Reviews
LA MIRADA QUE ELLAS TENÍAN SOBRE EL MUNDO

LA MIRADA QUE ELLAS TENÍAN SOBRE EL MUNDO

Cristina Rivera Garza

Chicas muertas. Selva Almada. Literatura Random House. Barcelona, 2015. 192 páginas.

Aunque lo deseemos, aunque ese de hecho sea uno de los retos más grandes de toda escritura, no tenemos acceso directo a la experiencia del cuerpo. Nos servimos de mediaciones varias—de la tecnología médica a los rituales de las religiones formales o alternativas, entre otras tantas—para poder articular la escritura con la intimidad más brutal de la carne. Por desgracia, la violencia se ha convertido en una de esas mediaciones que cada vez con mayor frecuencia nos permiten una interacción casi inmediata, acaso ineludible, con el cuerpo. Y la violencia, así, ejercida en la intemperie que se expande más allá de la ley, al amparo de las sombras de la necropolítica, también queda inscrita—a veces, no las más—en múltiples formatos administrativos en las distintas agencias judiciales encargadas de esclarecer su paso por el cuerpo. Nuestros cuerpos.

La parte de los crímenes.

No fue por casualidad, ni por las argucias de un mero ejercicio formal, que Roberto Bolaño utilizó la lógica implacable de la acumulación cuando en ese memorable capítulo “La parte de lo crímenes” de 2666 narró uno tras otro, sin descanso y sin compasión, múltiples homicidios de mujeres jóvenes que se registraban en esa ciudad del norte de México que no quiso nombrar pero que todos sus lectores sabemos que es Ciudad Juárez. La enumeración repetida a un ritmo a la vez regular y feroz de los datos que aparecen en un acta judicial le sirvió a Bolaño para compartir la experiencia apabullante de los feminicidios cometidos en México. Un reloj de mecanismo perfecto. Una despiadada rigurosidad. Algo sin sentido que, sin embargo, adquiere un sentido mayúsculo y atroz en las repeticiones de las que se hacen las estadísticas y los porcentajes.

La vida y el documentoSELVA-ALMADA-FOTO-DE-daniel-mordzinski-367x490

No fue Bolaño el primero ni será el último en utilizar el documento judicial para beneficio de la ficción. Los escritores de novela negra con frecuencia argumentan que sus tramas y sus historias vienen directamente de lecturas e interpretaciones personales de casos que han investigado tanto en la prensa como en los archivos policiacos. La diferencia con Bolaño es que, lejos de usar el documento para basar en él su historia—a la manera en que es común en la novela histórica, por ejemplo—dio el salto hacia le escritura documental para hacer del documento, de la presencia del documento mismo, la estructura y la trama de un trabajo de ficción. Los cronistas y los reporteros han hecho lo mismo con el uso precavido de las comillas y las referencias tanto directas como indirectas a los actos explorados, aunque su preocupación ha sido por lo regular más la verdad que el efecto literario. En 2666, especialmente en esa parte de los crímenes, Bolaño consiguió ambas cosas: un apego acucioso al material en tanto material mismo (el formato, la información, el léxico) y un estado de alerta respecto a los límites y las posibilidades de la ficción contemporánea. Está ahí el efecto macro de las grandes fuerzas que nos vuelven números y el efecto micro del dato punzante que traduce una vida—la complejidad y el enigma de una vida—al lingo del caso judicial. Lo que falta ahí, lo que nos ofrece Selva Almada en Chicas muertas, es la plataforma media en que la vida y el documento se ven cara a cara, en un presente sin solución alguna, a través de las interacciones de muchos otros: los familiares, los amigos, los amantes, los enemigos. Son ellos quienes, en conjunto con una autora presente pero discreta, traen a colación sus recuerdos, sus miedos, sus espantos, sus duelos. Son ellos, en plática con la autora, los que abolen la idea de un pasado perdido o un futuro mejor. El crimen está aquí—en todo lo que hacemos y dejamos de hacer. No una anomalía, sino apenas un punto de quiebre, una gota de vaso derramado, en una normalidad sorda, inapelable, ruin.

