Dedicado a 100 Años Luz
Carlos Labbé
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Recuerdo, de súbito, que cuando en los años ochenta contemplábamos un aerodeslizador que cruzaba las arenas de Concón, nunca nos preguntábamos a dónde iba. Recuerdo, de súbito, que cuando hace siete años vi un taxi aéreo en Miami la sorpresa no me hizo preguntarme en qué lugar recogería a sus pasajeros. Recuerdo, de súbito, todos los robots que el año pasado iban lentamente pero sin interrupciones, salvo por los semáforos, indiferentes a mi persecución incluso cuando intenté tocarles los botones, por las calles de San Francisco llevando comida preparada en una cajita, ¿a quién? Recuerdo, de súbito, la profundidad con que mi mano atravesaba los paisajes y las abstracciones en la vasta exposición de arte holográfico que el Museo Nacional de Arte de Chile montó después de la dictadura. Aun cuando ciertas palabras claves de este texto —¿puedes adivinar cuáles?— reducirán automáticamente su lectura en los buscadores, en los algoritmos de redes sociales y en los motores de inteligencia artificial, quiero evocar con ellas la posibilidad de palpar todavía esa fascinación por la ingeniería y el diseño tan humanos que inventan aparatos relucientes, vaporosos, incomprensibles, que de tan platinados y fluorescentes y voladores que son, de tanto que dejaron de funcionar con energía solar ni nos ayudaron a comprender ni a limpiar ni a cocinar nada, nos hicieron palpar una chispa en la punta de los dedos, una certeza de milagro entre pecho y estómago, un vislumbre a esa máquina siempre nueva que se llama sensación de futuro.
Justo estaba empezando a escribir del engranaje de la esperanza técnica cuando recibo un mensaje de mi amigo Fernando Godoy, artista sonoro y curador. ¿Cómo vas en el norte helado?, me dice. Seguro que nada de helado ya, continúa. Oye, yo estoy de vuelta en Valparaíso, en mi casa. Una vuelta larga me tocó. Mientras se pueda hay que aprovecharla y estuve recién en el Amazonas. No sé si viste, por ahí publiqué algunas cositas, una fotito, fue bien increíble. Una navegación por una semana por ciertos lugares que no podría describirte. Pero bueno, ya estoy acá. No me mató ni la anaconda ni el cocodrilo, así que tengo momento de explicarte un poco lo del proyecto 100 Años Luz, al que mandaste tu canción.
Todo partió con dos viajes, uno a Montevideo y el otro a Rostock, en el mar Báltico, continuó su relato mi amigo. Dos residencias artísticas. El colega que me invitó me pedía que reaccionara a cada espacio urbano, poniendo atención alborde costero, porque ahí es donde él trabaja. Entonces se me ocurrió construir una cápsula del tiempo a partir del registro de entrevistas y conversaciones con personas que habitaran ese borde costero: portuarios, pescadores, gente de la ciudad que iba a pescar a la escollera. Así que empecé a grabar las respuestas a cómo entendían ese borde costero en el presente, cómo les gustaría que fuese y como pensaban que realmente iba a ser. Según esas respuestas construimos ciertosobjetos. El primer objeto fue un cubo, un cubo que en el interior tenía otro cubo más pequeño y, dentro de ese, otro cubo. El último cubo contenía un sonido que nunca se detendría: una composición musical que incluyera la grabación de todas esas respuestas. Así creamos una ruina arqueológica del futuro, la metimos ahí dentro y la llevamos al corazón de la bahía de Montevideo, ahí donde está la Isla de las Ratas, un pedazo de tierra abandonado que alguna vez se usó para fines militares. Nos cruzaron de noche los pescadores. Entre los vestigios de hangares, pedazos de hidroaviones y otros escombros, depositamos este cubo reluciente que arriba tenía impresa la fecha cuando debe ser abierto, además de una breve frase de una de las entrevistas. Depositamos el cubo entre un par de estructuras que se mantienen todavía en pie, lo fijamos con cemento fresco y ahí quedó, en la Isla de las Ratas.
Al año siguiente fui a Rostock. Los alemanes se habían conseguido un barco enorme y lo convirtieron en un espacio comunitario cultural estacionado en medio del puerto. Cuando yo supe que debía trabajar en el barco se me hizo obvio replicar la metodología de Montevideo. Esta vez la cápsula del tiempo no tendría que ser de tierra, de isla, sino para el mar, para el fondo marino incluso. Entonces nos pusimos a construir una esfera, una esfera grande que dentro suyo tendría una esfera más pequeña con entrevistas sobre el futuro. Tanto el cubo como la esfera proyectarían el tiempo en cien años. Resulta que justo frente al barco en Rostock está el Club de Arqueología Submarina, la mayoría de cuyos integrantes era gente mayor y extremadamente profesional; fuimos a hablar con ellos, les encantó la idea. Dijeron que querían recibir la esfera y anunciaron que la preservarían en una zona especial entre los despojos al fondo del mar Báltico, entre los restos de embarcaciones y otros naufragios.
