Acechando a la Gran Trotadora
Lydiette Carrión
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Conocí a Lizardo Cruz en algún momento de finales de 2013. En ese entonces, mi amigo Fernando, por todos conocido como el Chucky, me había recomendado hablar con él. Lizardo era alguien que podría ayudarme a entender qué pasaba con el lobo mexicano…
Mi curiosidad partió de un número, el de la suerte: Siete. Sólo lograron identificar a siete lobos mexicanos en 1977 en libertad, en todo el mundo. Para 2013 había una población de alrededor de 300, ninguno de ellos en libertad en México. Durante 40 años los gobiernos estadounidense y mexicano se habían embarcado, cual arca de Noé, en tratar de rescatar la subespecie a partir de aquellos siete ejemplares. Hoy, 2026, en México sólo habría un puñado; y en Estados Unidos, está por levantarse el veto de exterminio.
Pero volvamos a 2013. Aquel año salió una nota: la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) había soltado una manadita con tres o cuatro ejemplares en “algún lugar de Sonora”, con el fin de que,ahora sí, el lobo mexicano viviera en nuestro territorio.
La ubicación de la manada era un secreto aquel 2013, ya que un par de años atrás ya se había hecho un esfuerzo similar con consecuencias funestas: en 2011 soltaron una primera manada y no duró ni seis meses: a un lobo lo envenenaron, a otro lo atropellaron, a otro más lo mataron con arma de fuego, una más desapareció, dejando su collar de radiolocalización tirado en un remoto lugar no identificado. El hombre es el lobo del lobo, caray. Pero ahora, las autoridades mexicanas presumían en escuetas notas periodísticas que una nueva manada sería puesta en libertad. Y ahora sí funcionaría. Yo quería escribir un reportaje para la revista Domingo, de El Universal. Por eso cuando supe que el Chucky trabajaba en la mera Semarnat, pensé que eso me abriría las puertas.
Al Chucky lo conozco desde que teníamos 15 años, cuando estudiábamos en el Colegio de Ciencias y Humanidades en los años noventa. Nos juntábamos con el mismo grupito. Con el Chuky y la bandita me puse mis primeras borracheras, en nuestro primer viaje como adolescentes emancipados, con él también secuestré mis primeros camiones como activista estudiantil. Era esa clase de compañerismo. No podría negarme nada. Aunque claro, en 2013, el Chuky era diferente, era un serio abogado ambientalista trajeado y con una subdirección en Semarnat.
–¿Te acuerdas de Lizardo?–, me preguntó. El tal Lizardo era uno de los más involucrados en el tema. Y también había estudiado en el CCH; yo dije “creo que sí”. Chuky me llevó a la oficina de Lizardo, nos presentó y nos dejó.
Ahí estaba Lizardo, sentado frente a un escritorio. En la pared detrás de él, estaban colgados muchos posters con lobos: ojitos ambarinos mirando al horizonte. El propio Lizardo tenía los ojos similares. Pero no, no lo recordaba ni del CCH ni de ninguna otra parte.
Me acerqué a su escritorio con mi mejor sonrisa, la que reservo a probables informantes, y pensando que, al ser amiga del Chuky, y además ceceachera, me contaría todo lo que yo quería saber. Finalmente el tema era noble, no era político, no buscaba dar un periodicazo a nadie. Pero Lizardo no me devolvió ninguna sonrisa.Por el contrario fue un poquito hostil. Ni porque saqué a colación nuestra alma mater, el Colegio de Ciencias y Humanidades, o rememoré anécdotas del buen Chuky, como cuando hicimos una fiesta y rompimos una ventana, sin querer. Nada, no sonreía con mis chistes. Le pedí conocer los criaderos de lobos. Me dijo que no podía verlos y que toda la información era confidencial, pero que podía buscar alguna institución privada que trabajara el mismo tema, a ver si tenía suerte. Al preguntarle un par de cosas, me advirtió que si yo quería una entrevista debía pedirla a comunicación social de la Semarnat, por vías formales.
