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Un proceso, tres derivas
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Un proceso, tres derivas

Armando Chaguaceda

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Todas las familias felices se parecen.
Cada familia infeliz lo es a su manera.

Tolstoi, Anna Karenina

Introducción

En el debate público y académico contemporáneo sobre la crisis de la democracia liberal, existe una asimetría notoria: la deriva iliberal de Estados Unidos concentra una atención crítica —mediática, académica y política— considerablemente mayor que la que reciben los procesos de consolidación autoritaria en Rusia y China. Esta asimetría suele leerse, desde ciertas posiciones, como evidencia de un sesgo antinorteamericano o de una obsesión selectiva de Occidente con sus propios pecados, mientras se mira con relativa indulgencia —o al menos con menor intensidad retórica— la represión sistemática en las otras dos potencias.

El presente ensayo, sin restar validez a la interpretación anterior, sostiene una tesis algo distinta y, en cierto modo, complementaria: la asimetría no es, simplemente, el efecto pernicioso de un sesgo ideológico injustificado. Constituye, ante todo, el resultado de condiciones estructurales reales —la apertura misma del sistema estadounidense y la relativa novedad histórica de la actual retórica y agenda iliberales—, y que, precisamente por ello, tornan tan analítica como políticamente problemático equiparar en un mismo diagnóstico lo que ocurre en Estados Unidos con lo que ocurre en Rusia y China. Se trata de un proceso común de autocratización[1], de impacto global, que afecta a las tres potencias; pero que estas viven de un modo cualitativamente diferenciado por su origen, su mecánica interna, su reversibilidad y su proyección internacional. Reconocer esa diferenciación no implica restar legitimidad ni utilidad a la crítica interna que se hace de la deriva iliberal estadounidense desde las propias condiciones de su sociedad y democracia. Por el contrario: esa crítica es en sí misma una prueba de la diferencia que aquí se argumenta.

El origen de la asimetría: por qué se critica más a Estados Unidos

Antes de argumentar por qué la equiparación es un error, conviene explicar honestamente por qué existe la asimetría, pues no responde a un simple prejuicio. En primer lugar, reconozcamos que la apertura constitutiva del sistema estadounidense genera su propia materia prima crítica. A diferencia de Rusia y China —donde la disidencia interna es sistemáticamente reprimida o invisibilizada— Estados Unidos sigue produciendo, incluso en medio de su erosión iliberal, prensa libre, oposición política real, fallos judiciales adversos al ejecutivo y filtraciones de funcionarios disconformes. Esa disidencia interna, amplificada globalmente, se convierte en insumo constante de la crítica externa. No es que el mundo vigile más a Washington por animadversión: es que Washington continúa generando, desde dentro, los elementos con los que se le puede seguir vigilando y criticando.

En segundo lugar, comprendamos que lo inédito de la retórica trumpista produce una sobrerreacción discursiva comprensible. Que una potencia con dos siglos y medio de paulatino establecimiento de una relativa estabilidad institucional democrática gire hacia el iliberalismo constituye una ruptura de expectativas mucho más disruptiva que la profundización de un autoritarismo que, en Rusia y China, nunca dejó de ser tal. La sorpresa histórica se traduce, por efecto de la novedad y amplificada por los medios masivos y redes sociales, en intensidad retórica.

En tercer lugar, existe una cercanía epistémica y afectiva: se escribe y debate más sobre Estados Unidos porque sobre este hay más información disponible, mayor interdependencia económica y cultural, y un lenguaje conceptual compartido —el del liberalismo democrático— que permite criticar internamente desde categorías propias. Algo que resulta mucho más difícil de hacer sobre sistemas como el ruso o el chino, que nunca compartieron ese marco normativo.

Ahora bien: estas tres razones explican la asimetría, pero no la convierten en una equivalencia analítica legítima cuando se traduce en el gesto de meter a los tres países en el mismo saco conceptual. Y, partiendo de este reconocimiento, conviene analizar por qué es analíticamente problemático equiparar los tres casos.

