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Utopías latinoamericanas. Entrevista con Federico Guzmán Rubio

Utopías latinoamericanas. Entrevista con Federico Guzmán Rubio

Ariel Ruiz Mondragón

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Utopía latinoamericana o la condena al fracaso

Incluso desde antes de Tomás Moro ha habido personajes que, frente a una situación miserable y opresiva, se han imaginado una sociedad muy distinta: perfecta, en la que priven valores elevados que se conviertan en realidad para hacer justa y feliz la convivencia entre las personas. El recorrido que siguen es la ilusión, el intento por concretarla y el fracaso final.

América Latina ha sido un escenario privilegiado de esos experimentos, en algunas ocasiones por sus propios pobladores y en muchas otras por personajes venidos de otras latitudes en busca de erigir su Edén. Siete de esos casos y su pervivencia provocaron que Federico Guzmán Rubio emprendiera un viaje por sus restos para extraer sus lecciones. El resultado está en su libro Sí hay tal lugar. Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas (México, Taurus, 2025).

Las utopías que recorrió Guzmán Rubio fueron las siguientes: la de Vasco de Quiroga en Pátzcuaro, Michoacán, y la neoliberal en Santa Fe, en la Ciudad de México; Fordlandia, la fantasía industrial selvática de Henry Ford, y la anarquista Colonia Cecilia, ambas en Brasil; la protonazi Nueva Germania, en Paraguay; el socialismo cristiano en Solentiname, Nicaragua, y Argirópolis, el sueño de la república del Río de la Plata de Domingo Faustino Sarmiento, en Argentina.

Acerca de estos viajes a las ideas, Guzmán Rubio expresa en el libro que él viaja “a un lugar imaginario: a los mundos que fueron y no fueron, que existieron y no existieron, que desaparecieron y siguen estando allí, y que de una manera extraña y silenciosa seguimos habitando”.

Sobre ello conversamos con Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977), doctor en Literatura Europea por la Universidad Autónoma de Madrid. Es profesor en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y autor de una decena de libros. Con Los andantes ganó el Premio de Narrativa Caja Madrid, y también recibió la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera, de la Fundación Gabo. Ha colaborado en publicaciones como Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, El Cultural y Supernova.

 

AR: ¿Por qué escribir un libro como el tuyo, esta suerte de cuaderno de viaje por siete lugares de Latinoamérica que han encarnado ciertas utopías? Dices que este libro se trata de la persecución de ciertas ideas, de una conversación con muertos. Además, hay varios libros sobre distopías.

FGR: Creo que la pregunta va por dos vertientes: una, más personal, de por qué escribir y publicar algo, y dos, por qué este planteamiento en particular. Para la primera me acordé (obviamente, con la inmensa, inabarcable, infinita distancia que hay) de una respuesta de Juan Rulfo cuando le preguntaban por qué escribió Pedro Páramo, a lo que él respondió: “Porque era el libro que yo quería leer”. Creo que todos los escritores escribimos o debemos escribir por lo mismo. Es un libro que como tal no existía y que nos gustaría leer.

A mí me gustaría leer un libro que conjugara, por una parte, los viajes, un recorrido físico, con otro por las ideas. Esto implicaba un desplazamiento geográfico, por supuesto, como en un libro de viajes; pero que también hubiera uno por las ideas, en este caso, por diferentes utopías. Me gusta esa paradoja: hay que desplazarse por las ideas, algo abstracto por definición. En el libro, el planteamiento es que uno pueda también recorrer las ideas.

Por otra parte, a mí siempre me ha seducido mucho comprobar cómo los países latinoamericanos somos muy diferentes en nuestros planteamientos, en nuestro desarrollo cultural, pero también somos idénticos. Prácticamente, la utopía que surgió en un lugar muy específico en un país resume una ideología o una tendencia ideológica que existió en el resto del continente. A mí me interesa mucho Latinoamérica para contrastarla con México porque, por una parte, somos idénticos, y por otra somos tremendamente distintos.

