Clásicos por asociación
Eduardo Huchín Sosa
Y ya que estamos hablando de mi libro favorito de todos los tiempos, diría incluso que Diógenes Laercio –que vivió en el siglo III de nuestra era, es decir: entre 900 y 500 años después de las personas que retrató– era, para usar las mismas palabras que utilizó un amigo para referirse a Pedrito Sola, “un viejo que se había ganado la vida traficando chismes e indiscreciones de gente más talentosa que él”.
Permítanme empezar de este modo. Hay al menos dos formas de abordar la cuestión de las quesadillas sin queso: la mirada biologicista y la perspectiva social. La primera se plantea la pregunta de cómo ciertas quesadillas perdieron el queso, y trata de responderla de la misma manera en la que los biólogos evolutivos hablan de la pérdida de branquias por parte de algunos vertebrados acuáticos que se volvieron animales terrestres. La perspectiva social se hace una pregunta distinta: qué condiciones materiales, fuerzas de la historia o mecanismos internos de la lengua provocaron que una tortilla con chicharrón cocido o con mole verde adquiriera el nombre de quesadilla. A reserva de lo que opine un historiador de los alimentos o un especialista en semántica, tengo la impresión de que algunas tortillas con guisos empezaron a llamarse quesadillas porque podían comprarse en el mismo lugar donde se vendían las quesadillas auténticas, las de queso. Y, en ese intercambio de bienes, se produjo algo parecido a la “falacia de asociación” en la que la cercanía de una cosa con otra con la que no tiene nada que ver termina por contaminarla o, al menos, cobijarla bajo un concepto similar. Todos los antojitos que, con base en una tortilla doblada, se despacharan en un mismo local, se elaboraran con la misma masa y se calentaran en el mismo comal, terminaron por denominarse quesadillas. Y esa apropiación terminó por crear la paradoja de las quesadillas que no llevan queso, a pesar del nombre.
Pienso que algo parecido sucede con los clásicos. Se pueden enumerar treinta, cincuenta o cien obras fundamentales de todas las épocas. Hay cierto consenso en que una lista de esas características tendría que contener la Ilíada y la Odisea de Homero, el Banquete de Platón, Hamlet y Macbeth de Shakespeare, el Quijote de Cervantes, Orgullo y prejuicio de Austen, Frankenstein de Mary Shelley. Es relativamente fácil trazar una línea que vaya de la Biblia a Pedro Páramo, en la que quepan las glorias nacionales, los libros mayores de nuestra lengua y algún colado de lenguas que no estamos en condición de valorar. Y, como todo en la vida, sucede que, en esos listados más o menos esquemáticos, lo más interesante se asienta en la periferia. En los clásicos “por asociación”, que puede tratarse de otras obras del mismo autor de un libro clásico, de la misma época o con alguna relación acaso arbitraria. Porque si bien la Ilíada y la Odisea son las obras cumbre de la antigüedad y, si nos vamos al teatro, quizás tengamos que mencionar a Edipo rey de Sófocles, resulta que lo que está ahí, muy cerca, incluso pegado como un percebe a la ballena, puede llegar a ser no menos fabuloso y de alguna manera no menos clásico que la Gran Obra en la Listas de las Más Grandes Obras. Dudo que en una selección de cien grandes títulos aparezcan la Electra de Sófocles y el Julio César de Shakespeare, pero leer ambos con la disposición con la que se lee Edipo rey o Macbeth les otorga la carta de naturalización o el poder de asociación, como si todo lo que nos llegara envuelto en la tortilla de clásico fatalmente lo fuera. Resulta también que en este dejarse ir hacia los clásicos, uno termina en las fábulas de Esopo y en los fragmentos de Safo, que ni siquiera son libros en sí mismos, o en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio, que no es ni biografía ni historia de la filosofía, sino algo mucho más inesperado y amorfo, capaz de mezclar resúmenes casi escolares con anécdotas de dudosa confiabilidad. Y ya que estamos hablando de mi libro favorito de todos los tiempos, diría incluso que Diógenes Laercio –que vivió en el siglo III de nuestra era, es decir: entre 900 y 500 años después de las personas que retrató– era, para usar las mismas palabras que utilizó un amigo para referirse a Pedrito Sola, “un viejo que se había ganado la vida traficando chismes e indiscreciones de gente más talentosa que él”. Y acaso por ese mismo motivo, su libro sea tan bueno.
Dejando a un lado la escurridiza cuestión de “qué es un clásico”, advierto cierta posición inicial sin la cual el clásico no podría existir. Borges o alguien así –no me crean demasiado, quizás sólo estoy mintiendo– decía que un clásico era todo lo que podía leerse como un clásico. Y ese “leer como” supondría tanto una apertura a encontrar maravillas de las que uno no tiene ni idea, como un convencimiento de que esas maravillas estarán ahí, a la espera de una mente lo suficientemente alerta. Por una parte, asumimos que hay una clase de verdades que traspasan el tiempo, las diferencias culturales y los idiomas; y, por la otra, no sabemos cómo son esas verdades ni cómo distinguirlas de las oscuras referencias, las palabras de difícil traducción y toda esa maleza que queremos desbrozar añadiendo más y más notas al pie.
Ese desconocimiento, ese ignorar de antemano cómo se ve la verdad de un clásico, ha sido la mayor bendición o, mejor dicho, el más afortunado marco de lectura para estas obras por asociación de las que he venido hablando. ¿Cómo acercarnos a los escritos de Hipócrates, en el entendido de que no pueden leerse como literatura médica? ¿Para qué sirven los apuntes astronómicos de Kant, la teoría del color de Goethe, las investigaciones sobre los animales de Aristóteles frente a estudios rigurosos y científicamente más exactos por parte de astrónomos y físicos? ¿Es lícito leerlos como algo más que curiosidades bibliográficas, incursiones de mentes privilegiadas en asuntos que terminaron por no ser de su incumbencia o elementos para conocer el pensamiento de otras épocas? ¿Podríamos dar por hecho de que existe un modo de lectura “para los clásicos” en el que prestamos atención a detalles no del todo evidentes y cuya característica principal es una disposición intuitiva al asombro?
Permítanme terminar de este otro modo. Dice la clasicista Mary Beard que el momento que definió su vocación fue cuando, siendo niña y por primera vez de visita en el Museo Británico, un trabajador abrió la vitrina donde resguardaban un pan egipcio de cuatro mil años de antigüedad, lo tomó con la mano y lo acercó a cinco centímetros de su pequeña nariz. A la distancia me intriga cómo se vería y a qué olería aquel pan, pero sobre todo cómo lo vería y lo olería una niña de cinco años. Para Beard significó enfrentarse a algo cotidiano y a la vez absolutamente ajeno a su realidad. Y me pregunto si esa no sería una buena definición de un clásico, por lo menos en este otro sentido que he querido esbozar: el libro, el autor, el fragmento que nos provoca la sensación de estar lo peligrosamente cerca de un mundo perdido del que también somos parte, de una forma de vida extraña y al mismo tiempo familiar.
Eduardo Huchín Sosa es escritor y editor literario de la revista Letras Libres. Sus libros más recientes son Calla y escucha. Ensayos sobre música: de Bach a los Beatles y La consagración de la maldita primavera. Escritos sobre música y libros.
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Posted: July 24, 2026 at 6:07 am







