Essay
100 protagonistas de la Generación Inexistente

100 protagonistas de la Generación Inexistente

Jaime Mesa

Narradores mexicanos nacidos entre 1970 y 1979

La Generación Inexistente se compone de 100 narradores mexicanos nacidos entre 1970 y 1979 que, compartiendo rasgos comunes o no, son el corpus del que el tiempo, los lectores y la historia literaria rescatarán 15, 20 o, con suerte, 30 autores que en diez años tendrán entre 56 a 46 años de edad.

Esta es una no generación porque un rasgo primordial es la insistencia en no ser generación debido, entre muchas cosas, a la distancia cronológica entre ellos. Sin embargo, como ninguna otra en el pasado es una generación descentralizada (muchos viven en donde nacieron o en algún lado distinto al centro, y desde ahí escriben y publican: rasgo importantísimo) y unida todo el tiempo por internet y las redes sociales. Ya no se encuentran o intercambian opiniones solamente en las ferias del libro o festivales, ahora promocionan su obra, tienen discusiones o están al tanto de la vida del otro a través de Facebook o sus blogs. El correo electrónico sirve para que en minutos compartan sus manuscritos. Entre los pequeños grupos unidos por afinidades literarias o amistad se van leyendo, aunque debemos externar la duda inicial de si se leen a cabalidad entre ellos mismos y, acá viene la artillería pesada, ¿son leídos por el gran público?

Sus puntos de cohesión, que no existían hace diez años, más que propuestas estéticas similares (es una generación que escribe muy distinto) comienzan a cimentarse en las obras mayores que sus integrantes han escrito y que han ganado una suerte de consenso. Esta era una de las primeras objeciones que se le hacían: que no existían obras importantes. Aún son pocas pero por fin han aparecido: Trabajos del reino (2004) o Señales que precederán al fin del mundo (2009); La torre y el jardín (2012); La fila india (2013) o Méjico (2015); Canción de tumba (2011) o La Casa del Dolor Ajeno (2015) y Las tierras arrasadas (2015) son obras centrales, que se discuten y que reúnen un estado común de aceptación mientras aparecen listas, antologías, textos que prematuramente quieren encerrar en diez, quince o veinte casillas un universo que apenas se conforma, del que aún la mayoría de los lectores no lee ni un 30 por ciento (ya sea por desinterés, desconocimiento o por la cantidad de obras que han aparecido), y que poco a poco comienza a atraer la atención del gran público (de manera muy lenta), de la crítica y de la academia.

Otro punto importantísimo es el referente a las constantes menciones de ser una generación “huérfana” por no tener padres literarios en la generación anterior. Esto curiosamente se ha matizado y creo que dará pie a una suerte de estudios que Cristina Rivera Garza atisbó en 2010 y del que hablaré más adelante: vincular a la nueva generación con sus afluentes hallados en la tradición literaria mexicana.

Cada vez es más habitual que en homenajes, antologías, libros de ensayos, menciones, entrevistas relacionadas con los protagonistas de la literatura mexicana sean invitados los Inexistentes para hablar de Juan Rulfo, Jesús Gardea, Francisco Tario, Jorge Ibargüengoitia, Fernando del Paso, Daniel Sada. Aunque la relación de los autores de la generación con la literatura del Boom es desigual, la mencionan. Además, a través de ciclos organizados por el Estado (“Lo joven y lo clásico”, por ejemplo), los autores de los setenta dan conferencias en torno a Cervantes, Dostoievsky, Herman Melville, Edgar Allan Poe o Bram Stoker.

Al contrario de la generación anterior, que estaba empeñada en matar al padre y, como ya hemos dicho, basaba parte de sus esfuerzos en crear estéticas a la par o en contra, y traspasando la etapa de “orfandad” muchas veces declarada por la Generación Inexistente, sobre todo por carecer de figuras enormes como padres (porque Daniel Sada y Juan Villoro son de los cincuenta), existe ahora una intención de convivir literariamente con los abuelos. Si no hay abuelos (o tatarabuelos) únicos, sí existen ciertas señas que son declaradas o incorporadas o en su literatura o en su discurso. Si bien no es un ejercicio de adopción porque los abuelos siempre habían estado ahí, ya pocos han optado por darles la espalda directa o indirectamente. Después de revisar la tradición literaria mexicana, Emiliano Monge ha encontrado pistas en común que lo relacionan: “Mi tradición literaria es la del hombre cargando a otro hombre”, acuñó, y destacando entre todos los ejemplos menciona a “¿No oyes ladrar los perros?” de Rulfo. Y aunque otras aseveraciones son más abstractas y se relacionan con literaturas de otros países como Luis Panini que ha dicho: “mi tradición es la del hombre hiperbólico en la que todo representa un artificio”, o un autor de la generación de los ochenta como Franco Félix que declara: “mi tradición es la del tipo que se arrastra. El Molloy de Beckett”; Antonio Ortuño logra ya una síntesis de su obra en el mundo global mencionando positivamente la mexicana: “mi tradición es la de los satíricos sociales, si tal cosa existe. Pienso en una línea imposible con Brecht, Amis, Céline, Waugh. Y sería la de Ibargüengoitia; el humor negro social”; o David Miklos que pensando un instante acierta: “la del instante infinito de Elizondo”. Así, pensar en un autor como Eduardo Montagner sería imposible sin considerar, digamos, a Juan Vicente Melo y a Sergio Fernández, ambos autores mencionados y admirados por este autor.

No hay padres, posiblemente, pero los abuelos y, sobre todo, tatarabuelos, que siempre han estado ahí comienzan a notarse en la Generación Inexistente. Y más que los discursos, lo veremos más adelante, comienzan a escribir obras que sin ser nacionalistas tienen a México y sus problemas como eje central. Esto ocurría con una frecuencia corta y ahora parece iniciar una onda expansiva que contagia a muchos.