 

AR: Me llamó mucho la atención la relación que estableces entre la literatura y las utopías; por ejemplo, que la obra de Tomás Moro fue también fruto de un viaje, algunas anotaciones que haces sobre la crónica y también de la vinculación de la obra poética de Ernesto Cardenal con la utopía de Solentiname en Nicaragua. Haces una afirmación muy interesante: las utopías “tienen un poder aterrador” porque son el intento de convertir la literatura en realidad y la realidad en literatura.

FGR: Ese punto es lo que más me seduce de las utopías. Tienen un costado completamente fantasioso, irrealizable, fantástico y, por otra parte, completamente dramático y real. Creo que esto está ya desde la semilla de las utopías, que es obviamente la de Moro. Finalmente, él escribió su Utopía influido por el relato de un náufrago que había estado en el Nuevo Mundo; es decir, tiene un sustrato real que él usa como excusa para hacer un relato completamente imaginario, pero que sirve también como una crítica y una propuesta política. Entonces, se mezclan tres universos que parecen completamente incompatibles: un viaje real, una composición literaria de carácter fantástico y un programa político.

Esa mezcla, que parecía incompatible, excluyente, delirante, finalmente ha influido, en buena medida y de manera definitiva, en la modernidad: oscilamos entre proyectos grandilocuentes y fantásticos queriéndolos llevar a la realidad.

Por supuesto, muchas veces la fantasía se estrella contra la realidad y produce pesadillas e infiernos, pero, por otra parte, también creo que es necesario que la realidad guíe la fantasía. Y como sociedad podamos imaginar, por supuesto, mundos mejores, porque si no tenemos el anhelo de buscar un mundo perfecto, nos conformamos con lo que tenemos, sin el menor ánimo de mejora.

Entonces es una moneda de doble cara, tanto en la fantasía como en el programa político: existe el peligro de crear infiernos, pero también está el anhelo de crear mundos mejores, aunque se ha hablado mucho de distopías.

 

AR: Dices que muchas utopías han acabado en campos de concentración, pero también pueden dejar algo bueno: de la utopía comunista pudo quedar el Estado de bienestar. Hay algunas utopías ahí muy rescatables del libro, como la de Vasco de Quiroga. ¿Qué han dejado de beneficioso las utopías en Latinoamérica?

FGR: Creo que como países latinoamericanos estamos condenados al sueño utópico. Las naciones europeas, en cierta parte como monarquías, nunca tuvieron una fundación tan oficial, mientras que las latinoamericanas tuvieron una guerra de independencia, ganaron y decidieron fundar un país. Allí hubo un germen utópico: crear un lugar que no existía con un sistema que no existía, con unos valores que no existían. Muchas veces pasamos por alto el anhelo utópico de las independencias: los latinoamericanos dijeron: “Vamos a independizarnos de la corona que nos subordina y vamos a crear una tierra de libertad”.

No olvidemos que lo primero que hicieron nuestros próceres, al menos Morelos, fue decretar, por ejemplo, la abolición de la esclavitud y procurar que hubiera cierto progreso y desarrollo. Por supuesto, ese progreso venía un poco envenenado, pero por supuesto que en ese inicio hubo una enorme dimensión utópica: “Vamos a fundar un nuevo lugar y seremos los países en libertad”.

Claro que allí hay un inmenso anhelo utópico que no debemos perder y que cada tantos años se renueva cuando los países latinoamericanos nos damos cuenta de que podemos crear nuestras pequeñas y fallidas utopías. Pero, bueno, tenemos que anhelar finalmente pequeños mundos mejores.

Entonces, yo creo que sí nos deja, para empezar, el anhelo, la esperanza, que muchas veces se vuelve realidad, de crear sociedades mejores, y no el conformismo o el fracaso de pensar que la sociedad va a ser como es siempre.

 

AR: Al principio tú mencionaste la ideología. En ese sentido, ¿qué tanto tienen que ver las utopías con las ideologías? En el libro, las primeras van desde el anarquismo hasta el neoliberalismo; de la promoción del amor libre hasta la declaración de que el amor aburre, por ejemplo. ¿Qué tienen que ver las utopías con las ideologías?

FGR: Es muy interesante porque una utopía toma la ideología que se está gestando en su tiempo y la lleva hasta un límite tremendamente excedido. Pero no surge de la nada: surge de un contexto, de un ambiente de ideas que ella radicaliza.

