Ananari Gomís en la Biblioteca CASUL de Escritoras
Ana Clavel
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
¿Quién de los que participan en la vida cultural de la Ciudad de México ignora que la Casa Universitaria del Libro de la UNAM, CASUL por sus siglas, se ha convertido en un faro de Alejandría en plena colonia Roma? Presentaciones de libros —no solo editados por la Universidad—, conciertos, exposiciones, mesas redondas, seminarios, charlas, talleres, círculos de lectura, exhibición de películas, actividades para niños y niñas… Este renacimiento de la legendaria casona, en comodato para la UNAM desde 1986, ubicada en el cruce de las calles Orizaba y Puebla, en contraesquina de la Parroquia de la Sagrada Familia y al lado de la afamada cantina La Covadonga, no ha sido fruto del azar. Desde hace 3 años su directora, la periodista cultural Guadalupe Alonso Coratella, con la complicidad de la escritora Rosa Beltrán, directora de Difusión Cultural, ha tenido el toque mágico y la sensibilidad para convertir el palaciego recinto universitario en un albergue acogedor para la literatura y las artes.
Por si fuera poco, una idea novedosa ha sido la creación de la Bibioteca CASUL de Escritoras que alberga los libros de escritoras destacadas, por el momento nacidas hasta la década de 1950. Como Guadalupe Alonso es partidaria de los rituales, cuando ingresa una nueva autora a la colección, uno de sus libros se rubrica y la escritora en turno, si está presente, dedica de su puño y letra unas palabras al sello universitario. Se trata así de una ceremonia adonde la autora de nuevo ingreso es homenajeada por amigos, admiradores y público general. La primera de ellas fue Elena Poniatowska, a la que siguieron Rosario Castellanos, Elena Garro, Bárbara Jacobs, Margo Glantz, Cristina Pacheco, Elsa Cross, Beatriz Espejo, Ángeles Mastretta, Ida Vital, Rosa Nissán, Laura Esquivel, Silvia Molina, Alma Guillermoprieto, Sara Sefchovich, Angelina Muñiz-Huberman, Esther Seligson y recientemente, Anamari Gomís. Además de albergar la colección Desbordar el Canon del Taller de Crítica Literaria Diana Morán, editado por la UAM, y la colección Vindictas, dirigida por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. Todos estos volúmenes pueden ser consultados por público general y especializado en el recinto de la Biblioteca de la Casa de la colonia Roma.
Sor Anamari de la Cruz
A la querida escritora Ana García Bergua y a mí nos tocó acompañar a la maestra, escritora, ensayista, académica, exfuncionaria, conversadora, Anamari Gomís en su comparecencia ante un público que llenó la sala, con amigos, escritores, alumnos y público deseoso de escuchar anécdotas de su formación como autora y sobre sus libros.
De ser la segunda hija de refugiados españoles, la hermana menor con 13 años de diferencia de la carismática presentadora de Telekínder, Pepita Gomís, un programa de los años sesenta que las nuevas generaciones no tuvieron el gusto de conocer; de convertirse a la religión de los libros desde niña cuando escuchó un disco de poemas de Sor Juana en la colección “Voz Viva de México”, y tuvo el arrebato místico de ser como ella; muy pronto, sin embargo, nos revelará en La lectura al centro. 55 autobiografías lectoras, antología compilada por su exalumno Eduardo Cerdán, su carrera lírica se interrumpió por la de la narrativa. Desconozco cuál habría sido el destino poético de Sor Anamari de la Cruz con aquellos primeros versos muy solemnes y atildados que comenzaban así: “Cuatro muertos platicaban al pie de una celosía / y los cuatro decíanse que no añoraban la vida…”.