Además, hay que hacer notar que ahora, al contrario de la jerarquía de los parentescos, si de generaciones se habla ocurre un desfase: los padres son más bien los tíos o los primos; los abuelos, los padres; los tatarabuelos, los abuelos y así sucesivamente. Así, Daniel Sada podría volverse un genuino padre literario de la generación de los nacidos en los setenta y Fernando del Paso, Salvador Elizondo, Jesús Gardea, etcétera, tatarabuelos. Como veremos más adelante, aun con diferencias, la generación de los sesenta y setenta parece, más bien, una convivencia entre tíos, primos y sobrinos.

La Generación Inexistente son 100 nombres que quizá alcancen los 130 en un tiempo y que ha negado o reforzado los elementos iniciales con los que se le trató de explicar. Es una no generación que ha madurado, que va cobrando desapariciones parciales que publicaron de manera muy temprana (Ruy Xoconostle (1973), Fran Ilich (1975), José Ramón Ruisánchez (1971)), que descubre sorpresas admirables aún avanzada la marcha (Rafael Ferrer, 1975) y sobre todo es una generación que ya se prepara para enfrentar su selección natural. La mexicana, no es una literatura que soporte a 50 o más autores de primer orden como una generación como la, digamos, norteamericana. No existen ni los medios ni el mercado ni el público.

Tomando de ejemplo la generación anterior, que en un censo aparecido en La generación de los enterradores (2000) de Ricardo Chávez Castañeda y Celso Santajuliana, consigna a 130 autores de los que sólo le seguimos la pista a 15 o 20. Esa lista decantada exclusivamente por el tiempo, resiste cada vez más un enfrentamiento con lectores, críticos o escritores. En una parte de ese libro, los autores lanzan una lista de los 17 libros “más interesantes que ha dado la estrella de la generación”, ya que basan logros y hallazgos estéticos en cinco vértices: Relevancia anecdótica, Caracterización, Metaliteratura, Solidez estilística y Rareza. La lista es la siguiente: De la infancia de Mario González Suárez, El umbral y El imaginador de Ana García Bergua, El festín de las esfinges de Ricardo Bernal, Nueve Aquitania de Jordi Soler, Diorama de Vicente F. Herrasti, La emperatriz de Lavapiés de Jorge F. Hernández, El topógrafo y la tarántula de Patricia Laurent Kullick, Amarillo fúnebre de David Olguín, Los deseos y su sombra de Ana Clavel, En busca de Klingsor de Jorge Volpi, Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza, Estación Tula de David Toscana, Susana San Juan de Susana Pagano, Amphitryon de Ignacio Padilla, El principio del terror de Jaime Muñoz Vargas, En la alcoba de un mundo de Pedro Ángel Palou y Salón de belleza de Mario Bellatin.

Ahora bien, para visualizar los cambios y modificaciones, la no permanencia en el tiempo, basta sugerir a los 16 años de esa lista otra que, aun cuando muchos alzan la mano para cambiar nombres, elegir otra obra o exponer que olvidaron a seis de sus amigos, la que presento es lo más cercano al canon mexicano de los narradores nacidos en los sesenta (que tendrá cambios y definiciones en diez años):

Nadie me verá llorar o La cresta de Ilión de Cristina Rivera Garza

De la infancia de Mario González Suárez

Salón de belleza de Mario Bellatin

Santa María del Circo o El último lector de David Toscana

Legión de Pablo Soler Frost

Los deseos y su sombra o Cuerpo náufrago de Ana Clavel

Lodo o Educar a los topos de Guillermo Fadanelli

El Umbral de Ana García Bergua

Si volviesen sus majestades de Ignacio Padilla

Memoria de los días o Paraíso clausurado de Pedro Ángel Palou

Los límites de la noche o Tierra de nadie de Eduardo Antonio Parra

El camino de Santiago de Patricia Laurent Kullick

Pisot o El suicidio de una mariposa de Isaí Moreno

La Corte de los Ilusos de Rosa Beltrán

Hipotermia de Álvaro Enrigue

A pesar del oscuro silencio de Jorge Volpi

Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas de Javier García-Galiano

La sed de Adriana Díaz Enciso

Es importante señalar algo: aunque la producción de estos autores, más adelante, pudo o no entrar en el gusto de la crítica o de los lectores, aunque pocos se pongan de acuerdo en la calidad de los libros que produjeron después, a veces elogiado o denostado por el gusto individual o de cierta corriente, estos libros resisten (a veces con ligeros cambios) la opinión general y logran algo inédito y síntoma de buen camino: consenso.

Pero seguir el rastro de las ausencias o de las incorporaciones o de la publicación de nuevas obras de autores que ya aparecían es una buena forma de “leer” la evolución natural de la literatura mexicana y es síntoma de que ni siquiera la generación de los nacidos en los sesenta es un bloque inamovible. Y, seguramente, en 16 años, podríamos revisar muchos cambios más.

La Generación Inexistente en pleno

En 2008 era una buena idea trabajar con un puñado de temas sobre la generación más nueva en el panorama literario mexicano. Hasta ese momento, la generación de los nacidos en la década de los años setenta había sido columna vertebral de cinco antologías y de cinco textos “manifiestos”, donde se intentó un esbozo general de las particularidades de estos escritores. Un censo acelerado dictaba unos 60 autores cuya presencia en el medio literario los enfrentaba ya con lectores y críticos.

El siglo XXI era un hecho y cada vez se tenían menos noticias del Crack, el último movimiento literario mexicano fundado casi de manera arbitraria en 1996.

A pesar de que la diversidad de tendencias de los escritores nacidos entre 1970 y 1979 decía otra cosa nos sentíamos de alguna manera parte del mismo viaje. Ya lo dije antes: internet se volvió zona de confluencia porque una de las particularidades de la generación es que, a diferencia de los anteriores, habían decidido quedarse a vivir y a trabajar su obra en sus ciudades de origen.