Si atendemos a los puntos de partida institucionales de los tres casos, vemos las diferencias entre los procesos ruso y chino, por un lado, y el estadounidense, por el otro. Rusia y China no atraviesan una democratización a la inversa: nunca contaron con una separación de poderes funcional—salvo en el caso ruso, donde el parlamento y el presidente vivieron una suerte de breve guerra civil tras Perestroika, saldada con el retorno del Ejecutivo todopoderoso—, no tuvieron elecciones competitivas reales —salvando, nuevamente, la experiencia rusa de inicios de los noventa—ni desarrollaron un poder judicial independiente en el sentido liberal-democrático moderno. Su autocratización actual es la profundización o reconfiguración de un autoritarismo preexistente —postsoviético en un caso, leninista de partido único en el otro— de muy larga data y arraigada presencia institucional, cultural y social.

Estados Unidos, en cambio, parte de instituciones consolidadas —tribunales independientes, prensa libre, elecciones competitivas, alternancia efectiva, federalismo— cuyo proceso observable es la erosión desde dentro, no la ausencia estructural. Se trata de mecánicas, actores y grados de reversibilidad completamente distintos, que remiten a algo sobre lo que la literatura sobre la llamada “tercera ola de autocratización” (Lührmann & Lindberg, 2019) ha insistido: no es lo mismo la autocratización de regímenes ya autoritarios que el retroceso democrático (democratic backsliding) de regímenes que partían de una democracia consolidada (Bermeo, 2016). Fundir ambos procesos en una sola categoría analítica borra precisamente la diferencia que tanto la experiencia política como la propia interpretación politológica permiten reconocer con cuidado.

En lo relativo a los mecanismos de contención y reversibilidad, en Rusia y en China no existen tribunales capaces de frenar al ejecutivo, elecciones que puedan desplazarlo del poder, ni una prensa que pueda investigarlo sin enfrentar represalias existenciales para sus hacedores. En Estados Unidos esos mecanismos existen, aunque estén hoy tensionados, instrumentalizados o parcialmente capturados. Su sola existencia no garantiza que funcionen, pero cambia cualitativamente la naturaleza del fenómeno: se trata de una contienda institucional y civil en curso, de resultado abierto, no de una arquitectura de control ya cerrada y sin fisuras. Autores como Levitsky y Ziblatt (2018, 2023) han documentado con detalle cómo el sistema estadounidense combina, en el presente, señales de erosión con episodios de resistencia institucional efectiva —fallos judiciales adversos, resultados electorales que desplazan gobiernos, mecanismos de checks and balances que, aunque debilitados, siguen operando—. De tal suerte, tratar este proceso como equivalente al de un régimen donde esa contienda es, sencillamente, impensable; invisibiliza que en un caso el juego democrático sigue siendo jugable y en el otro está definitivamente cerrado.

En cuanto a la proyección internacional del régimen resultante de los respectivos procesos, Rusia y China no solo autocratizan hacia dentro: exportan explícitamente modelos de control y cooperación autocráticos —vigilancia masiva, censura, apoyo a otros regímenes autoritarios— como parte de un proyecto geopolítico alternativo al orden liberal internacional (Guriev & Treisman, 2022). La deriva iliberal estadounidense, hasta el momento, no se presenta como un modelo alternativo coherente de rearme del orden internacional; sino como una crisis interna de un sistema que, performativa o efectivamente, continúa reclamando su pertenencia al campo occidental, con espasmos aislacionistas o imperiales. Las vulgares apetencias y amenazas de Trump contra Canadá o Groenlandia[2], por ejemplo, son tan detestables como torpes, por cuanto lesionan innecesariamente las relaciones con dos viejos socios estratégicos  de EEUU, además de comprometer la imagen de Washington ante el mundo. Pero no se comparan, hasta el momento, con los procesos recolonizadores de represión ampliada y homogeneización etnocultural desatados por Rusia en Ucrania o por China en Xinjiang. Estamos, por tanto, ante fenómenos con una proyección internacional cualitativamente distinta; incluso si ambos producen efectos globales significativos, reconociendo que el retroceso democrático estadounidense debilita el ya de por sí frágil consenso normativo internacional en favor de la democracia liberal (Diamond, 2021).

La consecuencia analítica de la equiparación

Colocar los tres procesos bajo la misma etiqueta de “autocratización global” sin diferenciarlos cualitativamente produce un diagnóstico plano, con varios costos. Primero, la narrativa homologadora pierde capacidad predictiva, pues no permite anticipar qué mecanismos de reversión son viables en cada contexto. Segundo, iguala regímenes con relaciones radicalmente distintas con sus propias poblaciones, donde el costo de la disidencia varía entre la incomodidad política y la persecución existencial. Tercero, alimenta un relativismo perverso: si “total, son todos autoritarios”, se diluye tanto la urgencia específica de defender lo que en el caso estadounidense todavía es defendible, como la gravedad de la represión sistemática que caracteriza a los otros dos casos.