La verdad, felizmente para nosotros esa proto-poeta se perdió en los sueños de la infancia, porque ganamos a una narradora perspicaz, aguda, capaz de revelar psicologías y enredos interiores con sutileza y a la vez insidia narrativa. Desde sus primeros cuentos recogidos en el volumen A pocos pasos del camino (1984), luego en La portada del sargento Pimienta (1994) y el más reciente: El otro jardín del edén (2019), revelan a una narradora con una habilidad de observación para pintar a la manera puntillista el más mínimo y hasta socarrón detalle, y a la vez dotada de un talento impresionista y a veces hasta fauvista para, a partir de esas pinceladas puntuales, sugerir atmósferas y escenarios en conflicto.
Y es que una desazón permanente trasiega los ánimos de sus personajes, una incomodidad existencial de no saber hallarse en ningún sitio se revela en la ambigüedad emocional que da pie a sus historias. Esa descolocación de la mirada produce extrañamiento, un desenfoque que encuentra simetrías, cuadraturas, armonías y oposiciones como si escudriñara un sutil mapa astrológica para hablarnos de lo humano, de sus angustias y sus epifanías. Lecciones bien aprendidas de sus maestros Joyce, Salinger, Carver, Woolf, Hemingway, Rulfo, Arreola, Pitol, Elizondo… Pero además, Anamari lo consigue con humor e ironía, y un estilo suelto y ligero que envuelve al lector y lo conmina a la complicidad y al disfrute.
El día que Juan Rulfo le pidió perdón a nuestra autora
Durante la tertulia a que dio lugar el ingreso de Anamari Gomís a la Biblioteca CASUL contó una anécdota de su amistad con el gigante Juan Rulfo. La consigno aquí, sabiendo de antemano que la gracia y locuacidad de la escritora sólo son posibles en sus propias palabras. En los años setenta, Anamari consiguió una beca del Centro Mexicano de Escritores. Sus tutores y guías: Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde. El más cercano a ella, por su amistad con Paulina Lavista, era Salvador Elizondo. Por alguna razón, un día en que le tocaba leer a Gomís, Salvador por darle lata dijo que las influencias de Anamari estaban por el orden de Gustavo Sáinz, escritor de la onda, muy afamado por ese entonces. Rulfo no toleraba a esos “malhablados” de la escritura ondera. Así que le dijo antes de que empezara a leer: “Anamari, si ésas son sus influencias, mire lo que hago con su escrito”, y procedió a romperlo ante una Anamari que también rompió en llanto. Con todo, se limpió las lágrimas y se atrevió a enfrentarlo: “Si se trata de elegir mis influencias, yo quisiera que fueran las de James Joyce y Juan Rulfo”. Rulfo se calmó y el asunto pareció resolverse.
Anamari se fue con Elizondo a su casa a llorar con Paulina Lavista. Al rato, tocaron a la puerta. Era Juan Rulfo que apenas ver a Anamari, se puso de rodillas y le pidió perdón. Anamari cuenta que ella también se arrodilló, abrazó al maestro y santas pascuas. Todos perdonados. Se hicieron amigos con la distancia que puede mediar ser amiga de un coloso. Probablemente, algunos de los cuentos que integraron el primer volumen A pocos pasos del camino, de 1984, fueron revisados por el autor jalisciense. Posiblemente, Anamari le hizo llegar un ejemplar y quizá leyó el libro de su alumna consentida, puesto que Rulfo murió en enero de 1986. Lo que sí debió de haber reconocido es que ahí se perfilaba una escritora con un pulso estilístico notable para exponer psiques complejas en situaciones muchas veces absurdas e hilarantes, que revelan las sinrazones del acontecer humano.
La verdad es que no sé si relatos de sus siguientes libros, esos que ensayan estructuras novedosas, le hubieran interesado porque Rulfo era un escritor, digamos, más tradicional. A mí me encantan por su carácter lúdico y transgresor para contar, como son los casos de “Molly Pérez quiere escribir un cuento” y “La nave del olvido”, que entremezclan discursos extradiegéticos, uno para dar cuenta de la mentalidad dispersa de una escritora —que podría llamarse Molly Gomís—, a quien le cuesta sentarse a escribir y contar el relato que se propone, en medio del acontecer diario que la distrae e interrumpe de su labor. El otro, “La nave del olvido”, al enlazar frases aparentemente inconexas de una conocida canción popular con el delirio de un hombre confundido que, a través del monólogo interior, va revelando una avanzada demencia senil.