Ninguna de estas utopías está basada en una ideología propia, aislada del mundo; no, al revés: retoma ideologías que están en el aire y la llevan a un extremo. Entonces, la utopía es simplemente cierto aire de época, digamos, radicalizado. Por eso es un resumen de las ideas que se estaban gestando en ese tiempo.

Sobre la primera utopía que mencionas, por supuesto que había un fantasma que recorría Europa, y se radicalizaron las comunidades utópicas, socialistas o anarquistas. Y esto siempre sucede así, también en el mundo contemporáneo.

Obviamente, con las espantosas ideas que ahora están rondando por todas partes, tenemos proyectos utópicos como, por ejemplo, el de Javier Milei en Argentina, o el de Benjamín Netanyahu en Israel, que son utopías a gran escala que resumen y radicalizan las ideas que andan ahí por todas partes.

A diferencia de mis pequeñas siete utopías latinoamericanas que surgieron, por ejemplo, en una isla en un lago como Solentiname o en una pequeña colonia como la anarquista, eso es verdaderamente tremendo porque son utopías de una escala nacional o hasta casi imperial en el caso de Donald Trump. Cuando una utopía se lleva a tal escala, generalmente las cosas no acaban bien. Recordemos las dos grandes utopías del siglo XX: la Alemania nazi y la Unión Soviética comunista, que finalmente eran proyectos utópicos. No necesito explicar cómo acabó cada uno de ellos.

 

AR: Otra inquietud por la lectura del libro es que cuando menos hay dos proyectos que fracasan por ignorar las circunstancias reales en las que se pondrían en práctica, como fueron en especial las de Fordlandia y la Nueva Germania. Eso está también presente en varios de las restantes, tal vez con la excepción de la de Vasco de Quiroga. ¿Las utopías van acompañadas de ignorancia, de ingenuidad?

FGR: Quizás más que de ignorancia, yo diría de soberbia, porque si un grupo de personas decide construir una sociedad perfecta, se siente por encima del mundo, y pasa por alto que nuestros pequeños mundos siempre van a estar localizados en un mundo mayor.

Como siempre sucede con la soberbia, tarde o temprano se paga la hybris. Cuando la utopía se estrella con la realidad y el grupo que se creyó mejor se da cuenta de que no lo es, o que es como cualquier persona de la sociedad, a la utopía no le queda más remedio que aceptar que su destino siempre cantado fue regresar al mundo normal.

Pero yo no diría que las utopías siempre fracasan: muchas veces tienen éxito, pero en una forma mucho menos espectacular de como habían sido soñadas. Pongo siempre el ejemplo de la utopía anarquista que mencionaste: sus colonias fracasaron, se dispersaron y se abandonaron. Sin embargo, las ideas anarquistas y socialistas a finales del siglo XIX llevaban un anhelo de mayor igualdad entre hombres y mujeres, entre la sociedad en general, lo que marcó el siglo XX. Entonces, fracasaron como proyectos específicos, pero tuvieron éxito en su legado ideológico.

Ese fue un ejemplo positivo, pero, por otra parte, Fordlandia también fracasó como proyecto específico, pero finalmente ese fue el modelo de subdesarrollo latinoamericano de todo el siglo XX: tener empresas extranjeras que llegaran a desarrollar los países casi por arte de magia, sin tomar en cuenta cualquier contexto regional. Fue una utopía que en su planteamiento ideológico fracasó específicamente en Fordlandia, pero tuvo éxito durante todo el siglo XX.

Entonces, esas utopías muchas veces fracasan en lo específico, pero triunfan en lo ideológico, una victoria mucho más triste pero más profunda en lo general. Quizás así está sucediendo ahora: por ejemplo, es obvio que la Argentina de Milei va a fracasar en lo específico, pero al final esas ideas ya están esparcidas en todas las sociedades del mundo, y creo que, por lo pronto, ya triunfaron.

 

AR: Sobre tu visita a Fordlandia cuentas sobre las instalaciones que quedaron y que aún pueden ser utilizadas, y afirmas: “Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona”. ¿Qué nos dice también eso de su legado para Latinoamérica?

