras y en inglés de qué trataba la sección asignada. What do you go by? me sonaba a algo así como ¿qué piensas del libro? ¿cuál es tu punto de vista? O incluso ¿qué te lleva a formular esta o aquella lectura?  

No tuve tiempo de recurrir a ninguno de mis santos para que me socorrieran en esa hora fatal, como solía hacer cada vez que debía acercarme a alguna oficina para pagar el agua, la luz, el teléfono, o lo que me indicara mi mamá, antes de irse al trabajo. Pero imagino que San Judas Tadeo o San Martín de Porres estuvieron cerca de mí ese día. Porque en medio de mi desesperación por contestar algo sobre una niña negra que crece en Arkansas con su abuela, en un ambiente racista, segregado, escuché que una de mis compañeras —¿Jenniffer? ¿Meagan? ¿Denise?— me explicó por detrás que Mr. Borda quería saber si yo tenía un apodo que fuera más fácil de pronunciar.

En el Perú nunca me gustó mi nombre. Oswaldo era el nombre de mi padre y pronunciarlo en casa era como decir una lisura, una mala palabra. Mis papás se separaron cuando mi hermano y yo éramos muy chicos y ese nombre sonaba a abandono, a juicio de alimentos y pensiones atrasadas, a peleas de adultos. Y a patria potestad y abogados, a un divorcio de culebrón. Oswaldito me decían en casa, de cariño, pero sobre todo por diferenciarme de mi progenitor. Revelarlo ahí, delante de mis compañeros y en mi media lengua, solo agravaría la situación.

Ass-waldo? Ars-walder? Ed-wardo? A diferencia de otros latinos que tomaban clases de ESL en los salones temporales del otro lado del campus, yo me había obligado a estudiar con la población gringa, aunque el consejero intentara convencerme de que ese no era mi lugar. Tenía razón. Pese a todos mis esfuerzos, no encajaba en ese mundo ni con calzador, pero queríaaprender inglés, terminar el high school como todos ellos, con los créditos necesarios para ir a la universidad. Por eso me costaba horrores leer veinte o treinta páginas miserables que seguramente mis compañeros leían en media hora. No tenía su nivel, y ahí estaba, aunque todos los profesores me miraran como el bicho raro y más con ese nombre que tanto les irritaba el paladar.

What do you go by? Oswaldo también se llamaba mi abuelo paterno. Yo había heredado su nombre, como lo había heredado mi padre veinte años antes de que yo naciera. Pero me aterraba heredar su calva reluciente, su bigote imponente, el golpe de su voz que nada tenía que ver con el adolescente de quince años que quería rogarle al profe de inglés que se olvidara de mí y de mi nombre de persona mayor. De señor de otros tiempos.

What do you go by?

Alguna vez, a los nueve o diez años, mi tía América me llevó a ver “El Cascanueces” en el Teatro Marsano de Miraflores y al terminar la función tuve la oportunidad de darle la mano a su propietario, el argentino Osvaldo Cattone. Lo recuerdo amable, sonriente. Contento de conocer a un pequeño tocayo, me firmó el programa como si mi nombre se escribiera exactamente como el suyo. No lo corregí, como tampoco lo hacía con los muchos que cometían el mismo error de escribir mi nombre con una v, pero esa tarde confirmé algo terrible. Oswaldoera nombre de viejo, de señores canosos o calvos. Panzones. No era el nombre para un niño como yo. De cachetes abundantes, chaposo y bonachón. Miope con ganas y asmático hasta los huesos.

How about Ozzie? El nombre no me sonaba a nada, menos cuando Mr. Borda lo escribió en la pizarra con dos zetas, una i y una e que no sé de dónde surgieron. De mi nombre original solo quedaba la O, pronunciada como si fuera una A. Estuve a punto de decirle en mi lengua mocha que ese nombre no se parecía al mío, pero me contuve a tiempo. Mis compañeros lo repetían emocionados, felices de poder pronunciar algo con lo que podrían identificarme, sintrabarse con sonidos foráneos.

