Benito Juaréz, lector
Edgardo Bermejo Mora
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Copiaba en su cuaderno de apuntes párrafos o ideas del material leído, a manera de subrayados. Si era un texto en latín, lo reproducía en su versión original, y enseguida lo traducía al castellano en el mismo cuaderno de sus anotaciones.
En la patria tricolor, los próceres no celebran su cumpleaños sino su natalicio. Más aún si el cumpleañero es un benemérito. Nunca he entendido esta convención del español mexicano tan dado al civismo edulcorado, el bronce y el mármol, pero el caso es que el 21 de marzo de 2026 se cumplieron 220 años de que naciera en el pueblo oaxaqueño de Guelatao, don Benito Juárez (1806-1872).
Para traerlo a cuento retomo una faceta poco conocida y estudiada del ex presidente mexicano: su condición de lector atento y sistemático. El hombre de luces detrás del estadista, al que podemos observar —abstraído e inquieto— en la soledad reflexiva de sus lecturas.
1.
Gracias a unos manuscritos escritos de su puño y letra que resguarda el Archivo General de la Nación, tenemos una idea más precisa de los libros, las lecturas y el método de trabajo que Juárez empleaba. Sus apetencias intelectuales estaban íntimamente ligadas a su desempeño político. En dichos manuscritos se pueden leer diversas anotaciones y subrayados, que describen un universo intelectual al mismo tiempo íntimo y revelador.
Lector pragmático y agudo, extraía de los libros las lecciones y las señales que encontraba pertinentes para conducirse en la acción pública. La lectura, como puede esperarse de un estadista y un reformador, era una extensión más de sus obsesiones profesionales, menos un ejercicio de esparcimiento que un acto de confirmación —o refutación— de sus convicciones políticas y de su idea de gobernar.
Además de leer textos en español, Juárez leía a los autores grecolatinos en su lengua original, y eventualmente leía textos en inglés y en francés. Normalmente copiaba en su cuaderno de apuntes párrafos o ideas del material leído, a manera de subrayados. Si era un texto en latín, lo reproducía en su versión original, y enseguida lo traducía al castellano en el mismo cuaderno de sus anotaciones. Leía por igual a los clásicos de la antigüedad, que tratados de historia y política, e incluso novelas populares en su tiempo.
Los manuscritos de Juárez no precisan el lugar y la fecha de su escritura, pero probablemente fueron elaborados entre 1853 y 1855, años en los que vivió en Cuba y más tarde en Nueva Orleáns, tras pagar con el exilio su oposición al gobierno de Antonio López de Santa Anna.
Puede inferirse que estas notas fueron redactadas en este periodo convulsionado de su vida, en el que salió del país, luego de haberse desempeñado como gobernador de Oaxaca, y antes de regresar a México en 1855 para participar en la revolución de Ayutla y formar parte del gabinete presidencial de Juan Álvarez.
De ser así, en algún momento de obligado retiro de la vida pública, entre 1853 y 1855, Juárez se concentró en la lectura y la reflexión, preparándose tal vez para lo que sería la etapa más agitada y épica de su vida, luego de que asumiera la presidencia de la República en 1857.
Entre sus anotaciones encontramos las que le hizo al libro de Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre la isla de Cuba, en las que coteja la información del viajero alemán con sus propias observaciones del paisaje, la naturaleza y la sociedad cubana; o bien sus comentarios a la novela Los misterios del pueblo, del francés Eugenio Sue, publicada en España en 1855.
Hay también notas sobre Estados Unidos y la práctica de la esclavitud derivadas de la lectura de una novela muy popular entonces, cuyo título el propio Juárez tradujo libremente del inglés al español como La choza de Tomás. Se refería naturalmente a La cabaña del tío Tom, la novela de Harriet Beecher Stowe, pionera en la narración de los sufrimientos de los esclavos en las plantaciones del sur de Estados Unidos, que se publicó en 1852. Juárez pudo haber leído la novela durante su estancia en Nueva Orleáns, donde para ganarse la vida debió trabajar liando hojas de tabaco en una fábrica de puros, probablemente en compañía de esclavos africanos.
