The History of Concrete, de John Wilson
Luis Madrigal
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Empezó como un proyecto casero y terminó como una serie de HBO de tres temporadas, dos nominaciones al Emmy y un presupuesto millonario. Durante años John Wilson solía ir a todos lados con una cámara y grabar aquellas cosas que le parecían curiosas o bellas o enternecedoras en la ciudad de Nueva York. Su interés estaba confinado a lo mundano, una categoría inasible que al mismo tiempo se reconoce fácilmente. Un bache, un hombre que le agarra el culo a otro en un semáforo, un tapabocas que aletea como mariposa en la basura, un letrero tan grotesco que termina siendo poético. Las imágenes eran ya maravillosas, objets trouvés que la ciudad ofrecía de manera continua, inagotable, pero el detalle singular fue la superposición de la voz de Wilson como narrador-exégeta de esa realidad desordenada. La voz dudaba, hablaba sin autoridad y sin la elocuencia pulida de los comentaristas. La voz se detenía, tartamudeaba, se desdecía; hacía imaginar un sujeto vulnerable, alguien capaz de ser atravesado por las imágenes.
Pero la voz sabía que el efecto perseguido era la comedia. Su recurso fundamental era la ironía: cuando lo dicho es socavado por la forma de decirlo. El titubeo, en otras palabras, hacía temblar la certidumbre del letrero, del personaje, de aquello delante de la cámara. Las tres temporadas de How To with John Wilson (2020-2023) perfeccionaron el procedimiento casero del anfitrión (que había empezado subiendo versiones de estas crónicas-ensayo en su canal de Vimeo), y nos aseguraron que habitábamos una realidad concéntrica y bizarra, donde un paquete perdido llevaba a un repartidor lejano que llevaba a una convención de gente en Arizona que se preguntaba cuál era la mejor forma de congelarse en vida para volver a la tierra en unos cuantos años.
Ese doble juego con la escala (de Vimeo a HBO, de la puerta de la casa en Queens a la convención en Arizona) se repite ahora en The History of Concrete, el primer largometraje de Wilson, un documental que empieza en lo inmediato (qué hacer con su vida ahora que terminó la serie, cómo pasar al formato de larga duración) y termina en lo sistémico (la infraestructura potencialmente fatal de la ciudad de Nueva York, el rol apremiante del dinero en la cultura).
Todos los elementos de la serie reaparecen en el nuevo formato: la narración en primera persona, las tribulaciones emocionales del director, lo mundano que, en vez de pasar desapercibido, recibe tratamiento protagónico. Ahí está el acuario que unos vecinos de Brooklyn construyeron alrededor de una toma de agua que goteaba (como los baches que “cumplen años” y reciben pastel y “Las mañanitas” en México), ahí también la carrera alrededor de una sola cuadra perdida en Queens que dura cincuenta y dos días y cinco mil kilómetros. En sus mejores momentos, The History of Concrete cumple con una de las funciones más altas que uno puede pedirle al documental: hacernos pensar es increíble que exista esto.
Lo que quizá sorprende es que el tono general se ha escorado hacia lo amargo. Ya no es tanto la supuesta ingenuidad (cómica) como la mofa o la denuncia (crítica). Había, en la serie, un cheque de buena voluntad extendido incluso a los sujetos más impresentables. En la película, en cambio, John Wilson ha perdido la paciencia. Una y otra vez aparecen los problemas de financiamiento; una y otra vez Wilson decide detener una entrevista que no va a ningún lado; una y otra vez se encuentra con gente que le dice, por medio de un contrato, qué tiene que hacer o no hacer, qué tiene que mostrar o no mostrar en su película, y el resultado es la exhibición de esas demandas y el cansancio. No recuerdo muchas instancias, en la serie, donde Wilson se burlara directamente de las cosas. Aquí aparece a cámara un antiguo alcalde de Nueva York y Wilson simula, mediante ese efecto de la perspectiva que fascina a los niños y a los turistas jubilados frente a la Torre Eiffel, que agarra la cabeza miniaturizada del político entre los dedos. Wilson va a Los Ángeles y hace el chiste, fácil también, de que “hay muchos coches” en esa ciudad, que no se puede caminar. Va a una cena que organiza una revista y hace el chiste, facilísimo, de que Kim Kardashian es una figura banal, vacua, repelente.
Estos momentos disonantes, medio plomizos, reflejan sin embargo una frustración genuina frente a la estandarización estética del mundo. Dicho de otra manera, parece que Wilson, durante el tránsito rocoso entre un proyecto y otro, descubrió que además del chiste y la poesía de lo mundano tenía que dejar un testimonio sobre lo difícil que es hacer arte y vivir de manera más o menos independiente del Sistema, de sus dictados sobre la forma y apariencia de las cosas. Tenía que documentar entonces el horror que le producen el mundo de los contratos y las Kardashian, las películas prefabricadas, los edificios impresos en 3-D y las tomas aéreas con drones (y a quién no).
Una de las figuras centrales del documental termina siendo un metalero que toca en los bares menos glamorosos de Long Island. En una escena, el guitarrista avisa que va a interpretar una composición propia y descubre que todo mundo en el bar le ha dado la espalda para ponerse a ver la tele. Wilson incluye también historias de músicos que han sido orillados a tocar en sótanos asfixiantes o en el interior de sus departamentos frente a la imposibilidad de encontrar otra plataforma y público. El guion mismo se organiza a partir de un taller sobre cómo escribir una comedia romántica triunfadora, es decir, formularia.
El miedo latente en la película es que todo (un parque, ese acuario callejero de Brooklyn, el arte y nuestras huellas) termine cubierto por una pesada capa de concreto: feo, uniforme, funcional, estándar, mal hecho.
Foto de Sean Driscoll en Unsplash
Luis Madrigal enseña en el departamento de Cine y Medios de la Universidad de California, Berkeley. Ha sido dos veces finalista del concurso de crítica cinematográfica de la Cineteca Nacional de México y miembro de la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York (NYFF). Es autor de Siempre un lugar efímero (Literal, 2025).
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Posted: October 28, 2026 at 7:42 pm