Esa conciencia de “escribir solos pero no aislados” generó una suerte de mito en el sentido de que todo estaba sucediendo “aquí y ahora”. Más que los temas, el silencio de la escritura fue la sala de espera antes de la batalla que aguardaba con bombazos editoriales. En el 2000 sólo un par de autores de esta generación tenía más de tres libros publicados y la cartografía estaba por construirse. Las señas se identidad (nos dice José Carlos González Boixo en Tendencias de la narrativa mexicana actual, 2009) eran claras: la metaficción, el relato histórico, lo fantástico, el intimismo, la marginalidad de los barrios urbanos, lo escatológico o la denuncia, marcaban un territorio sin territorio, una dirección con muchas vías alternas. Además, internet sesgó la mirada hacia un punto definitorio: en muchos casos la diferencia de edad (nueve, ocho, siete años) entre los autores de esa generación negaba, por sí mismo, el hecho de que las búsquedas estuvieran concentradas dentro de una sola energía. Eran 60 escritores cuya particularidad más obvia es que ninguno se parecía a otro.

Más que las antologías, lo que verdaderamente reveló las dudas y preguntas acerca de este pelotón que avanzaba vertiginosamente fueron los textos “Historias para un país inexistente” de Geney Beltrán (2004-2005), “Aquí, ahora: cuatro notas sobre la nueva novela mexicana” de Rafael Lemus (2007), “Relevos después del neoliberalismo; Trece hipótesis y una disección dialéctica de la literatura mexicana actual” de Pablo Raphael (2007), “Introducción a Grandes Hits” de Tryno Maldonado (2008) y “La Generación Inexistente” de mi autoría (2008).

Lo que se notaba, aunque había una intención inútil de buscar confluencias, era el eclecticismo que permeaba la obra incipiente de la mayoría. No se podía hacer, entonces, una cartografía de temas.

Ahora en 2016 la lista de autores de esa no generación ha llegado a 100 (mañana serán 110 y así sucesivamente). La Generación Inexistente, ahora, tiene en Guadalupe Nettel un premio Herralde de novela (2014); en Antonio Ortuño a un mencionado en la revista Granta en 2010, entre los 22 escritores jóvenes en lengua española; dos premios Jaén de Novela: Julián Herbert en 2011 y Emiliano Monge en 2012, además de varios premios nacionales de literatura en sus distintas vertientes. Aún a ninguno le ha llegado el Premio Xavier Villaurrutia de escritores para escritores pero, acotando que la generación anterior, la de los sesenta, sólo tiene a tres premiados (Pedro Ángel Palou, Mario Bellatin y Christopher Domínguez Michael) se vislumbra una tardanza en las generaciones nuevas por parte de este galardón.

Quizá las cuatro antologías recientes más importantes y que contienen a autores de esta generación son: 20 años de Narrativa. Jóvenes Creadores de FONCA que con selección y prólogo de Eduardo Antonio Parra publicó Conaculta en 2010 y que consigna a unos 19 autores de los setenta de cuarenta autores en total (el resto: casi todos de los sesenta). Luego viene 22 voces. Narrativa mexicana joven, vol. 1, compilada por David Miklos y que en 2015 lanzó la editorial Malaletra. Hay que destacar que acá ya encontramos a tres autores de la década de los ochenta. También podemos revisar: República de los lobos. Antología del cuento mexicano reciente (Algaida, Cádiz) con selección y prólogo de José Manuel García Gil y que resulta interesante por la visión desde la lejanía.

La última, que podría resultar ahora la visible y, por lo mismo, más polémica, sobre todo porque tiene un carácter de oficial (y que, cabe decir, también ya incluye a autores de la generación siguiente) es México20. New Voices, Old Traditions, proyecto editorial del Hay Festival, Conaculta y el British Council publicado por Pushkin Press que recientemente apareció en su versión en español.

Sobre esto Fernanda Melchor (1982), en entrevista con La Tempestad, lanza un dardo que podría darnos una pista para las siguientes revisiones de la generación: “La selección ya es una especie de institucionalización cuyos objetivos latentes escapan al control del autor, y formar parte de una selección impulsada por una institución gubernamental hace que la atención recaiga sobre la persona del autor, y no sobre los textos. Y eso es triste. Al centro de la discusión deberían estar los libros”. Dato interesantísimo si lo contrastamos con la noción: hay 100 narradores pero ¿hay 100 libros dignos de estudio?

Volvemos a la idea inicial: por el momento es imposible someter a 100 narradores en pleno crecimiento a antologías de 10, 20, 30 seleccionados. Nos puede dar pistas, sí, quizá el interés por sintetizar temas, posturas y estilos pero aún cualquier lista se tornará polémica e incompleta porque estamos en el clímax del aprendizaje, madurez de los escritores de la generación. Falta que seamos leídos y que el tiempo pase. ¿Habrán sido bien leídos esos 130 autores de los sesenta que consignaba La generación de los enterradores?

Sobre las discusiones que se han tenido, las exposiciones de ideas, el discernimiento sobre el fenómeno que el boom editorial iniciado entre 2002 y 2004 para editar autores de esta generación que hasta ese momento sólo tenía un rasgo en común: la aparición año con año de obras de más autores, hasta ese momento desconocidos o con visibilidad sutil, podemos encontrar ya un panorama interesante. En aquel temprano 2008, Miguel Ángel Hernández Acosta nos recuerda que Heriberto Yépez en el texto “Debate entre setenteros”, publicado en Milenio Diario, había dicho que era imposible hablar de esta generación pues “apenas poseen dos o tres libros, cuando no ninguno, y todavía no maduran ni se han vuelto heterodoxos de su mundo”. Hernández Acosta agrega que a la par de los elementos que más o menos daban rasgos de similitud (“una generación desunida, libre y en soledad”) uno de los puntos más criticados de, por ejemplo, mi lectura de la generación fue mi señalamiento de que para ese momento ninguno había escrito la “gran novela” ni descubrían su “gran tema” como sí lo había hecho Carlos Fuentes u otros a esa edad. Todas estas ideas quizá desaparecieron. Casi todos los autores de la generación han llegado a los tres o más libros y, sobre todo, hay muestras, como ya mencioné al principio, de que existen obras mayores entre ellos.