Regresé a la oficina del Chuky, y cuando le conté, éste actuó sorprendido: ¿Cómo?, qué raro, debe de estar estresado, excusó. Pero no me ofreció ninguna otra salida. ¿Mi amigo el Chuky me había aplicado la de los funcionarios públicos? Mi amigo Chucky me había aplicado una antigua maña de funcionarios: el ah, caray, déjeme ver que pasó… y no volver a aparecer…
Salí de Semarnat desanimada y un poco perpleja. Los expertos con los que había platicado querían hablar de cuán bello era ese animal; se esforzaban por convencer de que valía la pena rescatarlo. Pero Lizardo, quien se encontraba en el corazón del programa, me había cerrado la puerta en las narices. Aunque… pensándolo un poco más, no era el primero que me evadía.
Semanas atrás yo había ido al zoológico público de Aragón, al norte de la Ciudad de México. Ahí me había recibido nada más y nada menos que Gerardo Vázquez, uno de los veterinarios que más conocía esta subespecie, y una persona que se había subido al tren por el rescate del lobo desde el día uno, allá por los lejanos años noventa Gerardo específicamente y aquel zoológico fueron clave para el segundo rescate… pero esa es otra parte de la historia. En fin, aquella vez que conocí a Gerardo, aunque fue muy amable (a diferencia de Lizardo), también se puso a la defensiva en algunos temas –en particular algo sobre los linajes, la pureza del ADN…
El texto en Domingo jamás se publicó, ya que antes de terminarlo, cerraron la revista poco después de forma inesperada. Pero seguí obsesionada con los lobos, y seguí leyendo. Leí como lo extinguieron, por medio de estricnina y buscando en primavera, a la camadas. Leí sobre cómo en Nuevo México y Arizona, ya a finales del siglo XIX colocaban letreros con la leyenda “se busca”, para los pocos lobos que quedaban; como si fueran forajidos o roba bancos. ¿Por qué si eran tan pocos los que quedaban para entonces, seguían persiguiéndolos de esa forma?, me preguntaba. Pasaban los meses Y seguía leyendo. En algún día de julio de 2014, leí que dos ejemplares de la manada de lobos que soltaron en algún lugar de Sonora a finales de 2013 sobrevivieron. ¡Sobrevivieron un año! Y había una gran noticia confinada en las pequeñas notas de relleno de los diarios: después de casi 30 años, nacieron los primeros lobeznos en libertad en territorio mexicano. Los primeritos.
Estos lobeznos habían nacido en mayo de 2014. Pero la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) había sido cautelosa y liberaba la información en julio. Probablemente las autoridades se querían asegurar de que la camada sobreviviera. Había un video, aun sin desvelar el sitio de los lobos, mostrando a los pequeños herederos: unos cuatro cachorros de patas gruesas y torpes, que se alimentan bajo la sombra de un árbol. Los lobeznos deben ser los únicos cachorros que son más feos que sus papás. Los lobos adultos son muy guapos, pero los lobeznos no: su hocico es muy ancho, sus orejas demasiado grandes para sus cabezas. De hecho, R. al pasar junto a mi computadora, se asomó a la pantalla de la computadora y dijo:
–Parecen perros.
Vernon Bailey. El lobo gris mexicano lleva el nombre científico canis lupus Baileyi en honor a este hombre, ya que fue el primero en describir la subespecie. Vernon Bailey es considerado un héroe pionero. El último gran naturalista autodidacta. Hay una cima que lleva su nombre en el parque nacional Big Bend, Texas: Vernon Bailey Peak. También, un puñado de flores y plantas: chrysothamnus baileyi, ostrya baileyi rose, yucca baileyi. Y está, por supuesto, el nombre científico del lobo gris mexicano: canis lupus baileys. Encuentro en internet la circular 63, de la cual se publicaron extractos en el New York Times en 1908.
“El Servicio Forestal [estadunidense] está llevando a cabo la más sistemática de las guerras contra estas plagas [se refiere a los lobos]. En 1907 se reportó la captura de mil 720 lobos en 39 parques nacionales […] Las trampas son colocadas con carnada fétida y estricnina [un veneno medianamente potente] –4 granos para lobos y 2 para coyotes– […] pero fue hallado otro método de exterminio más contundente: se identificó que el periodo de nacimientos ocurren en abril y mayo, y ahora estas camadas, de seis a 10 lobeznos y de 5 a 9 coyotes, tienen enemigos humanos que pronto terminarán con la historia de su evolución en esta parte de la Tierra”.
Cierro la pantalla de la computadora de un manazo. Bailey utilizó todo su talento, solo con la finalidad de acabar con los lobos de todo Estados Unidos.
Y el lobo mexicano lleva su nombre.
Seguí leyendo todo lo que encontraba sobre lobos mexicanos: estudios científicos, libros con teorías de la conspiración, que sostenían que el lobo gris mexicano era un mito; que si el linaje que proveyó el zoológico de San Juan de Aragón, cuando se dieron cuenta que los siete lobos primigenios necesitaban sangre nueva, era en realidad el de un perro. ¡Ah, entendí. Por eso Gerardo Vázquez se ponía a la defensiva con lo del ADN. ¿Pero por qué había tanto revuelo con una subespecie de lobo? ¿Por lo que le hicieron? ¿Acaso por la culpa de haberlos exterminado de esta manera? Leí sobre el lobo que una pareja de jóvenes que viajaba en motocicleta trajo de quién sabe dónde, y dejó en el santuario de Nuevo Mexico. Leí estudios antropológicos, sobre cómo el pueblo Navajo, en Arizona Estados Unidos, cuando salía a cazar hacía un ritual y transmutaba en lobo. Leía, pero también me fui a una guerra y cubrí desgracias. Luego me junté, me embaracé, parí. Un día esperaba a la salida de la guardería de mi hijito pequeño; iba con mi pareja quien al ver a un hombre de ojos lupinos, llamó: ¡Lizardo! El hombre volteó, sonrió y ambos se abrazaron cálidamente. Se conocían desde chavitos, y ahora los hijos iban a la misma escuelita. Estaba cambiado, con ese abdomen que el primer hijo da no solo a las mujeres. Supongo que yo también era diferente, al menos con el aspecto abotargado de los desvelos que dan los niños pequeños. Yo lo recordé pero él no se acordó de mí. Sólo tras un par de encuentros después, a la salida de la guardería, le dije:
–Yo te conocí en la Semarnat. Te pedí información de los lobos y me mandaste al diablo.
Me miró sorprendido y se rió con pena. Ya en confianza le pregunté por qué no quiso hablar. Se rió de nuevo, dijo que no recordaba, pero que quizá por ser funcionario público. Y agregó:
–Pero ya no soy funcionario. ¿Qué quieres saber?
EL GRAN TROTADOR
Noviembre en el país Navajo, esa tierra de altos desiertos en el norte de Arizona. La luna se ha vuelto más grande; las noches más frías y los cielos más transparentes. Caen las primeras nieves. Inicia la cacería ritual de venado,“el camino del lobo” le llaman. Desde noviembre y hasta la luna llena de diciembre, entre 4 y 10 hombres cambiarán de piel y se convertirán en depredadores. Para transformarse emplean un baño de vapor ritual, algo que más al sur llamamos “temazcal”. En el calor, en el vapor que surge de las piedras ardiendo, los cazadores cantan y rezan y se sumergen en un mundo anterior al nacimiento, un mundo habitado por dioses animales, entre ellos el lobo, el cual les prestará sus poderes y capacidades para matar. Al salir de cacería, los hombres serán el “Gran Trotador”, como narra Steve Pavlik que llamaban al lobo hace unos cien años los navajo . En la cacería los hombres dejan atrás las restricciones que deben seguir cotidianamente. Como humanos, tienen prohibido hablar de matanzas o cantar determinadas melodías. Ahora, transformados en lobos pueden hablar de muerte y sangre. Comerán y dormirán como un lobo, aullarán 4 veces al norte para prevenir el mal clima, aullarán para comunicarse entre ellos, para celebrar la muerte de una presa, y cazarán como lobos: en manada, acorralando a su presa hasta atraparla. Después de la luna llena de diciembre, los participantes en la cacería realizan otro temazcal, en el que se limpian la muerte y el asesinato, como cambiando de piel, y se deshacen de su identidad animal.
LA ISLA DE LA FANTASÍA
Es 2020, antes de la pandemia. Compramos unos cafés en Coyoacán y comenzamos a caminar. En esta ocasión Lizardo sí acepta bromas sobre el Chuky y complicidades del alma mater. Y luego se disculpa por enésima vez por haberme tratado mal cuando estaba en la Semarnat y luego dice, más bien para sí: “Casi todos los tipos que tratan con lobos son muy complicados”. Y empieza a hablar sobre el pedazo de historia que le tocó recorrer.
