CIDE: el invierno de nuestro descontento
José Antonio Aguilar Rivera
La intervención unió a una comunidad diversa, a pesar de las caricaturas que presentan la izquierda y la derecha, en un propósito común: preservar al CIDE como un ejemplo de lo que puede ser una institución pública del Estado mexicano. Desmontar el legado del autoritarismo debe ser la primera tarea de la reconstrucción.
La intervención política del CIDE comenzó el 3 de agosto de 2021 con el nombramiento de un director interino externo (que a la postre se convirtió en definitivo) y terminó el 26 de enero de 2026 con la destitución y defenestración de ese mismo personaje, el cual se negó a entregar su renuncia. El CIDE fue intervenido durante 1637 días: 4 años, cinco meses y 23 días. La gestión de quien llegó con el mandato de “recuperar” la institución para ponerla al servicio de una facción política que se ha arrogado la representación del “pueblo” fue sencillamente desastrosa. A las condiciones de precariedad económica que comenzaron en el otoño de 2018 se le sumó una política que desde el primer momento violentó a la comunidad del CIDE, desmanteló su institucionalidad interna y lo pobló de manera irregular de allegados e incondicionales del nuevo director. Creó nuevas divisiones para alojar a las contrataciones que ingresaron, con excepciones, sin concurso de ingreso, tomando las plazas de otros departamentos, a los cuales se les impidió o dificultó reclutar nuevos investigadores. El director impuesto centralizó el gasto para ejercerlo de manera discrecional, facciosa y opaca. Anuló en la práctica la estructura de gobierno colegiada e ignoró el Consejo Académico en la mayoría de los asuntos de trascendencia. A todo esto llamó pomposamente “la transformación” del CIDE, instruida expresamente, como él mismo reconoció, por el ex presidente López Obrador.
Se concibió a sí mismo como una especie de cruzado, un caballero templario, con una misión sagrada en tierra de paganos neoliberales. Fue un digno exponente de la intolerancia y la política vindicativa del régimen que se instauró en México desde 2018. Una política animada por el resentimiento y el revanchismo ideológico. No importó que el personaje fuera acusado de plagio, que mostrara una supina incapacidad de gestión y que su único mérito fuese una innegable habilidad para la sobrevivencia política. Se declaró a sí mismo guardián de la voluntad expresa del Líder del movimiento. Creyó que su profesión de fe lopezobradorista y la simpatía del ala más radical, estridente y mercenaria del grupo gobernante lo protegería y le alcanzaría para llegar al final de su periodo y, tal vez, reelegirse. Creyéndose intocable, dobló la apuesta y se lanzó, como si fuera oposición, a criticar a las autoridades que lo pusieron ahí. Se rebeló y perdió. Por la boca muere el pez. Hay algo de justicia poética en el hecho de que su último recurso de resistencia fuera apelar al Estatuto del CIDE, que tantas veces pisoteó, y que cayera bajo la espada de una ley impulsada por María Elena Álvarez Buylla –posiblemente la mayor jihaidista del gobierno de López Obrador—para poder deponer libremente a cualquier director de un Centro Público de Investigación. Después de todo, Robespierre también fue víctima de ese instrumento que utilizó con singular entusiasmo. Le fue mejor al ex director del CIDE, pues por el momento puede refugiarse en la plaza de profesor-investigador en uno de los asentamientos del Bienestar que él mismo fundó.
Sería iluso no ver que las condiciones políticas que hicieron posible la desastrosa intervención política del CIDE continúan como bien ha señalado Jorge Javier Romero en un texto reciente: el ex director del CIDE “llegó mediante una arbitrariedad ilegal y se va mediante una arbitrariedad legalizada, diseñada para controlar políticamente a los centros de investigación, exactamente en sentido contrario de la autonomía que requiere el trabajo académico para florecer.” [1] El horizonte de mediano y largo plazo para los CPIs debería ser la autonomía, como existe en muchas universidades públicas y El Colegio de México. Sería iluso y torpe creer que mañana alguien de la calaña de Álvarez Buylla no pueda regresar a “dirigir” los destinos de la ciencia en México. Más aún, el discurso populista en la cabeza del gobierno contra el “elitismo” no ha desaparecido en lo absoluto. Será, tal vez, menos estridente, pero no es menos pernicioso. Representa una amenaza en ciernes. La investigación crítica e independiente es imposible cuando los centros públicos son considerados meras empresas paraestatales y los investigadores burócratas sujetos a la disciplina jerárquica de la administración pública. Como ejemplo baste este correo recibido por todos los investigadores del CIDE: “Estimada Comunidad, se les informa que actualmente el personal de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno se encuentra desarrollando los cursos de carácter obligatorio, con temáticas prioritarias del Gobierno de la Cuarta Transformación como es: “Humanismo Mexicano”, dirigidos a todas las personas servidoras públicas de la Administración Pública Federal. Dichos cursos comenzarán a difundirse de manera paulatina a partir del mes de marzo. En ese sentido, se informa que deberán participar en 2 cursos de manera obligatoria.”
Es un bien innegable que el Comisario, que se imaginaba una Juana de Arco de la Transformación, se haya ido. La marcha hacia la libertad de cátedra e investigación, sin embargo, será larga. Reconstruir lo que se pueda bajo las condiciones actuales será un reto enorme de habilidad política, ingenio administrativo y prudencia institucional. Dicho reto es enorme y su resultado incierto, pero resistimos la ocupación del CIDE durante 1637 días. La intervención unió a una comunidad diversa, a pesar de las caricaturas que presentan la izquierda y la derecha, en un propósito común: preservar al CIDE como un ejemplo de lo que puede ser una institución pública del Estado mexicano. Desmontar el legado del autoritarismo debe ser la primera tarea de la reconstrucción.
Nota
[1] Jorge Javier Romero, “El CIDE: una rectificación insuficiente”, Sin Embargo, 29 de enero, 2026.
José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente sus columnas Panóptico, en Nexos, y Amicus Curiae en Literal Magazine. Twitter: @jaaguila1
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Posted: February 4, 2026 at 9:08 pm