Aunque de manera tardía, en relación con otras generaciones, la mayoría de edad comienza a llegar a los autores de la Generación Inexistente. Así que esa noción inicial de una gran cantidad de obras pero ninguna de una calidad amplia y manifiesta ha desaparecido.

¿Adónde voy con todo esto? Quiero señalar que ya existe un corpus amplio para ir perfilando, ahora, más que similitudes, diferencias y rasgos predominantes en las obras que hasta el momento ya se han publicado. Y que los rasgos “nuevos” pueden dar verdaderas señas de identidad literarias, en principio relacionándolos activamente con la enorme tradición literaria mexicana. Además, sería pertinente ver qué ideas y conceptos han permanecido desde que se plantearon las primeras ideas, vagas, sobre la generación y ahora que se pueden contrastar con el hoy que fue futuro. Para finalizar, quizá, puede resultar interesante el análisis de 15 o 21 libros que pertenecen a una Obra individual, que por sí solos podrían reunir las características para definir el mundo literario de esos autores y que han resistido el paso del tiempo, se siguen leyendo y son referencia o que, por su perfil “aquí y ahora” tienen buenas posibilidades de sobrevivir los siguientes diez años.

La Inexistencia nos hará libres

Ya muchos han declarado, sin dejarlo por escrito aún, que lo que ocurre ahora, la era que estamos viviendo en la literatura mexicana, inició en 1999 con la publicación de tres obras señeras: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe de Daniel Sada, Un asesino solitario de Élmer Mendoza y Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza (las tres publicadas en Tusquets). Emiliano Monge se va un poco más atrás y ha declarado: “Fernando del Paso hirvió, destiló y condensó todos los barroquismos latinoamericanos, hasta volverlos por primera vez traslúcidos. Y de esta operación, del resultado que son esas celosías que a pesar de ser barrocas y de estar talladas en piedra dejan pasar un rayo de luz: de José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, somos hijos todos los escritores mexicanos que nacimos después de 1970”.

Un punto curioso e importante a destacar es que en 1999 también apareció Una ciudad mejor que ésta, una antología compilada por David Miklos que presentó a 13 “nuevos” narradores mexicanos nacidos a partir de 1960. Estos autores, bajo el ojo avizor de Miklos, conforman hoy en día el núcleo de esa generación. Lo importante para el tema que abordamos en este texto son las similitudes entre la generación de los sesenta y su prima la de los setenta que en el prólogo se consignan. Primero: “la ausencia de crítica política, social o económica”; segundo: “se evita casi toda referencia a ‘lo mexicano’”; de lo cual se desprende que: “Todo pareciera indicar que no pretende heredar la tradición de sus antecesores inmediatos”. Otra más: “los presentes prefieren recrear la literatura que inventarla”.

Ahora bien, los matices surgen: si bien si el principio de la Generación Inexistente marcaba una cercanía a estos cuatro puntos, en el último lustro parecen haber tomado una desviación. Ya hay una cercanía con una literatura, si no crítica, preocupada por sucesos políticos, sociales o económicos, y ya hay referencias expresas hacia lo mexicano. Y la reivindicación de la tradición parece ser algo ya más o menos aceptado, directa o indirectamente. El único punto que se mantendría es el último: no hay un afán de experimentación real en la mayoría y aunque Carlos Velázquez, Nicolás Cabral y otros lo están intentando, la inercia va hacia el realismo y la permanencia de las formas al narrar. El final del prólogo, eso sí, marca una diferencia fundamental: en la de los sesenta “sus obras son casi siempre breves y pocos de ellos son novelistas de largo aliento” en sus inicios. El boom editorial que sustentó el nacimiento de la Generación Inexistente se basó mucho más en novelas que en libros de cuento. Aunque hay buenos cuentistas, la marca de la generación, ya sea por el gusto, el mercado o por una preferencia individual, es la novela.

Así que extendiendo la idea: la Generación Inexistente nació en 1999 a la par de cuatro obras: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Un asesino solitario, Nadie me verá llorar y la antología Una ciudad mejor que ésta.

¿Qué convendrá en este momento? ¿Generar una lista (otra) de la generación? ¿Hacer otra antología? Sí, mientras sirva de difusión acá y en otros países para dar a conocer nombres y libros. Pero no sirve para revisar nada.

Lo primero, entonces, sería cruzar nociones que se dijeron en los primeros textos de la generación con la evolución temática, estilística, formal de estos escritores.

En su texto “La generación de los 70 a través de sus novelistas: un acercamiento”, Miguel Ángel Hernández Acosta propone un ejercicio de jerarquización bastante interesante:

Siguiendo la teoría de que el individuo tiene tres grandes transformaciones en su vida (la sexual, la ideológica y la religiosa), esta generación ya se definió sexualmente en las primeras novelas que editaron: eran los jóvenes rebeldes que se reafirmaban en personajes drogadictos, con una vida sexual muy activa, que vivían en la fiesta y para quienes el trabajo sólo era una forma de obtener el dinero que les permitía disfrutar de su vida (véase Pixie en los suburbios, de Ruy Xoconostle Waye, nacido en 1970, o Un mundo infiel, de Julián Herbert, quien nació en 1971).

Algunos otros ahora pasan por la conversión ideológica, donde niegan las tradiciones, se enfrentan a las reglas impuestas por la sociedad y tratan de impulsar sus nuevas creencias: quieren demostrar que se han liberado del pasado y ahora ellos crean el mundo (véase Temporada de caza para el león negro, de Tryno Maldonado, 1977; Perra brava, de Orfa Alarcón, 1979; o Imbéciles anónimos, de José Mariano Leyva, 1975).