Otro de mis favoritos es el que lleva por título el del libro mismo: “El otro jardín del edén”. En la terraza de un edificio alto, un hombre en el ocaso de su vida, mira la ciudad como un escenario donde se han colmado muchos de sus apetitos. Podríamos pensar que es un hombre de éxito… Y sin embargo, el deseo vuelve a aguijonearlo como un tábano febril y contempla con lubricidad ese otro jardín del edén en la entrepierna del mundo, capaz de revivir hasta la flaccidez de los muertos, incluida su propia virilidad. Este sí creo que Rulfo lo habría aprobado, sobre todo porque se hubiera sentido cercano al acontecer del protagonista.
Autorretrato al estilo Borges
En el epílogo de El hacedor, un libro antológico que data de 1960, Borges escribe: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos, de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Creo sinceramente que todos los escritores lo hacemos en mayor o menor medida, aun en los casos de ficción.
Al echar una hojeada al conjunto de los libros de Gomís es evidente cómo nuestra autora ha esbozado una autobiografía literaria y ficcional en diferentes partes de su obra. No se trata de un mero ejercicio autoficcional —llevado por la francesa Annie Ernaux hasta un nivel de escalpelo naturalista, “la escritura como cuchillo”, lo llama ella, para desmadejar las diferentes capas de dominación y complejidad sociológica que es su propuesta desafiante—, pero si en el caso de Anamari, de una obra que aquí y allá revela cómo la literatura se alimenta de la vida, y en concreto, de la vida de su autora. ¿Cómo no imaginarla como la protagonista de “Dakota’s Requiem”, frente al psicoanalista, exponiéndole las cuitas generadas a partir de la muerte John Lennon y su perenne sentido de fragilidad existencial? ¿O compartir créditos con la despistada Elena de “Estuvo allá, no sé dónde”, en un accidentado viaje a un centro de meditación en las afueras de Nueva York? ¿O con la joven que, en medio de un acontecimiento histórico como la llegada de la primera nave espacial a la Luna, da cuenta de algunos terrores de la adolescencia a partir de un posible contagio de rabia en el relato “Polvo de luna”?
Es muy cierto que hay algunos ejercicios de autoficción declarada con nombre y apellidos de la maestra Gomís como en el cuento hilarante “El perro del Periférico”, en el que la autora se declara a sí misma una auténtica demente en el rescate de un peludo de entre el flujo del tráfico de una autopista, en medio de una maniobra que involucra a la policía de seguridad, al equipo de bomberos, a su propia familia. De filiación semejante es “El coche negro”, un ajuste de cuentas con la historia de su padre, el juez José Gomís Soler y una España republicana, desgarrada por las ideologías de izquierda, convertidas en fanatismos. El relato comienza con una frase que es una advertencia: “Esta es una historia verdadera con sus muchos tintes de falsedad”. Una sentencia que podría aplicarse a buena parte de los libros de nuestra autora, que ahora se suman a la Biblioteca CASUL de Escritoras.
