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La maldición de Karl Kraus
COLUMN/COLUMNA

La maldición de Karl Kraus

Alberto Chimal

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Algo que nunca había existido debe haber ingresado al mundo. Una máquina infernal de humanidad.

KARL KRAUS

¿Qué ambición debe tener en la actualidad una escritora o escritor? ¿Tratar de alcanzar la posteridad creando una obra memorable? ¿O, por el contrario, volverse una figura imprescindible en su propio tiempo, siempre en la conciencia de un grupo tan grande de personas como le sea posible reunir?

El 13 de septiembre de 2013, el novelista estadounidense Jonathan Franzen publicó en The Guardian un ensayo acerca de Karl Kraus (1874–1936), el escritor y periodista austriaco que fue uno de los grandes intelectuales de su época, para acompañar el lanzamiento de una antología de texto de Kraus traducida y comentada por él. Y leer el ensayo en 2026, apenas trece años más tarde, es una experiencia curiosa.

Franzen, que admiraba sin reservas a Kraus en su primera juventud, trata en 2013 de marcar un poco su distancia. Llama a Kraus un opinador sumamente disgustado con su propio tiempo, peleonero porque sí, y a la vez limitado por su contexto. En vida de Kraus, agrega, su revista Die Fackel (La Antorcha, 1899-1936) era extremadamente popular e influyente: algo “como un blog que todos los que importaban en el mundo de habla alemana, desde Freud a Kafka a Walter Benjamin, encontraban necesario leer, para luego dar sus opiniones”. ¿Pero en el siglo XXI? Los textos de Kraus han quedado demasiado cerca de su biografía y las minucias de su presente. Aunque su capacidad de trabajo no deja de ser extraordinaria (Kraus escribió siempre buena parte del contenido de cada número, y a partir de 1911 pasó a escribirlo todo), su comentario político fue más bien ineficaz entonces, y sus diatribas contra la tecnología y los medios están, como es obvio, terriblemente envejecidas. En fin, Franzen parece decir que la obra entera de Kraus es, en su mayor parte, un artefacto de otro tiempo, que llama la atención porque el poder que tuvo durante la vida de su creador resulta incomprensible ahora.

A mí me parece que Franzen es un poco injusto, y que son muy pocos los articulistas que no se ajustan a la descripción que hace de Kraus. Los textos de ocasión están hechos para resonar en su día y no se prestan a seguir siendo legibles años o siglos después. Mientras más “candente”, más “inmediato” sea el escrito, más rápido desaparecerá. (De una vez me incluyo: lo que aparece en esta columna será, en el mejor de los casos, material de archivo o de investigación histórica para el año 2070, suponiendo que las civilizaciones humanas duren hasta entonces.)

Al propio Franzen le sucede. En las primeras décadas de este siglo, sus artículos contra las distracciones de internet y alrededor de la política de la clase blanca liberal de los EE.UU. eran muy discutidos. ¿Y ahora? No solamente su país está embarcado en una guerra más y convirtiéndose en una teocracia fascista, lo que vuelve triviales la mayoría de los debates sobre Barack Obama o cómo afectaba a la individualidad el uso de Facebook en 2010. Este fragmento de su ensayo, leído en medio del ascenso de la oligarquía tecnológica y de los modelos de lenguaje de gran escala (como en el resto de este artículo, la traducción del texto de Franzen es mía), parece casi del siglo XX:

Amazon quiere un mundo en el que los libros sean o autopublicados o publicados por la propia Amazon, con lectores que dependan de las reseñas de Amazon para comprar libros y con autores que sean responsables de su propia promoción. El trabajo de chachalacas y tuiteros y presumidos, y de la gente con el dinero para pagarle a alguien para escribirles cientos de reseñas de cinco estrellas, florecerá en ese mundo. Pero ¿qué va a pasar con la gente que se convirtieron en escritores porquechachalaquear y tuitear y presumir les parecían formas intolerablemente superficiales de interacción social? ¿Qué va a pasar con la gente que quiere comunicarse en profundidad, de un individuo a otro, en la quietud y la permanencia de la palabra impresa, y que fue formada por su amor por los escritores que escribían cuando la publicación aún aseguraba cierto tipo de control de calidad y las reputaciones literarias eran más que un asunto de niveles de ruido autopromocional?

Franzen no podía prever que muchas discusiones culturales de la actualidad ya no se detienen en que el medio editorial podría corromperse, o bien plantear nuevos problemas a los escritores que apuestan por “el papel eterno” (esta frase es del escritor mexicano Isaí Moreno) en vez de la fragilidad de la publicación en internet. No es su culpa que hoy, en muchas ocasiones, sigamos el discurso apocalíptico de moda y saltemos de inmediato al tema de cuánto tiempo falta para que la humanidad deje por completo de escribir, leer y quizá hasta pensar, por haberse rendido a la “inteligencia artificial”. Tampoco es su culpa que estas discusiones ya ni siquiera ocurran realmente en la prensa escrita, sino en las mismas redes, apretadas entre desinformación, peleas y basura.

(Por cierto, esas peleas han sustituido incluso a buena parte de las polémicas que en otro tiempo se ventilaban en la prensa. Las “chachalacas, tuiteros y presumidos” que tanto disgustan a Franzen son las estrellas de nuestro tiempo en casi todos los ámbitos de la vida, y buena parte de ellos ya es, como se dice ahora, “post-literata”: no leen ni escriben de ninguna manera significativa. Hacen videos, o quizá se los encargan a alguna aplicación. Si llegan a publicar libros, es a consecuencia de la fama que ya han obtenido, y el que los escriban ellos mismos o no es irrelevante.)

Si únicamente fuéramos a juzgarlo por sus textos de ocasión, pues, a Franzen no le iría mejor que a Kraus. Pero, como decía antes, casi toda persona que haga lo que ellos con la intención de vencer al olvido perdió desde el comienzo. La maldición de Karl Kraus es potente y muy pocos se salvan: sólo hay un José Emilio Pacheco o un Carlos Monsiváis, digamos, por cada mil escritores estimables, agudos y tan volcados en su momento que nombrarlos aquí sería una crueldad.

Por otra parte, las preguntas con las que empieza este artículo pueden dejar fuera otras opciones para quien todavía quiera escribir en el siglo XXI. El aforismo de Kraus sobre la “máquina infernal” se refiere a las tecnologías de comunicación masiva de su tiempo, desde el linotipo hasta la radio, que inundaban a grandes poblaciones de información como nunca antes. Pero la forma de esas pocas palabras es enigmática, desconcertante. Los seres humanos somos las piezas de la máquina: nosotros mismo la hemos puesto entre nosotros.

 

Foto de Glenn Carstens-Peters en Unsplash

 

Alberto Chimal es un escritor mexicano. Autor de libros de cuentos, novelas, guiones de cine y cómic, ha recibido premios nacionales e internacionales como el Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002, el Colima de Narrativa 2013, los reconocimientos de la Fundación Cuatrogatos 2019 y Banco del Libro 2021, el FILEM 2024 a su trayectoria y el Shirley Jackson Award 2025Su libro más reciente es Las máquinas enfermas (2025). https://linktr.ee/albertochimal

 

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Posted: April 12, 2026 at 9:25 pm

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