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El arte después de la historia

El arte después de la historia

Ángel Jaramillo Torres

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Hegel, Kojève y Kandinsky ante el lienzo: el arte después de la historia

En el París de los años treinta, mientras Kandinsky pintaba en Neuilly, Alexandre Kojève reunía cada semana en la École Pratique des Hautes Études a un auditorio que luego cambiaría la filosofía francesa. Intelectuales y pensadores que después transformarían la vida filosófica de Francia acudieron a escuchar, entre 1933 y 1939, el francés con acento ruso de Aleksandr Vladímirovich Kozhévnikov.  Su lectura de Hegel giraba en torno a una tesis incómoda: la historia, entendida como lucha por el reconocimiento, había llegado a un punto final. Pocos se preguntaron qué le estaba ocurriendo al arte cuando la dialéctica del amo y el esclavo había concluido, como lo pensaba el filósofo ruso. El pintor Wassily Kandinsky, tío de Kojève, ofreció una respuesta.

Conviene partir de Hegel, porque Kojève no inventó la pregunta. En sus lecciones de estética, Hegel sostuvo que el arte fue durante siglos la forma sensible en que el espíritu se manifestaba, pero que en la modernidad dejó de ser el modo supremo de saber. Esa cesura, que suele llamarse el “fin del arte”, no significaba que los pintores dejaran de pintar. Significaba que el arte ya no podía ocupar el lugar que tuvo en Grecia o en la Edad Media. Kojève llevó la idea a su extremo: si la historia concluye, el hombre sigue existiendo, pero sin la necesidad de negar al otro para ser reconocido.

Ese es el terreno que Kojève llamó posthistórico. En una nota célebre de 1959 —agregada a sus famosas lecturas sobre la Fenomenología del Espíritu de Hegel— describió una existencia sin guerras ni revoluciones, dedicada al juego, a la cortesía y a la creación de formas por puro gusto. En el fin de la historia, todos seríamos esnobs japoneses. No era una utopía luminosa, sino una pregunta: qué hacer con la libertad cuando ya no queda nada que conquistar. En esa pregunta, el arte abstracto encaja con precisión, aunque para el filósofo oriundo de Moscú, el arte de su tío no era abstracto, sino demasiado concreto. Mientras la pintura representativa era abstracta, las imágenes geométricas de vastos colores eran la concreción de un mundo absolutamente estético.

Kandinsky publicó en 1911 “De lo espiritual en el arte”, un texto que parece escrito para anticipar una respuesta a Hegel. Sostuvo que la pintura debía liberarse de la imitación de los objetos para expresar la vibración interior del alma. Comparó el color con las teclas de un piano y al pintor con la mano que, al tocarlas, despierta resonancias en quien mira. Propuso además un gran triángulo, donde el arte avanza hacia la vida espiritual en una sucesión de liberaciones. Ese lenguaje guarda un eco hegeliano evidente: el espíritu que se desprende de la materia y de la representación.

La coincidencia es notable. Hegel dijo que el arte ya no era la forma suprema del saber. Kandinsky replicó que la pintura podía dejar de representar el mundo y volverse forma pura con sentido propio. Kojève describió una humanidad que, cumplida la historia, se dedica a formas sin necesidad. Los tres se mueven en la misma frontera: el momento en que el arte deja de tener una tarea fuera de sí mismo.

Aquí el encuentro se vuelve tenso. Para Hegel, el arte abstracto habría sido una forma incompleta, un juego sin contenido suficiente. Kojève podría haberlo leído como la expresión de un hombre que ya no combate, pero también como el riesgo de una cultura que solo juega. Kandinsky, en cambio, creía que el arte traía una verdad que la historia no podía agotar. Ahí está la discrepancia de fondo: para uno, el arte acompaña el fin de la historia, mientras que para el otro, es una promesa que la trasciende.

Lo que une a estos nombres no es un encuentro documentado, sino un horizonte compartido: la pregunta por lo que queda cuando el mundo ya fue comprendido. Kandinsky la respondió con pinceles, Kojève con una filosofía del fin de la historia y Hegel con una advertencia que todavía resuena. Quizá la lección para nuestra época sea que, cuando la técnica resuelve buena parte de nuestras necesidades, el arte deja de ser ornamento y se convierte en la última forma de preguntarnos qué somos.

 

Ángel Jaramillo Torres. Doctor en Ciencia Política por la New School for Social Research de Nueva York y miembro del SNI. Es autor de Leo Strauss sobre el Sócrates trasímaco-dionisíaco de Nietzsche: filosofía, política, ciencia y religión en la era moderna y coeditor (junto con Marc Benjamin Sable) de Trump and Political Philosophy. Liderazgo, habilidad política y tiranía. Su libro más reciente es Donald Trump y la rebelión en la granja (Penguin Random House, 2026). Colabora en American Affairs Journal, The National Interest y Letras Libres.

 

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Posted: November 3, 2026 at 11:32 pm

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