En el 2007, lo invitaron a trabajar para reintroducir el lobo en México. Él fue encargado de diseñar los Programas de Acción para Conservación de la Especie (PACE), unos documentos muy técnicos e ilegibles para cualquiera que no sea un biólogo o veterinario.
“Me tocó diseñar todo eso, que fue un momento de fantasía, ¿sabes? después de ver a toro pasado”.
– ¿Por qué un cuento de fantasía?
Lizardo da un largo trago a su café y deja pasar un camión ruidoso.
–Porque no conocemos al lobo. Hicimos talleres, invitamos a expertos, pero cuando empecé a ver los resultados, ya con el programa andando, me di cuenta de que lo planeado era la “isla de la fantasía”. Una serie de buenos deseos que la gente había imaginado, que nosotros habíamos imaginado. Por un lado no teníamos idea de dónde iba a salir el presupuesto, ni cómo le íbamos a gestionar o generar los contratos, ni toda esa historia, que a veces es lo más horrible, pero es fundamental. Pero además muchas acciones se plantearon desde la parte mitológica del lobo. No lo conocíamos. Pensábamos que se iba a mantener en un sitio de pocos cientos de kilómetros cuadrados.
–Y no es así…
Lizardo se ríe.
–Para nada es así. Espera, deja llegamos a esa parte. Deja que te cuente de la princesa… Ella nos enseñó todo.
***
A inicios del siglo XX, los rancheros mexicanos asumían que el lobo mermaba su ganado y ya. Un mal hasta cierto punto inevitable, “como ocurría con las sequías, los cuatreros y el ántrax. No es que ningún ranchero haya perdido jamás la oportunidad de disparar a un lobo cuando la tenía; pero no se acostumbraba poner trampas, ni venenos contra ellos”(Lynch, 2005), reconocería McBride. Pero en los años 30, algunos mexicanos viajaron a EU para comprar toros; y rancheros estadunidenses, atraídos por los bajos precios de las tierras, emigraron hacia México.
Entonces el odio contra el lobo fue contagiado. En México rociaron con estricnina pedazos de carne, colocaron trampas. Pero el lobo es inteligente. Algunos escaparon a las mandíbulas de metal, o sobrevivieron a una ingesta no letal de estricnina y aprendieron a evadir trampas y carnadas.
El humano hizo un contraataque fulminante. En 1952, el Departamento de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos y el Buró Panamericano de Sanidad emprendieron una campaña con el componente 1080: monofluoracetato de sodio, un veneno incoloro, insaboro y letal. Alegaban que los lobos significaban un grave riesgo de contagio de rabia. Así que soltaron recursos públicos, dineros y políticas públicas con el fin de aniquilarlo.
Para dar cuenta de la dimensión de la política de exterminio, sólo unas cifras recabadas por el gobierno mexicano:
Año de 1955, en Nacozari, Sonora: autoridades diseminan 480 kilogramos de carne envenenada en 167 mil hectáreas. El resultado: 4 mil 600 coyotes y lobos envenenados.
Nuevo Casas Grandes, Chihuahua: en 393 mil hectáreas se usan mil 455 kilogramos de carne con el mismo veneno. Resultado: 7 mil 800 coyotes y lobos muertos.
Algunos ejemplares adultos aprendieron a evitar cualquier alimento de procedencia dudosa; pero sus lobeznos, no. Así que la población de lobos mermó todavía más. Pero hubo otra especie que no se salvó. Este veneno también jugó un papel determinante en la extinción del oso plateado mexicano.
LA PRINCESA
Dos mil siete, dos mil ocho, cada año pasa y el equipo mexicano no logra construir condiciones para liberar una manada. Mientras, las disputas políticas y de visiones se hacen patentes: unos pugnan por que realmente no tiene caso “introducir” a un animal que “se extinguió” en la naturaleza. Esto sin importar que “no se extinguió” sino que fue exterminado. Otros advierten que “ya no hay ecosistema que lo reciba”. Otros añaden que quizá genéticamente no sea “puro”. ¿Vale la pena luchar contra la extinción? ¿Vale la pena conservar un cachito de bosque o pastizal? Finalmente, en 2011, los expertos determina que “hay condiciones”: pero hay una sola manada, sin macho. Sólo queda una mamá, la alfa, y sus cachorros, tres juveniles… entre ellos la princesa. Su número en el libro es 1096.
