La izquierda ante la situación venezolana
Gisela Kozak Rovero
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La perplejidad que causa la situación venezolana no es de extrañar. Un gobierno de izquierda antiimperialista funciona en una relación de tutelaje y cooperación con el enemigo supremo, Estados Unidos. No se trata del Estados Unidos de Joe Biden, ni siquiera el de los Bush (padre e hijo), sino el de Donald Trump, un verdadero espantajo político que tiene al planeta en ascuas. La política nunca ha sido el terreno de los santos, pero Trump encarna otra cosa: la decadencia del modelo político por el que luchamos para Venezuela, la democracia liberal. El político estadounidense no hace gala de ningún tipo de idealismo, ha sido calificado de psicópata y narciso y, para colmo, exhibe un comportamiento errático incompatible con un líder de su importancia. Da la impresión de que su entorno inmediato lo torea, pues un día se dice y se hace una cosa y otros día se dice y se hace otra. Todavía existen suficientes fortalezas democráticas en el país del norte, incluso dentro del mismo mundo MAGA, opuesto a las diversas “hazañas” que el primer mandatario acomete por el mundo, pero es lógico que el proceder de Trump cause tanto rechazo, especial pero no exclusivamente, en la izquierda internacional.
Este rechazo se refleja en escaso apoyo de la izquierda a la instauración de la democracia en Venezuela, inacción que es de vieja data y se remonta a los tiempos de Hugo Chávez pero que es inaceptable. En relación con el presidente gringo, vale la pena recordar que las vueltas de la política son terribles: Stalin fue útil para liberarse de los nazis durante la segunda guerra mundial; Trump puede serlo en el caso venezolano, pero está por verse y la presión regional multipartidista nunca está de más. Para este fin, la izquierda debería liberarse de viejos prejuicios respecto a la oposición venezolana y, en especial, respecto a María Corina Machado. La lideresa ha conversado con los demócratas estadounidenses y con líderes de diversos países, después de jugarse su prestigio internacional en su relación con Donald Trump, a quien entregó la medalla del Nobel de la Paz, en un acto que puede interpretarse como el caramelo para un narciso, pero que fue visto desde la izquierda como una conducta sumisa. Se trató de una maniobra política, que revolvió el estómago de mucha gente sensata, incluyéndome, y con razón. No obstante, nada más lejos de la sumisión que una mujer como Machado cuya lucha denodada por la democracia es indudable más allá de cualquier desacuerdo político e ideológico; dudo que ningún líder político europeo, latinoamericano o norteamericano, hombre o mujer, se esté jugando la existencia por la política como lo ha hecho ella. Pero la alejan del aplauso general su relación con Trump, sus relaciones con políticos demócratas de centro derecha y liberales y, lo digo con ironía, hasta el rosario que cuelga en su cuello, que espanta a unas cuantas de mis compañeras feministas, mucho más tolerantes con el velo islámico.
Es hora de que los políticos de izquierda estén alineados con la democracia en Venezuela. La misma izquierda que ha tolerado las dictaduras de Nicaragua, Cuba y Venezuela se horroriza porque Machado conversa con gobernantes legítimos pero considerados de derecha. Lula Da Silva, Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum, Pedro Sánchez y el expresidente Gabriel Boric (un verdadero demócrata) no han querido fotografiarse con la oposición del país suramericano como si fuéramos unos apestados. La democracia significa también pluralismo ideológico, o al menos debería significarlo. En este sentido, Lula ha dado un paso adelante y ha dicho que Venezuela requiere de unas elecciones libres y democráticas, aunque hizo la aclaratoria de que se trata de un problema interno. Si los actuales izquierdistas en el poder jamás se han liberado de su admiración hacia un dictador como Fidel Castro, no veo por qué no pueden reunirse con la lideresa venezolana, una demócrata convencida, cuya relación con políticos no izquierdistas al menos tiene la virtud de que no se trata de las cabezas de gobierno de fuerza. Trump será una desgracia para el mundo, pero su gobierno tiene fecha de caducidad; Castro en cambio se quedó en el poder hasta que la decrepitud no lo dejó mantenerse en pie.
Si el problema es que desde la izquierda se considera que Machado es una golpista o pidió una invasión a Venezuela, la respuesta es que los venezolanos hemos enfrentado la más feroz dictadura surgida en América Latina en el último medio siglo. Se le ha exigido a los militares que cumplan con su deber constitucional ante el robo de elecciones y los crímenes de lesa humanidad, cosa que no han hecho, y se ha solicitado a países extranjeros que presionen ante la indefensión de la sociedad venezolana, que ha recorrido sin éxito todas las vías pacíficas para instaurar la democracia. Además, la operación militar en Venezuela, ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, no fue orden de Machado, quien, obviamente, no cuenta con ese poder en Estados Unidos. Por último, nadie parece lamentar la ausencia de Maduro, ni siquiera sus correligionarios en el gobierno, más dedicados a portarse bien con Estados Unidos y complacerlo en todo lo que pide.
Si la izquierda no toma el protagonismo que le corresponde en la promoción de la democracia, perderá más terreno del que ha perdido en una América Latina, unos cuantos de cuyos países están hartos de la migración venezolana, entre otros problemas económicos, sociales y de seguridad. En lugar de concentrarse tanto en Machado, la izquierda debería enfocarse en el singular comportamiento de Delcy Rodríguez. No me canso de decirlo: el régimen conversa cortésmente con el gobierno de Estados Unidos pero no con la oposición, a la que responsabiliza de la operación militar que se llevó a la pareja dictatorial, como si su ejecución hubiese sido hecha por venezolanos y no por elementos del ejército estadounidense. Aunque han sido innumerables las maniobras ideológicas y propagandísticas de la Revolución Bolivaria en lo que va de este siglo, reconozco que esta lleva el absurdo al extremo. Ante esta situación, sería una magnífica señal que la izquierda iberoamericana diera un paso al frente y apoyara un acuerdo nacional y elecciones generales libres en Venezuela.
Foto de Mahmut Yıldız en Unsplash
Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak
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Posted: April 21, 2026 at 9:50 pm