Ozzie. Esa tarde mi mamá celebró el nombrecito en casa, pero nunca me llamó de esa manera porque era incapaz de pronunciarlo. Mi hermano lo intentó, como intentamos tantas cosas para encajar en el país de adopción. Disfrazándonos de piratas en nuestro primer Halloween, preparando el pavo de Thanksgiving como si fuera el de Navidad en Lima, con ají panca, pimienta y comino. Yendo a los bailes del High School, donde siempre nos sentimos extraños, o a los partidos de football americano que nunca entendimos. Pronto, sin embargo, ambos nos dimos cuenta de que ese Ozzie no era yo. O sí, pero no en casa, donde seguíamos viviendo en español, viendo las telenovelas mexicanas, cantando las quebraditas, las cumbias, los boleros y las rancheras que sonaban día y noche en la radio latina.

​As-wal-do? What an original name! Ars–wal-ter? Now, that’s a name you don’t hearevery day. En el restaurante donde trabajaba vendiendo pollo frito después del colegio mi nombre no dejaba de llamar la atención de los clientes, y eso le molestaba a mi jefe. Porque en vez de pedir sus dos piezas con puré de papas y una ensalada de col, los gringos querían saber de dónde era la extraña criatura que acababan de descubrir detrás del mostrador. Perú? Really? Honey, he’s from Machupicchu. Machu-what? The Incas, sweetheart. The Andes.

​El jefe tenía razón. En dos minutos y medio debía anotar el pedido, repetirlo, ponerlo en una cajita y entregarlo a los clientes. Pero el Oswaldo era un grave impedimento. No solo lo maltrataban al pronunciarlo sino que querían saber mi procedencia, que les contara de las ruinas incaicas y les hablara de las alpacas, las llamas, las líneas de Nazca.

​What do you go by?

​Era la segunda vez que alguien me hacía esa pregunta y contesté sin pensarlo un segundo.

​Ozzie. En el High School me dicen Ozzie. Al jefe se le iluminó la cara, como a mis compañeros, felices de verme, por fin, como uno más de ellos. Esa misma tarde me hicieron unanueva insignia con letras mayúsculas. OZZIE. Y la llevé en el pecho por mucho tiempo, como escarapela en fiestas patrias, para no olvidar mi segundo bautizo.

“Estrada, ¿me dejas copiar la tarea?” “Sóplame en el examen, Estrada. No seas malito y te invito un sándwich en el recreo”. “Estrada no juega fútbol, profe, porque es asmático”. En Lima, los muchachos del colegio nos identificábamos por nuestros apellidos. Fernández. Ojeda. Ramírez. Tal vez porque así nos llamaban los profesores y el apellido de cada uno simplificaba las cosas. Solo a veces, en la calle o en el parque volvíamos a ser Christian, José Antonio, Giancarlo. O Rocío, Kelly, Allison. Y yo era Oswaldo. Irremediablemente Oswaldo.

Todos en mi familia habían tenido problemas con sus documentos de identidad, con sus pasaportes, con sus constancias de estudios por tener dos y tres nombres. Para evitar confusiones y facilitarnos la existencia, nuestros padres nos pusieron un solo nombre de guerra. Omar y Oswaldo. Omar, por lo menos, era un nombre ligero. Elegante. Preciso. Nombre de actor egipcio.Omar Sharif. Fácil de pronunciar. Oswaldo, en cambio, era pesado y molesto. Olía al café negro de mi abuelo Oswaldo, al tabaco de mi padre ausente. Sonaba a antiguo. A los tiempos remotosde un rey anglosajón del siglo VII, San Oswaldo de Northumbria, venerado como mártir y héroe cristiano.

