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¿Por qué no gusta Digger?

¿Por qué no gusta Digger?

Jaime Perales Contreras

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El último filme de Alejandro González Iñárritu, Digger (2026), se puede articular en tres grandes momentos:

El primero nos introduce en la sátira de Joel Digger (Tom Cruise), un magnate petrolero cuya ambición desmedida lo lleva a ejecutar perforaciones en Groenlandia, provocando el colapso de un pozo y el desprendimiento de un iceberg masivo. Es el punto de partida en donde Iñárritu sostiene su ácida crítica hacia el cambio climático y la voracidad corporativa.

 El segundo expone el drama personal de Curtis Markson —interpretado también por el propio Cruise—, un actor que representa sobre el escenario la obra Fossil Fools, una pieza teatral basada en la figura de Joel Digger y producida por el propio sobrino del magnate, Kenny, encarnado por Jesse Plemons. La ficción dentro de la ficción actúa como un desdoblamiento trágico y satírico sobre la representación y el colapso: el mismo capital petrolero que devastó el planeta es el que financia la “resistencia artística” tras bambalinas.

El tercero nos interna abruptamente en un entorno orwelliano, contaminado y opresivo. El eslogan con que concluye el filme, «Libertad es sumisión», sintetiza la atmósfera de esta última etapa en un diálogo con la consigna de 1984, adaptado a la devastación ecológica: la sociedad no solo acepta el control, sino que abraza la servidumbre como mecanismo de supervivencia. Con esta transposición, Iñárritu da el salto de la comedia negra a un comentario político sobre la pérdida de la humanidad.

Como se puede observar, Digger es una obra compleja que se alimenta de la tradición metateatral y el cine de vanguardia. Su dispositivo narrativo evoca a Luigi Pirandello en Seis personajes en busca de autor (1925), donde las figuras dramáticas fracturan la ilusión escénica en un desesperado despliegue existencial.

A esta ruptura se suma el espíritu festivo de Takeshi Kitano en Zatōichi (2003), cuya escena final —donde el elenco entero, incluidos los personajes que fallecen en el filme, ejecuta una rítmica coreografía de tap— rompe la gravedad de la violencia para entregarse al gozo del espectáculo puro.

A su vez, la honestidad del filme al dejar ver las costuras de la representación emula la célebre la última escena de Amarcord (1973), donde Federico Fellini expone el artificio del rodaje en un gesto de transparencia poética.

Finalmente, esta mirada conecta con la lección de Dziga Vertov en El hombre de la cámara (1929): la lente de Iñárritu se vuelve consciente de sí misma en dos secuencias que capturan tanto la gesticulación de los políticos y magnates ante la catástrofe, como los rostros del público hipnotizado en la sala de teatro. Al cine, parece decirnos Iñárritu, no se le escapa nada.

En términos dramáticos, sin embargo, el espectador habría quedado satisfecho limitándose al desarrollo del primer acto: la sátira directa del magnate petrolero en colusión con un presidente corrupto (John Goodman). Por sí sola, esa premisa bastaba para articular la tesis central: ante la alianza del gran capital y el poder político, la ciudadanía es reducida a ganado.

Esto nos devuelve a la pregunta inicial: ¿por qué no gusta Digger? La respuesta radica en que la irrupción del segundo y tercer acto actúa como una distracción que disipa la tensión medular. Esto impide que el personaje principal genere en la audiencia la suficiente empatía o rechazo necesarios para sostener el peso de la historia. Como advierte Robert McKee en su análisis sobre la arquitectura del guion, fragmentar el foco de interés y diluir el conflicto central puede provocar un problema narrativo en un filme. Esta probable falla ocasiona el rechazo del público, a pesar de tratarse de una película honesta y poderosamente crítica.

Existe un fenómeno recurrente en la historia del cine al que se le llama “ego”: tras haber alcanzado la cima del prestigio y la taquilla, algunos directores consagrados deciden emprender, contra viento y marea, un proyecto radicalmente único, despojado de las ataduras de los estudios y de las exigencias del mercado. Ocurrió recientemente con Francis Ford Coppola —cuya obstinación por la libertad creativa lo llevó a reveses financieros como Megalópolis (2024)— o con Darren Aronofsky en ¡Madre! (2017). En Digger, Iñárritu parece haber cedido a esa misma tentación: el deseo de filmar una obra atrevida y experimental, aun a riesgo de distanciarse de su audiencia.

Pese a ello, es probable que Digger sea revalorada. La cinta acoge segmentos de maestría técnica y artística merecedores de la atención de la Academia: la fotografía de Emmanuel “El Chivo” Lubezki, un virtuoso diseño de maquillaje y la actuación de Tom Cruise. Resulta paradójico —como ya se comenta en las redes sociales y en la prensa especializada— que Cruise podría obtener el Óscar al Mejor Actor en el marco del mayor fracaso financiero de toda su trayectoria artística.

 

Jaime Perales Contreras. Escritor, ensayista y comunicador. Trabajó durante doce años en la Organización de Estados Americanos (OEA), en la sede en Washington, D.C., en las áreas de Democracia y Seguridad humanitaria. Entre sus distinciones, ha obtenido la John William Fulbright Scholarship, la beca del Consejo Británico y la del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). De sus libros, se publicó una nueva edición corregida y aumentada de su ensayo biográfico Octavio Paz y su círculo intelectual (Ediciones Coyoacán, 2017), su volumen de relatos se titula El gallo que fingió ser Jorge Luis Borges (Fontamara, 2015) y su último libro de ensayos sobre la relación entre el séptimo arte y la literatura  se titula Leer Cine(Fontamara, 2020). Actualmente es profesor de cátedra del Tecnológico de Monterrey en el Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. De su libro sobre Octavio Paz, el escritor Mario Vargas Llosa comentó de este como una obra de consulta obligada.

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Posted: October 20, 2026 at 6:24 am

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