FGR: Podemos llevarlo ahí, a una escala mayor en nuestras sociedades: muchas cosas elementales que necesitamos funcionan muy mal, y otras que son superfluas (al menos aparentemente) funcionan inexplicablemente bien. Bueno, son estas paradojas con las que todos los latinoamericanos tenemos que convivir día con día.

 

AR: En la mayoría de las siete utopías que refieres, sus impulsores provenían de otros lugares: Estados Unidos y países de Europa. Hay algunas anotaciones en los casos de Förster y de Ford, que consideraban que ya sus propias sociedades (alemana y estadounidense, respectivamente) estaban muy corrompidas, por lo que tenían que ir a otro lado. ¿Por qué esos utopistas escogieron América Latina?

FGR: En realidad es una idea peligrosísima, porque ellos concluyeron, con razón o sin ella, que sus sociedades estaban absolutamente extenuadas, decadentes y fallidas, por lo que decidieron ensayar nuevos modelos de sociedad en un territorio que ellos consideraban despoblado.

Entonces, vinieron a América Latina como si aquí no hubiera ya sociedades asentadas, y consideraban que era un territorio virgen para ser colonizado —muchas veces la utopía es la cara más feliz de la colonización.

Ahora que lo dices, es un patrón que se repite; por ejemplo, pienso en otra gran utopía del siglo XX, la de Israel. Allí fueron a construir su utopía a un territorio que consideraban deshabitado, por más que haya estado poblado por los palestinos. Entonces, siempre viene un utopista de fuera a fundar un mundo perfecto en un mundo que considera deshabitado y que lo está esperando, casi como una tierra prometida, aunque allí ya existan habitantes con sus sociedades.

Entonces, es una nueva forma de colonialismo, y creo que al independizarse las naciones latinoamericanas se apropiaron de ese afán utópico porque con la independencia los territorios pasaron a ser nuestros ya de manera oficial, y se tuvieron a disposición nuestra para establecer las sociedades que quisiéramos. Entonces, nos hicimos de ese afán utópico, por supuesto, con todos sus sueños y todos sus delirios, pero también con todas sus pesadillas. En el libro está la crónica de Argirópolis, la utopía de Sarmiento en Argentina, que pienso que resume lo que fue el siglo XIX latinoamericano.

Todos los países quisimos establecer un proyecto nacional de corte utópico, lo cual también significó la exterminación de otras sociedades, de otros modos de convivencia. Para crear o inventar México, el Estado mexicano del siglo XIX exterminó las culturas indígenas, que estuvieron asentadas primero aquí. Mucho se ha dicho que a las lenguas indígenas en el país no las destruyeron los españoles, sino el Estado mexicano, justamente en su afán de crear un proyecto nacional.

Entonces nos apropiamos del sueño utópico con todas sus posibilidades, pero también con todos sus demonios.

 

AR: Pero también está la experiencia de Vasco de Quiroga, de la que dices que, a diferencia de las otras, fue de convivencia, muy productiva. Pero también mencionas que hoy, 500 años después está siendo arrasada, ya que en tu viaje a Michoacán has visto pueblos vacíos porque la gente se va a Estados Unidos. ¿Qué ha pasado con esta utopía?

FGR: En el caso de Vasco de Quiroga y del lago de Pátzcuaro confluyen, obviamente, muchas cosas que tienen un gran fenómeno como trasfondo, que es, cada vez más, la destrucción de la noción de comunidad. Considero que el secreto de la utopía de Vasco de Quiroga fue respetar y construir comunidades autónomas que comerciaran y convivieran entre ellas. Pero en el siglo XXI el crimen organizado y el neoliberalismo, con todos sus jinetes del Apocalipsis, están destruyendo todo ese sentido de comunidad, aunque las comunidades del lago de Pátzcuaro mantienen un inmenso orgullo y una gran unión, sobre todo en el pueblo hospital, el original Santiago, donde Vasco de Quiroga creó su primera utopía, y mantienen todavía cierta resistencia, pero cada vez más sitiada por todas partes.