Juárez extraía lecciones de sus lecturas. A través de ellas se asomaba a la realidad de México, un país desgarrado entonces por casi cuatro décadas de luchas internas tras la independencia de España, pero sobre todo con la herida aún fresca de la derrota en la guerra de 1847 con los Estados Unidos. En este contexto quizá podamos entender mejor por qué Juárez subrayó con mucha atención un pasaje de La Eneida, de Virgilio, en el que se lee: “tras la derrota, Eneas dice a sus compañeros. Arrojémonos en medio de las armas y muramos. Una sola salvación queda a los vencidos: no esperar ninguna salvación”.
La dimensión trágica y épica de Eneas, conduciendo a su pueblo derrotado, le era muy llamativa a Juárez, y le sería aún más desde el momento en que le tocaría años después conducir a México por uno de sus periodos de mayor peligro. Al igual que Eneas condujo a los ejércitos troyanos en su huida a Italia tras la derrota a manos de los aqueos, Juárez conducirá a los mexicanos en su propia Eneida de salvación nacional. Es curioso observar que Alfonso Reyes encontró muy significativo este rasgo común entre Juárez y el héroe encarnado en la figura mitológica de Eneas, aun sin conocer estos manuscritos que se descubrieron hasta hace relativamente poco (Las lecturas de Juárez, Col. Cuadernos de Archivos 1, UABJO, 1998, presentación de Carlos Sánchez Silva).
Así lo escribió Reyes en un texto muy emotivo en el que se refiere al célebre carruaje del presidente Juárez, y donde relata cómo a bordo de esta carroza Juárez fue estableciendo su gobierno en diversas ciudades del norte del país, al tiempo que encabezaba, en condiciones de extrema dificultad, la resistencia al invasor en los años de la ocupación francesa.
“La nación se reduce —escribió Reyes— a las proporciones del coche en que Juárez peregrinaba salvando las formas del Estado. Juárez-Eneas: Juárez, el hombre que sale del incendio. Segundo Padre de la Patria. De la frente de Benito Juárez salta la imagen alada de la República”. (México en una nuez, 1930)
No sólo de Virgilio extrajo lecciones Juárez como lector agudo. Impresiona, por ejemplo, cómo pareció encontrar un rasgo de su viejo adversario, el general Santa Anna, en una cita tomada del libro Los Reyes Católicos, del historiador norteamericano Willian Prescott.
“En el ejercicio del poder supremo, un hombre débil es más perjudicial que uno malvado”, escribió Prescott. Una cita que tal vez resonó en Juárez como una descripción del Santa Anna, ese protagonista tragicómico de las primeras décadas del México independiente, que se hizo llamar Su Alteza Serenísima y ordenó funerales de Estado a su pierna cercenada en el campo de batalla.
Juárez leyó a Tácito, a Séneca y a Horacio, los grandes autores latinos; como también al francés Víctor Hugo, que se cruzaría en otro momento crucial de su vida y de la vida de México, cuando en 1867 recibió una misiva firmada por el propio autor de Los miserables, suplicándole el perdón para el Emperador Maximiliano.
En otra parte de sus manuscritos subrayó este pasaje de Los Anales de Tácito, el historiador y político romano del primer siglo de nuestra era: “no consiste el principal deber de los amigos el consagrar lágrimas estériles a los muertos, sino en recordar lo que más han querido, y ejecutar lo que han ordenado”. Quizá Juárez no adivinó que sería él mismo, quiero decir, su figura casi mitológica en el panteón cívico de la nación, la que habría de recibir tan a menudo esas “lágrimas estériles” de las que ya advertía Tácito. Juárez es acaso la figura más manoseada y predecible en el pantano transexenal de los discursos oficiales de exaltación patriótica.
2.
A lo largo de las décadas, que ya cruzan dos centurias, a Juárez se le cita, se le recuerda y se le invoca en el nombre de la patria, con mucha más diligencia de la que se ha aplicado al cumplimiento cabal de sus enseñanzas políticas y cívicas. Se busca menos a Juárez en la ejecución de los principios rectores que dieron pauta al nacimiento del Estado moderno mexicano, o en su valiosa lección en el ejercicio escrupuloso e intachable de la función pública, que en la retórica presidencial, tan hueca, manida, desvirtuada y ecléctica, hoy como ayer.
