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Bajo los párpados
COLUMN/COLUMNA

Bajo los párpados

Julio González

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Lo que sueña un hombre casi nunca se cumple
(Ludwig Wittgenstein, Observaciones)

 

Quisiera ser como aquel protagonista de una novela de Amos Oz, Fima: cada mañana al despertar recogía un cuaderno debajo de su cama y, en medio de ese estado de letargo entre el sueño y la vigilia, anotaba como podía lo que había pasado en ese otro mundo que corre paralelo a la vida. Todo eso que hay bajo los párpados. Pero me es imposible. Como nubes, como humo, ese mundo se me evapora al abrir los ojos. Hay algo en los sueños que se nos escapa de manera irremediable.

Pienso mucho en una anotación de Joseph Joubert: “Lo que se nos promete en sueños ocurre en sueños”. ¿De veras? No sé si es una idea triste o un alivio. Al hablar de cosas fatales, de terribles augurios o malos deseos, la gente suele dar un par de golpes en la mesa: tocan madera. Con ese gesto evitan que aquello ocurra. Superstición que me hace creer que hay algo en los actos –incluso los mínimos– que cambia el curso del mundo (por gestos como ese sería impreciso decir que uno no cree en la magia). Algo inverso pasa con los sueños.

Me educaron para contar mis pesadillas, como si hablar bastase para exorcizar la posibilidad de que sucedan. O quizá porque crecí en una familia ayuna de noticias, de chismes, así sean del otro mundo. Será porque algo tienen las pesadillas de memorables. El susto se nos queda impregnado en la memoria, en el grito ahogado o el sudor de medianoche; en los peores casos son periódicas: esas terribles imágenes nos asaltan con insistencia, como una terrible costumbre del inconsciente. Con otro tipo de sueños –los felices, los raros, los que hablan del deseo o la fantasía, los que auguran una vida distinta– es poco frecuente que se recuerden. Lo común es olvidarlos apenas se abren los ojos, en el breve trayecto de la cama al baño.

Pese a ello, algunos han hecho de los sueños la materia misma de su vida en vigilia –¿Qué sería de Freud y el psicoanálisis sin los sueños?, ¿habría pintado algo Dalí sin dormir de largo? –. Hay quienes, obsesivos, intentar asir al menos los bordes de ese mundo interior, porque saben que de otro modo es posible que todo se les escape. Son quienes se auxilian de la pintura, de los poemas, fugaces notas, vagas descripciones en la mesa del desayuno o en una conversación casual: Sueño, no te vayas. Déjame pensar que puedo ser otro, que hay otra vida posible.

¿Qué hay en el mundo onírico? Una reminiscencia; el resplandor de una verdad revelada; el milagro de un verso genial; el contacto con alguien hace tiempo no visto; nuestros miedos más profundos; fantasías que nos ruborizan; ciertas cosas que preferiríamos no saber, pero sabemos –como en ese bellísimo y muy triste relato de Raymond Carver: “¿Qué hay en Alaska?”. Puede ser incluso una prefiguración de algo que no ha pasado, o más extraño aún, algo que de hecho está pasando, no sólo en el sueño.

Es lo que ocurre en una película que he visto de manera obsesiva, On body and soul (Ildikó Enyedi, 2017). Dos ciervos se ven a la distancia en el claro de un bosque, no se tocan ni se acercan, sólo se miran. Al día siguiente Endre, gerente de un matadero, conoce a su nueva colega, Maria Racz. En el matadero han robado una droga que se usa para que las reses copulen. La policía investiga el caso, con un subsecuente examen psicológico al personal. En el interrogatorio Endre y Maria responden –cada uno en solitario– sobre su último sueño: el mismo de los ciervos. ¿Es una coincidencia, una puesta en escena, una broma?

Lo que sigue es un baile de máscaras. La previsible confusión, el escepticismo y el momento de reconocimiento: hay que vernos hoy en la noche, en el sueño. Pero pasa que el contacto no se da, que en la vida real –en este mundanal ruido– las cosas son distintas: se imponen las distancias, las jerarquías, la incapacidad moderna de comunicarnos, de llegar al punto medio. Son personas del todo muy distintas. ¿Ha fallado algo?, ¿es una farsa lo que ocurre en el otro mundo? Tiene que descolocarse algo aquí, del otro lado del portal, al filo del umbral, para que las cosas ocurran. A fin de cuentas, los sueños, sueños son.

He dicho que he visto esa película de manera obsesiva. Me aterra y me fascina a partes iguales. Porque creo en los sueños, en lo que vaticinan, en su ir y venir por el tiempo – en su dislocación de este–. Me inquieta lo que pasa al cerrar los ojos a la noche. Hace tiempo que al dormir recuerdo unos versos de Ernesto Cardenal: “La persona más próxima a mí / eres tú, a la que sin embargo / no veo desde hace tanto tiempo / más que en sueños”. Y despierto.

 

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.

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Posted: June 15, 2026 at 7:05 am

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