Unos más, ya están en la transformación religiosa, en donde hallan la tranquilidad de afrontar en lo que creen y comienzan a escribir sobre sí mismos, con la paciencia del viejo que recrea su vida y acepta que, a pesar de sus defectos, puede sentirse pleno (ejemplo de esto sería Guadalupe Nettel, 1973, con su El cuerpo en que nací, o, de forma tangencial, Antonio Ramos, 1977, con El cantante de muertos).

Esto podría darnos un indicio para revisar el grado de madurez o la evolución de los escritores de la Generación Inexistente. O no. Revisar cada una de las obras con este lente podría comenzar a agrupar en los distintos grados de evolución de los autores. Conseguiríamos saber su “edad literaria”.

Fue interesante, pero sin seguimiento hasta donde sé, el brillante ejercicio que en 2010 implementó la escritora Cristina Rivera-Garza como un acercamiento a la elaboración de un mapa. Organizó a 17 escritores relacionándolos con su filiación a distintas tradiciones narrativas mexicanas. Partiendo de tres afluentes: Inés Arredondo, José Revueltas y Amparo Dávila, celebró mesas de trabajo obviando la edad de los autores pero nunca los matices que sus obras estaban anunciando. Negando la idea habitual de los textos sobre esta generación inexistente, respecto a que éramos escritores huérfanos y desencantados, Rivera-Garza pretendió seguir los ríos que necesariamente ha dejado la tradición y marcar coordenadas basándose en la lectura que había hecho de los invitados. A veces acertó, a veces falló, y fueron muchos quienes se sintieron extraños al ser mencionados en una u otra categoría. Sin embargo, es de celebrar ese enfrentamiento porque se concentró en las formas de escritura, en los temas, y en la proyección que cada autor, aún sin saberlo quizá, estaba generando. Pongo el ejemplo que me corresponde y que atisbé: en la tradición de José Revueltas aparecimos tres: Iris García (1977), Eduardo Antonio Parra (1965) y yo que nací en 1977. El análisis podría dejarnos cosas interesantes.

Ese, creo, es un primer paso luego de la borrachera editorial que habíamos presenciado hasta el momento. De alguna forma, lanzó un mensaje en el sentido de que si bien la generación de los setenta era huérfana y no estaba precedida por autores enormes (como sí las anteriores), es decir, no teníamos una necesidad consciente o inconsciente de “matar al padre” y no estábamos gastando las energías literarias en eso, de ahí el desparpajo en la elección de temas y formas de “otras literaturas, sí existía una obligada filiación a las tradiciones más importantes de este país. Pero, insisto, esta idea pocas veces continuó en otros planteamientos. Volvió al tintero la vieja idea de Roland Barthes de que la “pragmática de la novela futura es una pragmática de la novela pasada”. Idea que parecía no aterrizar en ningún texto o proyección hasta el momento. Se trataba, hasta entonces, de romper lazos, o acentuar que los lazos era débiles y menores. No había batalla ni eran declaraciones violentas. Sólo los padres y los abuelos estaban ausentes de una manera, hasta cierto punto, serena. El compromiso, entonces, era con uno mismo. Ni con el pasado, ni con el futuro: sino con el “aquí y ahora”. Este indicio remató las nociones que hasta ese momento se tenían o que fueron evolucionando.

Quizá uno de los recuentos más ordenados y diáfanos hasta el momento es la introducción de José Carlos González Boixo del libro que en 2009 coordinó y publicó: Tendencias de la narrativa mexicana actual (Iberoamericana / Vervuert Verlag / Bonilla Artigas Editores, 2009). El texto, llamado “Del 68 a la Generación Inexistente” consigna cinco puntos para definir las directrices del trabajo de esta generación literaria inexistente. Sobre este recuento podrían centrarse las observaciones sobre los cambios o la permanencia de las principales características que, al menos los textos iniciales, consignaron.

Luego de leer los cuatro “manifiestos” iniciales: “Historias para un país inexistente” (2004-2005) de Geney Beltrán; “Aquí, ahora: cuatro notas sobre la nueva novela mexicana” (2007) de Rafael Lemus; “La Generación Inexistente” (2008) de mi autoría e “Introducción” a Grandes Hits (2008) de Tryno Maldonado, José Carlos González Boixo, rescató para la posteridad cinco conceptos de entre todas las reflexiones. Aclaro, estos conceptos iniciales han ido variando y, creo, en esto se concentrarán los matices hacia el futuro.