Lizardo fue en la caja, colocando sensdos collares de identificación, en un remoto lugar de Nuevo León.
Llegan políticos y empresarios. Se toman la foto con los animales. Y los liberan. Es 11 de octubre de 2011. La expectativa es que los cinco se irían juntos. Pero no fue así. Dos cachorros se van con la mamá, pero la princesa agarró por su cuenta. En libertad no pasaron ni un momento juntos.
–¿A dónde se fue ella?, ¿y la mamá con sus crías?
–La mamá y las crías se fueron cerca de los pueblos. No me acuerdo del nombre, pero en Sonora, en la Sierra de San Luis. Se va el primer animal. Es noviembre. Lo encuentran en una comunidad. Me hablan y me dicen, encontramos un lobo muerto; y yo, a ver, hay que identificar de qué; no, pues yo creo que atropellado, me dicen, porque tiene un golpe en la cabeza; dije, no, no, time out, para eso está la ciencia, refrigérenlo, recuperamos y hacemos necropsia. Nos lo mandan para acá (Ciudad de México). Fue un show mandarlo de Sonora para acá; llega, le dije al patólogo, mira, dicen que fue atropellado, lo dudo, no he visto al animal y lo dudo, me gustaría que hagas la necropsia. Fue una necropsia todo con un protocolo. Empieza abrir, abre el tórax y dice, este animal fue muerto por warfarina, por anticoagulantes. Sin más ni más, había sido envenenado.
A los siguientes los siguientes tres lobos los encontramos en diciembre, muertos a un lado de un camino.
Seguramente fueron puestos por ahí, los tiraron ahí. A lo mejor uno, teníamos la idea, pudo haber caído en un pequeño riachuelo y estaba mojado. A dos, tres, se les hizo necropsia. Se corrieron pruebas, análisis toxicológicos más amplios y se encontró una combinación de fármacos, que sí habían anticoagulantes, pero también pesticidas, que posteriormente nos enteramos que esos mismos eran utilizados para control de roedores. Son dirigidos a insectos, pero se los… cualquier cosa que estuvieras monitoreando iban a caer, eventualmente, en ese tipo de trampa.
Venenos por todos lados. Para insectos, roedores, coyotes.
–¿Y a dónde fue la princesa?
–Se fue a otro cerro. Y ahí fue donde empezamos a aprender. Al lobo gris mexicano, lo extinguimos antes de conocerlo.
Seis o siete meses conociendo a la princesa.
Lo primero que aprendieron: No hay encierro ecológico que resista a un lobo. La princesa recorrió 700 kilómetros en tres semanas. De forma parecida a los pueblos que caminaron aridoamérica: grandes y eternas porciones de territorio recorridas. No un sólo lugar. Otro aspecto más: la liberación hasta entonces se hacía en bosques cerrados, muy tupidos y recónditos. Resultó que a los lobos mexicanos les gustan los bosques abiertos y los pastizales. Por eso, en 2013, la liberación se hizo en un hábitat diferente, en Sonora. A la distancia, esto parece obvio. Entonces no lo era.
Siete meses después, sin embargo, mientras la monitorear, Lizardo vio el collar radiolocalizador muy cerca de un pueblo. “Ya la mataron”, pensó. La señal ya no se movía. Llegaron al lugar. Sólo encontraron su collar.
Nos gusta pensar que en realidad la princesa sólo se liberó de la pesada carga al cuello. Pero sabemos que no es así. La pequeña manada de lobeznos en 2014, sin embargo, llegó al mundo, gracias a ella, a los miles de kilómetros que recorrió, buscando crear su propia manada y vivir.
Hoy. 2026. La protección a los lobos, mexicanos o grises o rojos, pende de un hilo en uno de los dos países.
Lydiette Carrión es periodista y escritora independiente. Autora de Feminicidio Mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violenciay (Debate, 2025) y La Fosa de Agua(Debate, 2018). Entre sus reconocimientos están el Premio Gabo 2019 (Colaborativo) en la categoría de Innovación por “Mujeres en la vitrina” y el Premio Género y Justicia (SCJN, 2012). Fue candidata al Premio de Derechos Humanos Sergio Méndez Arceo 2019. Actualmente estudia el Doctorado de Escritura Creativa de la Universidad de Houston. Su X: @lydicar
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
Posted: October 23, 2026 at 7:00 am







