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Obsolescencia humana
COLUMN/COLUMNA

Obsolescencia humana

Miriam Mabel Martínez

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Ya suficiente tragedia había sido asumir que la persona que carteó a mi mamá había sido una viejita menos viejita. Lo que a los demás les parecía obvio, a mí me resultaba no sólo inverosímil sino trágico. Únicamente una igual le generaría confianza y podría usar sin problema la tarjeta del Bienestar sin crear suspicacias. Soy de esos especímenes raros que aún confían en el otro, y aunque he sufrido ya varia decepciones, me niego a claudicar. A pesar de que soy confiadota, me aterra que un día suceda algo que me haga, por fin, renunciar. Que me dominen el miedo y/o la desconfianza son mis temores más grandes.

A diario hago ejercicios para mantener la confianza y el valor en forma. Es cansado, no lo niego, pero de lo contrario me sumiría en la tristeza. Sufro mis reveses, que ni qué; como el asalto blando a mi madre en supermercado y manteniendo la guardia. No soy incauta, trato de estar alerta casi siempre (otro motivo para estar cansada), tomo mis previsiones para revirar eso de “la ocasión hace al ladrón” y, no sin enojo, asumo que vivo en una sociedad que responsabiliza a sus ciudadanos de lo que sea, incluso de ser víctima del crimen. Me considero una persona atenta, cuidadosa, prevenida y previsora; me viene de familia, mi mamá me enseñó, ella jamás ha dejado de serlo y ese día no fue la excepción. Sin embargo, le aplicaron la ya conocida táctica de robo apodada “montachoques”. Una colisión de carritos propicia el caos durante el cual uno de los involucrados abre cierres de las bolsas para saca teléfonos y carteras con una sutileza y rapidez que incluso, en ocasiones, sustituyen lo robado por objetos de utilería para no despertar sospecha. Deben practicar con la misma disciplina que entrena un bailarín, un pasito a la derecha, dos pasitos para atrás, plié, tendu, relevé, sauté, jeté y ¡voilá!, robo concluido sin invadir el espacio vital del asaltado.

Este modus operandi es tan eficaz que la mayoría se percata de que no trae la cartera al momento de pagar. Mi mamá se dio cuenta casi de inmediato, porque suele bajar la mirada constantemente para verificar que la bolsa que lleva cruzada y al frente permanezca cerrada. Gracias a esta estrategia preventiva se percató de que uno de los cierres estaba a medio abrir y su teléfono había desaparecido. ¡Ay, má lo dejaste en la casa! Que no. ¿Seguro que lo traías? Sí ¿No se te habrá caído en el auto? ¿Será? Es increíble como la negación le gana a la sensatez. Antes desconfiamos de nosotros mismos que de lo externo. Y conforme envejecemos esa desconfianza sobre la veracidad de nuestros actos aumenta. Lo que en la juventud es distracción en la vejez es chochez. Esta reacción es la que le da tiempo a la banda de ladrones de salirse con la suya. Supongo que muchas veces, incluso, usan las tarjetas robadas en el mismo supermercado mientras los afectados hacen memoria o van al estacionamiento a buscar el teléfono, la cartera o la confianza perdida, para enfrentarse al hecho.

A sus 84 años, mi madre sigue en guardia, para lo que no estaba preparada era para desconfiar de una “igual”, unos 20 años más joven. O sea una igual no tan igual aunque la tarjeta del INAPAM exprese lo contrario. Dice el tango que veinte años no es nada, pero después de los 60, cuando oficialmente en México se entra a la tercera edad, cinco años hacen la diferencia y más con la ampliación de la expectativa de vida. ¿Por qué creemos que una persona de 65 años es igual a una de 85 y a la vez nos desarrollamos desmarcándonos los de treinta de los de cuarenta, los de cincuenta de los de sesenta? Sin embargo, una vez cruzado ese umbral nos emparejamos en una vejez que se ha ido alargando vertiginosamente, tanto que muchos padres e hijos pertenecerán al mismo y tan renegado grupo poblacional de adultos mayores tal vez un par de décadas. Mi madre una mujer mayor asaltada por otra mujer mayor, pero menos mayor, lo cual evidencia, como ya sabemos, que el crimen no tiene edad.