La mirada que ellas tenían sobre el mundo

Son tres las chicas muertas de Selva Almada—un cuerpo apuñalado en su cama de soltera en la casa paterna; un cuerpo encontrado en estado de descomposición en un descampado; y un cuerpo que ha desaparecido sin dejar rastro. Pero en realidad son muchas más. Los asesinatos de esas chicas—todos sin resolución, todos plagados de preguntas que al sistema judicial no le interesó resolver en su tiempo o después—le permiten conectarse a otras muertes y, sobre todo, a las reglas de convivencia cotidiana en que las diferencias de género y de clase, además de las de raza, constituyen declaraciones de muerte, condenas de muerte, mucho antes de que el crimen en particular ocurra.  Y Selva Almada prosigue como lo hacen los detectives-escritores o los escritores tratando de ser detectives. Lleva a cabo su investigación con pulcritud, perseverantemente, en efecto. Pero, aunque le dedica comentarios aquí y allá al proceso, nunca deja que la investigación en sí desvíe la atención de la vida y la muerte de las chicas muertas. Almada se entromete aquí y allá, a veces con furia contenida, las más de las veces logrando preservar una calma que se siente tensa y disciplinada, pero tampoco permite que la experiencia del investigador-autor—su coraje, su dolor, su impotencia ante el estado de las cosas—importe más que los cuerpos a los que intenta aproximarse y aproximarnos. Porque de lo que se trata, a lo que se dirige este libro que quiere lo imposible, es “reconstruir cómo el mundo las miraba a ellas. Si logramos saber cómo eran miradas, vamos a saber cuál era la mirada que ellas tenían sobre el mundo ¿entendés?”.

Un proceso de refracción dentro de una cápsula de espejos.

Descansar en paz

Hace no mucho, en los patios de una institución cultural en el estado de Tamaulipas—una región golpeada fuertemente por la violencia asociada a la así llamada guerra contra el narco—, comentaba la periodista Daniela Rea que en realidad sabemos muy poco de la manera en que llevan a cabo su duelo aquellos que pierden a un ser amado en actos de extrema violencia. Sabemos poco de lo que es vivir el día a día con el peso de una muerte abismal a cuestas. Tal vez con los años, a medida que las consecuencias de la horrísona violencia se hagan más y más palpables, llegaremos a entender no sólo como sobrevivieron o sobrevivimos, sino, además, cóportadamo lo hicimos con dignidad y con otros, formando comunidades de cuerpos vivos cada vez más amplias. ¿Para qué escribir un libro como el que nos entrega Selva Almada en el 2014, desde Argentina? No hay aquí, en estas páginas duras y austeras, conmiseración alguna hacia la sociedad en que se masacran con tanta facilidad, con apabullante naturalidad, un montón de cuerpos femeninos. No las precede la agitación tan narcisista, tan falsamente heroica, de dar voz a los muertos. No las justifica la conmoción, ni la esperanza de provocar alguna reacción crítica—aunque eso y no otra cosa es lo que estas páginas provocan. Dice Selva, al final de libro, que en una de sus reuniones con la tarotista que le ayudaba a perseguir las voces intermitentes de las chicas muertas, que llegó el momento en que tuvo que dejarlas ir. Dice que tuvo que forzarse a soltar. Y también dice, después de colocar tres velas blancas en cada uno de sus nombres, que la animaba entonces un solo deseo, “el mismo deseo para todas: que descansen”.

Y en este contexto de muerte horrísona, de muerte sin descanso, ¿qué es realmente descansar? ¿Es, acaso, darse por vencida o por vencidas? ¿Quiere decir resignarse? ¿Hacer como que no pasa nada?

La Real Academia de la Lengua ofrece varias definiciones. Desahogarse. Tener alivio. Reposar. Dormir. Pero, de entre todas, me llama la atención la primera: Cesar en el trabajo, reparar las fuerzas con la quietud. Y repito: Reparar. Las. Fuerzas. Con. Quietud.

Ellas, las tres chicas de Selva Almada y todas las otras chicas. Ellas y nosotros. Nosotras. Reparando las fuerzas. Con quietud o sin quietud, pero reparando las fuerzas. Alistándonos para la batalla siguiente que es el siguiente día o el siguiente minuto. Éste.

CRGCristina Rivera Garza is a Mexican author and professor best known for her fictional work, with various novels such as Nadie me verá llorar winning a number of Mexico’s highest literary awards as well as awards abroad. She is a regular contributor of Literal Magazine via her column Overcast. (Fotografía: Santiago Vaquera)

© Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: October 4, 2016 at 10:25 pm

There are 2 comments for this article
  1. Rosa Maria Ortiz Orantes at 8:48 am

    muy interesante, para leer y reflexionar sobre esta realidad tan injusta, como tantas otras, pero que sigue evidenciando tantas diferencias entre hombres y mujeres por el simple hecho de ser, lei lo de Bolano y es desesperante y casi como novela de terror no se, pero muy , muy, bien escrita tambien

  2. Elena at 10:32 am

    Gracias por la reseña de este libro, que parece interesante. Por favor, no publiquen mi comentario.Sólo quiero hacerles notar que tienen una errata después del tercer subtítulo:

    No fue por casualidad, ni por las argucias de un mero ejercicio formal, que Roberto Bolaño utilizó la lógica implacable de la acumulación cuando en ese memorable capítulo “La parte de lo crímenes” (falta una s).

    Saludos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *