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Las otras vidas
COLUMN/COLUMNA

Las otras vidas

Angelina Muñiz-Huberman

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Vivimos una vida, pero pudieron ser otras. ¿Cómo sabemos que es la nuestra? ¿Realmente yo soy yo? ¿Y si no lo fuera? Me veo en tantos lugares a la vez. Frente al mar, siempre hubiera querido vivir frente al mar. Ver todos los días el mar. Caminar por la playa y sentir las olas acariciándome los pies. Un perro siguiéndome y atrapando cangrejos, un caballo relinchando de gusto, sin freno ni montura. Con sus cascos humedecidos.

Vivir en lo alto de una montaña. Sintiendo el cielo cerca. Casi al alcance de la mano. Haber plantado trigo o arroz y caminar entre el sembradío. Sentir el aire agitando las plantas. La frescura en el rostro. Entornar los ojos. Tal vez una lluvia suave. O el rocío al alba. El canto del gallo anunciando el día. Los pájaros madrugadores. Los insectos inoportunos.

Recordar a Fray Luis de León

cada vez más

y su descansada vida.

Huir del mundanal ruido.

A Garcilaso de la Vega:

el agua baña el prado con sonido

alegrando la hierba y el oído.

Tener a la mano

la memoria

y la poesía.

Qué dicha.

Llenar de dudas las palabras. Navegar por todo tipo de mares. Sin olvidar los desiertos y los caravaneros con las sendas siempre borradas.

Tantos oficios que pude haber ejercido.

Surcar los cielos y ser aviadora.

Abrir la llave de las nubes.

Dejar caer las estrellas.

En noches de luna.

Ser astrónoma y acumular telescopios, escudriñar planetas y hoyos negros con neutrinos revoloteando. Acaparar eclipses y soles oscurecidos. Siempre pensar en otras posibilidades. Hubiera sido interesante probar otros quehaceres.

Ser, por ejemplo, músico y formar parte de una orquesta. Tener enfrente la partitura para el próximo concierto. Conocer diferentes directores y qué se espera de ellos. Sus distintas actitudes, sus maneras de actuar, los movimientos de sus cuerpos, los gestos expresivos de sus caras.

Ser campesina y empezar a trabajar al rayar el sol. Lo primero, alimentar a los animales, las gallinas, los gansos, las cabras. Preparar algo de comer para el campesino que va a ordeñar las vacas. Luego arar los campos, ir sembrando las semillas. Depender del clima, las sequías y las inundaciones. El cansancio al fin del día. Vida no tan idílica como imaginan los poetas. Fray Luis de León equivocado. Garcilaso idealizando.

Ser un burócrata. Todos los días en la oficina. La rutina. Los papeles a llenar. Siempre lo mismo. No salirse de la regla. El orden. Ni una sorpresa.

En cambio

la mente vuela

la lágrima corre

el suspiro se escapa

el polvo se acumula

los Kafkas se reproducen.

Ser barrendero. Ir recogiendo lo que la gente tira. Todo desperdicio reunido. La igualdad se da la mano. Montoncitos de basura en la acera despreocupada. Pedazos inconclusos. Fragmentos indefinidos. Trozos de no sé qué. Restos alterados. El barrendero los arregla y pone en fila. Da lástima que vayan a terminar en el tiradero de la ciudad.

Ser recolector de basura. Es el que culmina el cuidado trabajo del barrendero y lo arroja sin más al camión que, aunque dividido en secciones, no siempre se cumplen. Es el oficio de las moscas, de los malos olores por especialidades, de las vestimentas sucias. Y, claro está, es el oficio necesario, imprescindible, gran regidor de la limpieza. ¿Qué haríamos sin el recolector de basura? Ojalá no haya  una huelga de basureros. Hace años, en México, se anunciaban tocando una campañilla y la gente corría con sus botes para vaciarlos, de tal modo que la basura no quedaba tirada en bolsas en la calle como sucede ahora.

Hay también oficios más o menos caritativos. ¿Podría haber vivido alguno? Ser médico, enfermero, maestro, sacerdote y, como está de moda, sus respectivos femeninos. (Perdón, femeninas.)

Desde luego que está el todopoderoso oficio que permite ser todo lo anterior y mucho más: soldado, espía, traidor, político, rey, príncipe, reina, madre, hija, hada. Serlo, experimentarlo y cambiarlo cada día, como de vestimenta, de esta época o de cualquiera. Es decir, ser actor de teatro, de cine, de televisión. Los actores suelen dejar de lado, o colgado en una percha su verdadero ser y asumir la representada.

No hay oficio más descartable

imaginado y recreado

inigualable dos veces

guardado en la memoria

improvisado

si ocurre un olvido

mejorado o empeorado

en la comedia o en la tragedia

necesitado de un público

que lo aplauda o lo abuchee

entre realidad y ficción

en la flor de la sensibilidad

dependiente del sonido y la voz

del buen oído y del ritmo

del movimiento y de la calma

en dos palabras

de ser o no ser.

 

Foto de Yerko Lucic en Unsplash

 

Angelina Muñiz Huberman es autora de más de 50 libros. Ha ganado el Premio Xavier Villaurrutia ,  el Premio Sor Juana Inés de la Cruz el Premio José Fuentes Mares, Magda Donato, Woman of Valor Award, Manuel Levinsky, Universidad Nacional de México, Protagonista de la Literatura Mexicana, Orden de Isabel la Católica, Premio Nacional de Lingüística y Literatura 2018, entre otros. Recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de México y es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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Posted: February 15, 2026 at 5:25 pm

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