Beatles y Sudafed
David Miklos
1. Las pantallas, la fiebre y el delirio
Hace algunas noches, Anna, mi hija de siete años, tuvo fiebre y sufriĂł uno de sus primeros delirios: fue a nuestro cuarto a decirme que, por favor, sacara la televisiĂłn del suyo, que las imágenes no dejaban de sucederse en la pantalla. O algo asĂ.
Ella estaba angustiada y yo dormido, tanto que, al principio, pensĂ© que era Bárbara la que me hablaba. ÂżQuĂ© hacĂa mi novia hincada al pie de la cama, a mi lado? ÂżQuĂ© me pedĂa, desde esa posiciĂłn enana? ÂżQuĂ© la aquejaba?
Pasado mi propio y fugaz delirio, acostĂ© a Anna junto a mĂ, pero hacĂa tanto calor (“¿QuĂ© pasa, David?”, me preguntĂł Bárbara) que decidĂ llevarla de regreso a su cuarto, que es más fresco que el nuestro. SaquĂ© la pantalla (apagada, claro está), la puse en la sala y volvĂ a dormirme.
No sĂ© cuánto tiempo despuĂ©s, escuchĂ© el llanto de Anna y fui a verla. Me dijo que la llevara a otro lugar del departamento, que no estaba cĂłmoda allĂ. Le quitĂ© la colcha de encima (que Anna señalaba como causa de su molestia), la cubrĂ con la sábana, me recostĂ© junto a ella y la abracĂ©.
Su fiebre comenzĂł a ceder.
Y ambos caĂmos dormidos.
Hacia la madrugada, cuando los pájaros comenzaron a trinar, Anna ya no tenĂa más fiebre y regresĂ© a mi cuarto, en donde Bárbara aĂşn dormĂa.
Recordé, entonces, mi propia infancia, mis propios delirios afiebrados.
Fui un niño enfermizo, siempre con algĂşn problema respiratorio (asma, bronquitis, tos, congestiĂłn, alergias), y uno de los medicamentos que mi pediatra solĂa enviarme era Sudafed, un jarabe con pseudoefedrina en su mezcla, sustancia que garantiza la lucidez de dichos delirios y que, hoy, es ilegal en MĂ©xico, pero en Estados Unidos puede comprarse en cualquier farmacia..
Antes de caer dormido de nuevo, sentĂ la familiaridad que me provocaba la cama en la que Bárbara y yo dormimos a diario y la extrañeza que habĂa sentido en la cama de Anna, en donde nunca antes habĂa pasado una noche.
Vaya, ni siquiera una hora completa.
Mi hija suele caer dormida pronto y, si no lo hace, sabe ocuparse, sola, hasta ser y caer vencida por el sueño: la he visto ponerse a leer un libro, linterna en mano o, simplemente, cantar, sonora, luego quietamente, hasta arrullarse.
No era distinta esa extrañeza a la que, hoy, me provoca pensar en mi cuarto de infancia, ese lugar que ahora no es más, ocupado por el escritorio, los libreros, los libros y papeles casi infinitos de mi padre.
En mi delirio infantil afiebrado y adulterado por la pseudoefedrina, casi siempre aparecĂa una motita de polvo o de luz, a la que se sumaba otra, luego otra más y asĂ ad nauseam, como los puntos negros y blancos y de colores inciertos que aparecen y se persiguen sin tregua en la pantalla del televisor cuando la transmisiĂłn se acaba.
QuĂ© curioso, pienso ahora que escribo e intento encontrarle un sentido a mis palabras, que el delirio afiebrado e infantil de Anna tambiĂ©n estuviera asociado a una televisiĂłn, a las imágenes que se sucedĂan frente a ella sin tregua, aun con la pantalla apagada y sin la mediaciĂłn de una sustancia quĂmica, hoy prohibida o muy regulada (mucho tiempo despuĂ©s, ya de adulto, un doctor me contĂł que el Sudafed le provocaba sonambulismo a ciertos niños, que se salĂan a la calle sin más y, sin más, regresaban a sus cuartos despuĂ©s de un paseo nocturno, siempre y cuando nada se interfiriera con su andanza, como suelen hacer los muy despiertos gatos).
