Azteca
Ángel Jaramillo Torres
Que yo, Bruno Gastélum, símbolo de la erudición elegante, capaz de distinguir a primera vista los trazos de Kandinski en sus diversos periodos, especialmente los de su estancia en Múnich; que yo, intérprete pulcro de las sonatas de Mozart, comentarista en programas de radio acerca del mundo grecolatino y el jazz, invitado a reuniones de diplomáticos un día sí y otro también, se encuentre aquí bailando un domingo a mediodía frente a la Basílica de Guadalupe, ataviado de plumas y con un penacho en mi cabeza, mientras unos tambores insultan el ambiente, es una ironía del destino que no habría concebido Aristófanes para ridiculizar a los grandes sofistas en el esplendor del Imperio ateniense.
¿Qué explica esta vuelta de tuerca en la vida de uno de los más egregios ciudadanos de la Ciudad de México?, se preguntarán los más caritativos entre quienes leen estas líneas ágata.
Canta, oh Diosa, la cólera funesta del desventurado Gastélum. La historia tiene un comienzo y, si lo queremos definir, se remonta al día en que el retoño de mis anhelos —Miriam, mi hija para más señas— me informó que a sus 18 años había decidido ingresar a la Escuela Nacional de Antropología. En vano predije un porvenir con olor a pachulí —o el Pogostemon cablin, como le llamamos los más ilustrados. En vano le hablé de la tendencia de Claude Lévi-Strauss a sacar conclusiones inexactas de sus viajes a Sudamérica. En vano, en fin, fue mi insistencia en tener primero una educación en los grandes libros de nuestra tradición occidental. La pequeña insolente ya había viajado a Oaxaca, donde había probado hongos alucinógenos en la tradición de María Sabina.
—Hasta los Beatles la visitaron, papá —me informó, como quien demuestra un teorema insospechado.
Su nariz exuberante se elevaba como queriendo rozar el firmamento mientras me hablaba del buen salvaje. La interrumpí a medio monólogo que hubiera hecho dormir a un epiléptico.
—Para Rousseau, el buen salvaje era una mera ficción con el fin de convencer a las almas bellas de que el teatro moderno corrompía al ser humano. Estoy seguro de que este hombre ilustrado se reunía con Voltaire en alguna brasserie parisiense para burlarse de los siglos venideros —dije, mostrando que mi cerebro era una enciclopedia fantástica y disponible a cualquier hora.
Mientras yo probaba por qué me había ganado mi lugar en la Academia de la Lengua y el Colegio Nacional, la ojoazul desvergonzada preparaba una tagarnina rellena de Cannabis Sativa con la maestría de un prestidigitador de alta escuela.
—Mi novio y yo nos vamos a unir a la comitiva para rescatar la dignidad de los pueblos originarios —dijo perturbando mi espacio vital—. Ya la había visto alguna vez con el joven en harapos, cuyos datos biográficos deben estar en más de una docena de procuradurías estatales.
—Invité a Jason a cenar aquí en la casa, papá, después de nuestro viaje. Quiero que lo trates bien, ¿ok?
—Por supuesto, preciosa —respondí con la sagacidad de quien habría sabido comportarse con altura en las reuniones en el Palacio de Hofburg, mientras Metternich nos instruía sobre la Realpolitik en el Congreso de Viena.
Mientras la aspirante a Margaret Mead vagaba por playas tercermundistas bajo el influjo de famosos barbitúricos, yo me dedicaría en cuerpo y alma a mi ópera en tres actos basada en The History of the Decline and Fall of the Roman Empire del oriundo más notorio de Putney. Mi interpretación de esa œuvre monumentale incluiría la intromisión de la Henriada del bardo de Stratford-upon-Avon, que corregiría ciertas insuficiencias de Gibbon. El trabajo sería un leñazo en el plexo solar de ciertos tunantes en la Universidad de Oxford.
Pasaron dos meses y frente a mí se seguía desplegando la infausta hoja en blanco. Más allá, la bruma de la Ciudad de México parecía una escena del Londres del siglo XIX, excepto porque mi penthouse en el segundo piso no impedía que se filtraran esas palabras de nuestra mecánica nacional:
«Se compran: colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan».
La razón por la que no pude escribir ni una línea tuvo que ver con la visita inesperada de Jessica Eldberg, una sueca sedosa que hablaba inglés con acento de Chelsea y que me había querido contratar como espía de la Corona británica hace algunos años.
—Ser Philby en México me honraría, pero estoy seguro de que delataría todos los planes de Su Majestad y de 10 Downing Street al primer tehuacanazo en ese edificio kruscheviano que se conoce como el Palacio de Bucareli —le dije, mientras una perla de sudor caía por mi frente pálida.
Convencí en su momento a la cosmopolita oriunda de Estocolmo de que yo no era material para una novela de Graham Greene y que pensara en mí más bien para unas vacaciones juntos en algún bungalow frente al Mediterráneo, donde la luna iluminaría nuestros cuerpos entrelazados mientras un mar de infinito azul se perdía en el horizonte.
Ahora estaba ella frente a mi puerta y yo comencé a imaginar mis manos en su estrecha cintura que arrugarían su abrigo parisino. Sus ojos se posaron en los míos como diciendo que no habría que esperar las puestas de sol de Nápoles. Esos dos meses practiqué varias figuras del Kama Sutra con maestría digna de algún brahmán intoxicado con el yoni, ese símbolo de las fuerzas telúricas de lo femenino.