Los datos sirven como confirmación empírica de la asimetría estructural. El argumento anterior no es solo teórico: los tres grandes observatorios internacionales de la calidad democrática —V-Dem, Freedom House y The Economist Intelligence Unit (EIU)— ofrecen, en sus informes más recientes, una confirmación empírica notable de la tesis de que Estados Unidos, Rusia y China atraviesan procesos cualitativamente distintos, aun dentro de una misma tendencia global de autocratización.

El Democracy Report 2026 del V-Dem Institute documenta que Estados Unidos sufrió la mayor caída registrada en su Índice de Democracia Liberal desde que existe el conjunto de datos —retrocediendo en un solo año del puesto 20 al 51 entre 179 países—; una caída de magnitud solo comparable, en la historia del índice, a la de países que sufrieron golpes de Estado militares. El informe concluye que Estados Unidos perdió, por primera vez, su estatus de democracia liberal, cayendo a la categoría inferior de democracia electoral. Atribuyendo el retroceso a la concentración acelerada de poder en la presidencia, la intimidación al poder judicial, la politización del servicio civil y los ataques a la prensa y la disidencia (V-Dem Institute, 2026).

Este dato, sin embargo, debe leerse junto con lo que el mismo tipo de informes señala sobre Rusia y China. Freedom House (2026) reporta que, mientras Estados Unidos ha perdido 12 puntos en 20 años sobre una escala de 100, Rusia y China permanecen prácticamente inmóviles en las posiciones más bajas posibles de la escala —12 y 9 puntos sobre 100, respectivamente—, no porque hayan mejorado o dejado de reprimir, sino porque ya no tienen margen de caída: llevan años instalados en el suelo de la autocracia consolidada. Profundizando mecanismos de represión —persecución de la disidencia antibélica en Rusia, represión de periodistas y protestas en China— sin que ello se traduzca en un “descenso” medible, simplemente porque no queda nada por descender.

El índice de la EIU (2026) refuerza exactamente esta distinción categorial. Estados Unidos, pese a su deterioro —descendió del lugar 28 al puesto 34 de 167 países evaluados—, permanece dentro de la categoría de democracia. Es decir, en el mismo rango que comparte con decenas de naciones con instituciones competitivas, competencia efectiva y alternancia real. Rusia y China, en cambio, se ubican en la categoría más baja del índice, la de “régimen autoritario” —en puestos cercanos al final de la tabla— sin elecciones competitivas ni pluralismo político reconocible bajo ningún criterio de la metodología.

Esta comparación —una potencia que retrocede velozmente pero permanece dentro del umbral de la competencia democrática, frente a dos potencias que llevan años estancadas en el punto más bajo posible de la escala autoritaria— es precisamente la evidencia empírica del argumento central de este ensayo. No se trata de negar la gravedad ni la velocidad inédita del retroceso estadounidense —que los tres observatorios documentan con crudeza y que en sí misma justifica la alarma y la crítica interna— sino de advertir que la métrica de la caída —qué tan rápido se cae— no debe confundirse con la métrica del punto de llegada —dónde se aterriza— en el caso analizado. Estados Unidos cae rápido desde una altura institucional que todavía lo mantiene, según estos mismos informes, en la categoría de las democracias —defectuosas, erosionadas, pero democracias al fin— mientras que Rusia y China no están cayendo: ya tocaron fondo hace tiempo y ese fondo es cualitativamente distinto.

Adicionalmente, el propio Freedom House (2026) señala un dato que refuerza la dimensión de proyección internacional discutida más arriba: mientras Washington retrocedía en libertades internas, Moscú y Pekín intensificaban una coordinación explícita para debilitar organismos de monitoreo electoral, sociedad civil y organismos multilaterales a escala global, en lo que el informe describe como una campaña conjunta para “hacer el mundo más seguro para la autocracia”. Esto es, ambos regímenes no solo consolidan su control interno, sino que exportan activamente su modelo como alternativa geopolítica. Algo que ninguno de los tres observatorios atribuye, al menos hasta la fecha, al proceso estadounidense.