La pasión novelesca
Yo sé que los cuentistas valoran su género por encima de cualquier otro. Se habla de la perfección del cuento frente a la imperfección de la novela, siempre excesiva, acumulativa, de una libertad creadora sin otros límites que los marcados por el autor. Aquí entro de lleno a esos mundos narrativos de Gomís que me apasionan: sus tramas novelescas. Su primera novela, Ya sabes mi paradero (2002), da cuenta de una familia de refugiados españoles en México que, en cierta medida, es la familia de la autora, cuya personalidad se reparte en los tres hijos del matrimonio Soler: Lorenzo, Guadalupe y Lázaro, los dos últimos ya nacidos y criados en México, pero también desarraigados, habitando ese nebuloso “país llamado Exilio”, como lo define Gomís. Toda la novela resulta entrañable, por cuanto refleja el día a día, con zozobras y dichas, de un puñado de personajes que viven la herida siempre abierta del exilio. Con todo y su estilo realista, hay un capítulo que es una muestra de los portentos de la imaginación, un fragmento quijotesco por sus aires de distorsión creadora. Es el momento en que la madre, Ana Alcaraz de Soler, casi dos décadas después de arribar a México, acude a la calle de Madero, en el centro, a recoger unas gafas oscuras graduadas. Al salir con ellas deja de ver el paisaje urbano de la Ciudad de México, y entre el mareo y la alucinación, descubre edificios y calles de Madrid, Barcelona, Sevilla: atlantes en vez de molinos de viento, agigantados aún más por la nostalgia y la fantasía proteica.
Es sin duda en La vida por un imperio (2016), donde la autora recrea un alter ego imaginario en el personaje de Fernanda, que acompaña a su maestro Segismundo Altamirano en una particular odisea por el Caribe, tras las huellas apócrifas de Maximiliano de Habsburgo, convertido por la leyenda en Justo Armas. Una novela divertida, paródica y estupendamente narrada, un carnaval de pasiones presentes y pasadas, un periplo emocional en busca de los rastros míticos de un hombre una vez fue emperador de México y tal vez escapó a su muerte oficial. Esto y muchas cosas más es La vida por un imperio. Ligera, ingeniosas y por momentos grácilmente profunda, escuchamos la voz de Fernanda quien habrá de guiarnos por un doble viaje de fuga y encuentros. Doble periplo porque uno es el evidente tras los pasos de Justo Armas, aka de Maximiliano a partir del reporte de su fusilamiento: “Justo pasado por las armas”, en su fuga a tierras centroamericanas, después de que Benito Juárez supuestamente le perdonara la vida como parte de un pacto masón, en una vuelta de tuerca legendaria y fantasiosa. El otro viaje es al interior de las auténticas motivaciones de la propia narradora para arriesgarse en tal aventura con su profesor, el académico dandy Segismundo Altamirano, inspirado en el escritor Sergio Fernández, mentor de nuestra autora en sus años universitarios. Por eso nos encontramos ante una novela pseudohistórica, y también, frente a una jocosa obra de aprendizaje, una novela sentimental, una sui generis novela de aventuras emocionales.
¿Y qué duda cabe del parecido de Fernanda y la autora, en esa joven mujer de treinta años, universitaria y dicharachera, capaz de envolver con sus palabras y ocurrencias a los asaltantes de un taxi que pretenden plagiarla en el regreso a su casa, al comienzo de la novela? Pero la habilidad discursiva y su innegable capacidad seductora son insuficientes a la hora de enfrentarse a la existencia cotidiana, al marido que la cerca, a las limitaciones económicas, a las incertidumbres profesionales que comienzan con una tesis que se antoja interminable. Bueno, cualquier parecido con la realidad, no es mera coincidencia. Como no lo es el espíritu bufo y socarrón, que le permite a Anamari Gomís desdoblarse en personajes para quienes el azar, el deseo, el cuerpo, la incertidumbre, la memoria, el humor cobran la dimensión de una vital y literaria.
De esos casos felices en que no es la literatura la que busca la vida, sino la vida la que exige hacerse literatura. Y ahí, en esa constelación de páginas, nos es posible vislumbrar el rostro verdadero de la escritora Anamari Gomís, en su muy merecido ingreso a la Biblioteca CASUL de Escritoras. ¡Enhorabuena!
Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007). Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
Posted: April 23, 2026 at 9:33 pm







