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Los cuernos de la fama

Los cuernos de la fama

Ana Clavel

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Si algo novedoso tuvo este Mundial de futbol fue, sin dudarlo, la presencia del equipo de Noruega con su jugador estrella Erling Haaland y una aficción festival que practicó una porra contagiosa al batir del tambor: “Ro… Ro… Ro…” Ahora ya todos sabemos cómo se dice “Rema… rema… rema…” en noruego. La porra iba acompañada del movimiento corporal propio de quien rema una embarcación y, en conjunto, logra avanzar. Aunque la consigna y el movimiento fueron replicados en videos de todo el mundo, la embarcación de la porra original hacía alusión a un barco vikingo, un drakar. Y esa referencia al pasado de Noruega, a la presencia siempre beligerante y mítica de los vikingos en el imaginario colectivo, tuvo un peso avasallador.

En una de las fotografías que circularon en redes, se veía al jugador número 9, el carismático Haaland, portar un casco vikingo de utilería, con sus característicos cuernos, y una sonrisa triunfal. Toda una seña de identidad y poderío simbólicos: eso representa el casco vikingo. Entonces me pregunté: ¿de dónde sacaba el pueblo nórdico los cuernos para coronar sus cascos?, ¿de qué animal procedían?, ¿hay bisontes en la península escandinava? Una somera investigación arrojó la presencia de ganado en tierras nórdicas, aunque hoy en día varias razas bovinas se encuentran en peligro de extinción, pero en otra época el Fiordo occidental, el Lyngdal, el Telemark con buenas cornamentas pudieron proveer la confección de los tradicionales cascos, que a todas luces buscaban aterrorizar al adversario. Todo parecía en orden hasta que di con un artículo de National Geographic, donde se aclaraba que los cascos vikingos originales no portaban cuernos. Mi sorpresa fue mayúscula y seguí leyendo.

No, los cuernos habrían sido estorbosos en la lucha y, de hecho, no hay constancia de su uso entre los vestigios encontrados. Al parecer su invención fue una enorme licencia poética que se tomó el pintor sueco Gustaf Malmström para pintar a los vikingos como seres sanguinarios, demonios encarnados, al ilustrar en 1820 el poema épico La saga de Frithiof. La imagen la retomó el vestuarista de la primera representación de la ópera El anillo de los Nibelungos de Richard Wagner, estrenada en 1876. A partir de ahí, “crea fama y échate a dormir”, los cascos vikingos decorados con cuernos se volvieron un icono en la cultura popular, reforzado por libros, ilustraciones, filmes, cómics, videojuegos.

De hecho, podría decirse que los vikingos encarnan un estereotipo ligado a la fiereza y una fenotipia particular: individuos rubios o pelirrojos (recuérdese al famoso Éric el Rojo), de gran altura, corpulentos, de piel y ojos claros. Aunque estudios más recientes de la Universidad de Cambridge han revelado la variedad de genotipos y linajes no siempre escandinavos, el mito se mantiene. Basta ver a Erling Haaland con sus 1.95 m de altura, su cabello rubio y piel clara, su destreza física de goleador, una máquina futbolística a quien han calificado de “androide”, para reforzar el mito.

Pero, además, la imagen del futbolista estrella ha alcanzado los cuernos de la fama porque ha sumado rasgos de gentileza, amabilidad, empatía en sus apariciones públicas dentro y fuera de la cancha. Escritoras como Irene Vallejo o Verónica Murguía —quien me confió que le había enternecido que Haaland llamase a su primogénito, Odín, como el padre de la mitología nórdica— se han unido a sus huestes de admiradoras por la donación que hizo a la biblioteca de Bryne (la ciudad noruega donde nació su padre y donde él mismo se formó), de la edición impresa en 1594 de Heimskringla, una obra del historiador del siglo XIII, Snorri Sturluson, que narra historias medievales sobre reyes, reinas, campesinos y guerreros vikingos. La filóloga española y defensora de los libros Irene Vallejo incluso aplaudió en sus redes la noticia con una nota titulada: “Un goleador y un manuscrito del siglo XVI: tomar partido por las bibliotecas”.

Mientras otras estrellas del deporte presumen sus adquisiciones millonarias como autos o relojes, Haaland compró el ejemplar por 1.3 millones de coronas noruegas (100,000 libras), una cifra récord para la venta de un libro en Noruega, y lo entregó a la biblioteca de su ciudad con estas palabras: «Quiero que el libro esté siempre abierto para que la gente pueda leer sobre aquellos que vinieron de donde yo vengo. Los libros ofrecen a muchísima gente la oportunidad de soñar a lo grande, descubrir nuevas posibilidades y encontrar su propio camino».

En México, mucho de su popularidad vino también con la eliminación de la selección mexicana del Mundial por el equipo de Inglaterra. El país devastado por las desapariciones forzadas, la violencia y la crisis política y económica, había depositado sus esperanzas de celebración y fiesta, así fueran momentáneas, en el futbol. Antes del partido, la alegría y entusiasmo eran patentes en las calles. Después de la derrota, el ambiente de desolación era patente con un silencio rulfiano tan ruidoso que ensordecía… Yo no soy futbolera, no vi ningún partido, pero al sentir tamaña pesadumbre en el aire, me acordé del poeta López Velarde que hablaba de “una íntima tristeza reaccionaria”, y posteé lo que percibí como una enorme e “íntima tristeza colectiva”.

Ya sociólogos y psicólogos de masas opinarán sobre este fenómeno popular en tiempos de falta de ideales, pero que, por lo mismo, refleja una necesidad apremiante de héroes, líderes y expectativas —y que no tardaría en cifrar sus ilusiones, a manera de revancha, en la escuadra nórdica enfrentada al equipo de Gran Bretaña. Frases como “Haaland, hermano, ya eres mexicano”, o videos de connacionales “remando” la porra noruega —como la Banda “La Prestigiosa” que ofreció una versión de la popular canción “Haaland, Haaland (Ja, ja, ja)”, a ritmo de tambora sinaloense, y clamó venganza reivindicatoria para someter a los británicos.

Lo increíble es que, a pesar de sus más de 70 millones de seguidores en Instagram, el astro nórdico contestó con un saludo empático que enloqueció a la afición: “Les escucho mx 🌮”.

Ya sabemos que, a la postre, el equipo noruego no pudo remar a puerto, entre otras cosas, porque no dejaron brillar a su jugador estrella. Pero la popularidad mundial del jugador vikingo no ha hecho sino subir como la espuma. Los cuernos de su casco pueden ser producto de la imaginación romántica del siglo XIX, pero su carisma contagia una alegría muy íntima y necesaria: que los sueños de realización pueden compartirse más allá de fronteras, credos, ideologías. Y qué lo digan los usuarios de TikTok nacionales, que están convocando al Haaland Fest para el próximo 21 de julio en el Zócalo de la Ciudad de México, a fin de celebrar el cumpleaños 26 del goleador noruego, portando, por supuesto, cascos vikingos con los tradicionales cuernos, aunque no sean como los originales.

Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007).  Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99

 

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Posted: July 19, 2026 at 7:42 pm

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