UNA DICCIÓN Y UN ARTE SEMBRADOS DE COMIENZOS
Mayco Osiris Ruiz
• Jordi Doce: La insistencia. Cuaderno negro (Pretextos, 2025, 131 pp.)
Con La insistencia entrega Jordi Doce un libro que dilata y ahonda en los extremos de la veta expresiva iniciada en las páginas de Hormigas blancas. Más lejano resulta, sin embargo, el impulso vital de donde se desprenden sus más inveteradas obsesiones. Autor, en verso y prosa, de un ya considerable número de libros, el poeta de Gijón ha sabido erigir un universo estético en el cual la mirada intenta penetrar el alma de las cosas. O, dicho de otra forma: sorprender, bajo la piel del mundo, lo desacostumbrado, una señal o un signo del misterio que nunca se revela y quizá, por lo mismo, nos obliga “a creer en lo invisible”.
Ese universo, cuya única constante es la interrogación, se destaca también por el deseo de dar a la poesía una ejemplaridad menos retórica que metafísica. El poema no es sólo el artificio de unas cuantas palabras templadas en el fuego de la preceptiva: es una fe pletórica de dudas y, como tal, un derivar constante detrás de esas verdades que podríamos llamar existenciales. Quizá por ello, como si anticiparan el carácter difuso de su búsqueda, sus palabras prorrumpen desde una libertad enunciativa sin límites precisos, quiero decir, no atada a los designios de un sistema poético invariable. El resultado: un desfile de formas que fagocitan formas y parecen fundar, cuando no una respuesta, un punto de inflexión:
Nadie me pregunta, pero no dejo de responder. Quiero decir: escribo.
***
Camino siempre hacia adelante, pero no dejo de ir en círculos.
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La poesía no da respuestas, sólo dice. Una piedra que habla.
La insistencia, a mi modo de ver, es un libro volcado sobre las obsesiones más representativas de la poesía de Doce y, por ello, ceñido a las matrices y vetas de sentido a partir de las cuales ha ido definiendo no tanto una poética como una convicción sobre el hacer y el arte del poema. Sin embargo —ya por su reticencia a la estabilidad, ya por la desconfianza meramente instintiva en moldes y preceptos de escritura—, resulta, al mismo tiempo, un libro atípico, distinto en su manera de trascender el cerco de la literatura mediante un ejercicio introspectivo cuyo interés no apunta a los misterios del proceso creador, sino a la indefensión de quien escribe en el momento justo en que lo escrito decide devolverle la mirada:
Que un libro se construye y se levanta palmo a palmo es un hecho. Pero de qué lado de la entrada se quede el constructor, si fuera o dentro, es del todo azaroso y no depende de él.
***
¿Escribir? Ahora mismo se parece demasiado a sacarle brillo a la niebla que nos envuelve.
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De tanto escarbar y hurgar en la tierra del jardín, he dado con un fondo mineral, roca fría: esta página.
¿Dónde situar, no obstante, la singularidad de una escritura sin grandes disonancias? ¿Cómo hallar un aparte en el itinerario de una voz cuyo norte parece residir en la encomienda de descender sin miedo —“sin ropas ni disfraces”— a la “sala de máquinas” del corazón? La respuesta, intuyo, reside, justamente, en esa búsqueda y, más importante aún, en cuanto le demanda a la imaginación y a la lengua que habrá de soportarla. El fragmento, escribió Roland Barthes, no sólo vive aislado de los otros fragmentos: ensambla referentes de manera heteróclita, puesto que, en su interior, “reina la parataxis”. El desafío, entonces, no implica homologar materias muy disímiles ni fundirlas después en el crisol de un orden ya temático, ya discursivo: demanda imaginar, quiero decir, crear, una lengua capaz de vincularlas:
Un habla de cubil, de madriguera.

Ese apotegma, o bien, ese verso rotundo y unimembre, propone una matriz de significación tan porosa y flexible que puede construir un tipo de metáfora no sólo inagotable, sino también dotada del poder de pasar de un entramado sígnico a una condición de la escritura. Para entenderlo, bastaría con trazar una correspondencia entre la fuerte carga emocional del libro y el horizonte abierto por esas dos palabras (cubil y madriguera) cuya curva melódico-semántica remite, en un primer momento, tanto a la intimidad y hondura del discurso como a esa sensación de ir hacia adentro, hacia ese punto ciego en donde todo —la escritura, el ser— actúa como remanso y amenaza:
Una claridad hecha de grietas.
