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La insumisión de lo cotidiano

La insumisión de lo cotidiano

David Ortiz Celestino

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Matrimonio: combina la tranquilidad de estar

castrado con el sexo ocasional de no estarlo.

— Bender, Futurama

Leer a Nuria Kaiser exige una atención distinta de la que suele pedir buena parte de la narrativa breve contemporánea. En su primer libro, Provincia me mata (Ficticia Editorial, 2018), ya mostraba una cercanía natural con el cuento y con sus formas de tensión contenida. Después vino Una vida de mentiras (Planeta, 2022), donde la autora viró —con acierto y riesgos— hacia la novela y el género negro para diseccionar, con ácida agudeza, los entresijos de la clase privilegiada, sin abandonar esa mirada puesta en las zonas incómodas de la vida cotidiana. Y finalmente en Bravas(Ficticia Editorial, 2025) regresa a la narrativa corta con un tono más afinado: menos interesado en el efecto inmediato que en observar, con precisión, el momento en el cual lo doméstico comienza a resquebrajarse.

La prosa de Kaiser opera desde una sobriedad implacable. Ajena a los adornos perifrásticos o al verbalismo de fórmula, su escritura avanza por medio de frases medidas que de a poco dosifican la tensión y logran que el incidente, por muy simple o llano, se vuelva un artefacto narrativo sólido. Por eso, Bravas reclama una lectura estratigráfica: el conflicto real nunca se agota en la superficie de la anécdota, se sostiene en la elipsis, ahí donde lo omitido ejerce una presión mucho más gravitacional que lo explícito. Y es justo en esos pliegues de la aparente normalidad del hogar en donde se asienta el peso de una violencia sorda que funciona, simultáneamente, como el síntoma de una fractura social.

A lo largo de los once relatos que integran el volumen, el espacio doméstico deja de operar como el refugio idílico de la privacidad y se convierte en un escenario de castración simbólica, de asfixia cotidiana y hasta de tiranía intrafamiliar. Al igual que Rosario Castellanos en «Lección de cocina», Amparo Dávila en «El huésped» o Laura Baeza en «Una grieta en la noche», Kaiser posee una sensibilidad particular para registrar los microrracismos y micromachismos, las grietas de clase y la crueldad horizontal que cifran las relaciones humanas en los entornos aparentemente ordinarios. Este pulso no solo sintoniza en el ámbito internacional con propuestas contemporáneas como la de Chimamanda Ngozi Adichie en The Thing Around Your Neck, sino que constituye un eco que resuena con fuerza en la gran tradición del cuento mexicano, actualizándose aquí sin tipismos ni nostalgias folclóricas.

En «El secreto para un buen matrimonio», el cuento con el que el libro abre fuego, la autora plantea una premisa perturbadora sobre la adicción al mutismo en las relaciones íntimas, apisonadas por los años y socavadas por la costumbre. La dinámica conyugal de los protagonistas se sostiene a través del filtro de una terapeuta de pareja, Dobrina, cuya repentina desaparición —debida a un entorno de violencia exterior que se intuye, pero no se nombra—deja al matrimonio desamparado ante su propio vacío y que, para sorpresa y extrañeza del lector, se resuelve de manera subrepticia. «[E]s la intimidad del hogar la que contiene los secretos, donde se localizan las respuestas», afirma la esposa cuando explica en público el «éxito» de su matrimonio. La genialidad del relato radica en cómo el silencio ya no es una carencia de comunicación, sino un pacto de complicidad claustrofóbica donde los personajes prefieren habitar el horror del aislamiento compartido antes que enfrentarse a la intemperie del mundo exterior.

Esta misma disección de la maquinaria matrimonial se agudiza en «Paraísos perdidos», pues funciona como una radiografía descarnada de la alienación, de la deshumanización y de la tiranía de quien ostenta el poder económico dentro de cualquier relación —en este caso, la marital—. La sustitución de la identidad de la esposa por la figura utilitaria de Lupe, la nana o empleada doméstica, no es solo una metáfora de la indiferencia masculina, sino una cruel y punzante crítica sobre cómo las estructuras de clase reducen a los individuos a meras funciones intercambiables, casi desechables. Resuelto con un cinismo impecable, el cierre del relato clausura la trama en un bucle de explotación y sumisión condenado a perpetuarse.

Si en los textos que acabo de mencionar la violencia es una corriente subterránea, en piezas como «Un nuevo orden» la manipulación psicológica se eleva a la categoría de arte de la precisión. La protagonista, pareja de Eric, ejecuta un gaslighting a la inversa, alterando al milímetro el entorno físico y la disposición de los objetos cotidianos con el único afán de erosionar, con una perversa sistematicidad, la cordura de su esposo. Lo que es de verdad perturbador en el cuento no es solo el proceso de demolición mental de la víctima, sino el aislamiento absoluto al que es sometido: un nuevo orden familiar edificado sobre la exclusión del padre, mientras las hijas habitan esa incipiente normalidad como testigos inconscientes de una madre obsesiva y siniestra que impone su ley en la estructura del hogar. El relato entabla un diálogo implícito con la intuición hamletiana de que la demolición mental más profunda no es la que estalla en el caos, sino la que requiere método y rigor calculado.

