Fiction
Multitud Maldita

Multitud Maldita

Jaime Perales Contreras

Getting your Trinity Audio player ready...

Share / Compartir

Shares

Tuve la impresión de que me habían zurcido los párpados. Cuando me levanté, no pude abrir los ojos. Al intentar disponer de la visión externa en mi alrededor, fracasé en esa sencilla actividad: la línea superior y la inferior de mis pestañas, junto con las membranas móviles de mi piel, estaban completamente fundidas. Había una complicidad en todas estas partes de mi cuerpo que me impedía ver. A su vez, sentí una incómoda presión sobre la epidermis de mi cara, como si pequeños ganchos impidieran realizar la función natural a la que mi vista estaba acostumbrada. Lo intenté por varios minutos y fracasé. Quise gritar auxilio, pero estaba solo; vivía solo. Nadie me oiría, y los vecinos en el complejo del edificio no se molestarían en averiguar mi dilema tan grave. Era como estar encerrado en un féretro con ventanas y puertas. Traté de no desesperarme.

A tientas, pude levantarme de la cama y, a tropezones, me dirigí hacia el baño de mi departamento. Llegué al lavabo, abrí la llave del agua caliente y remojé mis párpados para ver si la humedad me permitía volver a la normalidad. Repetí la actividad en varias ocasiones y, nuevamente, fracasé en el intento. Seguían mis funciones visuales completamente paralizadas. Esta situación me empezó a causar gran pavor. Necesitaba ayuda, y al buscarla, me tropecé y caí de bruces al intentar encontrar el teléfono celular. No estaba sobre el buró, junto con el cargador. Alguien había entrado a mi cuarto, y la persona que me había hecho esto me había robado el teléfono. Querían que no me comunicara con el exterior.

Volví, nuevamente, a intentar abrir los ojos, pero el dolor al tratar de hacerlo era casi insoportable. Sentí que algo húmedo escurría del lagrimal; lo toqué y lo probé con mi lengua, y no pude identificar la impresión salina de una lágrima, sino la de una gota de sangre. Había forzado tanto mis párpados que, probablemente, había roto algunos vasos sanguíneos. No era para menos: al tratar de abrir los ojos, había sentido una lluvia feroz de pesadumbre física alrededor de mi cara. Por ello, a los pocos minutos, renuncié a mi vano esfuerzo por recuperar la vista. Volví al baño y me limpié la sangre con un kleenex, mientras me preguntaba: ¿Quién fue el que planeó este salvaje crimen? ¿Por qué me hicieron esto a mí? ¿Habría alguna cura para este mal? Pensé y pensé y pensé.

Como dato curioso, noté que estaba completamente desnudo al palpar mi cuerpo. Era extraño, porque recordaba que había llegado cansado del trabajo y que me había zambullido intempestivamente en la cama, sin siquiera haberme descalzado, y apenas si había tenido tiempo de quitarme el saco y desabrochar la corbata. Nunca en mi vida había estado tan cansado como esa noche en que caí y dormí. Nuevamente, intuí que alguien me había desvestido mientras dormía. ¿Me habrían acaso drogado con algo? Quise llorar, para desahogar mi frustración, pero no pude. Mis ojos se negaban a que pudiera liberar mi pena. Maldije en varias ocasiones y, como ocurrencia del momento, levanté la tapa del baño para orinar. El chorro del fluido se dispersó alrededor del piso por no contar con visibilidad, pero ése era el menor de mis problemas. No jalé el agua del retrete, como una tímida manera de rebeldía ante lo que me estaba ocurriendo; y, sin embargo, me lavé las manos como una muestra de disciplina social y de higiene. Sin querer, me quemé, porque accidentalmente abrí la llave del agua caliente. Era el colmo de la estupidez.