Oscar Wilde apuntaba que “la tragedia de la vejez no es ser viejo, sino haber sido joven”, una visión que exalta la juventud más que como un divino tesoro, como la única posibilidad de existencia. Llevamos más de cien años practicando edadismo a pesar de que la esperanza de vida, en el último siglo, ha aumentado, dirían algunos, “dramáticamente”. Hacia los 1900 a nivel global, esta expectativa, era de apenas 32 años[1]; actualmente en México, según datos del INEGI, es de 75 años. Este aumento acelerado ha sido rebasado por los prejuicios, a partir de los cuales se han generado clichés sobre la vejez que cada vez alcanzan, paradójicamente, a personas más jóvenes. La obsolescencia humana también ha impuesto la caducidad de la existencia. Y si bien mi madre la ha superado, el impuesto a esta osadía lo paga a diario en una sola exhibición. Se lo cobra el banco al negarle una tarjeta de crédito (el límite es 74 años, 11 meses), al obligarla a correr tras sistemas operativos ante la amenaza de expulsarla de la cotidianidad, al empujarla a renunciar a hábitos humanos como la conversación para imponerle diálogos por mensajes o audios en WhatsApp, al forzarla a aprenderse contraseñas repelentes a la nemotecnia, al condenarla a la dependencia tecnológica para realizar tareas antes analógicas como pagar, leer los menús, explorar un mapa… al forzarla a desconfiar como principio de sobrevivencia.

La confianza es ya una tarea que exige apps para estar actualizados y no dejarse engañar. Hay que tener una para bloquear números desconocidos, aunque mi mamá no la ha bajado porque se sabe de memoria los teléfonos conocidos. Otra osadía para los tiempos actuales en los que la mayoría ni siquiera sabe su código postal; mi madre, incluso, recuerda aquellos números de siete dígitos que marcó en teléfonos de disco, cuando la hora se consultaba en el 03. Una de las tantas habilidades en desuso que, por si fuera poco, delata la edad. Esconder los años para estar vigente. ¿Deberé comenzar a teñir las canas para camuflajearme y mantenerme a salvo de los depredadores? Ser viejo no es una enfermedad, aunque así nos parezca.

Tenía razón Simone de Beauvoir: “Nada es más imprevisto que la vejez”. Entramos en la adultez temiéndole y sin prepararnos para ella; suponiendo que a nosotros no nos sucederá o, por lo menos, no será como la de esos viejos que observamos mientras somos jóvenes. No seremos como Umberto D, drama neorrealista de Vittorio de Sica, ni como el personaje de Sara García en Mecánica Nacional, de Luis Alcoriza, ni como el Gran Torino de Clint Eastwood ni como El abuelo que saltó por la ventana y se largó, novela de Jonas Jonasson… tampoco como los interpretados por Alan Wolf Arkin en Little Miss Sunshine o en Going in Style, junto con Morgan Freeman y Michael Caine, mucho menos como Robert de Niro en Dirty Grandpa, ni siquiera como los personajes interpretados por Martin Sheen, Sam Waterson, Jane Fonda, Lily Tomlin en Grace & Frankie, que nos enseñan que a pesar de los prejuicios y la discriminación la vida no se acaba después de los sesenta como el imaginario del siglo XX nos acostumbró a temer. Por una parte, deseamos la jubilación (para no trabajar) pero lamentamos no ser jóvenes para disfrutarla. Ansiamos una vida larga, pero la sociedad de consumo una y otra vez nos repite que la vejez es una desgracia.