El juarismo irredento del poder político en México admitió lo mismo las loas culpígenas del general Porfirio Díaz, la cantaleta tercermundista de Echeverría —que en 1972 celebró por todo lo alto el Año de Juárez—, o las letanías devocionales de López Obrador.
Con todo, entre el relato de superación personal del pastorcito de ovejas y la exaltación de la dignidad indígena, emerge una trayectoria política que encarna al mismo tiempo virtudes y contrahechuras: es el reformador liberal, el defensor de la soberanía ante los embates del invasor extranjero; el funcionario honesto e incorruptible, el estadista visionario; y es también el hombre intoxicado de poder que gobernó por trece años al país a lo largo de cuatro convulsionados periodos presidenciales, con no pocas dosis de intolerancia a sus adversarios; el defensor de la legalidad como piedra de toque de todo orden político republicano; el diseñador del largo plazo como el único tiempo razonable para la ejecución de políticas de desarrollo; pero también el responsable de una idea de la propiedad y de la sociedad mexicana que desplazó, marginó y tuvo un impacto devastador en las comunidades indígenas del país; y fue también el compañero de viaje de una generación irrepetible de políticos mexicanos, que combinaron su intensa labor pública e incluso su incursión en las armas, con el ejercicio de la escritura, el pensamiento liberal y el periodismo.
Entre lo más profundo de su legado, hoy tan en entredicho por los cuatro costados, aparece la certidumbre del laicismo y la edificación de un Estado moderno, uno basado en el principio de ley y la justicia, en el que se separa la esfera de lo público y de lo privado, se respetan los derechos fundamentales del individuo, se plantea la división real de poderes, el principio de la autodeterminación, y se defiende la soberanía popular como fuente primaria de la legitimidad del poder.
Juárez postuló por sobre todas las cosas una ética en el ejercicio del poder: el de la honradez con base en lo que llamó “la honrada medianía” de los servidores públicos. Es este sin duda el aspecto más alabado por los políticos y el menos tomado en serio. Como escribiera Carlos Monsiváis: “desde hace mucho, para la mayoría de los políticos la justa medianía ocurre en el espacio entre los ricos y los demasiado ricos. Para citar con una variante al Profesor: un político pobre es un juarista sincero”. (“La era del PRI y sus deudos”, Letras Libres, agosto, 2000).
3.
Reproduzco a continuación algunas de las citas que Juárez seleccionó, tradujo y en ocasiones tomó notas:
De Tácito (los Anales y las Historias)
“Debe dejarse a los Dioses el cuidado de vengar a los Dioses”.
“La gloria y la virtud ofenden porque ellas condenan todo lo que no se les parece”.
“El que se propone decir la verdad debe hablar sin amor y sin odio”.
“El hombre soporta la adversidad; pero la prosperidad lo deprava”.
“Los que gobiernan sospechan y tratan como enemigo al hombre designado para remplazarlos”.
“Nunca se considera excesivo el poder cuando es excesivo”.
“Los malos príncipes buscan un poder ilimitado y los buenos una libertad moderada”.
“Es un error de la perversidad humana loar siempre lo pasado y vituperar lo presente.
De Virgilio (La Eneida y Las Geórgicas)
“El hombre ignora los azares de la suerte futura: enorgullecido con los triunfos no sabe gozarlos con moderación”.
“Hijo mío aprende de mí la virtud y el valor. Otros te enseñarán la felicidad”, dice Eneas a su hijo”.
“Toda nación que en su seno tolera una grande injusticia, en sí misma lleva los lamentos de una terrible convulsión”.
De Chateubriand (Discurso histórico)
“Todo cuanto ha podido hacer la violencia hubiera podido ejecutar la ley: el pueblo que tiene la fuerza para proscribir, tiene la fuerza para obligar”.
“Tengo oro para mis amigos y hierro para mis enemigos”.
Esta última es por demás curiosa si consideramos que al propio Juárez se le atribuye una frase similar: “a mis amigos la Ley y la gracia; y a mis enemigos: la Ley”.

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98), del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo
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Posted: May 26, 2026 at 10:22 pm







