Artemis II
Rose Mary Salum
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¿Desde cuándo vivimos en un charco infinito de noticias? ¿Y desde cuándo fueron todas ellas malas? Parece que han transcurrido décadas desde que recibimos a diario información que desestabiliza, que angustia, que provoca incertidumbre. Nuestra realidad se ha transformado en ruido y ni siquiera podemos estar de acuerdo en su contenido. La vida diaria se reduce a algunas actividades en línea y despertar de cara a una sociedad dividida enfrentando una secuencia de malas nuevas.
Quizá por eso, el lanzamiento de la misión espacial Artemis II ha sido un paréntesis glorioso en el bombardeo interminable de situaciones dolorosas, movimientos irreversibles, muertes absurdas pero sobretodo innecesarias, provocadas por el hambre de tantas personas de salvar el pellejo en las elecciones en turno —y claro, de acumular algunos millones extra en sus carteras. Fue por eso que el proyecto del que fuimos testigos hace algunas semanas, me pareció milagroso. No me refiero al significado sobrenatural del evento sino a aquello que suspendiendo la rutina del día a día, las leyes naturales de la gravedad y haciendo un paréntesis en la causalidad del universo, se impuso contundente en nuestra conciencia. La misión al espacio rompió con la cadena de lo esperado y se nos presentó como una anomalía que se antoja prodigiosa.
En su libro Milagros (1947), C.S. Lewis respondía al escepticismo del filósofo David Hume con respecto a estos fenómenos que irrumpían la cotidianeidad. De acuerdo a Lewis, Hume cometía un error fundamental cuando asumía que las leyes naturales eran absolutas y cerradas como si el universo fuera un sistema hermético sin posibilidad de intervención externa. Y tenía un punto importante porque el filósofo irlandés, argumentaba que las leyes de la naturaleza no eran fuerzas activas sino descripciones de cómo se comportaba la materia cuando no había interferencia externa. En ese sentido, las leyes naturales describen lo que sucede cuando nada interviene desde fuera. Debido a ello, si a esta misión la catalogamos como milagrosa, no estaríamos pecando de nombrar lo que sucedió en abril como una suspensión de esas leyes, sino de un evento externo introduciendo un nuevo elemento en la cadena de causa y efecto donde la naturaleza sigue su curso natural.
Pero Lewis iba aún mas lejos cuando ponía el ejemplo de la piedra en el agua. Decía que si alguien aventaba una piedra a un lago, no se estaban violando las leyes de la hidrodinámica porque el agua seguía siendo agua y su comportamiento era el mismo. Lo que ocurría era que una causa externa, en este caso la piedra, la había intervenido.
En el caso que estamos abordando, la intervención llegó de parte del hombre porque arrojó en nuestra conciencia, que se desenvuelve (y se disuelve) dentro de las pantallas del ancho mundo digital, algo nuevo, con un propósito específico y para mejorar el conocimiento de la oscura inmensidad que nos rodea. Lo milagroso de esta misión espacial estaría, según Lewis, en esa intervención, en este caso, humana, no para suspender el orden del universo sino para usarlo a su favor.
Y así fue como el proyecto, haciendo uso de las leyes físicas y gravitacionales pudo lograr que la nave Orión diera una vuelta a la luna sin que se desviara hasta perderse en la vastedad del universo y regresara a velocidades inverosímiles para volver a la tierra , atravezar la atmósfera y entrar de lleno al océano pacífico exactamente por donde estaba planeado acuatizar.
Pienso en el oasis que esta incursión al espacio ha creado para nuestra conciencia, en el descanso que Artemis significa para nuestras almas, en lo que se logra cuando las personas se reúnen y encausan sus esfuerzos para la ciencia. Nada de esta misión espacial se pensó para destruir, para someter, para doblegar, para tener ganancias personales, ni mucho menos, narcisistas.
Tal vez haya sido por eso que el asombro que sentí de poder estar viva para ser testigo de un viaje de esta magnitud, me causó una fascinación indescriptible. Plotino, el filósofo neoplatónico se había referido a la fascinación como ese poder que ejerce la belleza sobre el alma humana. ¿Cómo no ver desde esa óptica el viaje espacial además de recibirlo como algo bello al más puro estilo platónico? Ha sido un hechizo que ha atravesado nuestros ojos para apreciar lo que la NASA ha logrado todos estos años de trabajo arduo. Y siendo optimistas, logrará cuando se complete el programa final cuya misión es la de establecer una base permanente en el polo sur de la luna. Una idea de por sí fascinante y que servirá como trampolín para la llevar al hombre a Marte en la década de 2030.
Así que extraño no seguir recibiendo noticias de los cuatro astronautas a quienes se les notaba que lo experimentado en sus diez días fuera del planeta los había cambiado para siempre. Extraño la emotividad de sus mensajes, quizá por la conmoción de tener la fortuna de presenciar lo inimaginable. Extraño ver el espacio desde sus ojos, estar cerca de lo que vislumbraron, capturar las imágenes que nos ofrecieron. Extraño poder levantarme y buscar en pantallas las fotografías que jamás imaginé, como lo fue ver a la tierra en una puesta que se esconde detrás de la luna. Y esa otra foto donde vemos a la luna eclipsando al sol. Extraño ver el color árido de nuestro satélite y ser testigo su silencio.

Copyright NASA
Me sorprende que me sorprendan estas fotos. Me sorprende que no se me pierdan esas imágenes en el océano de imágenes que no dicen nada y que vemos a diario y que debíamos dejar de consumir. Me sorprende que en este año, cuatro astronautas y un mundanal de científicos detrás de ellos vieron muy de cerca otra cara de la luna y viajaron más lejos de lo que ningún ser humano ha viajado. Me sorprende que se recoja información de los detalles más nimios para avanzar en el estudio del espacio. Me sorprende que no veamos este evento como un hecho milagroso.
Regreso a mis divagaciones filosóficas y la formas que ofrece la ciencia para expresar lo que me rebasa. Pienso entonces que al menos aún existen situaciones en la vida que pueden lograr conmovernos, como esa piedra inerte que cae en las aguas de nuestra existencia para agitarla e intervenirla porque es solo en ese momento cuando emerge lo sublime.
Rose Mary Salum es la fundadora y directora de Literal, Latin American Voices. Es la autora de Medio Oriente en México. Antología de escritores de orígen árabe (LP, 2024). Donde el río se toca (udaquia, 2022, Hablemos escritoras, 2024 S), Otras lunas (Libros del sargento, 2022) Tres semillas de granada, ensayos desde el inframundo (Vaso Roto, 2020), Una de ellas (dislocados, 2020). El agua que mece el silencio (Vaso Roto, 2015), Delta de las arenas, cuentos árabes, cuentos judíos (Literal Publishing, 2013) (Versión Kindle) y Entre los espacios (Tierra Firme, 2003), entre otros títulos. Sus obras se han traducido al inglés, italiano, búlgaro y portugués. Su Twitter es @rosemarysalum
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Posted: April 25, 2026 at 11:57 pm