 

AR: En el libro hay otra anotación importante: “Todo proyecto utópico tiene un componente excluyente”. Lo que quiere decir que en esos mundos perfectos no se admiten disidencias, ni opositores ni críticas. ¿Es inevitable que las utopías lleven al totalitarismo con esta clarísima vocación antipluralista?

FGR: Sí, y es triste. Eso está desde la utopía de Moro, quien retrató una sociedad completamente perfecta y, naturalmente, si lo es pues no hay espacio para la rebeldía, para la oposición, para el disentimiento: ¿de qué te vas a quejar si vives en una sociedad perfecta?

Es una paradoja tremendamente cruel cuya única salida es el totalitarismo, porque si vivimos en un mundo perfecto, ¿qué le vas a criticar?, ¿qué le vas a querer cambiar? En una utopía ya no hay posibilidad de transformación porque esta sería necesariamente mala, negativa. Esto sucede en cualquier proyecto utópico real.

Si estamos construyendo una sociedad perfecta, ¿qué vamos a hacer con las personas que no están de acuerdo con ella o que no le aportan nada? Solo hay dos cosas que hacer con ellas: expulsarlas o exterminarlas, que fue lo que literalmente hicieron los grandes proyectos utópicos del siglo XX. Es lo que hicieron la Unión Soviética comunista y la Alemania nazi: exterminar a todas las personas que consideraban prescindibles o que estorbaban en su utopía. Es exactamente lo que hacen las utopías de ahora: ¿qué es lo primero que hace Trump en su Make America Great Again? Pues expulsar a todos los mexicanos o inmigrantes que racialmente no merecemos estar en su utopía. ¿Qué es lo que hace el Israel de Netanyahu? Eliminar a los palestinos que no tienen cabida en su proyecto utópico.

Es tremendamente peligroso: si realmente nos creemos la utopía y que estamos construyendo una sociedad perfecta, naturalmente tenemos que expulsar y eliminar a quienes estorben en su construcción o que no se subordinen a ella.

 

AR: Otro caso muy interesante es el de Solentiname, en Nicaragua, lugar al que dices que nunca fuiste, pero al que nunca volverás. Me parece que esa utopía de Ernesto Cardenal iba funcionando y era exitosa hasta que llegó la revolución, cuando la dictadura la aplastó de forma violenta. Y ya después vino el régimen de Daniel Ortega. ¿Qué nos dice esta utopía de la dictadura de Somoza y de la revolución nicaragüense?

FGR: Como decíamos hace rato, creo que las utopías también son interesantes porque resumen muchos de los fenómenos a mucha mayor escala, y es lo que sucede con Solentiname, un caso tristísimo porque fue una utopía, y yo diría que dos veces exitosa. La primera vez fue durante la dictadura de Somoza, cuando el padre Cardenal logró crear una utopía cristiana, socialista y que desarrolló las islas de una manera pensada, sobre todo, en sus habitantes. Pero la Guardia Nacional llegó a destruirla.

Ya con la revolución sandinista el proyecto fue renovado, cuando se hizo casi una utopía intelectual de izquierda latinoamericana, a la que fueron muchos intelectuales a peregrinar, como Julio Cortázar. Pero con las décadas hubo cierto desgaste tanto de Solentiname como del proyecto sandinista, a grado tal que quien la destruyó por segunda vez fue la supuesta revolución de Daniel Ortega. Hubo un asedio tremendo al padre Cardenal, al que a sus 100 años casi lo meten a la cárcel y al que le “expropiaron” muchas de las propiedades de Solentiname y encargaron de ellas a personas completamente ajenas al proyecto.

Entonces, es triste ver cómo una utopía se levantó dos veces, y dos veces fue destruida; fue mucho más dolorosa la segunda, porque supuestamente en la primera ocasión fue destruida por el enemigo obvio, mientras que en la siguiente fue destruida por el supuesto aliado.

 

AR: En el libro afirmas que de la civilización te interesan más que nada su fracaso y sus contradicciones. En ese sentido, ¿qué fracasos nos han dejado estas siete utopías que visitaste?