En síntesis: lejos de debilitar el argumento de este ensayo, los datos de V-Dem, Freedom House y la EIU confirman con notable precisión que existe un proceso común de deterioro democrático global, pero reconocen que sus trayectorias, puntos de partida y puntos de llegada son estructuralmente distintos. Y esa distinción —lejos de ser un tecnicismo estadístico— es la que debería orientar tanto el análisis académico como la proporcionalidad de la crítica política.

Las consecuencias políticas de la equiparación

Más allá del problema analítico, la equiparación tiene consecuencias políticas concretas y, en cierto sentido, contraproducentes.En primer lugar, favorece discursivamente a Moscú y Beijing. El relativismo del “todos son iguales” es, de hecho, un argumento que ambos regímenes emplean activamente en su propaganda exterior —la idea de que Occidente también reprime, censura y manipula procesos electorales—. Equiparar sin matices termina por reproducir, incluso sin proponérselo, ese whataboutism que ambos gobiernos utilizan para desactivar la crítica externa a sus propias violaciones sistemáticas de derechos.

En segundo lugar, desmoviliza la resistencia interna dentro de Estados Unidos. Si el diagnóstico predominante sostiene que se trata de un autoritarismo ya consolidado, equivalente al ruso o al chino, se transmite —falsamente, a la luz de la evidencia empírica disponible— que la partida institucional ya está perdida. Justo cuando lo que se observa es que las instituciones continúan contestando, litigando y, al menos parcialmente, conteniendo el proceso; a la vez que la sociedad civil, movilizada, resiste las tendencias iliberales y potencialmente autoritarias. Ese desaliento, hijo de la equiparación forzada, tiene un costo político real para quienes, desde dentro del propio sistema, defienden sus condiciones democráticas.

En tercer lugar, la equiparación sobrecarga moralmente y de forma selectiva a quien permite ser criticado. Concentrar la crítica más severa en Estados Unidos, precisamente por su apertura, genera el incentivo perverso de que los regímenes cerrados “ganen” comparativamente por opacidad y no por mejor comportamiento efectivo.

Nada de lo anterior invalida la legitimidad ni la utilidad de la crítica interna a la deriva iliberal estadounidense. Por el contrario: la posibilidad misma de ejercer esa crítica con eficacia política —que importe, que movilice, que tenga consecuencias electorales o judiciales reales— es precisamente lo que distingue el caso de Estados Unidos del de Rusia y China. Cuestionar el ataque a jueces, a la prensa, a las universidades o a los mecanismos electorales, desde las propias condiciones de la sociedad estadounidense, no solo es legítimo: es un ejercicio que confirma que ese margen de acción democrática todavía existe. El error no reside en criticar con dureza a Estados Unidos; reside en emplear esa crítica —necesariamente distinta en su lógica y en su función política— como si fuera intercambiable con el diagnóstico de sistemas en los que esa misma crítica sería, sencillamente, impensable, o le costaría a quien la enunciara su libertad.

Quizá sirva para ilustrar mejor la relevancia que concedo a ser precisos al nombrar la naturaleza de los fenómenos políticos, la siguiente reflexión personal. Habiendo salido a realizar mis estudios doctorales fuera de mi natal Cuba —justo cuando comenzaban las manifestaciones de acoso y persecución políticas en mi contra— me vi a la postre imposibilitado de retornar a aquella, al tiempo que el régimen desplegó distintas acciones —asesinato reputacional, amenazas judiciales, intimidación física— en mi contra. Mi madre murió hace 26 días en la isla; el veto de la dictadura hizo imposible que pudiese estar con ella en los momentos finales de su vida. Y sin embargo, pese al trauma que esta experiencia significa y reconociendo realistamente que se trata de la autocracia más longeva e influyente del hemisferio occidental, me cuido de usar expresiones como “genocidio” o “exterminio” para definir las prácticas extendidas de represión social del castrismo. Porque creo que la mayor eficacia política no pertenece a quienes utilizan de modo irreflexivo las palabras que buscan identificar las expresiones del Mal totalitario; sino que esa potencia descansa en el uso más exacto —y, por ende, apegado a la Verdad— que hagamos de aquellos conceptos que nos permiten nombrar, analizar, cuestionar y combatir a dichas tendencias violentas y deshumanizantes.