Me dirigí al clóset de mi cuarto, deslicé la puerta de madera y, a tientas, como si estuviera en una celda completamente oscura, escogí una camisa y unos pantalones. Me calcé un par de zapatos para salir del cuarto y pedir ayuda. Me encaminé a trompicones hacia la puerta; la intenté abrir, pero estaba cerrada. Traté de abrirla, pero toqué el borde con las puntas de mis dedos y noté que la superficie lisa de la perilla tenía unas extrañas costras. Adiviné que había sido soldada. Corrí hacia las ventanas para romper una de ellas y escapar, pero todas habían sido cubiertas con tablones de madera, según me indicaba mi tacto.

Descubrí también que todavía era de noche. Era cierto: no había dormido mucho, quizá tres horas, no más. Lo supe porque, en el cuarto de al lado, se escuchaba el noticiero de las diez. Era viernes, fin de semana; nadie en el trabajo notaría mi ausencia hasta el miércoles porque podía faltar hasta tres días sin avisar. Me encontraba preso en mi propio departamento.

Golpeé la pared para pedir ayuda; recordaba que mis vecinos eran un matrimonio joven. Si la golpeaba lo suficientemente fuerte, tal vez me ayudarían. Aunque no tenía muchas esperanzas, ya que solamente nos limitábamos a saludarnos en las mañanas con una sonrisa insípida. Golpeé varias veces, pero no encontré ninguna respuesta. Se oía la televisión a todo volumen: había pasado el noticiero de las diez y se estaba transmitiendo una película. De pronto, se apagó la televisión y hubo completo silencio. Volví a golpear para pedir ayuda. Grité que me había quedado ciego, o algo parecido, pero nuevamente no volví a tener ninguna respuesta.

Fui a la pared contigua para ver si los otros vecinos acudían en mi auxilio, pero no se escuchaba ningún ruido. Tal vez dormían, habían salido el fin de semana, se habían cambiado o, incluso, habían muerto sin avisarme. Nada. Simplemente nada.

Regresé a la cama para buscar alguna escapatoria a mi dilema y, de pronto, tuve la extraña sensación de que no me encontraba solo. Desde que había iniciado mi desgracia, pude notar un olor nauseabundo, como si el cadáver de un animal estuviera dentro del cuarto. Tal vez el abatimiento me motivaba a pensar que había alguien conmigo, porque tuve la impresión de escuchar un resoplido zoológico de fastidio y desgano.

—Hola —dije—, ¿hay alguien además de mí en mi departamento?

Sin respuesta.

—No puedo abrir los ojos. No sé si usted pueda ayudarme o aclarar mi situación, porque me encuentro encerrado sin poder ver a mi alrededor.

Sin respuesta.

A pesar de que no estaba completamente cierto de mi soledad, hablar conmigo me dio mayor tranquilidad y razón para pensar en una solución. Y decidí, entonces, entablar un monólogo.

Me llamo Jaime. Soy un empleado inofensivo que trabaja en el Centro de la Ciudad de México. Me gusta ir al cine los fines de semana, leer libros y coleccionarlos. Aspiro a ser, un día, un modesto escritor de novela y poesía. No soy más que eso.

Nuevamente, volví a oír el suspiro que había escuchado antes.

—Por lo que veo, tengo compañía —continué—. Y veo que no le gusta hablar.

Se oyó el resoplido más fuerte, como si fuera una respuesta.

—Lo entiendo. A mí, a veces, no me gusta hablar. Muchas veces no tenemos las ganas de hacerlo. Lo entiendo.

Ninguna respuesta.

—¿Tiene idea de por qué me están haciendo esto?

Ninguna respuesta.

—O, mejor dicho, ¿tiene idea de por qué nos están haciendo esto a nosotros?

Se oyó el resoplido nuevamente. Era una especie de réplica: mi acompañante probablemente también ignoraba lo que ocurría.

—¿Entonces lo encerraron conmigo contra su voluntad?

Se oyó el resoplido bóvido, fuerte, como de aprobación de lo que dije.

—Ah, ya nos empezamos a entender. Por lo que veo, no puede usted hablar y yo no puedo ver. Han suprimido dos distintos tipos de sentidos, como si esta fuera una prueba de alguien que desea ver nuestra reacción.

Ninguna respuesta.

Me dirigí, con gran dificultad, a la cocina y escarbé en la alacena. Tenía una pequeña colección de buenas bebidas, y las extraje de un mueblecito especial en donde las guardaba. Abrí una botella de scotch y serví en dos vasos el líquido. Se oyó nuevamente el resoplido bóvido.

—¡Ah, ve con aprobación mi gusto por el whisky!

Ninguna respuesta.

Fui al refrigerador y tomé un par de cubos de hielo, que puse en los vasos.

—¿Quiere acompañarme a beber? Las penas con whisky son menos.

Ninguna respuesta.

Acerqué el vaso hacia el infinito y se escuchó el golpe del cristal con una superficie desconocida.

—À votre santé —dije, y traté de chocar el vaso con mi acompañante. Fallé la primera y la segunda ocasión, debido a mi problema visual, y hasta la tercera se oyeron los cristales golpearse.

Bebí el líquido de un solo trago. La criatura que estaba conmigo —así la describo, porque no puedo hallar otra palabra, debido a que no encuentro ninguna clave que me indique si es hombre o mujer— bebió el contenido del whisky, porque se oyó el sonido de una garganta sedienta que pasaba el líquido a través de su tráquea.

Después de ello, la criatura tiró el vaso. No sé si accidentalmente o porque estaba molesta. Me intimidé ligeramente y traté de calmarme para que no detectara mi nerviosismo.

—No se preocupe. Esta noche no tenemos la obligación de limpiar el departamento, porque no veo ni una mancha —y me reí yo de mi chiste desafortunado.

Se oyó el resoplido bóvido que la criatura había entendido mi comentario. Le tomé fraternalmente la espalda y sentí, con mis dedos, que tenía una gran protuberancia desigual y áspera. Inmediatamente se alejó de mí, y su resoplido bóvido fue más severo, como el de un animal enfurecido.

—¡Perdón, no quise ofenderlo! —le dije—. Le pido mil disculpas. Solamente quería ser amigable.

La criatura, al parecer, volvió a calmarse. Algo me indicaba que era peligroso hacerla enojar.

Residimos en silencio por unas horas. La criatura estaba tan callada que creí que, nuevamente, estaba solo.

—¿Está todavía aquí? —pregunté.

Ninguna respuesta.

Pensé, en ese momento, lo horrible que sería pasar el resto de mi vida sin poder abrir los ojos. Pensé también que quizá nunca volvería a salir del departamento, y pensé igualmente que la criatura me mataría. Estaba ella ahí. Sólo era cuestión de tiempo para que ejecutara su actividad homicida. Lo supe porque, accidentalmente, rocé lo que podría ser una de sus manos. Sin embargo, lo que sentí era una coz filosa, en forma de cuña, como la de un animal vacuno de indefinible clasificación.

Esa cuña era una poderosa arma que podría concluir mi vida de manera instantánea y, más aún, yo no tenía ninguna oportunidad de defenderme debido a mis párpados. Tal vez por ello habían puesto a la criatura conmigo.

Sin embargo, por alguna razón, no cometía su propósito. Quizá, por curiosidad, continuaba prisionero de ella. O tal vez había cierta piedad en su actitud hacia mí.

—¿Me tiene lástima, por eso no me acaba?

Ninguna respuesta.

Me quedé sentado, pensativo, sobre el suelo. No encontraba la manera de comunicarme con la criatura, y tampoco hallaba la forma de salir de mi departamento. Tenía yo tanto miedo que había olvidado cenar. Usualmente, en situaciones como la mía, se olvida uno de comer algo, pero curiosamente tenía hambre.

Fui hacia el refrigerador con gran dificultad y recordé que tenía un poco de jamón y unos huevos cocidos. Con mis manos, pude alcanzar el alimento. Entonces, nuevamente, escuché ese sonido bóvido que manifestaba también su deseo por comer.

—Ah, pensé que ya se había ido. ¿Quiere comer algo?

Ninguna respuesta.