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No se llega sin más al claro del bosque. Antes hay que limpiar, desmochar, talar muchos árboles. Antes hay que abrirse paso con machete, con sierra, con hoz. En uno mismo.
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…abrimos huecos y galerías en nuestro interior para que el yo pueda perderse de vista a sí mismo; montamos estantes y armarios roperos para que la memoria pueda repartir cómodamente sus fardos.
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Has atravesado la cortina de agua, la ducha fría de la realidad. Ahora estás dentro de la cueva, en la penumbra, tembloroso y helado. En la bocamina. Filón y laberinto.
¿Será, acaso, este vínculo entre idea e intención, entre palabra y mundo, algo más que el engarce de esas búsquedas mínimas dispuestas y pensadas para “sembrar astillas” en las páginas? ¿Más que una prueba más de esa ejemplaridad carente de retórica en la cual el lenguaje se vuelve el escenario de su propia invención? Pienso, animado por ciertas expresiones, ciertos juegos de imágenes en donde las palabras asumen, por idea y semejanza, una apariencia y una finalidad caligramáticas (“Una frase larga y esbelta como un cayado, para echar a andar”, “Estas frases: un desfile de cojos blandiendo con orgullo sus muletas”) que esa “habla de cubil” se proyecta, a su vez, sobre la forma en sí, ya sea como metáfora de un decir concebido desde la anomalía y la extrañeza, ya como la bisagra de la movilidad y de la fluctuación de una escritura radicalmente extraña e inestable: frases que son sentencias que forman aforismos que también son poemas:
Escribo para perderme de vista.
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Literatura de sensaciones fuertes y pensamiento débil.
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Las manos ahuecadas, para recoger el aliento de los caballos al amanecer.
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Las raíces conversan entre sí, tienen su propia clase de pájaros.
Visto de esta manera, resulta tentador concebir La insistencia como un libro mudable o que, constantemente, necesita mudar su espacio enunciativo. Aun si el imaginario, o bien, los distintos niveles que lo constituyen (la muerte, el luto, la indefensión, la infancia, la soledad, la duda, lo poético, el arte, la tecnolatría…) precisan ordenarse en función de un sentido o de alguna retórica de la distribución, cada uno exige ser tratado desde una sensibilidad particular, desde un procedimiento metadiscursivo “de comillas inciertas, de paréntesis flotantes”. “Estoy —dice la voz poética— silbando la partitura de mis cicatrices”. Y algo más adelante: “Después de todo, el poema es un puente que inventa su río”. Fragmentos, según puede advertirse, altamente simbólicos, pero también dotados de un potencial estético que apunta ya no a un libro de temas, sino más bien de formas y modos de decir:
Dedico la jornada a hacer ejercicios preparatorios para la voz. Practico escalas, me aclaro la garganta. Lleno el cuaderno con toda clase de ensayos y prácticas de canto. Pero no hay canto.
***
Quiere ser capaz de decir el mundo sin echarlo a perder.
Finalmente, como todo ejercicio regresivo, quiero decir, que mira hacia la vida con prudencia y distancia (“Para incubar tu Libro Negro, debes estar dispuesto a pasar horas, días, semanas, bajo un sol de justicia”), La insistencia es el haz y el envés de un sujeto que busca entre sus restos, entre una idea del mundo y su refutación, un modo de afirmar lo que la muerte ha vuelto corruptible, incierto, vacilante. Nada conviene más a esa tarea que la fidelidad o la insistencia en un arte y una dicción sembrados de comienzos, de palabras “misántropas” que forman aforismos como un recordatorio “de que el ser humano, a pesar de su mortalidad, no ha nacido para morir, sino para comenzar una y otra vez”.
Mayco Osiris Ruiz (Xalapa, Veracruz, 1988). Poeta y crítico. Ha publicado en revistas como Sibila, Palimpsesto, Literal. Latin American Voices y Letras Libres. Es autor de El revés de esta luz (Taller Ditoria, 2015). Twitter: @MaycoOsirisRuiz
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Posted: April 9, 2026 at 11:08 pm







