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 Suma de las partes de Álvaro Uribe
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 Suma de las partes de Álvaro Uribe

Tanya Huntington

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         • Álvaro Uribe, Suma de las partes (Almadía / Universidad Iberoamericana, 2026)

Más allá del sentido que expresan, el impacto de las letras escritas está ligado a su permanencia. Aunque las palabras que pronunciamos al aire se desvanecen en el momento, las que inscribimos en silencio perduran. Cada página impresa en un libro es, por lo tanto, un testamento que hereda no de lo que poseemos, sino de lo que somos a futuras generaciones, reactivado a través de lecturas sucesivas.

Los que conocimos a Álvaro Uribe conformamos la primera onda de esa larga herencia expansiva de su obra. Me conmueve cuando veo su nombre en la portada. Me entristece que no esté aquí para celebrar con nosotros otra novedad editorial. Y a la vez, me da consuelo constatar su presencia en cada una de las partes que suman esta colección de ensayos.

Aunque comparte el ensayo como género literario, Suma de las partes es un compendio diverso en cuanto a temática y cronología. Abarca textos pronunciados durante ceremonias como la del premio Villaurrutia, donde Álvaro memorablemente redefinió el realismo literario como una “autosuficiente irrealidad”. También hay textos encargados, como por ejemplo el dedicado al agitado año de 1992 que señala con ejemplos la “ubicua flexibilidad moral” (143) de los mexicanos. Incluso hay un divertido decálogo o “credo” cuentístico que aparece a modo de colofón (cito el número 3: “Creo que cuando un narrador habla de la perfección del cuento, hay que preguntarle si se refiere a sus propios cuentos” (151). Están presentes distintas facetas de Álvaro Uribe: desde el autor galardoneado al historiador advenedizo, desde el “peatón radical” al diplomático que suaviza sus cachetadas con la blancura de la ironía.

Y desde luego, está también plasmado aquí el crítico sagaz y lúcido que nos ofrece reflexiones sobre, por ejemplo, la naturaleza imperfecta de la novela en comparación con otros géneros literarios o artísticos, afirmando que incluso a las obras maestras de Cervantes, Balzac o Tolstoi “Les sobran palabras, les sobran frases, les sobran párrafos, les llegan a sobrar capítulos enteros” (52). Según Álvaro, son justamente estos fracasos lo que los enaltecen.

Pero además de lograr contagiarnos de ganas de leer a John Williams y otros autores como el poeta peruano Armando Rojas, su suegro, el arquitecto Jaime López Bermúdez, Luis Herrera de la Fuente o su hijo, Víctor Herrera, los convierte en personajes suyos. Quiero decir que nos da la sensación de que los conocemos de pe a pa, algo imposible con las personas reales. Y quizás es porque lo que atrae al ojo crítico de Álvaro es el aspecto literario de los autores cuyas vidas describe, no solo de sus obras. Halla aspectos que, aunque sean biográficos, brillan con algo que se asemeja a la autosuficiente irrealidad de sus propias ficciones.

Lo mismo sucede en el ensayo que dedica a José Emilio Pacheco, a quien Álvaro considera más íntimo llamar por su apellido. Como fue mentor mío, puedo constatar que esta descripción de su poesía como autorretrato es de una precisión asombrosa: “la concisión epigramática, la engañosa sencillez, la ironía que puede lindar con el autoescarnio, la sabiduría vital que se transmuta en paradoja filosófica y el dominio de las formas tradicionales (…)” (55) Le atina tanto a la absoluta falta de practicidad de Pacheco como su enorme gusto por las conversaciones dilatadas, o la manera en que su entusiasmo por las letras contrastaba con su pesimismo vital.

Álvaro afirma que Fernando Benítez lamentaba el hecho de que el ejercicio periodístico que él le había enseñado le quitara tanto tiempo a Pacheco, y ciertamente escuché al propio José Emilio lamentarlo muchas veces. Lo identificaba como un mal necesario que había aquejado al gremio literario con sus implacables fechas de entrega desde que modernistas como Darío o Martí inauguraron el periodismo cultural en Latinoamérica. Me complace además que Álvaro describe a Pacheco en todas sus facetas, como poeta, prosista, periodista y editor (notablemente del Bestiario de Arreola). Y luego al final de ese ensayo elegiaco aparece un sueño en que ambos van caminando por París, en el cual Álvaro transforma a Pacheco y se despide de él por medio de la invención onírica.

Hay algo más que noto a lo largo de este libro, un aspecto de Álvaro que también apreciaba en Pacheco y que siempre quise emular: el hecho de que, siendo eruditos, no blandecían su conocimiento literario con gran soberbia o pesar, sino siempre con el deleite que caracteriza a los verdaderos apasionados de las letras. Ese goce por el oficio híbrido de lector y escritor es algo en lo que hace hincapié Tedi López Mills en su preámbulo, que es en sí un testamento valioso de las maravillas que significa haber formado una mancuerna con Álvaro a lo largo de décadas en lo que sigue siendo para mí un matrimonio ideal: el de las mentes, caracterizado por una conversación inteligente y constante, a lo largo del cual siempre habrá obras que comentar y temas sobre los cuales reflexionar.

Con esta Suma de las partes se comprueba una vez más que nuestra temporalidad escrita –nuestra vida en letras, por así decirlo– transcurre bajo parámetros mucho más amplios que los que gobiernan nuestro efímero alcance biológico. Irremediablemente, nuestro amigo se nos ha adelantado. Igual que Pacheco en el sueño, Álvaro se tuvo que ir. Pero poder acudir así, por escrito, a su inteligencia e ingenio es digno de una celebración.

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Texto leído durante la presentación de Suma de las partes (Almadía y Universidad Iberoamericana, 2026) en el Foro del Tejedor de la Librería del Péndulo, CDMX, 3 de febrero de 2026.

 

Tanya Huntington es la autora de Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpienteA Dozen Sonnets for Different Lovers,  y Return. Su libro más reciente es Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). Es jefe de redacción de Literal Magazine.

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Posted: February 17, 2026 at 10:01 pm

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