—Tengo suficiente para ambos.

Sentí, de pronto, esa cuña filosa que me arrebataba un par de huevos cocidos y algo del jamón.

—Me alegra que tenga usted apetito. Yo también lo tengo. No sé cuánto tiempo vamos a estar aquí atrapados, por eso deberíamos racionar los alimentos.

Ninguna respuesta.

Mientras yo comía, se oía el chasquido grosero y brutal de la criatura. Si se acababa el alimento —el cual es muy poco el que queda— probablemente me devorará sin reclamar.

De pronto, sentí que la criatura me olfateaba. Encontré, cerca de mi cara, ese aliento repulsivo, repelente, viciado: mezcla de vómito y sulfato de cobre que me había llegado desde el principio de mi encarcelamiento. Seguramente, me encontraba como un posible platillo exótico y delicioso. Pude, incluso, imaginarme unas enormes y filosas fauces que me masticarían sin remordimiento. Mi futuro estaba ya delineado.

Sin embargo, algo extraño e inesperado sucedió. Escuché a la criatura dirigirse hacia la puerta. Se oyó el sonido sordo y fuerte de un golpe, como el de un martillo —o el de su cuña— que violentamente golpeó la perilla de la puerta; el pedazo de metal cayó al suelo tras el descomunal impacto. Se escuchó el sonido de la puerta abrirse… y, de pronto, nada. La criatura, al parecer, se había ido. O se había empalagado de mi compañía. O tal vez no era lo suficientemente suculento para ser devorado por ella.

—¿Vecino? —me dijo una voz.

Era el matrimonio joven que entró al departamento al haber escuchado el tremendo sonido de la puerta. Les expliqué rápidamente lo que me pasaba. Ellos aseguraron no haber visto a nadie salir: ni a la criatura, ni a los individuos que me habían encerrado. No me creyeron mucho mi historia y, mientras les relataba todo, de pronto, empecé a abrir lentamente los ojos. Era como si, al abrir la puerta y al retirarse la criatura, las suturas que aprisionaban mis párpados se hubieran disuelto.

—¿Vecino, se siente bien? —me preguntaron.

—Perfectamente —les contesté, balbuceante.

Ahora veía perfectamente las caras de sorpresa del matrimonio, que me observaba como si fuera un animal dentro de la jaula de un zoológico.

—¿Quiere que llamemos a un doctor, a un familiar o a la policía?

Les contesté que no era necesario. Si sentía la necesidad, yo lo haría en algún momento. Y les agradecí su preocupación y buenos modales. Ellos, después de disculparse, se apresuraron a regresar a su departamento para concluir de ver el programa de televisión pendiente.

Me alegré de la actitud de mis vecinos. Había regresado a esa alegre multitud maldita, a la que yo pertenezco: es decir, simplemente, a la gente ordinaria y habitual.

 

*El presente cuento forma parte del libro de relatos Damnare Turba (Cuentos de amor, horror y muerte). 

 

Foto de Nathan Wright en Unsplash

Jaime Perales Contreras. Escritor, ensayista y comunicador. Trabajó durante doce años en la Organización de Estados Americanos (OEA), en la sede en Washington, D.C., en las áreas de Democracia y Seguridad humanitaria. Entre sus distinciones, ha obtenido la John William Fulbright Scholarship, la beca del Consejo Británico y la del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). De sus libros, se publicó una nueva edición corregida y aumentada de su ensayo biográfico Octavio Paz y su círculo intelectual (Ediciones Coyoacán, 2017), su volumen de relatos se titula El gallo que fingió ser Jorge Luis Borges (Fontamara, 2015) y su último libro de ensayos sobre la relación entre el séptimo arte y la literatura  se titula Leer Cine (Fontamara, 2020). Actualmente es profesor de cátedra del Tecnológico de Monterrey en el Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. De su libro sobre Octavio Paz, el escritor Mario Vargas Llosa comentó de este como una obra de consulta obligada.

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.


Posted: October 5, 2025 at 4:12 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *