Essay
Serpientes y escaleras
COLUMN/COLUMNA

Serpientes y escaleras

Miriam Mabel Martínez

Getting your Trinity Audio player ready...

Share / Compartir

Shares

Cuando era niña, me intrigaba la creatividad para hacer trampa por parte de uno de mis primos. Me enojaba que pensara que no me daba cuenta de sus triquiñuelas y en secreto me preguntaba quién de los dos ganaba y quién perdía. Si bien tarde o temprano lo terminaba descubriendo, pronto me percaté de que su motivación era precisamente revelarme su habilidad para trampear. Ser tramposo resultaba un rasgo de identidad. Su diversión consistía en verme patalear y reclamarle. No recuerdo quién dio fin a los juegos, si yo claudiqué o si él se aburrió. Lo que sí sé es que me preguntaba para qué lo hacía, me sorprendía todo el tiempo que dedicaba a idear la trampa, la sofisticación del pensamiento puesta al servicio de burlar las leyes. Pasarse de listo se convertía en una cualidad, en un atajo para eludir la responsabilidad, en una estrategia de sobrevivencia futura en un país donde “el que no tranza no avanza”.

Hay que aprender “a darle la vuelta”  a las situaciones, ya sea en el ámbito familiar, laboral, emocional, profesional y educativo, como consecuencia de una muy sui generis sabiduría popular que aplaude a los abusados, a los que rebasan por la derecha, porque el fin justifica los medios. Si ese fin es la exposición de una maqueta escolar, no importa que los padres opten por hacerla suplantando a los hijos, ya que de lo que se trata es de asegurar un lugar privilegiado y no de aprender. Ejemplos sobran, desde la mano de Dios en el futbol, pasando por la “Operación Varsity Blues” que en 2019 evidenció el fraude masivo de sobornos para admisiones a universidades estadounidenses de élite, o la demanda por tesis escritas por encargo o el pago por doctorados honoris causa hasta la compra de las respuestas o el uso de la IA en el examen de ingreso a la UNAM. Finalmente, “con dinero baila el perro”.

Hemos normalizado pagar para que otro haga “mejor” lo que de antemano asumimos que nosotros haremos peor o lo que nos da flojera hacer. ¿Displicencia, irresponsabilidad, cinismo? Sin duda: corrupción. Pero, ¿Cuándo y por qué empezamos a elegir la estafa?

Nunca supe si mi primo prefería hacer trampa porque creía que yo era mejor en los juegos de mesa. No tuvimos oportunidad de demostrar mis pericias. Y eso quizá es lo que más me frustraba: la imposibilidad de desplegar mis talentos en el parkasé o en las damas chinas o en el Monopoly o en la Lotería. Lo que siempre tuvimos ocasión de comprobar fue su destreza para ocultar lo poco que entendía estos juegos. Si hubiera dedicado el mismo tiempo a aprender sus reglas me hubiera ganado sin hacer trampa, pero quizá a lo que él aspiraba era al reconocimiento social derivado de su soltura para desarrollar artimañas. Claro, la mensa era yo, porque no respondía a su trampa con otra, ya se sabe que “una trampa sólo es una trampa si no la conoces; si la conoces, es un desafío”.

Mi primo, ya desde entonces, descubrió que “la única culpa es que te descubran”, quizá por ello nos distanciamos. Lo cierto es que a partir de ese momento me alejé de los juegos de mesa, tal vez me sentí insegura por no ser una buena tramposa o por no dejarme engañar o por no tener el ingenio para inventar embustes como los celebrados en las películas, o como los ardides de compañeros de secundaria para copiar o para hacer acordeones o para no pagar el IVA o para estacionarse donde no se debe o para meterse en sentido contrario o para saltarse la fila o para creer que se gana.

Se trata de vencer a toda costa. He ahí la dicotomía entre los beneficios de la trampa y la creencia de que se hizo lo necesario para alcanzar el objetivo. ¿Cómo es que la trampa se transforma en un acto “heroico”? Todo se vale, sin reglas ni límites, sin restricciones morales. Nos permitimos hacer lo que sea para triunfar. Y una vez victorioso ¿por qué no presumir el logro? Al fin, en la guerra como en el amor todo se vale. Además de romper las reglas, la trampa justifica las acciones extremas para conseguir lo que se desea. Bajo la presión de la competencia, y obedientes al sistema, nos enfocamos en triunfar con las mismas artimañas sin importar los contextos. Creyentes de la meritocracia, nos dejamos convencer por eldo it yourself. Corremos para llegar antes incluso a esos lugares a los que no queremos ir, porque hemos asimilado bien que lo importante es derrotar al otro.

En el juego de Serpientes y escaleras se trata de subir, ¿pero qué pasa cuando las condiciones estructurales impiden avanzar a los jugadores? Pareciera como si, atados a la idea del éxito individual, estuviéramos “condenados” a la trampa casi legitimada, porque no queda de otra en sociedades tan desiguales. “Echarle ganas” no nos abre la puerta en realidad, por lo cual podríamos llegar a creer que hacer trampa también se vuelve una manera de hackear al sistema. ¿Será?

Quizá una de las tareas más urgentes es asumir que, en vez de pensar en la acción colectiva y solidaria, en el cuestionamiento de las normas y metas impuestas desde arriba por el sistema, hemos caído en la trampa de la resiliencia como salida solitaria: se trata de aguantar,  superarse, levantarse, seguir pese a todo, adaptarse, luchar solo contra el mundo para ser esa persona self-made y luego convertirse en bestseller o en orador para compartir “la fórmula del éxito”.

¿Cómo surfear la tentación de hacer trampa? Pareciera que, como dicen por ahí: “La honestidad es una gran virtud para los que no tienen imaginación”. Total, el costo de la ganancia individual de quien hace trampa la pagamos todos. Lo sé por experiencia, mi primo y yo nos perdimos la posibilidad de tenernos confianza.

Foto de VD Photography en Unsplash

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México y Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016). Coordinó las antologías Oríllese a la izquierda y Mujeres  (2019) y Mujeres. El mundo es nuestro (2021) ambas bajo el sello Universo de Libros.

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.


Posted: October 5, 2026 at 10:26 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *