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¿Las hienas tienen una digestión difícil?

¿Las hienas tienen una digestión difícil?

Adolfo Castañón

Sobre Sombras completas, de Héctor Subirats

I. Las 250 páginas de este volumen publicado por la editorial de la Universidad Veracruzana en el marco de su 60 aniversario incluye ensayos, traducciones, aforismos, entrevistas, crónicas y elogios. Libro provocador y que pide no sólo una lectura atenta sino la relectura. Los personajes que la habitan son el rumano Cioran, el escritor y filósofo Fernando Savater, amigo de Subirats y autor del prólogo y traductor y amigo del rumano. También aparece el filósofo alemán autor de Así hablaba Zaratustra y de La gaya ciencia, Federico Nietzsche. Se perfilan también las siluetas de Heráclito, Sócrates, Pascal, Montaigne, Marx, Albert Camus (uno de los héroes de esta película filosófica hecha libro), Javier Echeverría, Guillermo Sheridan y del poeta José Luis Rivas, quien suscribe la solapa, además de lectores e interlocutores del autor como el poeta Carlos López Beltrán. Gracias a Héctor conocí al librero Enrique Fuentes Castilla, quien era su vecino, y que ha sido una presencia clave en mi vida. Me permito citar aquí la solapa redactada por José Luis Rivas y, diría, curador de esta exposición literaria pues da claves para la lectura y pesca de esta inasible anguila marina (pues participa de la condición serpentina) apellidada Subirats:

“A veces me pregunto”, escribía William Hazlitt, “si en este mundo moderno de benevolencia generalizada existen aún misántropos más allá de mí mismo. Si alguno existe, lo mantiene en secreto”. Tal no es el caso del autor de Sombras completas, que da la cara siempre que tiene a bien recordarnos lo que Ariel Magnus ha espetado: “que no somos nada, sino algo, y muy feo”. Los incisivos denuestos e improperios de Héctor Subirats en contra de los últimos hombres —cuya realización histórica Roland Jaccard muestra encarnada en los hombres de la modernidad— “ventilan la única pasión humana digna de interés: el asco por la propia especie”.

Esta abigarrada colección se compone de ensayos y aforismos que son otros tantos ejercicios de admiración consagrados señaladamente a Nietzsche, Camus, Savater, Hazlitt y Cioran, y que, al estilo del gran pensador rumano, autor de cabecera de Subirats, son “forzosamente caprichosos, al igual que todo lo que procede de la admiración, de la amistad o del arrebato”.

Al arrimo de estas páginas, que reivindican en todo momento la libertad de pensar y la capacidad de reírse de uno mismo, se despliega una formidable apología del escepticismo, así como su apasionado ejercicio por parte de un espíritu que se concede, en medio de su inclemente azote de la mediocridad e insignificancia planetarias, el gozo declarado de zarandear mordazmente cualquier afirmación que tenga la desventura de expresarse al alcance de su vista y de sus oídos, aguzados siempre para el debate.

II. Debo confesar que me es muy difícil decir algo sobre este libro y sobre su autor Héctor Subirats. Tan difícil como hablar de mí mismo. Lo conozco desde hace casi cuarenta años. Tengo 65, esto significa que he convivido con él a lo largo del tiempo más de la mitad de mi vida. A él y a José Luis Rivas les debo la publicación en la revista Caos, que ellos dirigían bajo la tutela del anarquista catalán Ricardo Mestre Ventura, de la primera serie de sátiras titulada El reyezuelo en 1978. La inteligencia cáustica e hilarante del mexicano catalán me impresionaba mucho en aquellos años, seguramente menos que a mi padre, don Jesús Castañón Rodríguez, quien era capaz de poner en su lugar y reírse del propio Héctor. De hecho creo que Héctor, con el pretexto de ser mi amigo, quería, en realidad, acercarse al viejo historiador apellidado Castañón. Entre ambos, Héctor y don Jesús, se establecía una cierta complicidad para conspirar un poco, seré modesto, en mi contra. Ellos venían de regreso de todas las batallas y lo proclamaban a voz en cuello. Yo, en el mejor de los casos, estaba apenas por emprender esos viajes y odiseas intelectuales, filosóficas y políticas y, en muchos momentos, no sabía si realmente me interesaría emprenderlas. De esto da fe un cuento corto que escribí titulándolo: “Historia de U”, donde se refería la no aventura de un Ulises que decidía no viajar y producía una antiodisea. Vuelvo a nuestro, como diría él, “mono dramático”. De la lectura de Marx me distraía el vuelo de un colibrí. En cualquier caso, yo trataba de ser un alumno aplicado de esos maestros que eran para mí don Jesús y Héctor, a quienes separaban varias décadas de edad. También debo confesar que a pesar de mis esfuerzos por interesarme en la política, yo sólo podía acceder a ella a través de la ventana de la estética y de la belleza de las formas. Al igual que Álvaro Mutis no me interesaba tanto la herida en sí misma como su forma: la geometría de las llagas.