  1. La existencia o no de una generación. En este sentido, González Boixo sólo hace énfasis en que existe un “espíritu generacional”, que en algunos casos es suficiente para agrupar escritores. Sin embargo, su acuse de daños es que en todo caso esa percepción es negativa. González Boixo acota que muchos de los integrantes presumen que “la renovación narrativa que desearían hacer ya fue realizada por sus predecesores”. También, comenta que aún cuando no existe un “manifiesto que exprese una voluntad de ser generación”, existe una pública relación entre sus miembros. Es decir, somos generación porque estamos en Twitter, Facebook y nos hablamos en los encuentros literarios y las ferias. Nada más. Esto confirma la dirección de muchas réplicas cuando de textos sobre la generación se habla. Sin embargo, en términos teóricos, autoras como Gabriela Valenzuela Navarrete, especialista en la Generación Inexistente, doctorada por la Universidad Iberoamericana con la tesis: Si no es ahora, será mañana… Panorámica de los cuentistas mexicanos en el tercer milenio afirma que sí estamos frente a una generación literaria en pleno. Para sostener su dicho trae a cuenta a Julius Petersen que “plantea ocho puntos de coincidencia que determinan o no la pertenencia de ciertos escritores a una generación”: herencia compartida, fechas de nacimiento cercanas, elementos educativos compartidos, constitución de una comunidad o relaciones personales entre los miembros del grupo, experiencias generacionales comunes, figuras líderes entre el grupo, lenguaje generacional y actitud crítica (pasiva o activa) hacia las propuestas de las generaciones anteriores”. Aunque la mayoría de estas características está clara, y unas puedan tener más comprobaciones que otras en la realidad, hay una que es muy característica pero no sintomática en exclusiva de la Inexistente pues ya la de los sesenta la compartía: “figuras líderes entre el grupo”. Por edad, podríamos encontrarlos en los nacidos en 1970 que tienen una trayectoria, lógicamente, más amplia y con más obra para analizar. Pero otros de menor edad como Antonio Ortuño, Guadalupe Nettel o Emiliano Monge gozan de galardones o menciones importantes. ¿O quizá el autor o autores que tengan una o dos o tres obras que, por consenso, sean las indiscutibles? Aún no ocurre.
  1. El “No Tema Mexicano”, como ya se dijo, salvo casos específicos, en un principio, el planteamiento de nuevas formas no ha sido una constante en esta generación. Pero sí observa un trabajo de renuncia con el fondo, había un interés de abandonar la idea de “una literatura nacional”; es decir, la expresión de una búsqueda de la esencial de lo mexicano. Esta búsqueda, particularidad que sí rompe con la tradición, había estado presente en la mayoría de las corrientes literarias. Pero si bien, el Crack fue insistente en este punto y de alguna forma lo propusieron, González Boixo señala que los nacidos en los setenta dieron un paso más: “ya no tienen necesidad de forzar su narrativa excluyendo de manera consciente el espacio mexicano, al asumir que no tiene la obligación de realizar una literatura nacional. México aparecerá o no, como mera localización de la historia, sin que interese como tema de reflexión”. Así, se presumiría que estos autores son escritores “globales”, que señalan el agotamiento de las literaturas nacionales. Se escribe de cualquier tema desde su preciado individualismo, diría Geney Beltrán. Este punto es importantísimo en cuanto de falta de urgencia o necesidad o de objetivo tiene. No se busca pero se consigue. Sin embargo, en los años recientes inició una tendencia que echa por tierra esa renuncia inicial. Novelas que dan cuenta de ello son: La fila india o Méjico de Antonio Ortuño; El cielo árido y Las tierras arrasadas de Emiliano Monge; Indio borrado de Luis Felipe Lomelí; Teoría de las catástrofes de Tryno Maldonado; o Catálogo de formas de Nicolás Cabral que, aunque indaga primordialmente sobre la forma, ficcionaliza situaciones y aspectos de un personaje central de la arquitectura mexicana. Son frontalmente “mexicanas” y muchas otras plantean ya situaciones, personajes y reflexiones sobre la identidad o ciertas vertientes inexcusablemente mexicanas que antes no aparecían. Problemas graves actuales en México como la migración, la violencia fruto del narcotráfico, el Estado como represor, grupos sociales, la marginación y pobreza, personajes de la cultura, y la búsqueda de la identidad vuelven a aparecer en oleadas que recuperan tradiciones de manera directa. Los escritores, poco preocupados hace diez años, ahora en sus libros y en sus declaraciones públicas, quizá sin otra salida por la realidad en la que vivimos, vuelven a México, claro, sin un afán nacionalista si no crítico.
  1. La generación de internet. La pregunta de si la generación de los setenta será la última que publique activamente en papel está en el aire. Aún existe una distancia entre “literatura seria”, la difundida a través de libros; y la informal, que navega en el ciberespacio todos los días y que tiene lectores de todo el mundo. Ahí, el tiraje se mide en “visitas” e incluso cualquier blog de un escritor incipiente tiene más visitas que los 3 mil ejemplares de una primera novela. Los límites “literarios” aún no están completamente marcados pero es cuestión de unos cuantos años cuando este síntoma de nostalgia dé paso a eliminar la barrera de la discusión de los “soportes”. El libro de papel será un objeto perseguido por unos cuantos, nosotros, los viejitos de los nacidos en los años setenta, seguiremos alabando sus cualidades, y habrá dispensadores de libros bajo demanda. La discusión será derrumbada por la costumbre. Los jóvenes de ahora ya leen la mayoría del tiempo en soportes virtuales. Y, como pedía el director del New Yorker hace poco, dejaremos de discutir acerca de si el e-book, o el blog, o el Twitter o los libros de papel son el soporte ideal y pasaremos a la verdadera discusión: hablar de Ana Karénina, Guerra y Paz, Pedro Páramo, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Volveremos a centrar, espero, la atención en las obras, en la literatura, más que en sus pasajeros y temporales soportes.

De cualquier manera, aún no conozco a muchos escritores que deseen ver su novela o libro de cuentos en un e-book antes que en uno de esos artefactos rústicos, mata árboles y estorbosos en las mudanzas que se designan con el nombre de libros de papel.

Este punto es fundamental porque nos enfrenta a uno de los principales, no sé si adversarios, o características contra los que combatimos todos sin excepción, los autores de esta generación: la falta de conexión con los lectores que sí existen y son muchos pero que no están leyendo los tirajes, ya lo dije, de mil, 2 mil o 3 mil, en los que es publicada la mayoría de los libros de los autores de la generación. Un texto en internet, de los mismos autores, tiene 5 mil visitas en un fin de semana pero ese autor no vende 900 libros en un año. Claro, el texto en internet es gratis, con fácil acceso, es mucho más corto. Pero no acaso ese primer acercamiento de un lector con las ideas, mundo interior y literatura de cualquier autor debería potenciar el interés de ese lector por leer más y mejor de ese autor. No sé. Es, de todos los puntos, el más importante (¿una literatura se construye sin lectores, sin críticos, sin academia?) y el rasgo que nos uniforma: publicamos mucho, todos los días aparecen novedades, pero no se están leyendo esos libros de manera importante. ¿Desconexión entre los temas de los lectores y del escritor? ¿Falta de una forma eficaz de mostrar esos mundos personales al gran público? ¿Mecanismos de distribución y difusión? ¿Ausencia de esos autores en donde están los verdaderos lectores? Este punto, que va de la mano de Internet, puede volverse uno de los jinetes del Apocalipsis para la Generación Inexistente.

  1. Una generación de becarios. La de los nacidos en los setenta es una generación que dispone de muchas posibilidades de apoyo. Becas, premios, publicaciones de Estado, estímulos. Basta hablar con escritores sudamericanos o de otras partes para ver la cara de terror y angustia ante el número desmedido de apoyos que los escritores mexicanos tienen. Eso, de entrada, supondría una cierta comodidad, o facilidad para escribir libros y que la calidad de la producción sería de primer orden. Ahí están los críticos para verificar si esto es así. Sin embargo, como una primera idea, esta facilidad sumerge al escritor mexicano en una competencia de curricula y no de obra. Podemos leer fichas bio-bibliográficas que consignan veinte premios literarios, diez becas, y con suerte uno o dos libros publicados localmente. La carrera de las becas provoca que la atención literaria se concentre en los tiempos, los plazos, los requisitos, y en la elaboración de un proyecto acorde con los jurados. Y, recalco, me equivocaría si insistiera en que la totalidad de los escritores jóvenes apuestan por esto. Pero es sintomático que buena parte de las conversaciones entre escritores jóvenes transcurran sobre estos temas. La preocupación por las becas o los concursos, por formarse una carrera literaria (lo que quiera que signifique eso) ha dejado de lado la preocupación literaria en algunas ocasiones. Sobre este punto se vuelve crucial revisar el texto “La ‘generación’ como ideología cultural: el FONCA y la institucionalización de la ‘narrativa joven’ en México” escrito por Ignacio M. Sánchez Prado. Claro, ante esto es necesario convocar un contrapunto mencionado un puñado de obras que son resultado de estos sistemas implementados por el Estado: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe de Daniel Sada fue escrita con una beca del Sistema Nacional de Creadores; y Trabajos del reino de Yuri Herrera, La Biblia Vaquera de Carlos Velázquez, Ojos que no ven, corazón desierto de Iris García, entre otros muchos más, aparecieron en el estupendo y variado catálogo del Fondo Editorial Tierra Adentro. Esos libros, de entrada, han sido parteaguas para esta literatura en formación, atrayendo formas, visiones y estéticas completamente revolucionarias y de enorme calidad.
  1. Una generación huérfana y desencantada. Sucede como cuando un escritor en ciernes va a una librería, toma un libro de la mesa de novedades, lo compra y en su casa tiene la ligera insinuación que si eso que está encerrado ahí entre páginas se publicó, la novelita que tiene en su cajón debería también publicarse y ganar un premio. No tener grandes escritores (un Daniel Sada por ejemplo) en una generación anterior produce una estabilidad, un cese del fuego, una comodidad que no siempre repercute en buenos libros. “La tendencia actual”, dice Gonzáles Boixo, “tiene un fuerte componente de hibridismo cultural, un marcado individualismo y una notable falta de proyectos ambiciosos. Pesan más las influencias globales que las locales”. Desde las nuevas tecnologías los escritores observan con frustración que la mayor parte del país sigue anclado en lo que para ellos ya es pasado. Esta, de alguna forma, “democratización” de la calidad confunde y genera en las nuevas generaciones un ánimo de que fácilmente, leyendo una decena de libros, escribiendo rabiosamente, puedan alcanzar las proezas halladas en las obras que se encuentran en las mesas de novedades y que son escritas por personas, además, con las que “conviven” en las redes sociales. El viejo “si él puede, yo también” que en muchos casos sirve como arrastre e impulso es un arma de doble filo al dar una falsa (¿en serio tan falsa?) creencia de que escribir y publicar es fácil y adolece de rigor.

Hace mucho tiempo nadie intenta un Palinuro de México, un Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, o un Terra Nostra. O sí pero han fallado. Las explicaciones estarán en los académicos pero es claro que entre la generación anterior a los nacidos en los setenta no hay un Rulfo, un Sada, un Fuentes, un Salvador Elizondo. No hay una competencia fruto de que la generación anterior lo hizo mejor, y el desencanto empieza a ser la constante.

Pero estos cinco puntos son las marcas de terreno de un mapa que, hay que decirlo, aún comienza a elaborarse. Falta al menos una década para hacer la revisión de los 100 autores (más lo que se acumulan año con año) y hacer un balance de la obra de cada uno de ellos. Como es natural, muchos dejarán de escribir por distintas cuestiones: “el mundo compite con la obra” y tiene sembradas mil trampas para evitar que un escritor complete su obra, como sostenía Roland Barthes. Sólo algunos, y esto lo muestra la revisión de generaciones pasadas, lograrán revelar algo del mundo en sus libros. Y si sólo dos, o cuatro, o seis lo consiguen podremos darnos por bien servidos.

Aunque la más emblemática y esperanzadora definición sobre la generación la ha dado Emiliano Monge: “lo único en común que hay entre la mayoría de los escritores jóvenes mexicanos es que todos somos cazadores, pero son tantas las bestias y es tan grande el paraje que no nos encontramos ni compartimos las armas”, una noción que nos vuelve a recordar Miguel Ángel Hernández Acosta es que Pablo Raphael (1970) en La Fábrica del Lenguaje, S. A. propone y abunda en otra definición que carga de cinismo a la Generación Inexistente “como seres marginales por voluntad propia y quienes escogen este camino con tal de abandonar lo que dicen odiar”, parafrasea Hernández Acosta. Acá el perfil de Pablo Raphael que debería ser importante para crecer a partir de este retrato que, sin saberlo o sin verlo, podríamos tener plantado en el rostro sin saber:

