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El hotel de los sobrevivientes
COLUMN/COLUMNA

El hotel de los sobrevivientes

Ricardo López Si

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El hotel Masindi, el albergue de largas estancias más antiguo de toda Uganda, me concede la posibilidad de postrarme ante dos de mis leyendas formativas: Ernest Hemingway, escritor y aventurero cosmopolita que rivalizó con el regionalista William Faulkner, y el bohemio canalla Humphrey Bogart, de quien el director y guionista Henry Jaglom se refería en sus conversaciones con Orson Welles no como actor, sino como “criatura del cine” de la que nos enamoramos a partir de la idea que tenemos sobre lo que significa ser un héroe.

A lo único que puedo recurrir para emparentarme, simbólicamente, con Hemingway es lamerme mis propias heridas —todavía frescas, después de ser despedido de una deprimente redacción de deportes— en el mismo hotel donde se recuperó de dos accidentes en avioneta mientras intentaba fotografiar las majestuosas cataratas Murchison, en el norte de Uganda.

En un cable publicado por The United Press, con fecha del 26 de enero de 1954, se dijo que Hemingway había llegado finalmente a Entebe, la antigua capital del protectorado británico de Uganda, después de haber sufrido dos accidentes “en la tierra de los elefantes”. El escritor arribó desde Butiaba, a 274 kilómetros de distancia, junto a su entonces esposa, la otrora corresponsal de guerra Mary Welsh, con un racimo de plátanos en una mano y una botella de ginebra en la otra.

Al dar explicaciones a la prensa sobre los incidentes, Hemingway expuso que el primero de ellos se debió a una maniobra de alto riesgo por parte de su piloto, Roy Marsh, para evitar chocar con una bandada de ibis —aves zancudas con largos picos—. En pleno aterrizaje de emergencia, Marsh tuvo que elegir entre un arenero infestado de cocodrilos y una pista de elefantes salvajes a través de una espesa maleza. La maleza, lógicamente, representaba el menor de los daños posibles, por lo que terminaron pasando la noche en la intimidad de una fogata, rodeados por una manada de elefantes. Hemingway ironizó sobre el hecho, con ese humor negro tan cínicamente masculino, arguyendo que los ronquidos de su mujer los mantuvieron a salvo.

El otro accidente terminó con la avioneta en llamas y el equipaje de la pareja completamente destruido, aunque, más allá de un brazo roto y las costillas fracturadas, no tuvo consecuencias fatales. En una escena viril, absolutamente consecuente con el mito hemingwayno del hombre de acción indomable, el escritor habría abierto la parte trasera de la avioneta de una patada al advertir el fuego, para después precipitarse al vacío desde una altura menor.

El experimento, que básicamente consiste en internarme con sigilo en su habitación, repantigarme en su escritorio y contemplar la portada que le dedicó la revista Look — la gran antagonista de Life en su época— , recortes de periódico sobre su accidente y la famosa fotografía que le tomó el periodista Earl Theisen mientras posaba como un leopardo muerto, deviene en otra cruel manera de certificar que su estilo seco y directo, el rasgo que lo sacralizó como escritor, es inalcanzable.

Al salir derrotado de la habitación, me dirijo a la recepción del hotel para darme de bruces con un póster consagrado a La reina de África, la película dirigida por John Huston, protagonizada por Humphrey Bogart y Katharine Hepburn; filmada, parcialmente, en Uganda; y ambientada en el África Oriental Alemana.

El rodaje de la cinta fue tan caótico que haría palidecer al de Apocalypse Now, con múltiples casos de disentería, malaria y ataques de sanguijuelas sufridos por la producción y buena parte del elenco. Los únicos que se mantuvieron invictos, gracias a su alta concentración de bourbon en la sangre, fueron Bogart y Huston, que estaba más preocupado por estrenar su ropa de cazador y emular a Hemingway que por terminar la cinta. “Esos dos bribones se habían llenado tanto de alcohol las entrañas que ningún bicho podía vivir en la atmósfera”, contaría tiempo después la Hepburn, quien sufrió de malaria durante tres días y quien, presa del incesante vómito que le provocaron las precarias condiciones del rodaje, solicitó un baño portátil para tenerlo disponible río abajo, lo que le valió el apelativo de “la reina de los tronos”.

Desde luego que nada de esto se advierte en pantalla al revisitar una película clásica que ha envejecido sospechosamente bien, pese a la afrenta que significó que la Academia ignorara olímpicamente el magistral papel bordado por la Hepburn y, a su vez, premiara con total entusiasmo el de Bogart como Mejor Actor en la ceremonia del Oscar.

Días después, a bordo de un bote en el que me interno en el Lago Alberto, la metáfora de la frontera entre el antiguo Congo belga y Uganda, evoco la escena en la que Bogart le pide a Hepburn que lo pellizque para comprobar que no está soñando y que, en efecto, están ahí, los dos, sobrevivientes de un inminente naufragio, abrazados en medio de la nada, navegando río abajo como Marco Antonio y Cleopatra, mientras avistan elefantes y aves selváticas en los albores de la Primera Guerra Mundial.

Entonces es posible confirmar, en estado febril, que la misión se ha cumplido con creces: ha nacido una historia que contar.

Foto de ZENG YILI en Unsplash

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

 

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Posted: February 4, 2026 at 1:53 pm

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