La eternidad al fin termina un miércoles
Antonio Ramos Revillas
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Nos han vendido mal la ilusión de la eternidad, he pensado estos días. Esta eternidad que está compuesta por ahoras, como dice Jorge Luis Borges, siempre se nos presenta como algo que no nos pertenece y que, por ende, nunca podremos vivir. Si la eternidad es vivir para siempre y la muerte es una de las prerrogativas de la vida tal y como la conocemos, sólo podemos fantasear con la posibilidad de ser eternos y después aceptar que claro, habremos de morir y que la única eternidad que tendremos será ninguna, porque solo contadas personas rompen el ciclo de la muerte y el olvido.
En una de las obras de Phillip K. Dick que más me gusta, la humanidad recibe la visita de un ser de otro planeta que la prepara para el siguiente salto cuántico que tendrá. Pero este salto tiene varios pasos y el último es la destrucción de la Tierra cuando el último de los niños que sí podrán dar el salto, se vaya del planeta. Con misericordia, el ser interplanetario escucha al hombre que ha sido su vocero ante los demás y éste le pide que, aunque sea, deje un memorial de que la humanidad y la Tierra estuvieron ahí para los viajeros del universo. El ser accede y deja, en el sitio donde estuvo la Tierra, una melodía, el fragmento de una sinfonía que no recuerdo, pero que escucha cada ser cuando de manera improbable, pase por ese pedacito de cosmos en donde estuvimos.
Si la humanidad tiene sólo el consuelo de una melodía, así nosotros en nuestro día a día, o al final de estos días, ¿acaso tendremos un poco el consuelo de nuestro recuerdo en los demás?, y sin embargo éste también desaparecerá pasados los años y las generaciones. Si la eternidad es tan solo una ilusión, entonces, ¿en dónde reside la verdadera eternidad? Y pienso que la respuesta está en la calidad de “los ahoras” que menciona Borges.
Hace años, Ridley Scott y su hermano lanzaron una convocatoria para pedirle a quien quisiera, que mandara un video grabándose durante el día y contestando algunas preguntas como: “¿qué tengo en los bolsillos?”, “¿a qué le tengo más miedo?” y otras. El resultado fue más de 4500 horas de grabación que se tradujeron a un filme de 90 minutos que se llama La vida en un día y que es el filme más reproducido en YouTube.
En cada clip esos ahora los hombres y mujeres muestran sus momentos cotidianos, de esfuerzo, de dolor y gozo: hay gente que desayuna, que despierta, que muestra sus heridas, que mira el horizonte, que carga a un bebé. El último clip es de una chica que llora dentro de su coche, casi al final del día, bajo un aguacero terrible. La chica llora porque dice, todo el día intentó grabarse para el proyecto, pero no pudo. Y no pudo porque tenía trabajo, pendientes, presiones y ahora el día casi se había ido y ella lloraba y grababa el clip hasta que al fin se limpia las lágrimas y cae en la cuenta de que sí, de que se está grabando, que está filmándose dentro de los parámetros solicitados. Y entonces sonríe. Sonríe con la cara aún anegada en lágrimas, con los truenos que barren el horizonte e iluminan su rostro.
Y pienso que justo ahí, entonces, está la eternidad. La verdadera eternidad de los ahoras. Aunque Faulkner habla de los días perfectos en las cartas que le escribe a su amante, Meta Carpenter, yo creo que tal vez en realidad sólo tenemos los momentos perfectos en la vida. Instantes luminosos como el fragmento de una melodía: una noche que nos besan y besamos antes de abordar un taxi, una risa compartida con los padres, esa mirada anhelante y feliz con la que vemos la diversión de hijos y sobrinos, ese sabor inesperado de un helado en una plaza desconocida, la manera como una mano se posa en nuestra espalda para abrazar, la frase de un libro que nos deslumbra de manera inesperada, la sensación de estar bajo cobijo en una noche de tormenta.
Sí, ahí está la eternidad que nos escamotea la venta de la otra. A veces pienso en la soledad de los eternos: al final se quedarán sin tierra ni sol ni universo ni galaxia, sólo una oscuridad ahora sí, eterna. Y a veces pienso también en la eternidad de quienes morimos: dulce e instantánea, beatífica, dolorosa también, pero que resuena para el verdadero espectador de lo eterno: nuestra propia experiencia de vida. Que bella esa sentencia de: “quien tenga ojos para mirar, que mire”.
Foto de Chinh Le Duc en Unsplash
Antonio Ramos Revillas es egresado de la carrera de Letras Españolas de la UANL, institución que le otorgó en 2015 el Premio a las Artes por su trayectoria como creador, actualmente dirige su editorial universitaria. Ha sido parte de la cadena del libro en múltiples facetas, como docente de mediadores de lectura, librero, editor y autor. Su obra ha sido reconocida en dos ocasiones en la prestigiada selección The White Ravens que otorga la Biblioteca de la Juventud de Múnich, así como por el Banco del Libro de Venezuela, la Fundación Cuatrogatos y el International Latino Book Award. En el FCE también publicó La dama de la selva. Es miembro del SNCA.
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Posted: September 11, 2025 at 10:23 am