Los que decimos que no tenemos nada en común, tenemos, todos, la misma postura. Que tendamos a negarlo todo y a negarnos a nosotros mismos como generación no es ninguna coincidencia. Por eso odiamos el mercado hasta que nos convertimos en oferta; odiamos a Fuentes hasta que nos recibe en su casa; polemizamos con Javier Marías hasta que se digna a contestar; reprobamos las becas otorgadas por el Estado pero nos conocimos gracias a ellas; odiamos los encuentros de escritores organizados por la administración pública pero nada ha pagado mejores borracheras; amamos y explotamos la red pero no nos cansamos de decir que lo nuestro es escribir a mano. El crítico es crítico hasta que le publican una novelita. El escritor es crítico del crítico, sin entender que la crítica es también una forma de creación. Vamos a presentaciones de libros diciendo que aborrecemos su solemnidad, pero vamos diciendo: No sé qué hago aquí pero me encanta

Así han pasado al menos 15 años desde la primera antología que anunciaba jóvenes promesas. Hay síntomas de que el futuro, ese futuro, ya está aquí.

Sin embargo, aún ahora, no podría conformarse una cartografía que revele los cruces o desvíos con la tradición mexicana, y que proyecte a partir de la obra de escritores ya formados, un nuevo capítulo de la literatura mexicana.

Es por eso, que la mención de los 100 narradores que conforman esta generación paradójicamente adulta pero naciente se hace tan importante.

¿Es válido pedir que las siguientes listas sean fruto de una revisión, al menos, de una obra de cada uno de estos autores? Sí. ¿Es posible? Probablemente no. ¿Es necesario esperar una década para que el tiempo decante esta enorme generación? Creo que no. La lista que presento a continuación no es permanente, no es única, no es un canon. Es el resultado de leer a 90 de los 100 autores de la generación, de algunos toda su obra, pero mínimo una o dos, de 1999 a la fecha. Son los libros que como lector y escritor, luego de considerar pasado, presente y futuro, y notar que tienen más o menos consenso, esbozan otro panorama, aún ampliándose, aún fresco, de la Generación Inexistente. La lista completa de los 100 narradores aparece al final de este texto. Si es posible, pido que el atento lector repase ésa antes de indagar sobre esta lista corta que pretende ser un mero ejercicio.

21 libros (o más) para continuar el siglo XXI

Mi nombre es Casablanca (2003) de Juan José Rodríguez (1970)

Trabajos del reino (2004) o Señales que precederán al fin del mundo (2009) de Yuri Herrera (1970)

La piel muerta (2005), La gente extraña (2006) y La hermana falsa (2008) (la trilogía minimalista de la identidad) de David Miklos (1970)

El buscador de cabezas (2006) o La fila india (2013) de Antonio Ortuño (1976)

Toda esa gran verdad (2006) de Eduardo Montagner (1975)

Los minutos negros (2006) de Martín Solares (1970)

Al otro lado (2008) de Heriberto Yépez (1974)

La Biblia Vaquera (2008) de Carlos Velázquez (1978)

Pétalos (2008) o El matrimonio de los peces rojos (2013) de Guadalupe Nettel (1973)

Ojos que no ven, corazón desierto (2009) de Iris García (1977)

Fiesta en la madriguera (2010) de Juan Pablo Villalobos (1973)

Perra brava (2010) de Orfa Alarcón (1979)

Cosmonauta (2011) de Daniel Espartaco (1977)

La torre y el jardín (Océano, 2012) de Alberto Chimal (1970)

Canción de tumba (2012) de Julián Herbert (1970)

Vestido de novia (2014) de Socorro Venegas (1972)

Indio borrado (2014) de Luis Felipe Lomelí (1975)

Esquirlas (2014) de Luis Panini (1978)

Catálogo de formas (2014) de Nicolás Cabral (1975)

Los últimos hijos (2015) de Antonio Ramos (1977)

Las tierras arrasadas (2015) de Emiliano Monge (1978)

Un ejercicio interesante, de entrada, es ajustarse a los 21 autores, sugerir o cambiar títulos de los ya mencionados, buscar algún tipo de consenso y, en caso en querer incluir otros autores, sopesarlo con la idea de, en ese caso, a cuál de estos autores podríamos quitar. Todos son libros publicados después de 1999, son parte de una obra mucho más amplia que incluye al menos tres libros publicados, que han ganado premios nacionales e internacionales y que han gozado de buena aceptación en tres zonas bien distintas: los lectores, la crítica y la academia; y, claro, de los que se espera que sigan publicando. El único caso extraordinario es la novela Toda esa gran verdad, única novela publicada de Eduardo Montagner que, sin embargo, cumple diez años en este 2016 de haber sido publicada y aún, el autor y el libro, son una constante en la literatura mexicana, incluso, Montagner fue incluido en la lista de México 20.

La idea, entonces, luego de contrastar (y generar matices) las ideas principales de los textos que se han escrito sobre la Generación Inexistente, es iniciar un recorrido obra a obra para, quizá, acercarnos a una noción de las obras que vendrán, las obras que ya existen y sus tradiciones. El proyecto que sigue es reflexionar a partir de 21 libros, no de autores necesariamente, de los últimos trece años. ¿Empezamos por ahí?

La Generación Inexistente, lista completa con los 100 autores y sus obras 

JMJaime Mesa (ciudad de Puebla, 1977). Narrador. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la UAP. Fue miembro del taller de novela dirigido por Daniel Sada en la Casa del Escritor de Puebla, de 2001 a 2004. Es colaborador de las revistas Crítica y Blanco Móvil, así como del suplemento Laberinto de Milenio. Ha sido becario del FOECA-Puebla en las categorías de cuento (1997-1998) y novela (2000-2001). Es autor de las novelas Rabia (2008) y Los predilectos (2013), ambas publicadas por Alfaguara. Twitter: @jmesa77

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Posted: April 20, 2016 at 9:22 pm

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