Ya de regreso en la bahía de Valparaíso una noche me quedé mirando una estrella especialmente brillante sobre el Pacífico y de repente me pasó algo que le debe pasar a mucha gente alguna vez. Se quedan mirando en el cielo la luz de una estrella y dicen: oye, esta weá lleva casi veinte millones de años atravesando el vacío hasta llegar en este momento a mi ojo. Me llegó así la idea de que una señal de luz, un fotón o una señal electromagnética dejada en el vacío viaja eternamente, porque en el vacío no hay nada que la detenga. En Montevideo, cuando estaba en un momento frente al río en la escollera, viene mi colega acompañado de otro señor y me llama. Ven, vení, me dice, mirá. Ustedes tienen que conversar. Y se va. Este señor era un radioaficionado. Yo, curioso, le empiezo a hacer preguntas, hasta que el tipo me empieza a contar del fenómeno ionosférico, de cómo se conectan ciertos lugares de la Tierra dependiendo de la situación de la ionósfera, que tiene que ver con la incidencia solar, si es de noche o de día. Lo que más me impresionó fue cuando me dijo que él practicaba el rebote lunar. ¿Rebote lunar?, le pregunto. Ahí me explicó que es una técnica de utilizar la luna como espejo para hacer rebotar señales de radio y de esa manera conseguir comunicaciones a larga distancia con otros lugares de nuestro propio planeta Tierra.
Frente a la bahía de Valparaíso, así, tuve la idea de que la tercera cápsula del tiempo no sería un cubo ni una esfera, siquiera un objeto sólido. Sería simplemente un sonido. Una señal que navega por el océano cósmico cien años hacia adelante, igual que en Montevideo y en Rostock. Pero en el espacio exterior cien años es menos que un grano de arena. Debían ser cien años luz. Lo que debía hacer era ubicar un objeto celeste a cincuenta años luz, de manera que mi señal tomara ese lapso en llegar y su eco, es decir su rebote, otros cincuenta años luz en volver. Ese objeto no sería otra cosa que una estrella denominada Mu Arae, que está prácticamente a esa distancia en el tiempo; una estrella de la constelación de Ara, alrededor de la cual giran tres planetas, uno de los cuales es rocoso como nuestra Tierra. Sus tamaños son similares. El sistema solar de Ara, además, fue descubierto hace no mucho en el Observatorio de la Silla, acá en La Higuera, en Coquimbo, a unas cinco horas de Valparaíso. Cuando descubrí todo eso me dije: he aquí el planeta, sí o sí hay que apuntar en esta dirección.
Entonces aparecieron otras preguntas, como por dónde enviar la señal, es decir qué frecuencia utilizar de entre todo el espectro radial para conseguir atravesar la atmósfera de este planeta y tal vez de su mellizo de Mu Arae. Amigo, por mi formación ingenieril no me fue difícil entender que desde el rango de frecuencia de mil kilohertz hacia arriba, hasta casi los diez mil, es más fácil atravesar la densidad de nuestra atmósfera. En esa investigación descubrí una banda de frecuencias que se llama waterhole, porque comienza en los 1420 megahertz y termina en los 1662 megahertz. La frecuencia del hidrógeno es 1420, mientras que 1662 es la frecuencia del hidróxido. En la convención física, hidróxido se abrevia OH. H, es decir el hidrógeno, sumado al OH es H2O: agua. Y por eso se llama a esa banda waterhole, pues en sus dos extremos tiene la frecuencia de resonancia natural de las moléculas que componen el agua. Ahora, el hidrógeno es el elemento más básico del universo, como sabes. Es el ladrillo fundamental de la materia. Ese ladrillo fundamental está compuesto por un solo protón, que es su núcleo, y un solo electrón, que orbita alrededor del núcleo. Así se compone elhidrógeno, lo más simple del universo conocido. Lo que ocurre es que cuando la órbita de ese electrón cambia de dirección, cambia de estado cuántico; mejor dicho, cambia su cantidad de energía. Por ejemplo, a veces está en un estado de energía 1 y salta el estado de energía 2. Al saltar de un estado a otro pierde un poco de energía o gana un poco de energía, y cada vez que ocurre ese proceso libera una frecuencia de radio de 1420 megahertz.