Para mi Tata, mi hermano y yo siempre fuimos Los Estradita. O los hijos del Mingo. Le puso ese apodo a su yerno por sus pelos largos, negros, desarreglados, los mismos que llevaba el actor estadounidense Ed Ames al interpretar a un indio cherokee en una serie de los años sesenta.Con ese nombre lo detestó toda la vida. Por llevarse a su hija a Estados Unidos. Por no dejar que estudiara medicina. Por su machismo y soberbia. Por todas y cada una de sus violencias. El Mingo. Un personaje distante, esquivo, un recuerdo de mal gusto que nada tenía que ver con suOswaldito. Su Nabo. Su Nabito, blanco, rosado, vivísimo. El niño al que criaba con orgullo, con devoción, con esmero. Para que en todo fuera como ella y no se pareciera ni en sueños al jijunagrandísima que le había arruinado la vida a su hija. El Mingo.  

Cuando llegué a la universidad, al norte de California, en el estacionamiento nos dieron unas cartulinas para escribir los nombres que luciríamos en las puertas de cada dormitorio.

Era septiembre y hacía un calor infernal en Davis. Apurado por entrar al edificio con aire acondicionado, por comenzar una nueva vida con el pie derecho, tomé un plumón y escribí OZZIE con letras mayúsculas.

Fui Ozzie para los amigos del primer año. Y los del segundo y el tercero. Ozzie para los amores que no faltaron. Los pasajeros, los que duraron demasiado. Ozzie en las clases de química y matemáticas. En las de estadística y psicología.

Ozzie era el jovencito que cuidaba de una colonia de hamsters en un laboratorio de biología, gracias al programa federal de Work Study. Ozzie el que vendía libros al inicio de cada semestre en la librería de la universidad para pagarse los suyos. Ozzie el que enseñaba a leer y escribir en inglés y español a los niños migrantes en un campo de trabajo en Winters. Para llegar a fin de mes. Ozzie el de las fiestas en alguna fraternidad, el que seguía yendo a los partidos de football americano sin entender las reglas del juego, por el gusto de sentirse parte de un grupo variopinto, diverso. Hecho de vietnamitas y coreanos, jóvenes de la India, americanos. Y mexicanos que casi nunca hablaban español, por el temor heredado a que alguien los tildara de recién llegados.

Hubiera pasado muchos años más con ese nombre —Ozzie— si no me hubiera matriculado en una clase de cultura española. Lo hice porque quería subir mi puntaje global y pensé que una de esas clases sería divertida, estimulante, aunque no hubiera tomado español formal desde mi salida del Perú, cinco años antes.

“¿Oswaldo Estrada?”

 Me quedé en blanco. Otra vez. Pensé que la profesora me diría que no había tomado los requisitos para estar en una clase avanzada, que me haría preguntas de lo que habían cubierto los semestres anteriores. O algo peor.

“¿Oswaldo Estrada?” volvió a preguntar la profesora Cristina Martínez-Carazo. Y solo entonces me di cuenta que ese Oswaldo era yo, que hacía mucho tiempo que nadie me llamaba por mi nombre verdadero. Sin titubeos. Ni tropiezos. En un castellano perfecto que aun siendo de Burgos me recordaba al de mi tierra.

Levanté la mano con timidez, pero sonriente. Feliz de haberme descubierto. No sé si le dije “aquí”, como decían otros compañeros de los que me hice amigo de inmediato. O si dije “presente” como decíamos en el Perú, cuando los profesores pasaban lista en el colegio.

Solo sé que escribí mi nombre en la primera página del cuaderno: Oswaldo. Y fue como volver a nacer.

Ese nombre seguiría siendo el nombre de mi padre y el nombre de mi abuelo. Pero también era mío, de mí que me poseyo.

Oswaldo.

Un nombre de señor, de escritor viejo, supe años después, cuando conocí a Oswaldo Reynoso en la presentación de uno de sus libros en Quilca y confirmé que mi nombre estaba destinado a la literatura.

Un nombre de artista, como el de Oswaldo Guayasamín, con el que yo podría pintar mis sueños y pesadillas con un lápiz y un papel. Brazos alargados, rostros inquietantes. Manos gigantes. El espanto de estar vivo y el temor a que la fiesta se acabe.