Desde ahí se entiende la dedicatoria a Hanif Kureishi en «Otro encuentro», el relato —acaso el menos sólido de los once, pero no por ello desafortunado— que cierra el volumen y que vale la pena engarzar con el párrafo anterior. Lejos de ser una referencia aislada, la presencia del autor británico funciona como una clave para leer el tono de la pieza y, en gran medida, del libro entero: una forma de observar los vínculos afectivos cuando ya están gastados, sin escándalo ni sentimentalismo excesivo y sin repartir culpas con facilidad. Kaiser dialoga con el Kureishi de Intimidadal pensar la sociedad conyugal como una zona donde el amor, la costumbre y el cansancio se confunden: «el matrimonio es la amnesia del juego amoroso», señala el narrador. Pese a que la trama amenaza con encallar en el lugar común —el intercambio pasivo-agresivo de sobremesa entre una esposa y una amante—, la autora sortea el clichéconferiéndole una exactitud escritural que tensa toda la escena. El resultado es una pieza que, aun en su convencionalidad, deja la impresión de ver cómo ciertas certezas sobre la pareja, la familia y la vida de clase media empiezan a distenderse paulatinamente.

Textos como «Cosas hermosas» y «Granadillo africano» desplazan el foco hacia el resentimiento y la fetichización de los objetos en tanto símbolos de estatus. En el primero, la mirada condescendiente de un entorno blanco y privilegiado desmantela los afectos de una pareja interracial, al tiempo que expone la discriminación institucionalizada disfrazada de benevolencia y de progresismo «buena onda». En el segundo, el granadillo africano —una madera exótica, costosa y densa— se convierte en el correlato objetivo de un éxito ajeno, un monumento al deseo insatisfecho y a las traiciones juveniles que el tiempo no ha logrado mitigar, sino, más bien, petrificar.

En «Así vivíamos bien» se alcanza el punto de quiebre ideológico. Escrito con una voz coral, rústica y recalcitrante, el relato adopta la perspectiva de Beatriz para explorar el fenómeno de la violencia horizontal. Si la tradición clásica —desde la Lisístrata de Aristófanes— nos acercó a concebir la alianza colectiva entre mujeres como un pacto de tregua o de salvaguarda común frente a las crisis o las guerras, Kaiser opera aquí una irónica inversión del tropo: la asamblea femenina no se convoca para subvertir el orden establecido, sino para blindarlo mediante el castigo. Así, la autora se sumerge en las dinámicas de una comunidad que, bajo la bandera de la preservación de los usos y costumbres, ejerce una crueldad inquisitoria contra cualquier asomo de disidencia o alteridad en sus congéneres. El uso del «nosotras» colectivo funciona como un panóptico social que asfixia la individualidad, demostrando que el conservadurismo más encarnizado suele alimentarse de la complicidad activa de quienes, vaya paradoja, son también sus víctimas.

Un acercamiento apresurado o superficial a los cuentos que integran Bravas podría sugerir que el libro apela únicamente a un perfil acotado o genérico, delimitado también por la edad o ciertas vivencias compartidas. Esa sería una lectura estrecha. La propuesta de Kaiser actualiza de forma nítida la cita de Carlos Fuentes de que «a mayor intensidad local corresponde mayor significancia universal». Sus cuentos trazan una cartografía del cansancio, del miedo y de la pérdida del centro psicológico: zonas de la fragilidad humana que escapan a cualquier patrimonio exclusivo —aunque el término «patrimonio» (que aquí utilizo socarronamente) pueda resonar con una ironía filosa en un libro empeñado en dinamitar toda noción de propiedad doméstica—.

Esa misma independencia estética exige un respaldo material que no siempre es fácil de encontrar en las lógicas del mercado actual. Por ello, resulta indispensable reparar en el sello que acoge este mapa de fracturas: Ficticia Editorial, que en el contexto contemporáneo representa una anomalía tan afortunada como preocupante. Afortunada porque sostiene, con su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo, un proyecto independiente al enfrentar un doble reto en un mercado fagocitador, más volcado hacia el producto seriado y de rápida asimilación que hacia la obra de genuino valor artístico; y preocupante porque este tipo de empresas culturales, en eterna resistencia, se encuentran al borde de la desaparición. Su desafío consiste en salvaguardar la autonomía de su catálogo para, en el mismo acto, continuar apostando por la narrativa breve y la de largo aliento.

Bajo esta misma óptica de resistencia, la presencia de lo femenino en Bravas se despliega desprovista de moralejas o agendas ideológicas; sus protagonistas enfrentan tensiones límite (los naufragios de la pareja, las imposturas de clase, la asfixia doméstica, el deseo de control, la frágil ilusión de bienestar) sin quedar reducidas a víctimas ejemplares ni mucho menos a figuras edificantes. Son «bravas» gracias a su capacidad de habitar el conflicto desde la carne y no desde el manual de las buenas conciencias. En un panorama donde la escritura de mujeres suele juzgarse atendiendo a su lugar de enunciación antes que a sus decisiones formales, la propuesta de Kaiser se impone a través de una estricta autonomía narrativa y la saludable incomodidad que produce.

Frente a un mercado editorial entregado al consumo masivo y al apremio comercial —más interesado en la opinión de los comentadores de libros que en la de lectores genuinos—, y ante entornos culturales complacientes —subordinados a urgencias grupales de antologarse en nombre de una sororidad tramposa y convencional en vez de privilegiar la inmanencia de la calidad de la obra—, Bravas constituye una rareza obligada, un territorio de rigor y honestidad intelectual que devuelve al lector un solaz innegociable: el raro placer de habitar una escritura que no transige con las modas.

Bravas de Nuria Kaiser, Ficticia Editorial, 2025, 103 pp.

David Ortiz Celestino. Es investigador, editor y gestor cultural. Ha publicado en La estafeta del viento, Tierra Adentro, Nagari, Punto de Partida. Es autor del libro Frente a Frente (1934-1938), una revista mexicana de combate  (Universidad de Málaga, 2022).

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Posted: September 29, 2026 at 8:26 pm

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