Por decirlo de otra forma, la oscilación de esa frecuencia de radio es como vibra naturalmente el hidrógeno, elemento que está presente en el setenta y cinco por ciento de la materia. Este número es una suerte de omnipresencia vibracional que inunda todo el universo. Eso es lo que entendí. Y ocurre que desde la frecuencia del hidrógeno hasta la frecuencia del hidróxido, o sea todo el waterhole, es el lugar más silencioso del universo.
Una carretera interestelar de silencio es lo que necesitaba yo para enviar mi cápsula del tiempo.
Después aparecieron varias otras situaciones sobre la legalidad o no de transmitir esa frecuencia, porque todo esto pareciera estar bien regulado por los seres humanos pues se sabe que si hubiera un contacto radial extraterrestre tendría que ser por ese lugar. Pero bueno, ahí también yo entro en una dimensión de uso artístico, experimental, de esta banda; una dimensión de soberanía creativa del espectro electromagnético, aunque en rigor una transmisión por ahí es radiofoníapirata. De modo que en el proceso, amigo, tuve que rendir la prueba de radioaficionado y te puedo contar que ya mi tengo mi licencia.
Disponía del canal, después de todo. Pero qué era un canal si no tenía el mensaje. Ahí ya sabes cómo fue: a ti te invité a que contribuyeras con un mensaje grabado y tú me mandaste esa mini canción tuya «Primer silencio», sin que supieras nada del waterhole. Coincidencias cuánticas, digámoslo así. También hice una convocatoria abierta. Finalmente cerré con los primeros cien mensajes que me llegaron para enviar a cien años luz, mensajes de un máximo de cien segundos por la necesidad de que el sistema de transmisión de alta frecuencia no perdiera energía en términos de calor. Para eso necesitábamos enviar paquetes de cinco mensajes de no más de cien segundos; la recomendación era transmitir en paquetes, nunca transmitir de manera continua, sino como bloques de cinco minutos para después dejar enfriar los equipos por otros cinco minutos y así. Eso nos dio la composición formal del mensaje. Porque lo primero era clasificar los cien mensajes en alguna categoría, agruparlos. Terminaron siendo treintaiún paquetes de entre tres y cinco mensajes, encadenados por contenido, por sonoridad o por coincidencia de ambas categorías. Eso generó también una partitura. En ese momento me di cuenta de que valía la pena mostrar esa partitura y narrar todo el proceso, mostrarlo. Una exhibición, entendí, como la que estamos inaugurando esta semana en el Parque Cultural de Valparaíso con un muro de imágenes, cubos, esferas, textos, diagramas, videos, dos antenas parabólicas enfrentadas a diez metros entre sí como espejo acústico, entre las cuales cada persona puede pararse a escuchar el mensaje que va y vuelve a un lugar como el nuestro a cien años luz.
Pero antes debíamos realmente transmitir ese mensaje. Fuimos a Bogotá porque un colega de allá trabaja con satélites, es el experto que me guió en eso y además tiene una antena de 1420 megahertz a la cual yo aquí en Chile no podía acceder. Así que partimos a la Estación de Escucha de Alta Montaña en los páramos colombianos, donde nos recibió un tercer amigo artista; en esos territorios de muchísima agua alcanzaríamos el waterhole. Comenzamos con la transmisión sinpoder saber en ese momento si Mu Arae se vería desde nuestro hemisferio y, sin embargo, al amanecer en el páramo hubo un momento de completa visibilidad del sistema solar adonde estábamos enviando nuestra cápsula.
No es casual tampoco que una cineasta colombiana esté preparando una película de este ritual al alba del que estoy contando, porque tan importante como la transmisión del objeto es su recepción. Tal vez te preguntas a quiénes me refiero cuando te hablo en plural. Es que mi hijo tiene ocho años ya. Es mi más cercano colaborador, está enterado de todo esto. Me ayudó a construir el objeto. Así que le pregunté si estaba dispuesto a quedarse a cargo de la señal de respuesta que nos llegará en cincuenta años más. Él debe buscar la señal. Tal vez tu niño con otras personas más que vienen lo ayude a encontrarla. Dejémoslos como guardianes. Tal vez ahí se cierre el proyecto.
Fotografias: © 100 Años Luz

Carlos Labbé vive entre Machalí, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tú y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), Coreografías espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglés, turco y alemán. También es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). Formó parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y Tornasólidos, del colectivo Sangría Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingüe.
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Posted: June 1, 2026 at 12:57 am