Desde entonces he sido Oswaldo. Aquí, allá. En todas partes. Pronuncio mi nombre correctamente y mi lado malévolo se ríe en silencio cuando los angloparlantes intentan articular mi nombre, sin lograrlo. Pobres. Están acostumbrados a las contracciones. A pronunciar todo a medias. A redondear las asperezas de otras lenguas para que cualquiera suene como la de ellos. Sanguan. Pororico. Jalapino. Quesadía. Quinoa. Chucha morada. La Chingara.

Dice mi hija que algún día cuando sea grande, le pondrá a su hijo Oswaldo de segundo nombre. Oswaldo como su padre.

Yo espero que a Elena se le olvide esa promesa. Que este nombre muera conmigo, cuando sea muy viejo. Cuando me parezca cada vez más a mi padre, el Sr. Oswaldo, y a mi abuelo, el Sr. Estrada.

Ha sido un buen nombre, pero me ha costado tenerlo, asumirlo como propio, con su olora ropero, a la humedad de Lima, a una ruma de libros viejos.

Me alegra verme en esta página y en otras que garabateo. Es un nombre bueno para publicar, me consuelo con un traguito de pisco, sintiéndome parte de la marca Perú por llamarme así.

Oswaldo, como el Cachito Ramírez que anotó ochenta y ocho goles jugando para la U, aunque yo no haya pisado una cancha de fútbol en mi vida. Oswaldo como el actor Oswaldo Salas, aun si no tengo madera para la actuación. Oswaldo como Reynoso y su pluma irreverente.Queer, atrevida.

En el fondo soy todas mis versiones. Oswaldo. Oswaldito. Os, como llaman en casa. Oz, Ozzie, como me dicen los amigos de la universidad. Algunos profesores. Mis tíos. Mis primas en Estados Unidos.

En mis sueños a veces soy Walo, como me llamaba mi abuelo paterno, mi Papá Juan, el hombre al que más he querido, sin llevar su nombre ni usar su apellido. Camino.

También soy Asswaldo, como dicen los hijos y nietos del Tío Sam, sin poder evitarlo. Otras veces soy Osgualdo, como me dicen en España los que no me conocen. Y otras variantes curiosas que me obligan a buscarme y a inventarme una vez más.

Me llamo Oswaldo. Oswaldo Estrada. Es el nombre de guerra que habito a pesar mío. El nombre con el que a duras penas respiro por mis ataques de asma. El nombre de mis migrañas y mis noches de insomnio, cuando vuelvo a la casa donde crecí y escucho que mi Tata me llama. Es el nombre con el que me río de la vida y de mí mismo. Hasta las lágrimas. El nombre que me sirve para lanzarme al precipicio de una nueva aventura. Aquí y allá. Por donde me lleve el destino.

Foto de Dan Gribbin en Unsplash

 Oswaldo Estrada, de origen peruano, vivió en Lima hasta los catorce años, cuando su familia se mudó a los Estados Unidos. Es autor del libro para niños El secreto de los trenes (2018) y de varias colecciones de cuentos, como Luces de emergencia (2019), Las locas ilusiones y otros relatos de migración (2020), Dreams in Times of War / Soñar en tiempos de guerra (2025) y Cortocircuitos (2025). En el 2020 obtuvo dos International Latino Book Awards y obtuvo el Primer Premio de Testimonio de la Feria Internacional del Libro Latino y Latinoamericano en Tufts. En el 2021 fue finalista del Doris Betts Fiction Prize. Su libro Las guerras perdidas (2021) obtuvo la Medalla de Oro como Mejor Libro de Cuentos en Español en el International Latino Book Awards 2022 y su novela Tus pequeñas huellas (2023) recibió otro premio en la categoría Best Immigration Themed Book en el ILBA 2025. Actualmente vive en Valencia y es Investigador Científico de Literatura Latinoamericana en el CSIC.

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Posted: October 11, 2026 at 7:44 am

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