Entre los actos eróticos, la sueca y yo jugábamos al ajedrez, deporte en el que ella había destacado en su infancia europea. La Defensa Siciliana había sido su forma de arte y yo reconocía la amenaza de un peón tempranero en sacrificio.
Debo decir que yo no era un mero aficionado al juego inventado en la India y que debe ponerse entre los activos del género humano cuando finalmente sobrevenga nuestro eclipse final. Mi orgullo intermitente era haber empatado con Marcel Sisniega en unas simultáneas en Ciudad Universitaria. Además de eso, fui editor de un libro sobre la vida de Carlos Torre, el genio yucateco en el que se inspiró en parte Vladimir Nabokov para su personaje Luzhin en su novela La defensa. La partida más famosa de Torre, conocida como «La Lanzadera», me cautivó por días, menos por la brillantez del sacrificio de dama que por la tortuosa y malévola mente que la concibió.
Como todo lo bueno llega a su fin, mis días con la sueca culminaron un sábado a mediodía. La despedí con una doble victoria erótica y ajedrecística: all is well that ends well, como dijo mi viejo bardo.
Al otro día, la ojoazul de mis empeños regresaba de Oaxaca y, probablemente, de algún viaje mágico y misterioso de su conciencia. Con ella venía el granuja de los cabellos al hombro y con olor a trenes oxidados.
—Jason se va a quedar con nosotros el fin de semana, papá —perpetró la futura antropóloga mexicana.
Con el tedio propio de quien ha visto demasiados amaneceres, le ayudé al buen salvaje —ecos de Rousseau— a llevar sus cosas a los aposentos para una estancia que yo esperaba fuera más breve que nuestros suspiros de mediodía.
A la noche siguiente, mi hermosa pero extraviada hija fue consumida por los efectos de algo que habría afectado sobremanera al mismísimo Dino, miembro solar del Rat Pack y crooner maravilloso.
Nos quedamos solos en la mesa el sauvage de arete mínimo y yo.
—Veo que tiene usted un juego de ajedrez. ¿Le gustaría jugar? —me dijo el joven manos de tijera (también conozco la cultura popular de los 80, mind you).
Después de pensarlo un momento, le dije al tal Jason —¡vaya nombre!— que estaba de acuerdo en jugar con él, siempre y cuando aceptara una apuesta.
—Shoot! —dijo él, moviendo un labio que a veces parecía leporino.
—Si yo gano, dejas de andar con mi hija y de buscarla.
Algo que parecía pensamiento ocurría en su cráneo, aunque no estaba seguro.
—¿Y si usted pierde? —me interrumpió con insolencia.
—Te dejo a ti mi castigo —repliqué, sorprendido todavía de que el mamífero que quizás careciera de pulgar oponible (traía unos guantes muy raros) pensara que podría vencerme.
Colocándose una cachucha cuya posesión habrían ambicionado ciertas tribus a las orillas del Ganges, alcanzó a murmurar:
—Usted baila frente a unos amigos míos concheros el próximo domingo ante la Basílica. Son buena raza. —El insolente me guiñó un ojo cómplice.
—Muy bien —contesté, poniendo la cara que yo supuse el Dr. Johnson hacía cuando lidiaba con those bloody fools en un Londres decimonónico.
Iniciamos, pues, el juego sobre mi escritorio de caoba negra —un regalo del príncipe de Luxemburgo—, sobre el que posaban dos fotografías en blanco y negro de mí con mi exmujer en Grindelwald, con el Mönch al fondo: ella con un bonnet y yo con un skimütze que me daba un aire centroeuropeo de quien suele pasar las tardes en cafés de la decadencia austrohúngara.
Él ganó el sorteo y abrió con la Defensa Siciliana, que me hizo recordar a mi sueca y al genio de Chicago, that somber city. Quizás yo podría terminar a tiempo para hacer algo de calistenia antes de pernoctar.
Para mi sorpresa, llegamos al medio juego sin ventaja para ninguno. ¿El cerebro de Neandertal sabía jugar ajedrez? De pronto, el guante oscuro se posó sobre un alfil, sacrificando su dama clavada. Yo no podía creerlo: ¡era la partida de Carlos Torre y mi juego estaba liquidado de manera ineluctable!
Nunca le pregunté a mi hija quién era el granuja que me había humillado. Por supuesto que un caballero como yo, que podría batirse a duelo para salvar su honra, no podría más que pagar una apuesta.
Mientras el sol de un mediodía dominical insulta la Basílica de Guadalupe, yo hago movimientos un tanto arrítmicos, mientras plumas de faisán coronan mi cráneo, por el que discurren los sonetos de Shakespeare.
Ángel Jaramillo Torres. Doctor en Ciencia Política por la New School for Social Research de Nueva York y miembro del SNI. Es autor de Leo Strauss sobre el Sócrates trasímaco-dionisíaco de Nietzsche: filosofía, política, ciencia y religión en la era moderna y coeditor (junto con Marc Benjamin Sable) de Trump and Political Philosophy. Liderazgo, habilidad política y tiranía. Su libro más reciente es Donald Trump y la rebelión en la granja (Penguin Random House, 2026). Colabora en American Affairs Journal, The National Interest y Letras Libres.
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Posted: July 26, 2026 at 7:58 am