III. El libro cuyas fotocopias he tenido que barajar me hizo pensar en unas palabras de ¿Águila o sol? de Octavio Paz: “Hubo un tiempo que me preguntaba: ¿dónde está el mal?, ¿dónde empezó la infección, en la palabra o en la cosa? Hoy sueño un lenguaje de cuchillos y picos, de ácidos y llamas… Un lenguaje de látigos aceros exactos, de relámpagos afilados, de esdrújulos y agudos, incansables, relucientes, metódicas navajas.”

El lenguaje de Héctor es un idioma metálico, relampagueante, duro, cortante. La lectura de Sombras completas también me hizo pensar en un pasaje de Federico Nietzsche traducido por Andrés Sánchez Pascual en Así habló Zaratustra o en otro de El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo. En ese pasaje donde “habla el martillo y le dice el carbón de cocina al diamante: ¡por qué tan duro!; ¿no somos parientes cercanos?”

La dureza parecería ser una de las cualidades más estimadas por el escéptico Héctor Subirats; yo, más mercurial, después de todo en el horóscopo chino soy dragón de agua mientras que Héctor nació bajo el signo del ratón, prefiero la plasticidad y no tanto la aspereza. Cuestión de gustos.

Uno de los temas que se barajan en este juego filosófico es el de “Narración versus pensamiento”; otro es el de “El escepticismo feliz”. El discurso crítico y corrosivo de Héctor Subirats se puede remontar a los estoicos griegos, a los pirrónicos, a los seguidores de Epicteto y de Epicuro. Los títulos de los ensayos son significativos y acaso sintomáticos: “Odiar es un placer, genial, sensual”, El hombre sublevado, “De hombres, cadáveres y demás obediencias”.

Se trata de un conjunto de textos escritos a lo largo de varios años. Ese conjunto obedece a distintos ritmos y compases, géneros y tonos. La escritura del mexicano-catalán es nerviosa, inquieta, articula diversos grados del humor, a veces es sarcástico, a veces ingenioso, a veces jocoso o hilarante. Hay en nuestro amigo un cierto parecido con el mismo Miguel de Cervantes: ambos participan de un cierto desengaño en torno a la aventura humana.

Sugeriría sobre todo releerlo, leerlo a pequeñas dosis y volver sobre ciertos pasajes para digerirlos y comprenderlos mejor. Tras la aparente sencillez de su escritura, se encubren astucias literarias, para citar a otro escritor terrible nacido en México, Emilio Uranga, con el cual nuestro amigo no deja de tener ciertas afinidades. Es un libro que puede leerse de distintos modos y que admite ser leído en voz alta o en voz baja, con las páginas abiertas de par en par o bien alternando su lectura con las de otros textos; por ejemplo, de Cioran o de Savater. Hay un juego de tentaciones en Héctor Subirats en torno a las preguntas sobre la revolución y la reacción, sobre el ser revolucionario y el ser reaccionario; también hay un juego de cuestionamientos en torno a la deserción o la inserción, alrededor de la exhibición o el ocultamiento como principios de la edificación. No es un libro que pueda dejar al lector indiferente, ni tampoco, desde luego, a las lectoras. Tampoco a los universitarios.

IV. Hay muchas cosas que no entiendo. Una es cómo conciliar tanta y tan hermosa pasión intelectual con tantas reticencias hacia lo que podríamos llamar, para simplificar, el género humano. Aunque el perplejo soy yo, más bien. De muy joven me identificaba con el hombre sin cualidades y con el paréntesis. Sigo, en cierto modo, prisionero de este signo de puntuación. He aprendido a masticar despacio y a tratar de no hablar mientras como.

V. Como dije antes, conocí a Héctor Subirats hace mucho y no me resulta fácil expresarme sobre su libro pues no sé hasta qué punto mis expresiones puedan resultar confiables en la medida de que somos amigos y compartimos horizontes comunes como pueden ser la estima por Montaigne, Pascal, Camus, Cioran, Savater o Rafael Sánchez Ferlosio, un autor Premio Cervantes con el cual creo que tenemos, además de afinidades sintomáticas, discrepancias. Si no me equivocó, Subirats piensa que el proyecto literario de Sánchez Ferlosio es poco moderno, arcaico. Yo, que tengo un poco alma de arqueólogo, me identifico más con las antigüedades que Subirats. Entre mis lecturas infantiles no estuvo el Manifiesto comunista sino las vidas de los arqueólogos expuestas por C. W. Ceram: Dioses, tumbas y sabios.

VI. Compartí con Héctor una afición ya no sólo por la cocina, la buena mesa y los buenos vinos sino por la filosofía y el pensamiento como un arte de vivir o aun de sobrevivir. También tenemos diferencias; por ejemplo, en torno a la idea misma de libertad y de pensamiento: ¿es posible la libertad de pensamiento? Por lo pronto yo creo que la libertad tiene que ver mucho más con la lentitud que con la velocidad. Soy quizá demasiado conservador y me cuento entre los que piensan que la velocidad no justifica los medios. En un intercambio reciente de correo con Héctor yo le decía acerca de mi opinión sobre este libro:

A pesar lo que la gente piensa, las hienas tienen —tenemos, dijo la otra— una digestión difícil; por eso deben esperar a que sus alimentos estén bien sazonados por el aire y la intemperie… Voy degustando poco a poco las sombrías sombras, a pesar de que a veces no logro entender ciertas cosas…

VII. Me detengo en el título Sombras completas. No sé si me parece afortunado. De un lado, alude obviamente a la expresión “obras completas”; del otro perfila la idea de que una sombra puede estar fragmentada, hecha trizas, más allá la idea de completud o integridad que contrasta con la idea de sombras o espectros. ¿Tienen alguna hora estas “sombras completas”?, ¿podría aventurarse a qué hora fueron trasladada a papel? Tengo la impresión de que la hora, el momento en que Subirats escribe sus palabras, es la hora des-horada de las horas, la hora desolada de calva oportunidad. ¿Por qué se dirá que a la oportunidad la pintan calva? ¿Será porque la oportunidad es lisa y no tiene arrugas? ¿O será porque como es calva no puede tener un pelo de tonta? Tampoco lo tienen los escritos inteligentes, listos, vivos de Subirats. Pero, hay que tener cuidado en todas estas elaboraciones, me digo a mí mismo, Castañón, pues bien sabes que de la misma manera en que la intransigencia intelectual es uno de los signos de la insobornable vocación filosófica de Héctor, de esa misma manera se debe saber que el amigo nacido en Portales, a diferencia de Carlos Monsiváis, nunca presenta un blanco fijo y no se sabe si al disparar a Héctor se está disparando a Cioran, Savater, Demócrito o Heráclito.

Alguien me preguntaba si recomiendo o no leer este libro y cómo. Recomiendo leerlo luego de haberse quitado los zapatos y dejado descalzos los pies como el que va acostarse, bañarse o simplemente a entrar a una casa (recuérdese que los japoneses se quitan los zapatos antes de entrar a las casas que son templos). Sugiero entrar a sus páginas no con botas, ni con zapatos para escalar montañas, sino más bien, entrar a su ámbito en calcetines y atravesar la recamara oscura de sus intenciones, caminando de puntitas para no despertar a los niños que están encerrados ahí como pájaros o como ardillas en la jaula de estas palabras que son a veces ensayos, a veces narraciones, manías, aforismos o sentencias.

VIII. La distancia entre el aforismo, la sentencia y el refrán no es muy grande. El Quijote está poblado de tantos refranes como aventuras; la novela de Proust está, al decir de algunos lectores, armada a partir de los aforismos, máximas y sentencias que contiene. Inversamente, se podría pensar que en un libro de aforismos está entrelineada una novela y que, por ejemplo, en un libro de Cioran, cabría una novela al estilo de las de Louis Ferdinand Céline. Héctor Subirats, parecido en eso a la zorra que se metamorfoseó en bella dama (véase Fox into lady), se ha adelantado con astucia a estas expectativas y ha puesto a hervir en el caldero a los huesos y vértebras de la filosofía concentrada en aforismos con las médulas gelatinosas de la experiencia fabulada en narraciones dizque autobiográficas. La paremiografía y la paremiología conviven así en esta pecera con la narración libertina escrita al estilo más puro de los ilustrados franceses del siglo XVIII, que van de Sade y Diderot, a Vivant Denon y el Baroncito de Faublas. Pecera: lo que navega en ella es, desde luego, el deseo, que en Héctor Subirats Silvestre muchas veces se confunde con el sexo y lo lleva a unos callejones sin salida de los cuales solamente los monos gramáticos y dramáticos del tantrismo más radical lo podrían salvar… Algo de rezongón y de repelón perpetuo —para aludir al auto del dramaturgo español del siglo de oro Juan del Encina (1468-1529)— tiene este Subirats que dice muchas veces no desconfiar de la ciudad pero que es radicalmente urbano, renegar de la política al tiempo que no deja de rumiar en los pastos de la polis, no creer en casi nada, no creer en las carreras ni en los corredores aunque muchas veces a él mismo le den ganas de salir corriendo. No lo hace. Es, como él mismo lo dice, un desertor entre los desertores que se ha resignado a volver a filas. No hay que decirle en voz alta que el regimiento al que se incorpora es un regimiento fantasma, un ejército espectral que, como en las narraciones de Alexander Lerner-Holenia o de José Emilio Pacheco, pelea con su estandarte “batallas en el desierto”. Estamos aquí para poner la oreja sobre la tierra y anticipar por qué punto del horizonte llegarán esos bárbaros que no saben que han muerto… Héctor Subirats no está solo, pertenece al linaje de los anarquistas a quienes desvive el pensamiento y la poesía como ese poco conocido entre nosotros anarco-sindicalista aragonés Francisco Carrasquer (1915-2012) que participó en la primera fila en las columnas de Durruti y más tarde se interesó en la poesía de los países bajos y en particular en la de Jan Jacob Slahuerhof y murió casi centenario.

 

Adolfo Castañón. Poeta, traductor y ensayista. Es autor de más de 30 volúmenes. Los más recientes de ellos son Tránsito de Octavio Paz (2014) y Por el país de Montaigne (2015), ambos publicados por El Colegio de México.  Twitter:@avecesprosa

 

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Posted: November 28, 2017 at 11:39 pm

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