Dos madres racistas
Socorro Venegas
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Lula Ann se cambia el nombre en cuanto crece y adquiere cierta autonomía de su madre, a la que tiene prohibido llamar así. Aprende a nombrarla Sweetness, nunca mamá. La niña es negra como el carbón; la madre, blanca. Es tan inexplicable, tan ajena a su vida esa criatura que evita tocarla. Cuando nace, el padre las abandona, seguro de la infidelidad de su mujer, y ella llega a tener el impulso de ahogar a la recién nacida. No lo hace, pero instrumenta una serie de lecciones para prepararla: el mundo no la hará sentir cómoda nunca. Le enseña a hacerse de la vista gorda cuando atestigua una violación. Le enseña a mentir y la premia por hacerlo bien. La alecciona para que baje la cabeza, no debe pelear, no tiene posibilidades de ganar. Hace esto para protegerla, está convencida. Todo es parte de la espléndida novela La noche de los niños, de Toni Morrison.
Estamos habituados a conocer y justificar los mandatos de padres a hijos. Pero los progenitores también responden a mandatos que asumen en su calidad de preceptores, de guías en un mundo que de antemano conciben hostil. Nadie nos enseña a ser padres, se dice. Como si solo fuera posible enseñar a ser hijos. ¿De dónde salen las acciones “protectoras” de esta madre blanca, que da a su hija un trato racista en su propio hogar, con el fin de alertarla para lo que vendrá? Podría pensarse que viene de la conciencia, una que se forma con mandatos sociales implícitos en cada acto de vida cotidiana. La madre sabe que la sociedad racista y clasista en la que vive estigmatizará a la niña por su color de piel. La mejor manera de prepararla es subrayar desde casa, su diferencia, la trata con genuina repugnancia.
La niña de la novela renegará de todo lo que su madre ha querido implantar, se nombrará a sí misma Bride y se convertirá en una mujer exitosa. Irá a la busca de un amor perdido y lo recuperará. Atrapadas por las aventuras de esa hermosa joven afroamericana, pensaremos como lectoras que la madre ha quedado atrás. Nada más errado. ¿Se puede escapar a la madre? Es ella quien, al enterarse de que su hija está embarazada le dedica estas palabras que conciben la maternidad como un territorio minado: “Ahora está embarazada. Qué buena idea, Lula Ann. Si te crees que ser madre es solo cuestión de mimos, patucos y pañales, te vas a llevar un buen chasco (…) Escúchame bien. Estás a punto de descubrir cómo son las cosas, cómo es el mundo, cómo funciona y cómo cambia cuando eres madre”. Me parece escalofriante. Aquí está lo que me preguntaba, ¿quién enseña a ser madre? ¿Es puro sentido común, es responder a lo que el mundo te va mostrando, el aprendizaje llega cuando ya es inútil? Con las mejores intenciones, para proteger a los hijos, se les puede destruir. Facultad de los padres. En el contexto de la novela las palabras de Sweetness adquieren un sentido aterrador, pues se nos narran varios casos de niños abusados. “Cómo es el mundo, cómo funciona y cómo cambia cuando eres madre” puede significar: no vas a poder proteger siempre a tu hijo. Nadie está a salvo.
Es otro el registro narrativo de Vida, vejez y muerte de una mujer de pueblo, del sociólogo y filósofo francés Didier Eribon. En su ensayo, entrelaza la experiencia autobiográfica con la sociología para darnos un retrato de su madre, descrita ya en el título del libro. Una mujer que, pese a ser hija de un gitano, es decir, no es del todo blanca, es sin embargo racista. Me parece un libro bien difícil de escribir. No se trata para nada de un juicio sumario a la madre, aun cuando encarna mucho contra lo cual un intelectual francés como Eribon se subleva. ¿Cómo contar esta historia, existe un asunto más personal que decir algo sobre la madre? Didier, biógrafo de Michel Foucault, hace lo que otras autoras y autores han hecho desde la literatura: no esquivar el relato duro de la realidad, lo que se ha llamado autoficción. Duras, Ernaux, Carrère. Mirar a fondo. En algún momento, quizás tras superar un conflicto interno, Eribon señala que solo puede mostrar a su madre en su verdad, sin adornos ni justificaciones. Sabemos que es una mujer que se ha roto la espalda trabajando por sus hijos, toda una vida en una fábrica. Con agudeza, el autor nos muestra una sociedad que inferioriza y margina a quienes carecen de educación, de alta cultura. Y cómo el clasismo aparece en las obras de arte más representativas de esa alta cultura francesa, cita por ejemplo En busca del tiempo perdido, de Proust, donde se ridiculiza a una sirvienta porque no habla correctamente.
Una imagen me conmueve particularmente en el libro de Eribon. La madre detesta que su hijo quiera abandonar el seno familiar, irse a París a estudiar la universidad. Antes de que se vaya, en las vacaciones de verano, le consigue trabajo en la fábrica donde se ha ganado la vida toda su vida. En respuesta a un trato abusivo, el hijo se subleva contra un superior y es despedido. Piensa que estará orgullosa porque ha hecho algo que ella jamás se permitiría. No es así. La madre teme incluso perder el trabajo. Ambos saben que es gracias a que mantiene esa precaria estabilidad laboral que su hijo podrá marcharse del pueblo.
Al perder la autonomía y llegar a la vejez, es su hijo el intelectual quien la lleva a un asilo. Ella va a resistirse mucho. No puede entrar así nada más en esa noche. En la novela de Morrison, Bride no vuelve a ver a su madre, pero la ayuda para que pueda vivir en un lugar semejante. No parece sentirse aislada, como sí ocurre con la madre de Didier Eribon. Sweetness es una mujer joven aún, así que no ha perdido cierta soberanía sobre su cuerpo. Esto es clave en el libro del francés, que continúa una reflexión profunda y crítica sobre la vejez, abordada en otros textos donde dialoga con una obra casi desconocida de Simone de Beauviour, tiulada precisamente La vejez. Otro periodo vital para el que, como ocurre con las maternidades o paternidades, tampoco hay escuela.

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Posted: November 25, 2025 at 11:09 pm