Y entonces, recuerdo otro delirio, gracias a una experiencia más reciente y que también involucra a Anna.
2. Un dĂa en la vida de Sgt. Pepper
La primera vez que escuchĂ© “A Day in the Life”, track 13, punto más alto y culminaciĂłn del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, tendrĂa siete u ocho años, la misma edad que Anna tiene ahora.
Recuerdo ese crescendo angustiante de cuerdas después de que Lennon canta, por primera vez, “I’d love to turn you on” y todo se descompone hasta que suena el despertador y luego McCartney prosigue “Woke up, fell out of bed”.
Al final, de la canción queda un acorde en el aire, las cuerdas aún vibrantes de un piano, que ceden su lugar al silencio y, después, a unas voces salidas de la nada, luego silencio, final.
La versiĂłn sonora de mis delirios afiebrados, pues, siempre redivivos.
Hace algunos dĂas, cuando el Sgt. Pepper estaba por cumplir 50 años, bajĂ© la nueva mezcla realizada por Giles Martin, hijo de Sir George, y la puse en el coche, primero solo, luego con Anna.
No sé qué fue lo primero que la cautivó, aunque creo que bien pudieron haber sido los sonidos de animales en “Good Morning Good Morning”, esa granja que deviene jungla, entre gallos y elefantes, con ese toque infantil que hace de algunas canciones de The Beatles una buena entrada para nuestra crianza.
“¿Te gusta esa mĂşsica?”, le preguntĂ© a Anna. “SĂ”, me respondiĂł, sin más, y siguiĂł escuchándola.
Al dĂa siguiente, muy temprano, cuando la llevaba a la escuela, Anna me pidiĂł: “Papá, Âżpuedes poner de esa mĂşsica?” SabĂa a lo que se referĂa, pero le preguntĂ© de cualquier modo: “¿Cuál mĂşsica, Anna? ÂżLa de ayer”. Mi hija respondiĂł que sĂ y puse el Sgt. Pepper desde el principio.
Poco antes de llegar a nuestro destino, comenzó a sonar “Getting Better”, una de las mejores canciones del disco, de pronto mi favorita, y sentà una rara paz interior.
Pausa.
Estacioné el coche, bajamos y nos encaminamos a la escuela de Anna.
De regreso, en el coche, me brinquĂ© todas las canciones que seguĂan y lleguĂ© a “A Day in the Life”, el delirio.
Casi no habĂa tráfico y los semáforos me ofrecieron su luz verde.
Tuve una revelaciĂłn.
De pronto, tantos años despuĂ©s –cuatro dĂ©cadas–, comprendĂ, es decir, entendĂ el significado entero de “A Day in the Life”, como si abriera una caja negra celosamente preservada despuĂ©s de un accidente existencial.
Llegué a casa.
Bárbara aĂşn dormĂa.
Me acosté junto a ella y nos fundimos en una sola cuchara humana.
Dormité.
Soñé algo.
Hasta que nos despertamos juntos y comenzamos, ambos a la par, un nuevo tramo del dĂa, el primero para ella, el segundo para mĂ.
Mientras el agua caĂa sobre mi cuerpo, descubrĂ que no sabĂa más lo que significaba “A Day in the Life”.
SonreĂ.
Y me sentĂ muy afortunado, el delirio de vuelta en mi caja negra más Ăntima.
David Miklos es autor de La piel muerta, La hermana falsa y La gente extraña, asà como de Miramar, entre otras novelas. Actualmente es profesor asociado de la División de Historia del CIDE, en donde se desempeña como jefe de redacción de la revista de historia internacional Istor. Es columnista de Literal. Su twitter es @dmiklos.
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Posted: June 25, 2017 at 4:55 pm







