Farmear aura. Una aliteración
Daniela Tarazona
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Es común que deseemos lo que no está. Se dice, hasta el hartazgo, que las almas contemporáneas vivimos en una mengambrea que, en realidad, es una zarza de insatisfacciones. En esa red, espinosa y rastrera, engarzamos las envidias y la idea, cifrada en una imagen: el pasto del jardín de enfrente siempre es más verde.
Me gusta mucho pensar que existen infinitos asuntos del cuerpo y la mente que nos son desconocidos. Por eso, imaginar que contamos con aura o que nos pueden leer la mano, las runas, el tarot o las cartas astrales, me fascina. Los sitios donde acontecen magias de dudosa reputación, en locales que tienen puertas misteriosas, me encienden los ojos. “Se Lee la Mano”; “Se Adivina el Futuro”; “Se Hacen Cartas Astrales”. Recuerdo la primera vez que escuché sobre la fotografía y lectura de auras. Creo que fue hacia el final de los años ochenta, en mi iniciática adolescencia. Supe, entonces, que si era azulada significaba algo distinto a que diera tonos amarillos o rojos. Me entusiasmó el ensueño: cada cual vamos con una atmósfera invisible y distinta que cambia de color según el trance vital, las congojas o incluso la activación de las herencias. ¡Era tan sensacional la oportunidad de contar con una fotografía paranormal! Una vez, al entrar en un local de Tepoztlán para fotografiar la mía, que resultó medio amarilla y medio azul, me dejé hipnotizar por una cortina de humo de copal y llegué al final de un pasillo para encontrarme con un fotógrafo que, más que nada, quería ligar con sus clientas.
Es común que deseemos ver lo que no está o lo que, de por sí, no se ve.
Hace unos días, caí en un abismo de reels sobre los concursos de “farmeadores de auras”. “Farmear aura”, esa aliteración. Qué cosa tan increíble, de verdad: una mezcla de aquellos juegos descatalogados, ahora del todo analógicos, como: “dígalo con mímica”, “el que hace la mano hace la tras” o “encantados americanos”. Y encima con público. Una audiencia atenta. Fue hermoso ver que los cosechadores de auras, en su mayoría masculinos, patinan de cabeza frente a un nutrido número de asistentes quienes, como en los anuncios de sartenes que antes veíamos por la televisión a la media noche, exclaman al unísono “os” y “as” con el aliento entrecortado, aunque allí ya no haya risas grabadas. Vi que algunos menean los brazos, como si dijeran un “por favor” medio argentino, “no hagas el ridículo, porque yo me muevo más rápido” medio en inglés; vi que se reporteó un gesto, que lleva el dedo índice a la propia mandíbula para señalar su presumible cuadratura angulosa para rememorar el rostro de un héroe de videojuego, con esa estética de galán de grandes muelas; luego vi, como reel derivado, a una mujer mayor que farmeaba con la botarga de un dinosaurio y su gracia era colosal. Ojalá hubiera más modas como esta, pensé.
Tal vez, en la escenificación de estos campeonatos, siempre grabada con cámaras (como casi todo lo que vemos –lo que no alcanzamos con la vista no se puede filmar, aunque el aura sea fotografiada–), anida un portal hacia otra dimensión. Aluciné que, por medio de estos gestos conversacionales, del farmeo descarado, quizá podamos recuperar un poco de lo que no abunda: la lectura de los cuerpos de los otros, de sus miradas, para hacerle sitio de manera estrepitosa al “pero ¿qué demonios está haciendo?” Sin el tono de una voz de doblaje. Decir: “no entiendo lo que hace, pero estira los brazos y mueve la cabeza como si le temblaran varias emociones dentro del cráneo” o “quiso hacer algo parecido al break dance y a duras penas le salió la torcedura de una lombriz medio agonizante” o “me espanta su manera de abrir la boca para enseñar los dientes como si fuera a morder al otro”. Esas palabras pondrían sobre el mantel de la mesa que, en este tiempo de asociaciones algorítmicas, hay miles de millones de significados por segundo que pasan de largo o se nos esconden y que, dentro de cada cuerpo, sí vive un aura deforme que puede mostrar sus cosechas in situ, por detrás de las cámaras, desparramada fuera de la pantalla. Qué cuarta pared ni qué nada: el cuerpo que suda, las manos que se sacuden.
Por algo tenemos que empezar a salir de las zarzas de esta época. Es del todo probable que estos gestos extrapolados de sus cauces digitales, de los juegos de video o los memes, sean de inmediato otros no vistos. Así, por fin, su dígalo con mímica del presente gestaría movimientos transformados, extremidades y asombros como rebabas del molde planetario.
Quizá pueda fabularse a través de miradas ignorantes que no conocen los videojuegos, como la mía, o la de millones de personas más, y ver con la boca abierta de qué modo los jóvenes se reúnen para conmocionarse ante el carisma de los demás: una manera ultrasónica de saltar por encima de las zarzas.
Hay escuelas por allí que han impedido los farmeos porque pueden alterar el orden. Lo extraordinario, como ha ocurrido desde hace una buena suma de años, es que no podemos saber en dónde se originó el farmeo. Porque ningún virus digital se gesta por sí solo, se sabe. Es necesario propiciar su nacimiento. Nada ha sido tan invisible ni tan falseado en la Historia de la humanidad, como cualquier trending que se cuele por internet. Quizá por eso pasa por verdadero. En vez de recurrir a la sabiduría de un dios o varios, nos queda decir: “solo el algoritmo lo sabe”.
El asunto es que, en este contexto, los jóvenes se reúnen para ver quien es más canijo en medio de la plaza pública. Y no es insólito, como tampoco hacer una coreografía, pero sí lo es que los movimientos virales de los cuerpos se hayan reducido al balbuceo. Y quizá en este nuevo modo de babearnos el significado y la fonética, podremos pensar, al menos un instante, en colores de auras que nos son comunes y aceptar que, sobre todo, no sabemos nada. Ni siquiera los dueños de todas las cosas entienden lo que pasa. Creen mirarlo desde el otro lado, pero ni lo ven, ni lo saben. Por eso el pasto de enfrente sí es más verde y, a pesar de lo contrario, a la voluntad de un cuerpo no la manda nadie. Aún resta ese recoveco de libertad para nuestras células.
Foto: René Corrales/Diario de Xalapa.
Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) es autora de las novelas El animal sobre la piedra (Almadía, 2008), El beso de la liebre (Alfaguara, 2012), Isla partida (Almadía 2021) y El corazón habitante (Almadía 2025). En 2020 publicó el libro Clarice Lispector. La mirada en el jardín, en colaboración con Nuria Mel (Lumen). Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués, checo y chino.
Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores y miembro del Sistema Nacional de Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) y autora residente, en 2022, de la Casa Estudio Cien Años de Soledad de la Fundación para las Letras Mexicanas, y de la Residencia Literaria Finestres en 2023. En 2011 fue reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En 2022 obtuvo el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Isla partida que, además, recibió el reconocimiento Narrativas a Escena 2024, de la Casa América Cataluña, para ser adaptada al teatro por Andrea Segura Olavarría. @dtarazonav
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Posted: August 27, 2026 at 10:01 pm