FGR: En realidad, si hacemos una lectura general de las siete y aunque yo no creo en las moralejas históricas, la conclusión es un poco inquietante: parece que estamos condenados, como con la piedra de Sísifo, a fracasar.

Si ya estamos poniendo ejemplos literarios, extrapolemos el consejo de Beckett para la escritura también al ámbito de las sociedades: pensemos que hay que fracasar cada vez mejor, porque finalmente cada proyecto utópico-ideológico que ha construido América Latina ha reventado estrepitosamente. Entonces, vamos con proyectos que nos puedan llevar a un desarrollo con finales menos aparatosos, por decirlo de alguna manera.

Es inquietante que no hayamos encontrado un camino que no termine en una pequeña o gran aniquilación. Finalmente, esto también puede ser una invitación a seguir buscando el camino, pensando quizás en una concepción utópica de la que tendríamos que desligarnos.

 

AR: De la utopía de Vasco de Quiroga destacas un aspecto que se ha ignorado muchísimo: el legal, del que dices que es uno de los elementos que la hizo exitosa. Háblanos de ese aspecto.

FGR: Es curioso cómo puede haber ese choque entre un mundo perfecto y el de las leyes. Este también tiene el anhelo de buscar la justicia, lo cual sabemos que es otra utopía en nuestra sociedad y que es especialmente fallida, aunque creo que Vasco de Quiroga lo hizo muy bien. Él tenía una inmensa formación jurídica que aprovechó para casarla de alguna forma con sus lecturas utópicas y posibilitar de esta manera el proyecto de la utopía de Pátzcuaro. Es un caso muy especial y yo creo que solo Vasco de Quiroga lo podría haber hecho, tanto por su voluntad y su temple, como por su formación y, curiosamente, también por su edad.

A veces se nos olvida que Vasco de Quiroga empezó el mayor proyecto de su vida, que fue la utopía de Pátzcuaro, cuando tenía más de 70 años; es decir, cuando ya era un completo anciano. A esa edad, con toda la experiencia que tenía al conocer los dos mundos, con una formación jurídica, teológica, social, literaria, filosófica y bien asentada en el mundo real, pudo fundar ese proyecto.

También hay que decir que la de Pátzcuaro no fue su primera utopía, sino que primero la ensayó en Santa Fe, en la Ciudad de México, que fue como un laboratorio de pruebas para su proyecto más exitoso, que fue en Pátzcuaro.

Pero sí es muy llamativo en el caso de Vasco de Quiroga por cómo logró conjurar la complicadísima legislación con su lectura de la utopía de Tomás Moro.

 

AR: Sobre la utopía neoliberal en Santa Fe en la Ciudad de México, justamente recuerdas la que buscó allí Vasco de Quiroga. Así, tras siglos, un proyecto de convivencia en ese lugar fue el lugar del proyecto neoliberal al estilo Thatcher, quien decía que no hay sociedad. ¿Cómo se pasó, en México y en otros lugares de Latinoamérica, de un proyecto de convivencia a otro en el que se supone que no hay sociedad?

FGR: Realmente no puede ser más curiosa la coincidencia y el simbolismo que hay casi en el corazón de Santa Fe: en el inmenso distrito financiero neoliberal que es la joya de la columna del neoliberalismo mexicano, pervive la capilla de Vasco de Quiroga. Lo podemos ver de dos formas: que Santa Fe se comió el proyecto comunitario de Vasco de Quiroga, pero también lo podemos observar de forma completamente opuesta.

En el centro de Santa Fe pervive escondida la capilla de Vasco de Quiroga, a la que no es muy accesible llegar porque es por una supervía o por unos callejoncitos medio extraños (por cierto: la acaban de restaurar y la tienen preciosa). A pesar de que toda esa utopía ha querido ser sepultada, en el centro del proyecto neoliberal, aunque sea en un área diminuta, pervive como un corazón latiendo de manera débil. Quizás con cierta inocencia, yo prefiero verlo así.

 

Ariel Ruiz Mondragón. Estudió Historia en la UNAM. Ha colaborado en diversas publicaciones políticas y culturales. En 2017 obtuvo el tercer lugar del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter. X: @lectorio2


Posted: September 2, 2026 at 9:01 pm

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