Conclusión

Las grandes potencias del orbe se ven hoy afectadas por un proceso común: una autocratización, de impacto global, se manifiesta simultáneamente en los sistemas políticos de Estados Unidos, Rusia y China. Pero dicho proceso está cualitativamente diferenciado en su origen institucional, su mecánica interna, su grado de reversibilidad y su proyección internacional. Si volvemos nuestra mirada al debate público actual sobre este fenómeno, es posible reconocer que la asimetría en la atención crítica tiene raíces reales y explicables —la apertura institucional estadounidense y la novedad histórica de su retórica iliberal— que no deben leerse automáticamente como un sesgo injustificado. Pero que tampoco deben resolverse aplanando las diferencias sustantivas entre los tres procesos.

La tarea analítica y políticamente más rigurosa no consiste en “criticar por igual” a las tres potencias, ni en criticar menos a Estados Unidos por su linaje y antecedentes liberales. Consiste en especificar cualitativamente cada proceso de autocratización, de modo que no se le regale a los regímenes cerrados el argumento relativista que tanto necesitan para su legitimación externa, ni se le reste urgencia a la defensa de lo que, en Estados Unidos, sigue siendo distinto de Rusia y China. Esas asediadas libertades que, precisamente, hacen posible que el vecino del norte continúe siendo un objeto posible de la crítica y corrección democráticas.

 

Referencias

Bermeo, N. (2016). On democratic backsliding. Journal of Democracy, 27 (1), 5–19.

Cassani A and Tomini L (2019) Autocratization in Post-Cold War Political Regimes. Cham: Palgrave Macmillan

Diamond, L. (2021). Ill winds: Saving democracy from Russian rage, Chinese ambition, and American complacency. Penguin Press.

Economist Intelligence Unit. (2026, 7 de abril). Democracy Index 2025: Democracy stabilises after eight years of decline. The Economist Group. https://www.prnewswire.com/news-releases/eiu-democracy-index-2025-democracy-stabilises-after-eight-years-of-decline-302734863.html

Freedom House. (2026). Freedom in the World 2026: The growing shadow of autocracy*. https://freedomhouse.org/report/freedom-world/2026/growing-shadow-autocracy

Guriev, S., & Treisman, D. (2022). Spin dictators: The changing face of tyranny in the 21st century. Princeton University Press.

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How democracies die. Crown Publishing.

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2023). Tyranny of the minority: Why American democracy reached the breaking point. Crown Publishing.

Lührmann, A., & Lindberg, S. I. (2019). A third wave of autocratization is here: What is new about it? Democratization, 26 (7), 1095–1113. https://doi.org/10.1080/13510347.2019.1582029

Nord, M., Lundstedt, M., Gastaldi, L., Natsika, N., Grahn, S., & Lindberg, S. I. (2026). Democracy report 2026: Unraveling the democratic era? V-Dem Institute, University of Gothenburg. https://www.v-dem.net/documents/75/V-Dem_Institute_Democracy_Report_2026_lowres.pdf

 

NOTAS

[1] Entendemos aquí por autocratización, siguiendo a Cassani & Tomini (2019) un proceso de cambio de régimen, caracterizado por un declive o erosión de las instituciones democráticas —tanto formales como informales— donde el ejercicio del poder político se vuelve cada vez más arbitrario y represivo. Durante este proceso, se limita o cancela de forma gradual el espacio para la impugnación pública, la participación de la oposición y el pluralismo político. En consecuencia, el gobierno ejerce el poder de manera cada vez más discrecional, reduciendo o eliminando los controles horizontales y la rendición de cuentas pública.

[2] El ataque del pasado 3 de enero en Venezuela, saldado con la captura del dictador Maduro, si bien violó el Derecho Internacional, no derivó en una invasión del territorio nacional; previamente hipocolonizado por diversas autocracias globales, asociadas a la dictadura venezolana y redes criminales internacionales. En el presente, se ha establecido un status ambiguo -de tutela sin ocupación- sobre el cual hay hasta la fecha tantas dudas -por su desenlace, a favor o en contra del restablecimiento de la democracia y el mantenimiento del status quo chavista- como un visible consenso mayoritario de los venezolanos de apoyo a la captura del dictador.

 

Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador, profesor visitante de la cátedra Karl Loewenstein en Amherst College. Investigador en el think tank Gobierno y Análisis Político (GAPAC). Con 30 años de experiencia docente en Cuba, México, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Nicaragua y Venezuela. Experto del proyecto V-Dem especializado en el estudio de los procesos de democratización y autocratización en América Latina y Rusia. Editor, coautor y/o autor de numerosas publicaciones sobre esas temáticas. X: @DMando21

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Posted: August 3, 2026 at 12:06 am

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