Mientras ayudaba a mi madre a cancelar sus tarjetas, suspender la línea y levantar la denuncia digital, me imaginé a mí misma en el futuro. Me sentí vulnerable, tanto como a la mujer mayor que ayudé un día a encontrar su auto; tan desconcertada como supongo que Gene Hackman se sintió en los días previos a su muerte, acaecida en febrero de 2025; tan frágil como el papa Francisco en su última aparición, el 20 de abril; tan agradecida como Ozzy Osborne en Back to the Beginning, dos semanas antes de fallecer; entendí por qué Brigitte Bardot decidió retirarse del “mundanal mundo” a los cuarenta años sin rendir cuentas de sus futuras arrugas ni de sus decisiones polémicas por cincuenta años hasta su muerte el 28 de diciembre. Por desgracia, la minoría goza de esa opción. Los asistentes virtuales y/o el sistema de Interactive Voice Response me conducían más hacia una película, del también fallecido en 2025, David Lynch que a una/un operador/a que nos pudiera atender. Lost Highway. No transitaba sola por Mulholland Drive, sino por el presente de mi madre que no paraba de reiterarnos –ya fuera en buzones de voz, en números de clientes, imeis, preguntas de seguridad y etc.– la brecha tecnológica que nos va aislando cada vez más. En la isla de la vejez estaba yo acompañando a mi madre. ¿Cómo sobrevivir el edadismo tan introyectado en nuestros actos?

Parecía que lo habíamos logrado. Tras los reportes de robo y el circuito de recuperación de identidad –INE e INAPAM– logramos el restablecimiento de la línea telefónica, del WhatsApp, de las Apps bancarias. Tan sólo faltaba un trámite: la reposición de la tarjeta del Bienestar. ¿Qué podía fallar si la pensión universal para adultos mayores es un programa diseñado para apoyarlos? Tal como la señorita que atendió el reporte de robo 30 minutos después del asalto, acudimos al banco al siguiente día hábil, cuando nos informaron que el saldo estaba intacto y que una vez que tuviéramos una identificación mi madre podría cobrar en ventanilla. Estábamos ahí, quince días después, con INE en mano para enfrentarnos a que el reporte hecho a tiempo no había impedido que los maleantes utilizaran la tarjeta bloqueada. Y no sólo eso, tras mi decisión de meter una queja, la gerente del banco nos comentó que la respuesta tardaría más o menos 90 días y que no nos auguraba éxito, antes de que yo apelara mi derecho a meter una queja ante la CONDUSEF, añadió que la reposición del plástico no se hace en sucursal sino en los módulos de la Secretaría de Bienestar, pero no en todos, porque algunos son de temporada. Consternadas por la complicación de un trámite, que en cualquier banco se hace en un día, consultamos Google Maps para llegar antes del cierre al módulo más cercano. ¿Qué más podía pasar? Precavida mi madre llevaba dos copias de dos identificaciones, comprobante de domicilio, acta de nacimiento, CURP y Constancia de situación fiscal actualizados y estado de cuenta. Una vez revisados los documentos y pedirnos dos números telefónicos, nos informaron que ellos se comunicarían cuando ya pudiéramos recoger la tarjeta nueva. “¿Cuándo?”, pregunté. “En unos doce a dieciocho meses”, la respuesta me dejó muda. “Pero no se preocupe con este papelito lleva a su mamá al banco y sin problema cobra su dinerito en lo que llega la tarjeta. Ah, y guarde muy bien este papelito verde porque es lo único que certifica la solicitud. La situación me resultaba tan injusta como la del robo. Un sistema cruel que expulsaba otra vez a mi madre, como si ella y los viejos no fueran nuestros semejantes merecedores de soluciones eficaces, sino al contrario, debieran pagar el precio de no ser jóvenes.

De pronto, entendí que vivía en ese futuro sobre el que Simone de Beauvoir advertía estaba en juego el sentido de nuestras vidas. La premisa planteada en su libro La vejez sigue vigente: es imposible saber quiénes somos si ignoramos lo que seremos. Mi madre guardó el papelito y me tomó del brazo para enfrentarnos a la parafernalia decembrina. Atrapadas entre villancicos a ritmo de reguetón, árboles de Navidad, suéteres de temporada para perros y cuernos de alce me sentí perdida en la imagen de mi futura senectud. Reconocernos en nuestros viejos debería ser el principal propósito de año nuevo.

[1] https://ourworldindata.org/

Foto de Jomarc Nicolai Cala en Unsplash

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016). Coordinó las antologías Oríllese a la izquierda Mujeres  (2019) y Mujeres. El mundo es nuestro (2021) ambas bajo el sello Universo de Libros.

 

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Posted: January 19, 2026 at 11:54 pm

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